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El histórico dirigente comunista peruano José Carlos Mariátegui, en uno de
sus 'Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana', denominado 'El
proceso de la instrucción pública', señalaba: 'El problema de la enseñanza
no puede ser bien comprendido en nuestro tiempo, si no es considerado como
un problema económico y como un problema social. El error de muchos
reformadores ha estado en su método abstractamente idealista, en su doctrina
exclusivamente pedagógica. Sus proyectos han ignorado el íntimo engranaje
que hay entre la economía y la enseñanza y han pretendido modificar ésta,
sin conocer las leyes de aquélla'.
En Perú, como en tantos otros países de nuestra América, innumerables
tecnócratas han ensayado reformas educativas al margen de la realidad
económico-social. O lo que es peor, no fueron pocas las veces que dichas
reformas fueron pensadas para ser funcionales a un modelo económico
perverso, en lugar de ser concebidas como herramientas tendientes a elevar
el nivel cultural de la población, y con él, sus posibilidades de una
calidad de vida superior.
Hace cinco días escuchábamos en la escalinata de la Facultad de Derecho de
Buenos Aires al presidente cubano, Fidel Castro, hablar del rol liberador de
la educación pública. De lo funcional que es el analfabetismo a las
políticas intervencionistas del imperio estadounidense.
Por estos días, los docentes peruanos están dando el ejemplo a su país y al
mundo, sobre la necesidad de preservar su dignidad como profesionales de la
educación, tanto en el plano de la defensa gremial, particularmente en el
plano salarial; como desde su rol de educadores, frente a un gobierno
neoliberal, continuista de las políticas corruptas del anterior presidente
Alberto Fujimori.
Su verdadero rol docente lo están poniendo de manifiesto con esta huelga
nacional, que ha movilizado a 380 mil trabajadores de la educación, en un
decidido enfrentamiento a las políticas del actual presidente Alejandro
Celestino Toledo Manrique.
Este presidente, descendiente de aborígenes, que jurara ante los Apus
incaicos luchar contra la corrupción y contra la pobreza de su sufrido
pueblo, fue más fiel a sus compromisos contraídos durante su gestión como
asesor del Banco Mundial, que a sus dioses ancestrales y al pueblo que lo
eligió, creyendo en su discurso populista, en medio de la euforia que
produjeron las masivas marchas contra el proceso totalitario de Fujimori.
Hoy el reclamo docente, al que se han sumado -con sus reivindicaciones
específicas- los trabajadores judiciales, del seguro social y los
agricultores, ha puesto en la calle a más de dos millones de peruanos,
absolutamente decididos a luchar por sus intereses, que son los intereses de
la inmensa mayoría de la población.
Esta democracia de baja intensidad que encabeza el presidente Toledo, no es
capaz de atender las imperiosas necesidades de los trabajadores. Y no es
capaz de hacerlo, porque ni se le cruza por la cabeza al presidente y a sus
colaboradores - alejados de los padecimientos de su pueblo- el abandono de
las recetas neoliberales ordenadas por el Fondo Monetario Internacional y el
Banco Mundial.
Por el contrario, la respuesta a las movilizaciones callejeras, cortes de
rutas y manifestaciones de todo tipo, es la tradicional de los gobiernos
dictatoriales o 'democráticos' del continente: la represión pura y simple.
Cuando más de dos millones de peruanos ocuparon las calles de su patria (y
las siguen ocupando en estos momentos), el gobierno de Toledo -dócil al
establishment- no dudó en criminalizar la protesta, ilegalizar el paro
docente y declarar el Estado de Emergencia, que implica la suspensión de los
derechos constitucionales y la puesta bajo el control militar de trece
regiones del país, incluida la ciudad de Lima.
A partir de ese momento (la cero hora del miércoles 28 de mayo), las masivas
protestas que desbordaron a todo el país de norte a sur, fueron respondidas
con fuego militar, esa brutal forma de lograr 'consenso' que, desde hace
mucho tiempo, enseñaron a nuestros gobernantes y a nuestros militares,
quienes desde el imperio acuñaron la Doctrina de la Seguridad Nacional, para
luego implementar, a principios de los años 90, el llamado 'Consenso de
Washington', piedra fundamental -¿o fundamentalista?- de las políticas
neoliberales que saquearon y siguen saqueando a nuestros países,
especialmente a sus habitantes más humildes, que son la mayoría.
Este 'consenso' compulsivo, aplicado por las clases dominantes peruanas,
segó la vida -esta semana- del estudiante puneño Eddy Quilca Cruz y produjo
centenares de heridos y detenidos. El responsable último de este acto
criminal, el presidente Toledo, es el mismo que tutelado por el gobierno de
los Estados Unidos, promovió sanciones contra la República de Cuba en la
última reunión de Ginebra sobre derechos humanos.
Toledo, un gobernante a tono con el imperio. Ese imperio que, con una
obscenidad descarada, dice por boca de su subsecretario de Defensa, Paul
Wolfowitz, que el argumento de las armas de destrucción masiva con que se
pretendió justificar la invasión criminal a Irak fue sólo un pretexto para
lograr mayor consenso.
Hace dos siglos, Johann Wolfgang Goethe escribía 'La maldad no necesita
razones, le basta con un pretexto'.
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