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No hay que perder nunca la esperanza. La proeza heroica de una Cuba independiente y soberana demuestra que se puede ser libre, a pesar de todo. Prueba que es posible ser un país digno, fiel a su pueblo, a su historia, a sus grandes próceres libertarios, a la lección que dejara escrita con su sangre José Martí, aquel que conoció desde adentro las entrañas del monstruo.
Los ladrones de Bagdad
“El libro es la gran memoria de los siglos… Si los libros desaparecieran, desaparecería la historia y, seguramente, el hombre”, dice Jorge Luis Borges.
A plena conciencia de la responsabilidad frente al tiempo tormentoso y a veces tenebroso del mundo que nos toca vivir, el III Congreso Internacional “Cultura y Desarrollo” dedica su Foro Número 2 a “la lectura, el libro y la literatura en el Tercer Milenio”.
El libro, que ha ido del papiro a la Internet, trasmisor principal del saber a través de siglos y milenios, en estos días tan postmodernos y a ratos trágicos puede ser condenado a muerte y secuestrado incluso en su propia cuna, allí donde nació, cerca de Biblos.
No sucede por primera vez en la historia. Suele acontecer en las épocas más inciertas, oscuras y terribles.
Hace setenta años, el 10 de mayo de 1933, los nazis quemaron millares de libros excelsos en las hogueras que encendieron en la Plaza de la Ópera de Berlín.
El 14 de abril de este año 2003 comenzó el saqueo de la Biblioteca Nacional de Bagdad. Amparados por la pasividad y la complicidad de las tropas invasoras, rociaron con gasolina los anaqueles y prendieron fuego a los manuscritos iniciales de la civilización. La noticia estremeció al mundo. Un representante de la UNESCO, testigo presencial, informó:
Las tablillas de arcilla de los sumerios, los primeros libros de la humanidad, de unos 5 300 años de antigüedad, quedaron en ruinas y la mayoría fueron robados del Museo. Entre otros este centro almacenaba textos de Sumer, Acadia, Babilonia, Asiria y Caldea, Persia y varias dinastías árabes. Allí se guardaban las tablillas del Código de Hammurabi, donde aparece el primer registro de leyes del mundo. Asimismo cientos de tablillas de arcilla aún sin descifrar desaparecieron y algunas contenían datos sobre el origen de la escritura.
Otros como el poema de Gilgamesh, fueron sustraídos y dos de la Biblioteca de Sippar aún no aparecen.
El informe del enviado de UNESCO, Fernando Báez, concluye: “Bagdad es ahora una ciudad árabe ocupada por la fuerza extranjera más repudiada en Medio Oriente, en crisis económica, sin medicinas en los hospitales. Como si esto no bastara, su memoria ha sido borrada, expoliada y sometida. ¿Podría imaginarse un destino peor para el lugar donde comenzó nuestra civilización?”
El libro como alimento de la vida interior
Al parecer todavía no todos han descubierto que el libro es el mejor amigo del hombre y de la mujer.
La lectura nos permite conocer el mundo, convertirnos en personas cultas. Es una fiesta interminable. Un placer continuo. El libro es el objeto más importante que haya creado el hombre. La falta de lectura nos deja al margen del conocimiento.
En un ámbito que desprecia los valores superiores, donde prima el entretenimiento banal, la lectura vive en crisis. No está demás decir que el libro ha de ser un elemento fundamental de la vida, pan del espíritu. La riqueza real de la persona no es el dinero, que se gasta y acaba, sino la cultura que nunca se agota, que queda como depósito permanente garantizado. El libro nos trasmite el mensaje creado por el hombre. Sin el libro no hay historia. Se leen los libros que emocionan, que sacuden la conciencia, que se recuerdan toda la vida. Felices los que viven el encantamiento de la lectura y disfrutan la magia de la letra impresa. La lectura establece un diálogo con el otro, con el resto de la humanidad. Es un antídoto contra la soledad. Si un autor escribe contra el olvido el lector vivirá en la memoria, conocerá la verdad de sus antepasados y la legará a sus descendientes.
