Del robo histórico de la libertad y otras traiciones republicanas

El 16 de septiembre de 1816 las tropas llaneras desconocen la autoridad de Francisco de Paula Santander e invisten como jefe a José Antonio Páez, hombre hábil de caballo y lanza, más cerca de los llaneros que cualquier otro jefe.
Desde entonces la figura de Santander cabalgó por allí, como sabemos, jugando a la disidencia patriótica, quizá alimentando en la sombra el triste fantasma de la poca valía personal, por consiguiente, fantasma resentido, burlón de la disciplina que lo condenaba a obedecer a otros ideólogos y jefes de la guerra, y con dotes para la traición, como lo demostró más adelante cuando en varias ocasiones intentó asesinar a Bolívar.

Posteriormente, cuando la circunstancia fue propicia (enfermedad de Bolívar, personalismo de Páez), su espíritu concretó el revanchismo tanto tiempo empozado: dividió la Gran Colombia, mandando a Bolívar y su perorata idealista al carajo, encontrando solidaridad divisionista en otro gran ambicioso que siempre demostrará que el hombre de acción nunca estará completo sino hinca su rodilla ante el templo de los ideales: José Antonio Páez. Otro que pelea su sitial en este panteón de la traición al ideario es Juan José Flores, venezolano, quien propuso que el departamento del sur fuera para él, hoy Ecuador.

La lucha contra el imperio español en nombre de la libertad y la Gran Colombia había sido un juego de niños comparada con la lucha contra las castas criollas en nombre ya solamente de la Gran Colombia, última que se perdió. El ideario gran colombino bolivariano mantuvo la disciplina y la unidad sólo para escindirse del imperio español, pero no fue ya funcional para disolver bajas pasiones internas. Santander y Páez, uno hacendado y otro peón de hacendado, respectivamente, se repartieron los despojos del ideario, tomando cada cual el cetro que su vanidad personal le gritaba al oído, emperador para el criollo -de ser posible- y jefe perpetuo para el campesino, para quien los vuelos de la vanidad europea le eran desconocidos.

De modo que la empresa libertadora quedó a medio hacer, frustrada en el logro subsiguiente a la independencia del imperio español, esto es, la concreción de la Gran Colombia, de escasa vida en la práctica. Las oligarquías locales tomaron el mando y secuestraron en forma de repúblicas fraudulentas e independientes, no convenciéndoles ni siquiera la bolivariana propuesta de una confederación de repúblicas que, fundada en comunes coincidencias, constituyesen una gran mancomunidad internacional, fuerte, defensivamente, entre el concierto de naciones del mundo de la época.

Hasta el día de hoy la empresa libertadora está incompleta no porque no existan los países como repúblicas independientes, sino porque, ya secuestrados los países por las élites, desfalcaron las oligarquías el humanista ideario de libertad e igualdad en cuyo nombre la región logró la autonomía. No recorrió Bolívar tantas millas, dilapidó su fortuna de cuna, liberó sus esclavos y devanó su intelectualidad para una causa que, si no lo iba complacer con el concretado sueño de la unidad geopolítica, al menos podría respetar los fundamentos de una república progresista, es decir, el concepto de país para todos, con la mayor igualdad posible entre sus habitantes, soberano, respondiente a su propia idiosincrasia y no a valores extraños, indignantemente sojuzgadores de unas conciencias curtidas en la guerra patria, quienes perdieron hasta la autoestima. Pero no, tenían las castas que conspirar con la bandera de un Flores en Ecuador, un Santander en Colombia y un Páez en Venezuela, iniciando sendos períodos de vida política republicanos en forma y monárquicos en esencia, donde unos pocos se alternaban la corona del poder y las prebendas mientras la vergüenza del atraso cubría a las mayorías. ¿Fue ese el ideal de las luchas patrias, por cierto sostenidas a mares por la sangre india y negra? ¿Es ese el ideal bolivariano, con todo y lo maltrecho que pueda resultar en la práctica, de repúblicas libres y animadas por valores de humano progreso? De allí que factores vivos de la actualidad política tomen la opción del rescate de la dignidad perdida en cada uno de los países, sean unos en forma de guerrilla, como en Colombia, o de democracias socialistas, como en el Chile de Allende (que participa también del ideal patrio) y en la Venezuela en tiempos de Chávez, todos con justificación histórica, genuina a más no poder.

