Invierno salteño. Dos de la tarde. Al fin el sol calentaba sus huesos en un rincón del patio. Acuclillada a duras penas, Gisela sacó de un bolsillo una tapa de aerosol a modo de tacita. En el interior había migas de pan mojadas con agua y mezcladas con restos de polenta. Metió la mano en el otro bolsillo del vestido de tela rústica y sintió palpitar el tibio montoncito de carne y plumas. Ya pasaban casi dos semanas desde que el pichón de paloma se cayera de un nido en el alero. Pensó que no viviría. Pero de a poco se fue recuperando; a fuerza de paciencia, migas de pan, un poco de sol y unas gotas de agua. Acababa de engullir apenas dos o tres bocaditos, cuando se alejó rengueando a algo más de un metro de distancia. Gisela golpeó con una uña el piso a modo de piqueteo para atraerla, pero el pichón la ignoró. Arregló sus plumas, batió sus alitas -cada día más grandes- y, mirándola de reojo, ignoró su llamado. Gisela sonrió con sonrisa desdentada:- sos igualita a mí desgraciada, renguita y rebelde-.-¡ Claro, ya debés ser adolescente, como yo también lo fuí alguna vez!.- Se sentó lentamente, apoyándose en el muro que daba hacia el Norte. La cadera destrozada y soldada a medias no le daba sosiego. Los riñones tampoco. Esa noche seguro orinaría con sangre. Miró sin ver al pichón que ya retornaba indeciso de sus evoluciones, y su mente la llevó lejos a otro patio, en otros tiempos (¡ya casi 25 años!) en el Instituto Secundario de Rosario de Lerma. Gisela adolescente. Gisela la rebelde del curso.
-¡Che, traga, a ver si estudiás para mañana que hay prueba de historia, así me dictás! - Martita “la traga” sonrió tímidamente sin responder.
-Te lo digo en serio, mirá que yo esta noche ni pienso. Vamos al boliche con el “Negro” y la barra-.-Vos sos tonta, no sabés lo que te perdés-.
El baile lo que menos tenía era de baile. Mucha cerveza, cigarrillos, sudores perfumados y la música un asco. Y el “Negro” Corimayo, el rey de la fiesta. Más alto que lo normal, con esa cara extraña: la mitad de abajo pura risa; la mitad de arriba con esos ojos de chino que metían miedo. Y el “Negro” todo para Gisela. El “Negro” esa noche más borracho que nunca, más salvaje, más tierno. Terminaron una vez más en la pieza que les prestaba el Matías. Esa noche fue especial: quedó embarazada y fue a la primera reunión. -¿Qué hacés vos acá?. ¡Se suponía que esto era un secreto!,-dijo Gisela viendo a Martita paradita en un rincón de la pieza, llena de humo de cigarrillos de las, por lo menos, diez personas allí reunidas. -Yo también estoy con la causa- respondió “La traga” con las mejillas arreboladas.-Vine a ayudar en lo que sea. Esa noche Gisela conoció a algunos trabajadores rurales, comandados por un tío del Negro que era sindicalista, algún que otro político de poca monta, un par de vagos crónicos, un profesor de otro curso y dos estudiantes de otro secundario. Apenas recordaba los hechos de esa noche. Discursos encendidos, arengas, mucho compañero de acá, compañero de allá. Finalmente se acordó hacer unas pintadas callejeras y panfletos.
La segunda reunión pasó sin pena ni gloria pero, en determinado momento, se apartaron el Negro, el tío y otros tres y pasaron largo rato cuchicheando. Martita y Gisela terminaron aburridas, hablando de cosas del colegio. En la tercera se habló de pasar a la acción. El gobierno no quería escuchar, las empresas locales seguían explotando a los obreros, etc., etc. Era necesario escarmentarlos de una vez. La bomba la fabricaría el tío del Negro. El destinatario: un jerarca de una empresa local. Martita quiso protestar pero casi no la dejaron hablar. A la salida se acercó a Gisela para decirle que no estaba de acuerdo con esa clase de metodología, rogándole a Gisela para que ella también se “borrara”. Gisela no escuchó. En esa época todo lo que dijera el Negro era palabra sagrada. Sábado a las 3 de la madrugada estaban a la espera de la llegada del Negro y su tío. Amontonados en la misma pieza de reuniones de barrio San Bernardo. Afuera se sintieron ruidos de motores, portazos y violentamente, destrozando la puerta de entrada, apareció la cana. Los encañonaron y los pusieron de cara a la pared para requisarlos. Sacaron algunos cuchillos y cortaplumas, también revólveres. Gisela llevaba en el bolso la pistola que le diera el Negro, para que se la guardara. A cachiporrazos, empujones y patadas los subieron al celular. Martita tuvo razón.
Con los recuerdos confusos acerca de lo que pasó después, sin embargo, tenía grabado en mente - y aún le daban escalofríos- el momento en que escuchó murmurar a dos policías, que los datos que les había dado Corimayo y su tío habían sido acertados. ¡¡Los muy hijos de p...!!. Luego las imágenes se confundían. Les vendaron los ojos y cambiándola de vehículos en un par de ocasiones, terminó en una habitación húmeda, fría y sin ventanas. Allí la torturaron con cigarrillos, con picanas eléctricas, le destrozaron la cadera, los riñones y dos costillas a patadas. Le rompieron dos dientes de una trompada. La violaron tantas veces que no podría contarlas. ¿Cuánto tiempo duró aquello? No podía tampoco precisarlo. Los días se sucedían a las noches sólo en su imaginación, pues la luz siempre encendida, y la falta de ventanas, no le dejaban saberlo. El hambre y el frío siempre presente y los dolores imposibles. Deseaba desmayarse para no sufrir. Es más, deseaba morir para que todo acabara. Un día la dejaron salir. ¿Por qué? Nunca lo supo. Ella había confesado todo. Que la idea del atentado era de ella. Que odiaba al empresario. Que había sido ella quien consiguiera los explosivos. Todo lo que le achacaron y ella aceptó. Y hasta les juró mil veces. Eso sí, nunca delató a Martita. Ella era su único vínculo con la vida, con la cordura. Luego supo que aquella noche, en varias redadas simultáneas muchos fueron llevados, y diez no regresaron.