Se sostiene que nunca se publicaron tantos libros como hoy, pero el ambiente controlado por las grandes transnacionales de la industria editorial tiende trampas, promocionando la lectura equívoca, generando en muchos casos, so pretexto de diversión, el analfabetismo cultural.
Puerta abierta a las nuevas tecnologías respetuosas del contenido
En una época en que la tecnología y su Majestad La Televisión invaden todos los hogares el libro corre el peligro de ser arrinconado. En Chile, por ejemplo, se dedican, con buena fortuna, solo tres horas semanales a leer y cuatro horas diarias se emplean en ver televisión.
No olvidemos que la lectura es también un proceso, un aprendizaje que ojalá se inicie en la infancia. Leer es escuchar y hablar con los otros.
Leemos lo que sucede a través de los tiempos. Con la lectura atravesamos los espacios. Se dice que el que lee nunca está solo.
¿Vencerá el disco compacto al libro de papel? ¿Leeremos “El Quijote” en un ordenador? ¿Será el libro un personaje vivo o un personaje de museo? ¿Cuál es el alcance de las nuevas tecnologías en un mundo con elevados índices de analfabetismo funcional? ¿Dejaría el libro de ser trasmisor y portador imprescindible de la cultura?
Aceptemos todas las invenciones técnicas útiles como vehículos expansivos, no como máquinas supresoras. Digamos sí a las nuevas tecnologías también en el mundo del libro y la cultura; pero a sabiendas que ellas deben ser instrumentos multiplicadores del acceso al público, pero nunca reemplazar ni sustituir la entrañable sustancia del libro, que habla al cerebro, a las neuronas, a la conciencia del hombre, trasmitiendo a los demás, al corazón del otro, su recado fraternal e iluminador.
Se lee un país, se lee el mundo físico y espiritual, se puede leer todo.
Un libro es una puerta abierta, la salida a la calle. Es un puente para atravesar el río. Nos permite ir a la otra orilla, al más lejano continente, conocer épocas remotas, conversar consigo mismo. ¿Qué sería de nosotros sin la palabra escrita? ¿Cómo sería vivir en un mundo sin escritura ni lectura? ¿Sería condenarse a la pobreza, a la miseria del alma?
La cultura como escudo defensivo de la humanidad
En un momento revolucionario, hace un millón de años, el hombre se yergue sobre sus dos pies, empieza a superar una condición animal y con su inteligencia comienza a trabajar en medio de una naturaleza que lo ha precedido en su aparición. Debe conquistarla. También debe establecer una relación con los demás seres humanos y para esto necesita, tomando en cuenta la realidad, crear respuestas que le permitan sobrevivir. Él no sabe en ese momento que está haciendo cultura, pero cultura es todo lo que el hombre ha agregado a la naturaleza creando un mundo paralelo, en los más distintos planos. Es todo lo que el hombre ha hecho para hacerse un lugar, transformándose a sí mismo, creando su propio mundo.
En un momento ese hombre tiene que comunicarse con sus semejantes. No sabe hablar. Tiene que partir de la vida vegetativa. Se entenderá con el otro por una necesidad absoluta con gestos, con gritos guturales. Naturalmente, pasarán muchos milenios hasta que pueda articular, construir palabras. Todos estos son logros culturales. Así va apareciendo gradual y acumulativamente el lenguaje. Se producen a través de milenios, de muchos milenios, saltos enormes, que son descubrimientos, respuestas, creaciones del hombre. Para citar solo un gran hecho cultural, el hombre descubre la utilización del fuego, lo cual, por cierto, produce un cambio en su vida.
La escritura y la conservación de la memoria
Un acontecimiento intelectual de infinita trascendencia es la invención de la escritura, acaecida hace unos seis mil años. Surgió por la necesidad del hombre de comunicarse y dejar constancia de su pensamiento. Esta escritura era inicialmente pictográfica. Cada signo en un comienzo es el dibujo aproximado o simbólico de la idea que quiere expresar. Pasarán miles de años antes de que pase a la escritura fonética, a la trascripción del sonido, que permite un alfabeto de veintitantos signos, con los cuales se puede escribir todo.