Puestos a leer el futuro, Francisco de Paula Santander, incluso con su definitoria participación y méritos en la Batalla de Boyacá, donde se cubrió de gloria para una causa que luego traicionaría, debió ser fusilado para evitar no ya el colapso del difícil ideal de la confederación de repúblicas sino la perversión de las repúblicas como formato de un mantuanismo enquistado, que sobrevive al sol de hoy como si fuera ayer en Colombia. Como Manuel Piar, fusilado para castigar la indisciplina militar revolucionaria, Santander debió también expirar gritando los crímenes todavía no consumados, como la traición, el asesinato del Libertador (hoy se especula que fue envenenado) y el desdibujamiento de una causal de lucha que decidió luego fuera personal. El germen de la insidia y la insubordinación de este prócer había sido lanzado al viento desde temprano, desde el mismo momento en que decide no participar en la Campaña Admirable, en 1813, y apoyar a unos declarados en rebeldía para el momento. De hecho, hay quienes proponen que en los años 20, consumada casi la libertad política continental, Santander fue trabajado por agentes imperialistas de los nacientes EEUU, quienes también tuvieron la preclara visión de que una eventual integración latina restaría brillo a su providencial hegemonía, dedicándose desde entonces a la conspiración y la zancadilla.

De modo que las oligarquías que se vinieron a instaurar posteriormente en nuestros países, flameando la hurtada bandera de la victoria bolivariana, abrevan en el veleidoso antecedente de tales próceres, divisionistas y sin sentido de lo nacional, oligarquía que, apoderada del aparato del Estado de modo casi absoluto, ha sabido escribir la historia a su manera para ensalzar la gesta emancipadora como explicación de por qué ella explota al pueblo y tiene derecho a hacerlo. En manejo de la pluma y el papel, dosificadora de la enseñanza, fundó un Estado tecnócrata y neocolonial a un tiempo, vendida al capital extranjero a título de inversión económica, servida al interés mantuano y personal, restado al pueblo mismo en virtud de una ignorancia controlada, muy lejos hasta del más chucuto ideal de lucha de hace 200 años.

Así como se comprende hoy por qué hubo y hay guerrillas en América Latina que reivindican libertad e igualdad como vagas nociones prometidas, en el peor de los casos, y como sangre derramada que clama desde el fondo de la tierra, en el mejor, así también se comprende el grado hasta instintivo con que las oligarquías usurpadoras defienden su "historia", promueven la cultura del olvido y la ignorancia, y rechazan cualquier brote de luz que alumbre el pasado y perturbe la rica tranquilidad de sus estatus. Unida en el continente por su secular parafernalia de dominio, hoy más que nunca echan mano de sus beneficios para oponerse con todas sus fuerzas al despertar de los pueblos. No dudan en seguir hurtando, en amenazar con su fuerza militar, mentir con sus medios de comunicación y hasta, indignamente (lo cual demuestra que no tienen sentido de pertenencia nacional), invocar a sus amos del norte para mantener su situación de preponderancia y escarnio sobre los pueblos.

Se comprende, en fin, por qué han cerrado filas contra la integración, contra el proceso de cambios que se viven en Venezuela y cómo no dudan en asesinar cualquier brote émulo que tenga lugar en su entorno, cualquiera sea el país latinoamericano. EEUU, a quien han dado tanto las oligarquías, es el cancerbero de las ideologías libertarias que puedan retoñar en el continente. De modo que la lucha no es contra los sucesores de Páez, de Santander ni de Flores solamente, sino contra un nuevo imperio. El enemigo en casa y el amo afuera. Aquella lucha libertaria del pasado que aparentemente terminó con el sello de la Independencia, no ha finalizado realmente y se ha desplazado contra quienes la pervirtieron desde el mismo génesis bolivariano, es decir, contra las élites enquistadas en "nuestra América", que ahora se prosternan ante extranjeros ídolos que favorecieron sus mentiras, su traición y la terrible usurpación del poder de los pueblos.

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