La organización del poder público es un problema de la humanidad que se ha
quedado sin solución adecuada durante los últimos dos mil años. Desde las
monarquías absolutas hasta las democracias formales y populares, el problema del
control real de las mayorías sobre los asuntos del Estado (res publica)
requiere nuevas respuestas estructurales.
Sin embargo, no se observa un debate de los grandes pensadores
constitucionalistas, de los arcontes y de las cabezas de la filosofía política a
la altura del desafío milenario. No se vislumbran un Edmund Burke, un Thomas
Paine, un Montesquieu o un Jeremy Bentham contemporáneos, que tratasen de
concebir la arquitectura de un nuevo "edificio inteligente", donde la sociedad
política y la civil pudiesen coexistir en igualdad de condiciones.
La vieja casona de la democracia parlamentaria, construida sobre las obras
pioneras de las revoluciones inglesas, francesas y la independencia
estadounidense, ha sido remodelada múltiples veces; pero con todas las
modificaciones no puede ocultar su creciente disfuncionalidad para ser habitada
provechosamente por la especie.
Hoy día, toda la institucionalidad política burguesa se encuentra en crisis,
porque sus instituciones fundamentales no cumplen con los principales requisitos
de todo sistema democrático real: 1. carecen de legitimidad, porque la
correspondencia entre sus prácticas y sus credos fundacionales es virtualmente
cero; 2. sus capacidades de control democrático del Estado y de los titánicos
poderes económicos de las elites ntes, son raquíticas; 3. Una función
trascendental de todo sistema de conducción y dirección consiste en protagonizar
el ascenso de los ciudadanos más talentosos y honestos a los puestos de poder, y
no hay evidencia empírica alguna de que esto suceda; 4. Ninguna democracia puede
funcionar sin la voluntad ética y la vocación democrática de las elites
económicas y políticas; pero, pese a este requisito vital, no se advierte que el
"espíritu de las leyes", ni el imperativo del bien común, ni los preceptos
constitucionales inspiren mayormente a los colonos de las alturas del poder.
El deterioro de la superestructura política contemporánea, que a todas luces
parece terminal, tiene dos aspectos nodales: 1. la triada de partidos políticos,
soberanía popular y Estado legítimo, sobre la cual descansa toda la maquinaria
del Estado burgués; 2. el control de las mentes mediante la "fabricación del
consenso" por los sistemas oligárquicos de comunicación.
La democracia parlamentaria de hoy es el resultado de las luchas por el poder
entre las clases aristocráticas y burguesas, con marginal incidencia formativa
de los sectores pobres. Es una construcción histórica que combina las "tres
formas puras de gobierno" de la antigüedad occidental ---la monarquía, la
aristocracia y la democracia--- ideadas por los grandes intelectuales de los
regímenes clasistas de Grecia y Roma.
El defecto de nacimiento de este constructo formal-democrático radica en que
los elementos democráticos- plebeyos nunca han sido más que un aspecto
secundario, frente a los poderes plutocráticos y verticales de las elites. Pese
al magnicidio de Oliver Cromwell, la primera democracia moderna, la inglesa,
divide los poderes entre la monarquía, la Cámara de Lores y la Cámara de
Comunes, concediéndole al Parlamento la pálida facultad del impeachment
del jefe del Ejecutivo (destitución constitucional), mientras que éste disfruta
la poderosa prerrogativa real del veto a las leyes aprobadas por los Lores y los
Comunes.
Esta arquitectura política, caracterizada por la alianza entre la plutocracia
y el Ejecutivo, es, prácticamente, la replica constitucional del imperio romano,
donde el emperador es caput, principium, et finis (cabeza, principio y
fin) de todo cuerpo legislativo. Se trata del principio universal constitutivo
de toda sociedad de clase que nunca ha sido desmantelado por la democracia
burguesa.
Por eso, el gran republicano estadounidense, Thomas Paine, escribía en 1776,
que la Constitución inglesa reflejaba las bases remanentes de dos antiguas
tiranías, mezcladas con algunos nuevos elementos republicanos: los restos de la
"tiranía monarquíca en la persona del rey..., los restos de la tiranía
aristocrática en las personas de los Pares" y los "nuevos republicanos en las
personas de los Comunes".
Ninguna de las cuatro grandes corrientes de la filosofía política o
constitucionalista del Estado burgués ha pretendido resolver estructuralmente
ese problema de la república democratica participativa de "los Comunes", frente
a la democracia elitista de la bourgeoisie.
Los liberales entienden al Estado como un mal necesario, es decir, el
Leviatán que tiene que ser controlado por diversos mecanismos de poder, para
mantenerlo lo más débil posible. Las corrientes formaldemocráticas, a su vez,
deliberan sobre el sometimiento del gobierno al Parlamento y, en menor medida,
de éste al pueblo.
Los presidencialistas conceptualizan, en la tradición del Augustus
romano y del monarca absoluto, al gobierno como el motor del quehacer político
de la nación y, por lo tanto, al parlamento como una instancia subordinada a la
voluntad regia del Ejecutivo.
El mo, que es la consumación de esta corriente bajo condiciones del Estado de
excepción, resuelve el dilema de la democracia real a plomazos: disuelve el
Parlamento y regresa a la todopoderosa estructura vertical de los Cesares
romanos, al servicio propio y de la plutocracia.
El engranaje de la democracia formal no puede democratizarse sin profundos
cambios del papel de los partidos políticos en la estructura constitucional del
Estado y, por supuesto, en su praxis de conquista y ejecución del poder. El
partido político solo puede ser un sostén de la democracia cuando cumple con la
definición de Edmund Burke, de que debe tratarse de "un grupo de hombres unidos
para fomentar, mediante sus esfuerzos conjuntos, el interés nacional".
Este afán no es incompatible con la ambición del poder, siempre que se trate
de una ambición "generosa", cualitativamente diferente a la que motiva "la lucha
mezquina e interesada" por obtener "puestos y emolumentos", que es el objetivo
de las "facciones", como la de los "amigos del rey" en el Parlamento.
Hoy día, el Rey es el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Casa Blanca y
sus amigos son omnipresentes en los parlamentos y los medios de comunicación.
Las tendencias de involución hacia las "facciones" se han vuelto casi
irresistibles; la discusión del "interés nacional" ya no es de interés nacional
y el genoma de la dimensión política ha sido sustituido por el del mercado,
donde el principio formaldemocrático de la fuerza numérica del voto ciudadano
sucumbe ante la fuerza adquisitiva del poder económico.
El desarrollo socio-económico de la sociedad moderna ha llevado a la
integración de las elites aristocráticas con las elites burguesas,
amalgamándolas en una sola clase nte que mantiene, sin embargo, la expresión
bicéfala partidista de su antigua superestructura política: los Liberales y
Conservadores o, lo que es lo mismo, los Socialdemócratas y Demócratacristianos,
respectivamente.
Bajo esas condiciones de clase dominante homogénea, de estructura partidista
duopólica, de Parlamentos controlados por los amigos del Rey y de Estados
desligados de las masas, la organización participativa del poder público y la
democracia real no pueden florecer.
Será tarea de la civilización postburguesa convertir la res publica en
causa común de todos los ciudadanos.
POR LA DIGNIDAD E IDENTIDAD LATINOAMERICANA:
¡CONSTRUYAMOS LA
PATRIA GRANDE!