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Cuando un amigo cumple años, suelo decirle: a quien debes felicitar es a mí
porque tuve la suerte de que nacieras. Obviamente, con Fidel Castro es
infinitamente mayor la felicidad que cualquier cubano siente en este día 13
de agosto, y no solo los cubanos, sino todos los revolucionarios del mundo,
y aún más, todas las personas sensatas y honestas que aspiran a un mundo
mejor, porque lo cierto es que la obra de Fidel Castro, desde los tiempos
del Moncada hasta hoy, su sabiduría y crisol de ideas han contribuido de
manera esencial a concebir y avanzar hacia ese mundo mejor al que aspiran
cientos de millones de personas en todo el planeta.
Él representa una tradición revolucionaria, política, social y cultural que
no es patrimonio exclusivo de Cuba, sino de toda América, la bolivariana y
martiana, y esta tradición tendrá una fuerza creciente en la medida en que
el imperio norteamericano vaya demostrando, con los hechos, su torpeza y
maldad que, como decía José Martí, van muy relacionadas.
La influencia cada vez mayor de sus ideas se fundamenta en una sólida
cultura y en lo que he llamado la cultura de hacer política, una tradición
que nos viene desde los tiempos forjadores de la nación, que alcanza en José
Martí su punto más alto en el siglo XIX y tiene en Fidel su mejor discípulo
y continuador. Frente a la vieja consigna reaccionaria de divide y vencerás,
Fidel, al igual que Martí, levanta el principio de unir para vencer. Es el
artífice de la unidad de nuestro pueblo, el que nos ha conducido con acierto
y sabiduría y es la figura de mayor capacidad de convocatoria, capaz de
aglutinar internacionalmente a los más amplios sectores interesados en
buscar una salida sensata al caos en que se ha introducido la llamada
civilización occidental y que amenaza con provocar una ruptura de
incalculables proporciones.
Sus ideas políticas, económicas y filosóficas constituyen hoy una
alternativa sensata a la crisis que se gesta a pasos acelerados y que se
expresa en la quiebra de instituciones jurídicas, políticas y de principios
éticos en los que decía sustentarse el sistema capitalista. Incluso en
Estados Unidos sus enseñanzas tendrán que ser tenidas en cuenta en el futuro
para un diálogo racional y civilizado con el mundo, de otra manera
resultaría imposible llevarlo a cabo con éxito a escala internacional. Ha
sido no solo un enemigo consecuente de las oligarquías dominantes -esas que
promueven hoy una política neofascista-, sino también un amigo sincero del
pueblo estadounidense.
Si Martí fue el más certero analista sobre Norteamérica en los finales del
siglo XIX, Fidel lo ha sido en el XX y continúa siéndolo en los comienzos
del XXI.
Como ha dicho el propio Fidel, el pueblo estadounidense tendrá que
desempeñar un papel decisivo en el destino del mundo. Para hacerlo resulta
obligado tomar en cuenta las experiencias de 50 años de errores y fracasos
en sus relaciones con nuestro país y asumir desde una posición de respeto la
historia de la nación cubana por alcanzar y ejercer la plena soberanía, es
decir, la que representa el Comandante en Jefe.
A quienes me preguntan fuera de Cuba, a veces con mala intención, otras con
sano interés, cómo será Cuba más allá de la generación del centenario, es
decir, en un futuro posterior a nuestras vidas les respondo, ¿y cómo será el
mundo en las décadas venideras? Porque lo que hay que preguntarse no solo
por la suerte de Cuba, sino por la del mundo. Nuestra Patria tiene ligados
sus intereses al destino de la humanidad y no puedo concebir el futuro de
Cuba sin tener en cuenta el futuro del mundo.
Fidel hablaba con emoción el último 26 de Julio con motivo del aniversario
50 del Asalto al Cuartel Moncada, acerca de la imagen que podría hacerse de
Cuba en el centenario de aquel magno suceso. Inspirado en sus reflexiones,
por mi parte, recordé las siguientes palabras suyas:
El gran caudal hacia el futuro de la mente humana consiste en el enorme
potencial de inteligencia genéticamente recibida que no somos capaces de
utilizar.
Con las enseñanzas de Fidel y de Martí podríamos decir que para encontrar
ese gran caudal hay que vincular la inteligencia con la bondad y con la
facultad de asociarse y unirse en la cual el Apóstol situaba el secreto de
lo humano.
El impresionante bregar del pueblo cubano en nuestros días inspirado en las
ideas de Fidel en el terreno de la educación y de la cultura en general es
un ejemplo aleccionador de su capacidad y su talento para estar a la altura
de los enormes desafíos que plantean ante la nación cubana los complejos
procesos globalizadores que tienen lugar en el mundo. Para Fidel, como para
Martí, sin cultura no hay libertad.
Esto es lo que deseo decir un 13 de agosto en homenaje a nuestro hermano
Fidel Castro.
(es una transcripción de "Granma" del 13 de agosto de 2003)
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