La verdadera historia de Rafael Caldera: un hombre muy triste y falso

Rafael caldera tiene más de diez de muerto. Quizá nunca haya vivido, pero digamos que su cadáver andante siempre nos ha estado rondando. La señora madre del doctor Rafael Antonio Caldera Rodríguez, casi nunca fue mencionada por el Gran Hipócrita. Ella había casado con un tal Caldera del que tampoco se sabe mucho. En su juventud, esta señora Caldera fue abandonada por su marido. Posteriormente fue mujer del doctor Manuel Heredia Alas, un médico empedernidamente borracho, el que le extrajo la bala de una pierna a Juan Vicente Gómez (cuando fue herido en la batalla de Ciudad Bolívar). Rafael Caldera viene siendo hermano de Rafael Heredia Peña (llamado Chicho Heredia, hijo legítimo de doctor Manuel Heredia Alas con doña Amalia Peña); también hermano de Trino Melián (quien fuera Secretario General del Partido Comunista) y de Trina Melián (madre de Rafael Simón Jiménez)[1]. Rafael Caldera se graduó de bachiller en Filosofía en el Colegio San Ignacio de Caracas, y su tesis de grado sólo constó de 14 páginas, titulada “”Rasgos biográficos del prócer yaracuyano José Gabriel Álvarez de Lugo”. Cuatro más tarde, su suegro, don Luis Gerónimo Pietri y don Pedro Grases le ayudan a escribir una biografía de Andrés Bello, contentiva de 167 páginas. Después nunca más hizo otra cosa que hablar, dar mítines y hacer declaraciones a la prensa.

El movimiento Acción Nacional fue fundado por don Rafael Antonio Caldera Rodríguez seguía los pasos de Acción Democrática y entraba también al circo de las ambiciones políticas bajo el monitoreo del Departamento de Estado norteamericano (quien acabó dándole el visto bueno para que realizase actividades golpista contra el gobierno). El propósito entonces, era convertir al país en un inmenso campo de confusiones morales, para que de la debilidad de la sociedad civil, las compañías petroleras pudiesen hacerse con los recursos de Venezuela. Esto había sido previamente estudiado por la CIA bajo la dirección de Rómulo Betancourt, quien trabajaba para actividades encubiertas del gobierno norteamericano en el Caribe, desde 1928. Todos estos documentos no han sido desclasificados todavía, y los historiadores venezolanos están en la obligación de solicitárselos al gobierno de EE UU.

Al tiempo que decaían las fuerzas de izquierda, en 1945, el ya mencionado cura frustrado y megalómano de don Rafael Antonio Caldera, comienza a llenar un espacio entre los grupos anticomunistas que nadie se había atrevido copar. Viene de dirigir la UNE y de ocupar un alto cargo en la Oficina Nacional del Trabajo. Este espacio por fuerza tenía que recoger al moribundo gomecismo, a los fanáticos cureros y a lo más podrido del militarismo conservador que por otra parte era el guardián del capital en Venezuela. Este eterno aspirante a cura, de estampitas y medallitas de la Virgen María y de la Virgen de Coromoto colgadas del pecho, no se andaba por las ramas a la hora de pedir y rogar y tenía un singular talento para la intriga, el descaro y la malicia. Personajillo admirablemente avieso que le abre campo al fascio en un país que estaba en el limbo de la Edad de Piedra en cuanto a geopolítica, creencias religiosas y actividades políticas y económicas en general. Por su peinado engominado, por sus trajes cruzados, y por su mirada y su empaque furibundamente pacato y formal, parecía como sacado de los cuadros de aquella JONS que dirigía Ramiro Ledesma Ramos, en España. Claro, sin la cultura y sin el patriotismo de aquellos. Era además un estudiante de 20 puntos, inflado de una vanidad espantosa. Su grupo, como recoge Laureano Vallenilla Planchart, está integrado por hijos de familias acomodadas que aspiran a incorporarse a la burocracia. Las gentes que acompañan a Caldera en su movimiento son jesuitas, hermanos de La Salle, vástagos del gomecismo. Además de comerciantes ricos y mantuanos. Laureano dice que perseguían “una democracia que les permitiera hablar mal del gobierno a los señores de los clubs caraqueños, una libertad con sotana con machete escondido entre los pliegues de la misma...”

Salen a comandar, pues, la UNE, Rafael Caldera, Pedro José Lara Peña, Lorenzo Fernández y Luis Herrera Campins. El fenómeno de confeccionar un movimiento social cristiano que dulcifique el fascismo siempre ha sido una constante en la historia de todos los países europeos y latinoamericanos. Caldera se daría a la tarea de modelar el fascio venezolano. Por cierto que en la única acción “revolucionaria” en la que Caldera participa para esta época es en una paliza que él comanda, junto con veinte estudiantes jesuíticos, contra Francisco Pimentel. Al respecto cuenta Pedro Estrada: Yo vi a Caldera cantando “Cara al Sol” y haciendo el saludo fascista. Eso lo vio toda Caracas. Caldera ordenó la paliza contra Leo porque en una caricatura lo tildó de homosexual[2].