La cultura, la escritura han ensanchado el camino construido por el hombre para abrirse paso. Es también un proceso de autoconstrucción, de autodescubrimiento, de enriquecimiento personal y social. Se interroga a sí mismo, da forma a los más diversos pensamientos y sentimientos. Deja constancia de ellas por escrito. Comienza a desarrollar una cultura intelectual. El hombre al hacerse a sí mismo se formula preguntas. Surge la reflexión, asoman el arte, la filosofía. Su mundo interior se irá enriqueciendo. Tratará de decirlo con la poesía, el relato, el canto. Irá haciendo la revelación del amor como algo más que el mero proceso reproductivo. Alguna vez citamos la definición que hace la UNESCO de la cultura como el arte de convivir con el otro, con los demás. Se basa en el mutuo respeto.
Cultura es humanización, liberación, solidaridad, dignidad. Es todo lo creado por el hombre, resultado de su trabajo, de su imaginación e inteligencia. Es el lenguaje. Es la ciencia, la técnica, el saber. Y en un sentido eminente es la búsqueda de la belleza y de la alta moral.
La cultura tiene sus enemigos, sus defraudadores y sus falsarios. Por ello hay que defenderla cada día para formar pueblos educados. Una forma perversa de la anticultura es la guerra y la opresión del hombre por el hombre.
El milenio inabarcable
En este Congreso se darán miradas concretas concernientes a problemas de por sí complejos, aunque más asequibles, al libro y las nuevas tecnologías, las revistas culturales, la lectura y su relación con el desarrollo social.
Su enunciado general es más vasto, referido a la lectura y el libro, plantea un tercer tema superlativamente ambicioso, la literatura en el Tercer Milenio. Son palabras mayores, cuya extensión y profundidad solo está al alcance de eruditos especializados. Si proyectamos una mirada de igual medida al pasado nos encontraremos con un año mil, cuando unos cuantos monjes escribían en la reserva de los monasterios, el latín se descomponía en la boca de los antiguos bárbaros y estaban naciendo, entre otras, las lenguas romances. Los primeros textos del castellano se balbuceaban y desde entonces hasta ahora hubo cambio de épocas, de civilizaciones, también evoluciones literarias y se acumuló una montaña digamos sagrada de textos memorables.
Un milenio es habitado, recorrido y trabajado por muchos millones de seres humanos. Lo escriben o describen cincuenta o más generaciones sucesivas, multitud de enamorados de la palabra, cautivos de los sueños, que son retratistas o fabuladores de la aventura humana. Si lo dividimos por diez y solo osamos decir algo sobre la fracción más próxima, volveremos al siglo que recién acaba de terminar, lo cual es ya un atrevimiento desmedido.
Un siglo azaroso
El siglo XX comienza con una guerra mundial, con una gran revolución social. Sugestivamente se inaugura también con la Revolución Estética, que pretende cambiar todas las artes.
Dicho estremecimiento de algún modo, con intensidades diferentes, llega a todas partes y muchos escritores y artistas comienzan a buscar nuevos derroteros.
Surge una constelación de ópticas distintas. Proust y Kafka parecen dos polos opuestos en la forma de mirar el mundo y sin embargo, son dos renovadores de la literatura que, junto a Joyce, darán carta de ciudadanía al monólogo interior, al dictado automático y la corriente de la conciencia.
Todas ellas son experiencias que un escritor atento a su tiempo intentará plasmar conforme a su manera de ser y a sus capacidades de expresarlas.
Es asimismo el tiempo de la internacionalización del libro. Viejas literaturas, mucho más antiguas que las europeas, tendrán mayor acceso al lector occidental. Irá descubriendo que en muchas partes, y en algunas desde hace milenios, hubo quienes empuñaron la pluma mucho antes.
