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Finalmente este viernes 20 de junio la UDI ha entregado al Gobierno su
famosa propuesta de reparación a los familiares de víctimas de violaciones
de los Derechos Humanos. Un documento extenso, cuidadosamente redactado e
inevitablemente destinado a intentar la impunidad para los criminales de la
dictadura. Sorprende más por la amplia y antojadiza revisión de la historia
nacional que subyace en cada una de sus líneas que por los anuncios y
propuestas concretas que entrega a consideración del país. Es la típica
declaración de principios de aquel sector ultraderechista que copa las
secciones de cartas al director en los principales medios escritos.
Como siempre, se sostiene que las verdaderas causas del genocidio deben
buscarse en la Izquierda de los años 60, específicamente en aquel cien veces
repetido Congreso del Partido Socialista en el año 1967, en la Chillán,
donde supuestamente el socialismo criollo, tan vocinglero como siempre,
habría justificado la violencia armada como un método legítimo de acción
política. Una vez más, para la UDI las víctimas son los culpables de su
propia desgracia y a los criminales se les otorga una cómoda justificación
lógica. ¡Pero hay más, mucho más!
Al comienzo de esta larga reflexión histórica con reminiscencias místicas,
la UDI dice: "Hasta la década de 1960 Chile podía enorgullecerse de que los
conflictos civiles entre chilenos habían sido no sólo excepcionales, sino,
además breves y pronto dejados atrás por una rápida reconciliación". ¡Vaya
que conocen bien la historia de Chile! Por lo que se ve no han leído ni
siquiera a Gonzalo Vial o Francisco Encina. Desgraciadamente, la historia es
pródiga en conflictos bélicos civiles y derramamientos de sangre, sangre que
salpica en las salitreras, en la "Pacificación de la Araucanía", en los
campos de Ranquil, en una Escuela de Iquique. Más aún: si bien estos
conflictos fueron relativamente breves, las estelas de odio y resentimiento
que dejaron como frutos las peores injusticias todavía perduran en las
conciencias de los chilenos y no es aventurado decir que en aquellos
enfrentamientos se ocultaron las semillas del posterior desangramiento.
No conocen la historia de nuestra patria, no les interesa tampoco, o quizás
nunca les interesó mayormente porque entre sus miles de víctimas no
figuraban los apellidos de sus familias ni las calles donde jugaban sus
hijos. Citan las palabras de Demetrio Sampson Trujillo, hijo de un detenido
desaparecido de Pisagua: "Nuestro gran anhelo es no tener una patria
dividida". Ojalá hubiesen escuchado antes los testimonios de las 42.000
personas que durante 16 años declararon sus flagelos ante la Vicaría de la
Solidaridad. ¿Cuántas vidas se podría haber salvado?
Comparar la Batalla de Lircay en 1830 o la Revolución de 1891 con el Golpe
Militar de 1973 es un ejercicio absurdo, tan inútil como patético, que
demuestra nítidamente la ceguera ética de un sector político que aún no
comprende la gravedad de los crímenes cometidos por el régimen que ellos
alegremente apoyaron. La diferencia radical entre el Golpe Militar de
Pinochet y cualquier otro conflicto de nuestra historia, es que entre 1973 y
1989, el largo brazo del régimen militar internacionalizó sus crímenes,
llevándolos hasta Italia, Argentina, o Estados Unidos, destruyendo de paso y
por décadas, el prestigio de instituciones y personas que no les pertenecían
a ellos sino a todo el país.
La verdad cruda es que la bandera de nuestro país y sus Instituciones
armadas están manchadas por la sangre de sus hermanos. Ninguna reparación o
ambición monetaria borrarán estas huellas. En una época en que los medios de
comunicación lideran las opiniones y las corrientes de pensamiento de las
personas, la Propuesta de la UDI es un acierto comunicacional y en ese
sentido uno no puede más que admirar la inteligencia, la asertividad y el
aplomo de sus creadores. Pero también se les debe recordar que la mendacidad
no siempre triunfa y que la dignidad de las personas está por sobre
cualquier activismo político.
(Piensa Chile)
29 DE JUNIO DE 2003 - COMCOSUR / MONTEVIDEO
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