Octubre del año 2000. Las elecciones se sucedían periódicamente, sin solución de continuidad. Rosario de Lerma plagado de sedes políticas, atronaban a los pobres vecinos con cumbias villeras y cuartetos. Propuestas políticas, programas de gobierno: ninguno. La cosa era ver quién ponía la música más fuerte y el último tema de moda. Más que elección de intendente parecía elección de diskjockey. En cada sede grupos de vecinos se apiñaban con cartones de lotería, esperando ser favorecidos con algún electrodoméstico o bolsón de alimentos. Afiches por miles, pintadas por todos lados, pasacalles, etc. El dinero del pueblo usado para la fiesta, y el pueblo cada vez peor. Cada vez menos trabajo. Cada vez más subsidios a cambio del voto y a cambio del pudor, de la vergüenza, de la dignidad. Estas elecciones fueron arrasadas por un candidato inesperado. Procedente de su exilio en Colombia, había regresado con muchos dólares y nuevas habilidades para el accionar político. Rápidamente, con la ayuda de su tío, había movilizado el aparato de propaganda. A la gente, ya no le hablaban de revolución, ni de lucha de clases. Simplemente les mostraban dólares y les ofrecía futuros empleos, en caso de ganar. Realizado el recuento de votos no cabían dudas: Ernesto “ el Negro” Corimayo era el nuevo intendente. La plaza estaba a reventar de gente. Los parlantes ubicados estratégicamente aturdían con el tema “ Pata Sucia”. Nuevo himno que había reemplazado las viejas canciones patrias y, aún, al folklore de las fiestas populares. El Negro en el palco oficial, ubicado de espaldas a la “Muni” no cabía en sí de la alegría. Parecía más grande que nunca. Estaba más gordo, reluciente en su traje gris cortado a la medida, que marcaba su incipiente barriga de nuevo rico. Se le estaba nevando el “quincho”, lo que le daba más distinción. Una mujercita esmirriada, llevando a la rastra a tres mocositos sucios, fue subiendo trabajosamente la escalera del palco. El Negro, flanqueado por su tío, giró sonriente para repartir un automático beso de político. Debajo del trapo viejo que le cubría la cabeza vio dos ojos enormes, encendidos de rabia. La mujer metiendo la mano en el bolsillo sacó un revólver medio oxidado. Los ojos, el ruido ensordecedor y el humo, fueron las últimas imágenes que vio Corimayo. ¡Ahh!, también oyó un “¡aquí tenés traidor hijo de p...!”. Y un postrero reconocimiento de la mujer: era Gisela avejentada, casi sin dientes, la nariz con esa marcada desviación. Luego el tumulto. Los guardaespaldas cayendo encima de ella. La poli.
-¡Vamos despertá!, que se acabó el recreo,-fue la orden que la sacó de sus ensueños. Eso y el pisotón en la mano, que le aplicó con todo su enorme peso la turca Abán, guardacárcel del Buen Pastor. La jueza Miranda leía una y otra vez el expediente. No lo podía creer. Se había apersonado al establecimiento carcelario para hablar personalmente con la rea. Le había recordado su propia vida pasada. Los estudios secundarios en el Instituto Secundario de Rosario de Lerma. Abogacía en Tucumán. Sus primeros años en la profesión. Su lucha por la justicia defendiendo a los pobres y a los desamparados en un país casi sin justicia. Finalmente –y aún no sabía bien porqué- su designación como jueza federal. ¡Quién hubiera dicho! Gisela la rebelde, la reina del curso, presa en el Buen Pastor. Ahora en democracia no habría justicia pero los expedientes eran completos, hasta con lujo de detalles. Así pudo reconstruir toda la historia de Gisela. No era sin dudas un crimen político. Esto era defensa propia – exceso de defensa- o era un caso de emoción violenta. La jueza Marta Miranda golpeando la cubierta del escritorio ordenó a la suboficial que aguardaba:- traigan a la reclusa Gisela Liendro de inmediato. Minutos después, sintió unos golpes insistentes en la enorme puerta del despacho.
-¡Entre- dijo la juez impaciente. Con cara desencajada apareció nuevamente la suboficial.
-Sra. Jueza, ocurrió una desgracia. La presa Liendro se ahorcó en su celda.
-¡Queeé!, gritó la jueza levantándose de un salto. ¿Qué pasó?
-Sí, su señoría, se ahorcó con un cable que sacó de la cocina. Dicen que un rato antes lloraba sin parar.
La cabo Abán le había matado un pichón de paloma que ella criaba.
El sol ya llegaba al borde de los cerros. Los últimos rayos entraron por la ventana enrejada y cayeron sobre la mujer muerta en extraña posición. En la mano crispada de Gisela comenzó a moverse levemente el pichón.
HUGO TELLECHEA
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