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La Libertad y su cuadrilla del Apocalipsis
Por: Antonio Maira - Cádiz Rebelde
Fecha de publicación: 17/08/03
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La Libertad Dios supremo

La última causa declarada de la guerra contra Irak es la “expansión de la Libertad”.

Entendida debidamente esa libertad -tal como lo hacen las élites políticas de Occidente y especialmente de los EEUU- como Mercado abierto para las multinacionales, ésa es, sin duda, la explicación que más se aproxima a la realidad.

Al fin y al cabo no ha habido nada más explícito, en los hechos y en las palabras, que el expolio total e inmediato de Irak: los soldados corrieron a apropiarse del petróleo, y el saqueo estructural fue anunciado por Paul Brener en su primera rueda de prensa inmediatamente después de pisar suelo mesopotámico. El objetivo prioritario de la ocupación –dijo el administrador imperial- es “transformar la economía hacia un sistema liberal”. Sin duda para extender esa nueva moral por el país, los EEUU permitieron –o estimularon- la actuación de los grupos de “incontrolados” que robaron y destruyeron el patrimonio público durante los primeros días.

La finalidad de la guerra: el robo del petróleo y la “globalización” capitalista del país, aparece también tras las lamentaciones, la rabia y la cólera del presidente de los EEUU. “Las emboscadas –dice un Bush frustrado por la resistencia iraquí- son montadas por un pequeño grupo de personas leales a Sadam que tratan de impedir el avance de la libertad”.

Según esas declaraciones del primer mandatario norteamericano y muchas otras de sus secuaces dentro y fuera de los EEUU, esa de la Libertad es la causa definitiva y al mismo tiempo suprema e integradora de todas las demás enunciadas hasta ahora. De modo que no queda nada que decir de las armas nucleares, químicas o bacteriológicas de Irak: fueron inventadas por Washington para la destrucción masiva de la verdad.

A tal noble causa de la Libertad, por fin expresada, los EEUU –bajo administraciones demócratas y republicanas- han consagrado un enorme esfuerzo destructivo. Tal esfuerzo ha escalonado un verdadero horror sobre el pueblo de Irak: más de una década de embargo de efectos genocidas; dos guerras de destrucción y matanza, masivas y unilaterales; enormes bombardeos devastadores de “demostración, sostenidos durante o semanas; ataques aéreos casi diarios en las denominadas “zonas de exclusión”; amenazas irresistibles de Washington para imponer el allanamiento del país bajo cobertura de la ONU y dirección de la CIA; y finalmente la intervención, medio cómplice medio forzada, del Consejo de Seguridad que desarmó sistemáticamente a Irak, sirvió al espionaje de Washington e identificó los blancos –militares y civiles- para los ataques que arrasaron el país y permitieron su ocupación en la primavera pasada.
La Libertad se expande, según resulta manifiesto, por un campo de ruinas físicas y humanas, de la misma manera que lo hicieron, siglos atrás, la Fe y la Civilización en las primeros ciclos coloniales.

En uno de sus últimos artículos, “La privatización de Irak”, Sami Naïr da cuenta de la naturaleza del proceso de implantación de la Libertad-Mercado que están llevando a cabo, manu militari, los ejércitos anglo-americanos. Esa Libertad –Mercado se ha convertido en el Dios único cuyo primer sacerdote es el gobierno de los Estados Unidos.

La guerra ha tenido un objetivo ético, el de la realización del “principio moral” del “libre comercio” que había proclamado hace meses la “Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos”.


La Guerra

La guerra –de destrucción masiva o de “baja intensidad”- es un instrumento poderoso que no necesita justificación alguna más allá que el servicio a ese dios Libertad-Mercado. La guerra y el expolio son los modos de ser frente al mundo, de los Estados Unidos.
La guerra en Irak, feroz y cruel como pocas, implacable y desigual hasta la matanza masiva e impune, ha sido el primer jinete en el apocalipsis que anuncia el triunfo final de la Libertad.

La función religiosa de la destrucción y la ocupación militar de Irak explica esa postura entre la perplejidad y la arrogancia, con la que Bush se ha referido a “los críticos y los cínicos” que le demandan explicaciones sobre las razones para la guerra. El presidente y vicario divino se indigna por la atención mediática a “minucias” tales como las “causas” o la “legitimidad” del ataque, y promete, con acentuada indolencia, encontrar las pruebas de la existencia de “programas” de armas de destrucción masiva. Para esa cruzada de la “guerra mundial antiterrorista” –proclama la élite económica y gobernante en Estados Unidos- las normas internacionales son absolutamente irrelevantes.

