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¿Quién mató a Pedro Doria?
Por: Rafael Valbuena – Periodista
Fecha de publicación: 16/09/02
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La pregunta se mantiene en el aire. Y no porque no tenga respuesta. Es solo porque sustituye al grito de impotencia y de rabia que deja la muerte de un ser querido en manos de los sicarios, los terratenientes y los poderosos, que se creen dueños absolutos de tierras, de animales, de pueblos y de vidas.

A viva voz corre la noticia. Como reza el viejo adagio “pueblo pequeño, infierno grande”, porque San José ya tiene el averno entre la plaza y la estación de servicio. Todos saben quién dio la orden y pagó por la vida de Pedro. Su viuda lo escucho de los propios labios de aquel que le dio amor, noches y desvelos. “Te dijo que si sigues con la vaina de los terrenos te va a matar”- atinó a advertir en la oscurana, un emisario del hacendado. Una mueca de desaire agitó en el aire el galeno. Tal vez pensó, ¿quién se atrevería a matar al médico del pueblo?.

Pedro era un hombre, no solo de añeja lucha social, sino también de gran capacidad de trabajo y sensibilidad humana. Un hombre ajeno a la idea de la violencia, temeroso de las armas, a las que odiaba, y de las cuales quiso alejarse al salir de Guarenas, su tierra natal, para retirarse a ese lugar apartado de la geografía zuliana, epicentro de tantas injusticias que desde tiempos inmemoriales, mantienen el orden casi invariable: blancos explotadores dueños de la tierra, junto a pardos, indios y zambos desheredados, sin casa ni sustento.

¿Quién mató a Pedro Doria?. Eso lo sabe el electricista que tuvo que renegar de su presidente porque ya no le daban trabajos. Lo sabe el panadero que lucha por mantener su negocio, luego de ser marcado cual judío por los nazis, por creer en el cambio revolucionario. Lo sabe el “loquito” del pueblo, un muchacho que conmocionó a los presentes en un acto público cuando llamó, a todo pulmón, asesino y criminal al hacendado “innombrable”. Entre sollozos, la madre asentía, mientras el valiente amigo, recordaba las tantas veces que el “doltor” le curaba sus terribles padecimientos y le devolvía, por sobre todas las cosas, un poco de la dignidad perdida por tanta incomprensión y discriminación. Lo sabe el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas. Sin embargo, la policía realizó los allanamientos 18 días después de cometido el hecho, a plena luz del día y luego de declararlo a la prensa. También lo saben los pacientes, quienes ya no tienen al médico y amigo, que no tenía ni hora ni fecha para atenderlos, el que les fiaba la consulta y les iniciaba el tratamiento. Lo sabe la gente del Instituto Nacional de Tierras, quienes también fueron amenazados, un día antes del asesinato de Pedro. Lo sabe la Asamblea Legislativa del Estado Zulia, quien en persona de Fernando Villasmil y William Barrientos, se lavó las manos (con una única y valiente excepción) al manifestarse incompetente para investigar el caso, mientras acusaba al INTI de manera muy disimulada, por lo que llamaban “invasiones” a la propiedad privada. No es raro, cuando para Villasmil en el campo “no hay problema social, pues en él solo vive un 12 por ciento de la población venezolana”.

Judith, su hermana, una de los once que conforman esta camada de los Doria, muestra el liderazgo familiar cuando las fuerzas oscuras del silencio cómplice, amenazan con sumir en el olvido el caso de Pedro. Sin sonido, sin representantes gubernamentales, sin politiqueros de oficio, sin medios de comunicación, aglutinó en medio del terror impuesto por los amos de Perijá, a más de 500 personas, entre campesinos, amigos, vecinos, familiares y otros luchadores sociales. Para nada se amilanaron los presentes, cuando vehículos de lujo merodeaban a baja velocidad los alrededores de la plaza. Mucho menos callaron las voces clamando justicia por este vil asesinato.

Las cinco balas que cegaron la vida del galeno, no detienen la lucha. Más bien la acrecientan. Las amenazas intranquilizan, pero no merman el empeño por una patria bonita, con tierra y hombres libres. Los campesinos siguen unidos, la familia de Pedro también. La amenaza se siente, crispa el alma de todos, pero no detiene el anhelo de justicia social, de igualdad y de paz.

Durante aquel acto, las canciones de Alí nos recordaron historias parecidas, que exigen finales distintos. “Los que mueren por la vida, no pueden llamarse muertos...”
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Rafael Valbuena – Periodista


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