Hay también sectores marginales que fuerzan la entrada a espacios tradicionalmente impenetrables. Se produce una irrupción de expresiones particulares, literatura femenina, de género, de diversas nacionalidades, cuya obra silenciada proclama el reclamo de los excluidos, que siguen estándolo, aunque sean excepcionalmente admitidos algunos textos reveladores de imponentes civilizaciones desconocidas.
Cierta apertura temática, el estallido de una llamada “industria cultural”, repite y reanuda en cierto sentido la popularización del antiguo folletín, ahora representado por las teleseries. Catapultan una llamada literatura de masas, que a menudo explota el sensacionalismo, rinde culto a la violencia y al desborde del sexo. Algunas de ellas alcanzan categoría artística, sin olvidar la renovada y vigorosa vigencia de los libros de aventura, las novelas policiales, toda una literatura relacionada con la denominada civilización audiovisual.
El siglo XX, sobretodo en América Latina, en su literatura ha tenido que registrar situaciones propias de países y pueblos que han conocido infiernos característicos, épocas sombrías, traumáticas como los golpes militares en Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia, Chile, etc., que han dejado heridas sangrantes aún no cicatrizadas, cuya historia y trastornos del alma no acaban de contarse.
La irrupción del terror de Estado en varios países obligó al destierro de muchos, entre ellos escritores. Generó en diversas naciones una literatura del exilio, brazo externo de la literatura del interior. La primera es una literatura errante, peregrina, que muchas veces fue acogida por la solidaridad de sus hermanos de los países que los recibieron.
Este fenómeno también ha sido un factor que convoca a profundizar el conocimiento mutuo, que tiene el valor positivo de contribuir a superar paso a paso, el feudalismo cultural latinoamericano, en que cada república tiene un conocimiento muy precario de la cultura de los demás países de nuestra América. Reuniones como estos congresos, animados justamente por este espíritu de unir las culturas sobre la base del encuentro fraternal son indispensables para superar la incomunicación, que desde luego es todavía más honda respecto de esa mitad de Sudamérica que es Brasil, con toda la riqueza peculiar de sus artes y de sus letras.
Reuniones como estas contribuyen al reconocimiento indispensable de que formamos parte de una familia común. Sin duda Cuba es pionera en dicho imprescindible encuentro del espíritu de nuestros pueblos.
Las novelas del dictador
A partir de los 550 años de la llegada de Colón, las culturas aborígenes han vigorizado el reclamo por el reconocimiento de las lenguas autóctonas y de sus expresiones literarias. Se dan pasos iniciales en la interacción de los pueblos originarios con el acerbo cultural post Conquista.
Un tema tratado a fondo por Martí, que con frecuencia ha penetrado la novela latinoamericana del siglo XX es la relación con el imperio acaparador de estrellas y de invasiones. Vínculo de culturas de por sí humanizadas, en buena hora. Son y serán bienvenidas. Son necesarias. Porque cada una de ellas tiene una identidad intransferible y también se enriquecen con el aporte universal.
Otro asunto crucial que inquieta las letras latinoamericanas es el drama suscitado por los estados gendarmes. No es una casualidad que casi al mismo tiempo aparecieran narraciones tan expresivas sobre el estado gendarme como El recurso del método, El otoño del patriarca, Yo, el supremo, amén de otras de alta categoría artística escritas por figuras cumbres de la literatura latinoamericana. Llaman la atención sobre los peligros y abusos del Terror de Estado, amparado históricamente por Washington.
Una discípula esclarecida de José Martí, a quien declara el maestro más ostensible en su obra, Gabriela Mistral, manifiesta su rechazo al garfio del imperialismo, aguzando su crítica respecto de aquellos criollos que se rinden a su seducción y traicionan su patria.
En La palabra maldita, que es la palabra paz, condenada como un grave pecado por los partidarios de la guerra, ella aboga decidida por la militancia de la paz, a pesar de todos los pesares y de las asfixiantes campañas de calumnias de los mercaderes de la muerte.
