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(Edith Franco- Los Guayos, 22 de julio de 2003).-
Sólo con un movimiento campesino radical y con elevados niveles de conciencia solidaria y con dirigentes dispuestos a ofrendar sus vidas por la revolución agraria, seremos capaces de construir el sueño de Simón Bolívar.
El proceso social revolucionario de nuestra Venezuela Bolivariana está amenazado por la resistencia al cambio de una gran cantidad de funcionarios y dirigentes campesinos. A casi dos años de haberse promulgado en Gaceta Oficial el Decreto con Fuerza de Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, prevalece en la conciencia de mucha dirigencia política el espíritu de la Ley de Reforma Agraria promulgada en el Campo de Carabobo el 5 de marzo de 1961 por el líder de los adecos Rómulo Betancourt; cuyo estatuto agrario creó, básicamente, un campesino mercantil parcelario, es decir, un campesino individualista, egoísta y dividido del resto de la población.
Hoy día, a diferencia del anterior régimen legal agrarista, el Decreto del Presidente Hugo Chávez Frías contempla, como se desprende de su artículo cuarto, la posibilidad histórica de engendrar en esta Venezuela Revolucionaria, un campesino cooperativista fusionado en fundos colectivos y en granjas cooperativas donde las y los campesinos cultiven la tierra en común con ayuda familiar, apropiándose colectivamente de los frutos y repartiendo los beneficios entre los socios. En pocas palabras, con la novedosa norma, surge el concepto de una propiedad agraria comunal; y la norma estatuida por la Revolución Bolivariana permite, además, la transición de un campesino atomizado socialmente a uno colectivista que contribuya a la emancipación de las y los campesinos organizados, para así, a través de su trabajo agrícola, aliviar un poco la carga de sus miserias; en ese sentido, entiende el pueblo revolucionario venezolano que el Decreto de Chávez persigue, fundamentalmente, el desarrollo integral de la nación.
El artículo cuarto, entonces, recoge la naturaleza de las organizaciones colectivas económicas para la producción agraria, de allí que su base sea la mutua cooperación y la solidaridad sin codicia, es más, privilegia el sistema cooperativo, colectivo y comunitario; en esencia, le da un carácter institucional al Fundo Colectivo y a la organización de las personas que han optado por ser campesinas y campesinos para el trabajo agrario colectivo, al mismo tiempo que habla del empresario colectivo. Esa es la índole del Decreto-Ley presidencial: la preponderancia de la organización cooperativista.
Es cierto, que técnicamente está abierta la posibilidad de constituir parcelas particulares, que de acuerdo a los "Criterios para la Selección de los Fundos Estructurados Individuales, la superficie de producción debe ser menor o igual a 30 ha., y podrá recibir financiamiento hasta por 15 millones de bolívares". Esa es una posibilidad real, ciertamente, pero en este momento sería atentatorio contra la seguridad alimentaria de la nación el desarrollo de este tipo de unidad de producción en espacios que superan la medida antes señalada, porque lo que se está buscando con el Decreto-Ley, es garantizar la certidumbre ante la emergencia alimentaria que está viviendo el pueblo venezolano, de tener a disposición la mayor cantidad de alimentos posibles.
Con este marco de ideas como fondo, se debe entender que el campesino y la campesina cooperativista, instituido en el Decreto Revolucionario es un esfuerzo que desde ya tienen que hacer quienes luchan por un sistema con justicia social, en donde prevalezca el desarrollo humano; en ese sentido, tenemos a nuestra disposición para el estudio y la reflexión, las enseñanzas de las Cooperativas Ejidales de México, los Koljoses cooperativistas rusos, las Comunas Populares chinas, y mucho más cercano a nuestra latitud y tiempo la lucha del Movimiento Sin Tierra de Brasil, considerados referentes obligatorios para el desarrollo del cooperativismo agrícola que las venezolanas y venezolanos estamos construyendo. Sólo con un movimiento campesino radical y con elevados niveles de conciencia solidaria y con dirigentes dispuestos a ofrendar sus vidas por la revolución agraria, seremos capaces de construir el sueño de Simón Bolívar. No podemos permitir zigzagueos y retrocesos al nuevo modelo de producción agropecuaria, el Fundo Colectivo Zamorano, que puso en marcha el líder de la Revolución Bolivariana el Comandante Hugo Chávez Frías; ya lo decía el maestro Simón Rodríguez: "Inventamos o erramos".
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