Descastamiento, bastardía, o (como decía el colombiano Fernando González)
síndrome de los hijos de puta. Pllinio Apuleyo Mendoza se encuentra como
cualquier estadounidense hecho también de maniguas y picado de mosquitos,
jarto de arepas y almojábanas. Pero siempre hay un talante simplón
y renegado, una fijación entre positivista y braguetal en estos gamonales
del intelecto a quienes la idea del trópico como tragedia les parece graciosa y
digna de ser repetida en cada borrachera. Suele ir acompañada, naturalmente, con
una abominación cínica o hipócrita de los indios, de los negros y de los
condumios criollos, incomparables con los refinamientos parisinos. Ya lo oímos.
¡Y que todavía haya oídos estadounidenses para estas simplezas articuladas
con pedante fruición profesoral desde las paginas de los periódicos! Sandeces
que atraviesan los siglos.
PAM y los pequeños liberales como él incurren a diario (y con exceso) en
aquello que denuncian: diseño e imposición violenta de una sociedad ideal y
delirante. Esta vez aquella en la que todo ocurre solo, sin intervención de
sueños e intenciones distintas de las más egoístas.
Si el mundo hubiera estado librado exclusivamente a las fuerzas del mercado
(léase al egoísmo, al engaño, a la fuerza bruta y al interés material) es fácil
de entender que jamás hubiera llegado a ser lo que es: a pesar de sus miserias,
un lugar donde no excepcionalmente encontramos los frutos del altruismo,
del desprendimiento, del desinterés, del idealismo de buena ley (que algunos
tramposos quieren confundir con el utopismo estúpido o contraproducente, o con
el ideologismo determinista de los fundamentalistas obcecados). Visión simplona
que solo ve dos posibilidades: fundamentalismo del mercado y
fundamentalismo del estado. No. Rechazamos esta trampa maniquea. Estas son las
armas del engaño de que se valen los confusionistas y los sofistas de siempre.
No, señores, el mundo no es ni será, ni nunca ha sido en ninguna parte, infierno
ni paraíso. Más bien una suerte de purgatorio humano en el que hay de todo:
Dantes Aliguieris y Plinios Apuleyos Mendozas, Vargas Llosas y Garcías
Márqueces, banqueros suizos y Rothschilds así como Cristos, Ghandis y madres
Teresas de Calcuta, idealistas y traficantes de poder, rebeldes y
jalabolas, funcionarios, burócratas e intelectuales acomodados y
cortesanos, así como zánganos y amantes de la verdad, tábanos y personas
sensibles a las desventuras humanas de siempre, solidarios y egoístas,
altruistas y utilitaristas, manipuladores y amorosos, pillos e impostores y
nobleza y generosidad, hombría de bien y calculo frío. Y las más de las veces
todo ello, o parte de ello, en una sola persona. De todo, de todo.
PAM no sería digno de respuesta, pero es de lamentar que su esquemática
mentalidad sea todavía símbolo de la esquemática y petificada mentalidad de
muchedumbres engañadas y atemorizadas que creen acudir a un astuto,
pragmático, inteligente, conveniente y socarrón principio de realidad, cuando en
realidad acuden a un principio de oportunismo y a un postulado bajamente
utopista, en muchos sentidos peor que el que denuncian: el designio totalitario
de un mundo habitado por supuestos individuos subjetivistas y gobernados por un
supuesto egoísmo natural que es más bien propio de la caprichosa
abstracción de la economía académica: un universo social compuesto por unidades
individuales egoístas que chocan entre sí (el hombre, lobo del hombre) en el que
dizque darwinistícamente se impone el más fuerte o el mas apto, y en el
que una mano invisible termina imponiendo el orden y la justicia de los
contratos. Aunque esto fuera verdad, no tiene nada que ver con el principio
arquitectónico que gobierna el íntimo modo de ser de la América Latina, un
continente cultural donde la democracia no puede provenir de una utopía de
mediocre uniformidad de idiotas (sino de un sublime aliento de genuina
igualdad), y dónde jamás nadie se ha considerado individuo aislado, y
dónde en el fondo de las cosas no priva el delirante subjetivismo radical que
pretende dar sustento a la vida anglo-estadounidense. Un tigre amarrado por un
burro envalentonado y con suerte no puede jamás convertirse en un burro, por más
que lo quiera el burro y algunos tigres aburrados.
De cómo el individualismo demoliberal ha llegado al fundamentalismo
por la vía del extremo subjetivismo
Pero no hay que extrañarse: aquellos que ven lo que se les viene encima, y
temen perder sus privilegios, empiezan ahora a ponerse nerviosos, fascistas y
violentos, y a practicar ese subjetivismo impaciente, fundamentalista e
individualista, que es la marca inconfundible del escuálido desaforado,
del “desobediente civil” que “tranca su calle”, del adolescente delincuencial
que aterroriza los parroquianos de una arepera en medio de un paro ilegal, del
comerciante inescrupuloso que se rebela contra el IVA y otros impuestos en una
mezcla de avaricia y frenesí político, del escritor soberbio e iluminado que ha
terminado por resignarse a escribir –o a elogiar- pedantes panfletos liberales
con apariencia de novelas, del diputado soez e incivil que hace bochinche para
impedir que se aprueben leyes, en suma, del niño malcriado que hoy vemos por
todas partes y que se niega arrogantemente a sujetarse a cualquier norma.
Ya que la Res Pública no pudo terminar de ser dominada por las corporaciones
privadas, el ideal debe cumplirse en el plano individual. La subjetividad de
cada individuo construye un mundo sometido a su despotismo particular, con unas
leyes especiales, y unas normas morales también privadas y particulares, las
únicas a las que se somete este monstruo solipsista y aislado: “No hay más regla
que mi voluntad”. (Cualquier parecido con el tipo de gente que gobierna
una conocida hiperpotencia no es simple coincidencia.)