Gabriela Mistral sostiene con firmeza que:
El trabajador intelectual no puede permanecer indiferente a la suerte de los pueblos, al derecho que éstos tienen de expresar sus dudas y sus anhelos. América —agrega— en su historia no representa sino la lucha pasada y presente de un mundo que busca en la libertad el triunfo del espíritu. Nuestro siglo —dijo— no puede rebajarse de la libertad a la servidumbre. Se sirve mejor al campesino, al obrero, al estudiante enseñándole a ser libre porque se le respeta su dignidad.
La porfía de las palabras
¿Qué podemos decir los que hemos vivido la mayor parte del siglo XX?
Que la literatura, sobre cuyo destino no han faltado profecías agoreras y se ha hablado muchas veces de la muerte de ciertos géneros como la poesía y la novela, ha sobrevivido, con altos y bajos, a todos los presagios pesimistas, a todos los anuncios funerarios.
No la enterrarán, porque no hay continente, nación, ciudad o aldea donde no exista al menos alguien que escriba, que quiera ser escritor. Se podrá decir que muchos serán los tentados por el demonio o el vicio solitario de confiar públicamente el secreto de su alma a la página blanca y pocos los elegidos, los llamados por las trompetas de la fama. Pero estemos seguros de que la corriente continua de la palabra escrita no sufrirá interrupción.
Hace solo un par de años que el siglo XX nos dijo adiós. La mirada retrospectiva advierte que fue el escenario de revoluciones, que estuvo lleno de invenciones y la tecnología no cesó un instante de asombrarnos. Pero también fue un siglo sádico, que llevó más lejos el arte de matar. La culpa no es del siglo sino del hombre, de ciertos hombres, de los que manejan el poder desde la sombra o a la luz de los reflectores. Han cometido maldades aún más atroces que las acostumbradas en las centurias pasadas.
El cambio incesante
En sus libros ha dicho su palabra el escritor con infinitas variaciones. Las palabras únicas e irrepetibles han creado la literatura del siglo XX, que ha vivido, que ha narrado las crisis del mundo y del individuo mirándolas desde adentro. Su intento ha sido reflejar cómo las borrascas de la historia han golpeado, influido en las vidas personales —todas, distintas— que sumadas podrían alcanzar a seis mil millones, observando, hurgando en sus destinos, en sus sentimientos, sufrimientos, sueños, odiseas.
Una de sus características del siglo pasado ha sido la febril sucesión de cambios, de escuelas literarias, los intentos de parricidios por las nuevas generaciones, una mudanza continua de formas, aunque en el fondo el corazón del hombre a través de las edades haya cambiado muy poco. Está comprobado que en general los escritores no son inmortales, pero la literatura sí lo es.
Las letras latinoamericanas han asumido en este tiempo un reconocimiento mayor en el concierto mundial o al menos occidental. “La contribución más significativa a la literatura mundial viene de América Latina”, sostiene un articulista en The Times Literary Suplement. En la poesía y la novela ciertos nombres figuran en las listas, a veces cuestionables, de los admitidos en los cánones de seleccionadores europeos. Las celebridades del mercado no siempre son garantía de calidad ni de perennidad. El tiempo será tal vez —como casi siempre— árbitro o crítico literario.
El siglo XX ha sido teatro de polémica permanente entre tradición y vanguardia. Seguirá produciéndose.
La realidad, la fantasía, la imagen, el mito han sido personajes activos de la controversia. Innumerables autores han salido a la búsqueda de la realidad visible y de la otra realidad, que camina por debajo de la piel.
La literatura de experimentación ha vivido auges y caídas. La relación personaje-autor permite ángulos muy diversos. Algunos recurren a los más socorridos o a los más detonantes procedimientos. Están en su derecho, siempre que sean creaciones válidas.
