Los recuerdos de los setenta y de los ochenta han quedado en el mundo de la intelectualidad venezolana como un “mal paso” el cual casi todos quieren borrar. Pero no se puede tan fácilmente. Fueron miles de universitarios los que aprendieron con Soledad Bravo las mejores estrofas de la “nueva trova” y otras canciones catalogadas como “música de protesta”. Ahora ella, “amansada” con los años expresa tranquilamente en cualquier programa de TV que nunca ha interpretado ese tipo de canciones. Por supuesto, también olvida que fue vetada de las emisoras y televisoras durante aproximadamente una dècada. Con razón su primer disco fue presentado por Sofía “Intransigente” Imber. Es que la doña la conocía en el fondo. A ambas habría que parafrasearles las palabras de Silvio Rodríguez “Algún día la ternura les hará libre”.
En la misma Aula Magna de la UCV, donde la Bravo (será hermana de Napoleón?) sedujo a sus ingenuos compradores de discos, Pedro León Zapata animaba cada año el “Festival de los presos políticos”. Compartía con los Nazoa realmente humorísticos, Aníbal y Aquíles, con Luis Britto-García, todavía fiel a su gente, y una larga lista de cantantes que cerraban filas por defender los derechos de quienes les compran los discos, por la libertad de expresión y para implorar por la libertad de presos políticos que era en realidad un eufemismo para pedir el derecho a la vida de quienes pensaran diferente a los dirigentes de los partidos blanco y verde. Habría que preguntarle a Zapata si las cosas estaban tan bien con esta gente con quien ahora se codea, que son los mismos acusados de asesinatos políticos de entonces, ¿por qué participaba en aquellos actos públicos de oposición? ¿Inmadurez ideológica tardía?
Para entonces el caballito de batalla del cine era Orlando Urdaneta. Cuanto cineasta que se la diera de izquierdoso y sometiera un guión para la llamada “industria del cine nacional”, hábilmente el gobierno de CAP, le concedía su crédito. Aparecían películas con historias sobre una guerrilla fracasada, el público pagaba su entrada para deprimirse generalmente y el gobierno quedaba como el demócrata que faltaba. Cuando las compañías distribuidoras o exhibidoras de películas descubrieron a Rambo y a Conan (el bárbaro que quiere ser gobernador en California) empezaron a hacerle la guerra al cine venezolano con todo tipo de trampas para no presentarlo en sus pantallas. Para qué si ya tenían sus gallinitas de oro hollywodenses?
Los cineastas lloraban cual magdalenas en periódicos y foros. Nos vetan, nos censuran, nos alienan. Queremos un espacio en las salas de cine. Decían. Lo extraño es que ahora, con dos o tres excepciones, quienes participaban de la llorada colectiva ahora enfilan sus baterías contra un gobierno que promete a través de las leyes y la Constitución, apoyo a las manifestaciones artísticas de todo un país. No era lo que querían entonces? Todo era por los créditos y los viajes “cinco estrellas” a los festivales?
¿Y de los “Abajo firmantes” no se acuerdan? ¿Aquel grupo de actores y libretistas de TV que se oponían a continuar realizando asqueantes telenovelas (las tradicionales a lo Delia Fiallo) y programas que denigraran al ser humano? No estabas tu otra vez allí Orlando? Acaso siguiendo la corriente? Era la época de Cabrujas, Garmendia. Cuando, hay que reconocerlo, la TV mostró esfuerzo y calidad, pero qué pasó con ese grupo de gente aparentemente “pensante”? Fue pura actuación? Fue oportunismo?
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