Bolívar: La Patria es América


Aunque reverenciado por hombres y mujeres humildes de este conjunto de
pueblos que él quiso ver unidos en un solo corazón, y cantado por numerosos
poetas, Simón Bolívar, quien vino al mundo en Caracas el 24 de julio de 1783
para cambiar el curso de la historia de América, ha sido reducido muchas
veces al papel de ícono, y en los últimos tiempos, en novelas, filmes,
series de aventuras, se le presenta más como febril amante que como preclaro
soldado de la revolución.

Los cubanos, y con nosotros historiadores y lectores avisados de varios
países, conocemos las iluminadas páginas y los no menos encendidos discursos
que José Martí dedicara a Bolívar en los tiempos en que preparaba el
estallido de la Guerra de la Independencia en Cuba, cuando se puso a la
cabeza de aquellos que se empeñaron en escribir la estrofa que le faltaba al
poema (épico, sin duda) de 1810. Pero no solo en esos textos sino también en
su obra de madurez, se advierte que el ideario de El Libertador fue
estudiado y asimilado por él. Y es que el pensamiento bolivariano pasó a ser
herencia viva de la caudalosa literatura martiana.

Caudalosa fue también la obra escrita del caraqueño insigne. Los
investigadores consideran que ya a mediados del siglo XX se habían
localizado 5 375 cartas firmadas por su mano, un centenar de proclamas, 26
discursos, 21 mensajes, 14 manifiestos, 12 leyes, decenas y decenas de
decretos, el cuerpo de dos constituciones, bandos, arengas, llamamientos y
también artículos, ensayos y análisis de obras literarias, sin olvidar todo
lo que en el fragor de la lucha se perdió.

Nacido en un hogar donde nada faltaba (Andrés Bello aseguraba que Bolívar
era el hombre más culto y más rico de su época en Venezuela) fue formado
como un auténtico mantuano cuya misión sería defender privilegios y mantener
a raya a los humildes expoliados. Pero los mismos libros puestos a su
disposición para que aprendiera a gobernar lo condujeron a otros textos, a
otras indagaciones, y por su genio natural, con el concurso de ese
revolucionario silencioso que fue su maestro Simón Rodríguez, quien lo
acompañó en sus viajes por el mundo, conoció la entraña de la esclavitud,
las desigualdades, la ambición sin límites y otros desastres sociales y
decidió echar su suerte con los rotos, los llaneros, los gauchos, quienes
nacían y vivían sin esperanzas en toda la América irredenta.

Al modificar la estructura social de la media docena de países donde
desarrolló su acción directa y en los que influyó decisivamente, se
proponía, como en el poema de Martí al buen Pedro, librar de su infortunio a
los siervos, y de su infamia a los servidores del despotismo, esos miles de
hombres y mujeres envueltos en la madeja social, meras piezas de un
mecanismo que convertía en aterrados cómplices a las propias víctimas del
coloniaje. Por eso cuando algunos admiradores que solo advertían los
accidentes externos del tejido social lo compararon con Napoleón —a cuya
proclamación en 1804 y coronación en 1805 Bolívar había asistido por azar—
respondió precisando que el célebre corso era un emperador que sojuzgaba a
los pueblos, y él, por el contrario, alzaba su espada para liberarlos.

Desde aquel 5 de julio de 1811 en que se decreta la Independencia en Caracas
y comienza la guerra contra los realistas, Bolívar libra más de 400 batallas
a lo largo de 20 años, sin descuidar el desarrollo social. Ahora que en
Venezuela se lleva a cabo una hermosa batalla por desterrar para siempre el
analfabetismo debemos recordar que la educación fue una prioridad en su
programa y subrayó que el primer deber del Gobierno es educar al pueblo. Por
eso es muy plausible que la campaña lleve el nombre de Robinson, que alguna
vez usó en el clandestinaje Simón Rodríguez —maestro en toda la extensión de
la palabra— pues la ignorancia es una forma perversa de la permanencia de la
esclavitud en las conciencias.

El Libertador que el 6 de septiembre de 1815 consignaba en su Carta de
Jamaica que deseaba ver formarse en América la más grande nación del mundo,
menos por su extensión y riqueza que por su Libertad y gloria, soñaba con
una América unida donde se erradicaran los males coloniales, incluida la
perniciosa corrupción. Ya en enero de 1824 firma un decreto donde se dice
que todo funcionario que se apoderara de fondos públicos de diez pesos para
arriba puede ser condenado a la pena capital.

El 6 de agosto de ese mismo año, Antonio José de Sucre vence en Junín.
Bolívar libera a Lima el 5 de diciembre, el día 9 Sucre triunfa
brillantemente en Ayacucho sobre el ejército realista, y ese hecho significa
la derrota de España y la liberación de la mayor parte de nuestra América.

La envidia, el aldeanismo, la labor de zapa de las potencias coloniales, que
siempre codiciaron las riquezas de estos pueblos y la ambición de los falsos
patriotas, impidieron que se realizara la unidad por la que tantos dieron la
vida, y El Libertador, enfermo y abandonado, pudo haber inspirado los versos
de nuestro Apóstol que afirman con amargura: "todo el que lleva luz se queda
solo". Minado su organismo por la tuberculosis, se refugia en la hacienda
San Pedro Alejandrino en Santa Marta donde fallece el 17 de diciembre de
1830. Un año y meses antes, en carta fechada en Guayaquil, el 5 de agosto de
1829, le había expresado al diplomático inglés Patricio Campbell: "Los
Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América
de miseria a nombre de la libertad."Y como pudieron comprobar las
generaciones posteriores no se equivocaba. En momentos de angustia suprema
pensó que había arado en el mar. Él era un apasionado, un primogénito del
mundo como decía Martí, un justo comido por la impaciencia. Pero la batalla
no estaba perdida. Ahora mismo su ideario renace en Venezuela, y triunfará
en toda nuestra América. Como en el poema de Neruda, Bolívar despierta
siempre que despierta el pueblo.


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Luis Suardíaz/ enviado por Revista Koeyu Latinoamericano


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