La conquista o búsqueda del tiempo perdido o del espacio secreto admite montajes irreverentes. Alguien habla de antiliteratura, antipoesía. ¿Qué son sino la otra cara de la luna, propuesta por alguien que quiere dar una vuelta de tuerca y forzar la cerradura que accede a la originalidad? Pero haga sol, llueva o truene, nadie podrá escapar a la repercusión de la sociedad en la conciencia del escritor y en las páginas del libro viviente. Si el personaje intenta destronar la naturaleza, borrar la presencia del paisaje, digamos que no podrá respirar sin ella.
Una movilización mundial de conciencias
Nos corresponde en este III Congreso Internacional “Cultura y Desarrollo” proyectar una mirada ojalá analítica y definir ciertos cursos de acción, tomando en cuenta el mundo en que vivimos y desde luego, el crítico momento actual. Tenemos que ahondar en el papel —y yo diría en el deber— de la cultura y la creación intelectual” en un planeta amenazado por los designios arrasadores de la potencia imperial con su política de la Guerra sin Fin. Irak es solo el primero en una lista de países por agredir. El Gran Gendarme declara en los hechos abolidos el Derecho Internacional, la soberanía de las naciones, la autodeterminación de los pueblos. Hace la guerra recurriendo a toda clase de argumentos falsos que, por lo tanto, no puede demostrar. Es su respuesta a los estados que no aceptan ser sus vasallos.
Se trata de un proyecto totalitario de dominación del mundo. Para ello impone la ley de hierro de su dictadura económica. Lo hace a través de una llamada “globalización”, que asegura el paraíso a las transnacionales, incluyendo la neocolonización del Tercer Mundo, estableciendo el infierno frío para los miles de millones de pobres que hoy padecen en el planeta Tierra.
La protesta sale a la calle
Para ello le resulta indispensable controlar, manipular las conciencias en los cinco continentes, publicitando una sola visión que justifique sus desmanes y los haga aparecer como actos virtuosos. Como se ha dicho aquí, en encuentros anteriores, desfiguran “todos los procesos y aspectos de la vida humana e implantan por todos los medios la extensión universal de la homogenización de enfoques y concepciones”.
Ello obliga a generar respuestas acordes con el espíritu, con la razón de ser de nuestras deliberaciones, interesadas en interpretar y recoger un clamor que rebasa fronteras. Porque el rechazo, el descontento contra el plan imperial está recorriendo el planeta, dando lugar a manifestaciones multitudinarias en muchísimas partes del globo. En días recientes, la gran mayoría del orbe dijo su oposición a la guerra, al plan de imponer la servidumbre a la especie humana. En estas semanas se han renovado las gigantescas y combativas protestas contra los aquelarres de los brujos multimillonarios, de las altas finanzas del FMI y del Banco Mundial. El cónclave de los “países más ricos” —custodiado por once mil policías— sesionó atrincherado en un bunker, sitiado por inmensas muchedumbres que gritaban “no” a los Irak, a todas las explotaciones, a todos los crímenes contra los pueblos. En dichas manifestaciones participaban personas de muy diversos pensamientos, unidas por el común denominador humanista, por el anhelo de organizar —junto a sus pueblos— la resistencia, incluso cultural, el no a la guerra, la movilización de las inteligencias contra el reino del oscurantismo. Los intelectuales no son una casta especial, pero ya que trabajan en el mundo de las ideas, les cabe una responsabilidad insoslayable por la suerte de la cultura y de la humanidad.
Tal cual se ha dicho en previas reuniones de La Habana, se trata de trabajar por la articulación del rechazo general a los guerreristas, “proponiendo la creación de espacios de análisis y discusión que permitan a un amplio espectro del pensamiento humanista el intercambio de opiniones, el desarrollo de “iniciativas, estrategias y proyectos que propicien la preservación de la humanidad y su diversidad cultural”.