Los dirigentes de los EEUU, seguros de la impunidad internacional de su país garantizada a corto y a medio plazo por su gigantesca superioridad militar, y de la suya personal impuesta coactivamente por Washington frente a cualquier jurisdicción internacional, han afirmado su voluntad de hacer “guerras preventivas”.

El escándalo ha sido considerable aunque sorprendente porque la inmensa mayoría de los escandalizados habían soportado sin rechistar un largo proceso de ruptura de las normas y los tratados internacionales por los Estados Unidos. Algunos han lamentado sinceramente el retroceso brutal de las relaciones internacionales, otros han afirmado con cinismo que en realidad tal asunto de la “guerra preventiva” era una “adaptación” natural de aquellas relaciones a la indiscutida superioridad de los EEUU. La medida del cinismo de tantos la dio la Cumbre de Salónica en la que la Unión Europea adoptó también el “compromiso preventivo” como instrumento para la seguridad de Europa.

En realidad, y dada la enorme superioridad militar de los EEUU y su disponibilidad para utilizar la fuerza, todas las guerras son preventivas en el sentido de “no provocadas” ni motivadas por actos belicosos del supuesto enemigo.

Pese a que esa guerra preventiva en la que el atacante estima la peligrosidad futura del atacado es radicalmente contraria a la Carta de las Naciones Unidas, la realidad es todavía más dura. Ninguna guerra es preventiva ni siquiera en el sentido que ha sido proclamado como justificación por Washington. Las causas evocadas para realizar la guerra de Irak han resultado no sólo absurdas sino también absolutamente falsas: groseras coartadas para la guerra con datos inventados por los gobiernos de los EEUU y del RU, y aceptadas “en primera instancia” por los miembros más destacados de una “comunidad internacional” desigualitaria y coactiva. La conclusión de la guerra contra Irak es evidente: no había ningún riesgo que atajar tal como sabían todos los dirigentes de mundo.
Todas las guerras de esa guerra permanente y general que están llevando a cabo los EEUU y sus aliados fieles, son guerras de conquista. No tienen más causas que la del sometimiento del “enemigo” y de la comunidad internacional. Son además expresiones de poder, guerras de dominación e instrumentos para el expolio.
El comienzo de la guerra, y el primer acto de imperio es la “designación del “delincuente internacional” que realizan públicamente los EEUU. En las razones de fondo para ese señalamiento están, naturalmente, los “intereses”, la “seguridad nacional de los Estados Unidos”, las materias primas, un mercado interno demasiado protegido de la codicia de las multinacionales, un sistema económico incompatible con la Libertad-mercado o, simplemente, el petróleo codiciado por los EEUU.

Ese acto primario que, por “derecho divino”, condena los peores infiernos, necesita ser acompañado por un proceso, con frecuencia largo, de preparación de la “opinión pública”. El aparato de propaganda –Falsimedia- tiene un papel relevante en la codificación de esa categoría internacional de rogue state realizada en la primera fase -la de “demonización” del enemigo y creación de miedo- de la guerra. La “designación del malo” es el verdadero anuncio del apocalipsis.

En el caso iraquí los Estados Unidos y el Reino Unido mintieron durante muchos años con la complacencia, el silencio o la complicidad abierta de la inmensa mayoría de los medios de comunicación. Ahora, una vez realizada la ocupación y eliminada toda posibilidad de que ésta sea aceptada sin resistencia por el pueblo iraquí, se han abierto a medias los ojos de Falsimedia y la memoria ha pasado de una situación de amnesia total a otra de desmemoria parcial. Pese al revuelo de algunos medios ante la aparición de una resistencia guerrillera organizada en Irak, una de las cosas más destacables del conflicto ha sido la fácil “vuelta a la normalidad” política y mediática que se produjo cuando Bush decretó el fin de la guerra.

La guerra de Irak ha sido y está siendo ejemplar en muchos sentidos. Uno de ellos es el del papel de los medios –y de los políticos a los que podríamos definir con el calificativo de siervoyanquis- que hacen entrar y arrastran poco a poco, mentira tras mentira, a la opinión pública por la senda que terminará en una salvaje guerra de conquista.

Tal papel de colaboración obscena y necesaria de Falsimedia con un proceso de agresión que según los designios imperiales debe conducir inexorablemente a la rendición o a la guerra, se está haciendo en estos momentos en relación con Cuba y también con Venezuela. Ésa es, precisamente, la aportación al proceso integrado de la “guerra global antiterrorista” que han realizado –con conciencia plena o con inconsciencia irresponsable- los “artistas, intelectuales y políticos” que movilizados por la revista Encuentro de la Cultura Cubana y por El País, han firmado ese infame pero “correctísimo” manifiesto titulado “Contra la represión en Cuba”.


