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No tengo nada en contra del Presidente Chávez. Tampoco tengo nada en contra de la idea de tener un líder que se encargue de encarar un movimiento de reivindicación social. Eso está bien y funciona.
Pero, justamente, la caída de los movimientos revolucionarios, generalmente, va unida a la desaparición de sus líderes. Por ello, y con ganas de generar una corriente de opinión que rompa con los paradigmas de lo común, o mejor, de los lugares comunes históricos, es necesario reflexionar sobre la importancia que debe tener el proceso en sí por encima de las aspiraciones personales, o bien, de la necesidad mesiánica de que una persona todopoderosa –que a mi parecer no existe– se encargue de dirigir de manera exitosa nuestros destinos, mientras cada cual se limita a sólo mover un dedo: el que cambia los canales de TV.
La revolución debe dejar de ser un movimiento de fanáticos detrás de un salvador. Debe dejar de ser una manada detrás del macho que más mea. Debe ser una gran corriente, indetenible, imparable, que logre superar escollos como la pérdida de un líder sea por la razón que sea.
No puedo dejar de expresar el temor que siento, a cada segundo, cuando pienso que pasará en Cuba cuando Fidel no esté. Pero no puedo compartir con resignación la idea de que las “fuerzas del oscurantismo” pasarán a imponerse y destruir un modelo que ha resistido inmensos golpes durante décadas.
Es difícil comprender cómo se puede salir de los paradigmas en los cuales estamos inmersos. Es forzoso razonar algunas cuestiones y dejar las pasiones de lado e incluso es complejo entender cuándo estamos inmersos en una ola fanática y fantástica.
La revolución bolivariana sin Chávez no es ideal, pero es posible y, si sucediése, necesaria.
Pensemos.
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