Llamado a todos los espíritus progresistas
Digamos que esta es una convocatoria amplísima, ajena a todo sectarismo. No se trata de una reunión de elite ni de una especialidad cerrada ni excluyente. Anima este llamado una causa suprema, la del destino de la humanidad. Hagamos todo para que tal iniciativa llegue y sea acogida —como ya se indicó— por artistas, críticos, profesores, investigadores, agentes del desarrollo, dirigentes de organismos de masas, representantes de la cultura de base, de regiones, provincias y comunas; estudiantes, trabajadores, mujeres, defensores del medio ambiente, que no aceptan ni se resignan ante tanta injusticia y esa falta de respeto a la condición humana que ensombrece la existencia de millones de seres.
Lo que hoy acontece exige una movilización urgente. Su tarea es ganar para la causa de la vida, de la paz, del derecho de cada nación y de cada persona a ser ella misma, evitando que la historia del siglo XXI se precipite a un abismo, a un peligro que algunos llegan a considerar apocalíptico. Para ello hay que poner freno al agresor planetario, que quiere comprar o dominar a palos, o sea con sus misiles, la conciencia del mundo. Para ello necesita imponer la subcultura como fábrica de alienaciones, proclamando la guerra perpetua contra quienes defienden su independencia e identidad.
Por el equilibrio del mundo
Se afirma que la ciencia y la tecnología se duplican cada cinco años. Pero ello no garantiza la buena conducta y su buen uso. Ya hemos visto que en este aspecto el comienzo del Tercer Milenio ha sido catastrófico.
El derrumbe de la Unión Soviética, más allá de la crítica que se pudiera formular al respecto en la evaluación de esa experiencia histórica compleja y contradictoria, de dos caras, ha sido un retroceso no solo para aquellos que sueñan y luchan por una sociedad más justa y mejor sino para toda la humanidad. La falta de contrapeso al imperio avasallador, manejado por jerarquías beligerantes y brutales, coloca al mundo ante un desafío de enorme gravedad y magnitud.
El valor de la esperanza
Hoy se padece una crisis política, social, cultural, ética de fondo por la falta de correspondencia entre el progreso material y el respeto por el género humano. Existe una dicotomía dramática entre desarrollo tecnológico y moral. No estoy hablando de moralina, estoy hablando de “ethos”, de conducta digna, de pueblos diezmados, atacados también por la artillería mediática, que deja caer sobre el mundo diluvios de basura envueltas en celofán.
Se dice que es imposible contrarrestar el alud cotidiano que dispara sobre las cabezas el monopolio desinformativo del sistema dominante. La Guerra de Irak demostró, sin embargo, que es posible introducir una parte de verdad en el reino de la mentira.
El imperio tiene grietas y está corroído por contradicciones. Hay nuevos despertares, fuertes estallidos de una conciencia colectiva que en ciertos momentos consigue aislar a los Señores de la Guerra. El hecho de que el Consejo de Seguridad de la ONU no apoyara la agresión contra Irak es una demostración palmaria de que los autoproclamados dueños del planeta no son invulnerables.
La gente está reaccionando en muchas partes. No hay que perder nunca la esperanza. La proeza heroica de una Cuba independiente y soberana demuestra que se puede ser libre, a pesar de todo. Prueba que es posible ser un país digno, fiel a su pueblo, a su historia, a sus grandes próceres libertarios, a la lección que dejara escrita con su sangre José Martí, aquel que conoció desde adentro las entrañas del monstruo.
Responsabilidad de los intelectuales
Esta reunión de La Habana, como muchas otras que se realizan a través del globo, insta a la acción de los pueblos y de las personas. De esas personas que no quieren ser más víctimas sufrientes sino actores y creadores de su propia libertad, poniendo en movimiento sus potencialidades creadoras.
