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El magnicidio, línea directriz de la Iglesia venezolana
Por: Javier Javilo Arrúe
Fecha de publicación: 10/08/03
imprímelo mándaselo a
tus panas
En estos días, la oposición en Venezuela, ha vuelto a actualizar el tema del magnicidio, matar al Presidente Chávez, por boca del decrépito Carlos Andrés Pérez desde República Dominicana, de Guillermo Morón desde las alturas de “su” historia, de Oscar Yánez desde la bajeza de su bilis, y todos ellos con complaciente
cobertura de los medios de comunicación social. Pero hay algo mucho, mucho peor, más peligroso y nefasto, como es la postura de la Jerarquía Católica Venezolana que propicia abiertamente el asesinato del Presidente Constitucional de la República. No sólo por su silencio criminal, al cual ya estamos costumbrados,
pues nada dijeron del chantaje terrorista como lo era anclar un barco con cuarenta y cuatro millones de litros de gasolina al frente de las costas de
Maracaibo; o su apoyo frontal al paro de la educación en diciembre y enero últimos, aupado por su silencio aberrante; o su silencio cómplice del asesinato de más de sesenta dirigentes campesinos que no les ha merecido ni una sola palabra de rechazo, y menos de condena.

Antes de demostrar lo que he afirmado con absoluta certeza, como lo es el apoyo de los obispos al magnicidio de nuestro Presidente, quiero citar textualmente las palabras de nuestros obispos en un documento, que emitieron el 14 de julio de 1973, donde decían: “Recordamos que una actividad política del sacerdote no es nunca de exclusiva responsabilidad personal, porque siempre, de un modo o de otro, toca o envuelve a toda la Iglesia”. Explico a continuación los hechos: Resulta que el sacerdote Manuel Díaz Álvarez, Cura Párroco de El Hatillo, escribió el 29 de
marzo de 2003, como es habitual casi todos los sábados en el Diario Últimas Noticias, un artículo de opinión con el título “Ni guerra ni Tiranos”, en el que
justificaba la persecución y aniquilamiento de Saddam Hussein, dándole el visto bueno al ejército de los Estados Unidos en su labor genocida de bombardear al
pueblo iraquí, porque el fin era matar a ese “cavernícola embrutecido”, “opresor monstruoso” y “sátrapa”, epítetos como los utilizados contra nuestro Presidente.

Para darle sustentación a su propuesta, este sacerdote, voz de la Iglesia venezolana, hace alusión a una discusión de la Edad Media sobre qué hacer con los tiranos, y dice textualmente: “Y se preguntaba si el pueblo no tenía todo el derecho del mundo a deshacerse de un hombre cruel, cuyo afán de dominio, su apego al poder, y sus desbarajustes síquicos enfermaban y amiseriaban a todos. Quienes participaron en los foros llegaron a la conclusión de que era preferible quebrantar los derechos más elementales del tirano y no los de toda una nación”,
y, para que no se piense que yo soy demasiado suspicaz, el citado sacerdote termina su artículo con estas palabras:”Debemos meditar sobre el particular
todos los venezolanos”.

Conociendo el sectarismo energúmeno de este señor, por haber leído algunos de
sus escritos, el mensaje es directo y sin matices:

Apuntar a Saddam Hussein, pero disparar por mampuesto a Chávez, porque es preferible quebrantar los derechos más elementales del tirano, o sea, matarlo... ¿Por qué ningún obispo ha silenciado a este emérito heredero de la Inquisición española, como sí lo hicieron con los sacerdotes que asistieron a la celebración del 23 de enero, 2002, y ya eran condenados y desautorizados públicamente cuando todavía no habían terminado de oficiar la Misa?
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Javier Javilo Arrúe


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