La Muerte

El segundo jinete es la Muerte.
La muerte de civiles, incluso masiva, también cuando se trata de niños, es siempre un dato “colateral” para los Estados Unidos. Colateral, es decir, fuera de los acontecimientos importantes, de los hechos enumerables, y subordinado a ellos. Lo colateral tiene el signo de lo aleatorio y también de lo inevitable. Esta fuera de toda responsabilidad moral aunque con frecuencia los daños colaterales tienen funciones muy importantes en la guerra y son perfectamente programados. Los norteamericanos sólo dan cuenta de esos muertos a los que se refiere Bush cuando proclama, como sheriff capitaneando una patrulla de castigo, ¡vamos a por ellos!

Pero la muerte para la Libertad es, sobre todo, terriblemente discriminatoria. Los esquemas imperiales -suscritos por Falsimedia- determinan que la única muerte contabilizada como tragedia es la de los militares norteamericanos o de los países aliados. La contabilización, por el momento, es minuciosa y diaria –59 en el momento de escribir estas líneas-. La muerte de iraquíes no tiene ninguna importancia. Los más de 1000 niños muertos por proyectiles no explotados, abandonados, o esparcidos por las bombas de racimo, después de finalizada la invasión, contabilizados por la Unicef, no han ocupado ningún espacio comparable en los medios. Son, como los civiles muertos en los bombardeos aéreos y cañoneos intensivos de la invasión, “daños colaterales”.

Algunas palabras sobre el Hambre y la Peste

El hambre y la enfermedad están también entre los desastres provocados por el despliegue de la Libertad en Irak.

El hambre comenzó con el embargo y es ahora un acompañante terrible para los cientos de miles de iraquíes que han perdido su trabajo y sus medios de subsistencia.

Sami Naïr, en el artículo que ya he mencionado, calcula que el coste de la reconstrucción no bajará de 100.000 millones de dólares, verdadero “maná” para las empresas norteamericanas que lo financiarán con el petróleo del país, también administrado por los invasores.

Irak fue demolido minuciosa y deliberadamente en una operación de “destrucción creativa” cuyo objetivo era la liquidación de todas las infraestructuras: transporte, aguas, energía, y de los servicios y las empresas públicas del país. La privatización, que ha resultado catastrófica en países como Argentina, se está haciendo en Irak por un método más expeditivo. Naïr habla de un plan denominado: “Para que la economía iraquí pase del renacimiento al crecimiento sostenido” que comienza con la liquidación de las empresas públicas declaradas insolventes, y con la venta de las demás, todo ello bajo control exclusivo de las potencias ocupantes.

La enfermedad, por las consecuencias del uso de uranio “empobrecido”, por la falta de medicamentos y equipos quirúrgicos, por la contaminación de las aguas, y por la imposibilidad de importar alimentos, fue una plaga masiva durante los años de embargo. Se calculan cifras de muertos, por enfermedades curables y por desnutrición, próximas al millón de personas, más de la mitad, otra vez, niños. La situación se ha agravado después de la enorme destrucción causada en los ataques masivos para la invasión del país.

El gran objetivo reconstructor que anunció Paul Brener tiene que partir de cero. Su comienzo ha sido la destrucción sañuda del patrimonio colectivo –también el cultural- y su continuación será la expropiación total del país que será vendido, según dispone el Mercado, a precio de ruinas.

La Libertad es un dios terrible que anda en el mismo negocio que la diosa Desigualdad. Reparte dones sobre dones y tragedias sobre tragedias. Mata y hambrea sin piedad. Por eso es el dios de los vencedores y el azote de los vencidos. Está en el altar de Bush, de Cheney, de Rumsfeld, de Blair y de Aznar.
Pero hay otra libertad, de raíz y de arraigo más humilde, que implica igualdad y autonomía, solidaridad y respeto mutuo. No tiene altares y no puede ser destruida. Se aloja en el alma de la gente sin nombre.
Ésa es la que alimenta la protesta y vive en la revuelta del pueblo iraquí.



(1) Rueda de prensa del día 23 de julio 2003.
(2) El día 24 de julio el País publica una comentario de Ernesto Ekaicer titulado “Un agujero en la hemeroteca de Aznar” en el que el periodista le reprocha a Aznar su continua reproducción de las mentiras de Bush y Blair y su negativa imperturbable a aceptar la falsedad de los motivos alegados para la realización de la guerra. De lo que no habla Ekaicer es del enorme cráter en la memoria del propio País que cuando la guerra estaba en puertas saludó con entusiamo las escandalosas intervenciones de Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU.
(3) El lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki fue un ejemplo de “daños colaterales programados”. Truman los justificó diciendo que el bombardeo nuclear, con unos 240.000 muertos inmediatos según fuentes japonesas, evitaba la prolongación de la guerra y ahorraba bajas norteamericanas.






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