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Entre las tribus aborígenes de norteamérica hubo un gran líder y guerrero conocido como Mano Amarilla. Excelente Guerrero, querido por su pueblo y temido por el enemigo. El sencillamente hacia lo que debía hacer: defender la tierra de sus antepasados y de sus herederos, impidiendo exitosamente que sus arboles le dieran sombra a los invasores. Peleó con muchos militares gringos y a todos venció. En su búsqueda mandaron a un Coronel asesino que las películas nos han vendido como un héroe, quien vivió sus últimos años bajo el alias de “Bufallo Bill”. Los Sioux comandados por Mano Amarilla acabaron con las tropas del asesino. Finalmente los rodearon y del grupo derrotado salió “Bufallo Bill” y retó a Mano Amarilla a un duelo, uno a uno. La gallardía del Guerrero Sioux lo metió en la trampa: acepto. Pidió un caballo para su asesino y otro para él, seguro de que lo liquidaría sin problema en una lucha limpia y honorable. Los caballos estaban listos para llevar a sus jinetes al combate final. El asesino sacó un arma y disparó al caballo del contrarió. Mano Amarilla quedó aplastado por su caballo agonizante; sólo alcanzó a sentir terror cuando “Bufallo Bill” le cortó el cuero cabelludo para que sus dioses no se lo pudieran llevar al cielo. La muerte vil le entró por el corazón indefenso. Al ver al asesino con el pelo de su líder en alto las tropas Sioux huyeron despavoridas de semejante horror. Adelante les esperaba el ocaso de su raza.
El Cacique Tamanaco era muy corpulento, muy fuerte, muy valiente. Cuando fue atrapado por el líder español “Gonzalito”, este decidió no matarlo. Le dijo: “Te propongo que pelees mano a mano con mi mejor guerrero. Si vences serás libre.” El Invencible Tamanaco se preparó para su pronta libertad.
Los españoles alistaron un área de pelea con paredes de tabla para que ningún guerrero pudiera escaparse con su cuerpo sano. Sólo la muerte permitiría salir a un guerrero. Se aglomeró la gente para ver el gran combate. Todos arriba gritando. Entró el gran Cacique Tamanaco dispuesto a vencer a cualquier humano que se atreviera a retarlo. Se puso en posición de combate para recibir a su oponente y el terror lo embargó al ver entrar a un Gran Mastín negro, el perro más enorme que hubiera en el nuevo mundo, entrenado para matar indios. Trató de correr y las tablas se lo impidieron. Los dientes del perro le arrancaron la cabeza cuando aún escuchaba la algarabía de la traición.
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El General Sandino cumplió con su lema: no discutió la soberanía de su Nicaragua, la defendió. La constancia y el patriotismo fueron venciendo y haciendo difícil que los gringos apoyados por los traidores tuvieran el poder. La verdad evidente: El General Sandino tenía el poder real. El enemigo lo invitó a una reunión a solas para definir la guerra. Sandino se acercó al lugar del encuentro sin escolta. Iba en el asiento de atrás del carro, se asomó por la ventana y sólo vio acercarse la bala traidora que lo esperaba en la emboscada. Escuchó un vidrio quebrarse y luego ya supo que su Nicaragua estaba sin líder. Vio su cuerpo ensangrentado, ya sin vida y pensó en lo lamentable. Escuchó las risas de sus asesinos. Supo que Somoza gobernaría cruelmente por mucho tiempo.
El Presidente había vencido todas las trampas apegándose a la ley. El apoyo de su pueblo lo llenaba de tranquilidad y de confianza en el futuro. “Respetando la Constitución y las leyes siempre venceremos.” Sus enemigos también lo sabían. Trataron por otros medios un nefasto abril; pero el pueblo con la ley volvió a vencer y lo puso de nuevo a la cabeza de la patria. Se disculpó por sus faltas y disculpó las faltas de los enemigos de la nación. Los dejó vivir y ellos vivieron para hacer morir al país en un segundo intento. La constancia y la paciencia de nuevo mantuvieron el poder a favor de los intereses de la mayoría mestiza.
El enemigo invito a contarse en un referendum legal, según la constitución ...
Alexis Aguirre
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