En la época en que todo un sistema dominante ordena matar los grandes ideales; cuando se proclama la muerte de los sueños, de las utopías y el fin de las ideologías; cuando en nombre de una postmodernidad electrónica, se estigmatiza al hombre que sostiene la necesidad de cambiar la sociedad, es imprescindible organizar la respuesta de las conciencias libres. En esta época en que impera la manipulación publicitaria, todo con el propósito de conseguir el desarme de los espíritus, en esta hora en que se busca por todos los medios la claudicación habrá que reivindicar más fuerte que nunca la responsabilidad de los que trabajan con la cultura. Hay que defender la verdad, la dignidad del pensamiento, el decoro moral, en una sociedad donde los dueños del dinero, del poder corruptor, proclaman como principio rector que el hombre no tiene valores, que solo tiene precio. Se precisa una respuesta con sustancia, congruente con la convicción de que la existencia es digna de ser vivida, cuando el hombre sirve una causa de bien común. Así, según el verso nerudiano, no termina en sí mismo.
Los intelectuales, los pueblos han de ser defensores de una moral compartida, forjadores de un poder humanista, responsables ante la historia de su tiempo.
Frente a la contracultura imperial se necesita reivindicar, hacer nuestro el patrimonio espiritual, velar por la identidad propia, la cultura nacional, latinoamericanista, universal, de todos los pueblos. Habrá que esforzarse por la recreación de réplicas, adecuadas en estas horas de encrucijada. Hagamos que el saber, la conciencia limpia, el conocimiento del mundo real, la resistencia a todas las formas del oscurantismo, del neofascismo contemporáneo, sean un arma poderosa, construyendo esas “trincheras de ideas” de que hablaba Martí. No tenemos el dinero, pero sí la razón. Somos partidarios de la vida, no de la muerte. Y la Humanidad ha de sobrevivir a todos los holocaustos. Luchará por su existencia.
No podrán acabar con la literatura
Nos juntamos también aquí para reflexionar colectivamente sobre las formas de dejar abierto el camino al desarrollo de la cultura en el siglo XXI. Estamos seguros de que la generación del llamado boom no será la única ni la última que haga noticia en el mundo. En el siglo XXI se producirán nuevos textos sobresalientes, que está más allá de nuestro alcance visualizar hoy. Pero no sería una especulación ociosa, en el aire, imaginar que el imprevisible siglo XXI y el más imprevisible Tercer Milenio, estarán abiertos a todas las creaciones del espíritu, escucharán a “la loca de la casa”, a la fusión creadora de la imaginación y la realidad. Porque es una ley de la vida de que nuevos y obstinados soñadores continuarán en el futuro el romance inconcluso con la página blanca. Aunque ella con los tiempos pueda materialmente ser guardada como una reliquia, siempre existirán el hombre, la mujer, los sueños, los delirios, las esperanzas, las realidades, el relato de las catástrofes y de los días felices, las fabulaciones del amor y del odio. Pues el género humano seguirá escribiendo por los siglos de los siglos.
No podrán acabar con la Humanidad
Las armas de destrucción masiva —esas mismas que no han encontrado en Irak; pero sí se hallan en Estados Unidos— han causado y pueden seguir provocando inmensas tragedias, pero no podrán triunfar sobre la humanidad. La vida triunfará sobre la muerte. La cultura es la luz de la existencia. “Las ideas son las que iluminan el mundo” —dijo Fidel Castro en el Campus de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires a fines del mes de mayo, durante la concentración popular más grande de los últimos tiempos en Argentina.
Recordó allí lo que Martí dijo hace muchos años: “Los sueños de hoy serán las realidades del mañana”. Fidel agregó: “Se los dice un soñador que ha tenido el privilegio, no el mérito, de vivir a pesar de los cientos de planes por acelerar mi viaje hacia la tumba…”. También insistirá en acelerar el viaje hacia la tumba a la soberanía y la autodeterminación de las naciones. Seguirán intentándolo después de Irak, contra otros países celosos de su independencia. Quieren acelerar el viaje a la tumba de cuanto en la humanidad hay de más noble. Pero ella es inmortal porque siempre habrá hombres, mujeres que nunca se rendirán ante los fabricantes de la muerte.
Terminemos como Fidel concluyó su intervención en Buenos Aires:
“Viva la hermandad entre los pueblos, viva la humanidad”.
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