Nunca mostró Caldera ese empeño de hacerse novelista que en sus años mozos sí tenía Betancourt. Había sido estudiante del colegio San Ignacio y fue escogido en varias ocasiones para dirigir discursos serviles al “Bisonte” Gómez, y lo hacía tan bien que el dictador en sus últimos años le miraba con desprecio. Este carcamán de los mil demonios, trajeado con la más vil hipocresía, con el rosario en la mano y los bolsillos llenos de hostias bendecidas por algún cura recalcitrantemente carlista, fue en muchas ocasiones seleccionado para hacerle entregar de ramos de flores a Gómez con motivo de inauguraciones de plazas y cuarteles en Maracay. Gómez cuando lo miraba, le decía a sus edecanes: “-No me digan que es otra vez el muchachito de esos discursos tan adulcorosos...” De modo que este joven nunca encabezó acción alguna contra Gómez y es muy probable que más bien hubiese deplorado su muerte de todo corazón.

Cuando derrocan a Gallegos, entre los primeros en presentarse a Miraflores para ofrecer sus servicios al nuevo gobierno, se encuentran Rafael Caldera y Jóvito Villalba. Van a solicitar gobernaciones para sus seguidores y se mostraban, a decir de Alirio Ugarte Pelayo, contentos y eufóricos. Caldera estaba gratamente impresionado por el valor y el carácter de Pérez Jiménez. “Es todo un jefe”, decía, “lo que el país necesita para salir del caos”, lo que le permitió concluir a Alirio Ugarte Pelayo: “Como ves, el líder copeyano está en buena disposición y no sufre con la ruptura del llamado hilo constitucional. Si le ofrecen un Ministerio es capaz de sacrificarse una vez más por la patria”[3].

Cuando Laureano Vallenilla Planchart está encargado del banco Industrial, es mucha la gente que acude en solicitud de créditos, entre los más asiduos para satisfacer a la camada de sus secundones son Jóvito Villalba y Rafael Caldera. Tienen los copeyanos el periódico El Gráfico que está en la ruina, “y Caldera pretende que el Banco Industrial contribuya a mantenerlo con créditos ostensiblemente irrecuperables... En aquellos días me habla Caldera de sus proyectos. El gobierno, URD y COPEI, deben llegar a un acuerdo para las elecciones y repartirse, por partes iguales, los asientos del Congreso, los ministerios y las gobernaciones de los Estado.[4]” Incluso Caldera le habla mal a Vallenilla de Jóvito, le dice que se cuide de este calvo que lleva detrás la sombra de los medinistas, el clan de los comunistoides e incluso a Miguel Otero Silva.

Cuando se está por gestarse otro Golpe, el del 2 de diciembre de 1952, en la elección que pierde Pérez Jiménez, de nuevo salta Caldera con el objeto de pedir y de chantajear a un mismo tiempo. Le participa Caldera a Laureano que COPEI no concurrirá a la Constituyente amenos que se le reserve a su partido un mínimo de tres Carteras y unas siete gobernaciones. Le aclara al ministro de Relaciones Interiores: “Los copeyanos no contribuiremos a fomentar disturbios. Somos gente de orden y no estamos dispuestos a hacer el juego a comunistas, adecos y urredecos. Tampoco conspiramos. Ustedes podrían entenderse con nosotros mejor que con nadie. Aún no me explico por qué no fuimos juntos a las urnas...[5]” El gobierno de Pérez Jiménez estaba técnicamente caído. Sólo contaba para subsistir con la típica cobardía de nuestros dirigentes políticos. Lo más seguro era que no contarían de quórum para dar inicio a las reuniones de la Constituyente, y Laureano, que no tenía pelo de tonto se comenzó a poner en contacto con los diputados suplentes (sabía que se volverían locos al saber que se les daba la oportunidad de ocupar un alto cargo de representación popular, y venderían hasta sus propias madres de ser necesario por ejercerlo). El día 9 de enero de 1953, el pautado para dar inicio a las sesiones, según la Constitución, Caldera con sus diputados, cual mafioso con una cuadrilla de pistoleros, se apostaron en un local vecino al Capitolio a esperar que su gente fuese requerida por el dictador para completar el fulano quórum (y entonces él salir muy orondo a negociar las fulanas carteras ministeriales y las gobernaciones). Se cayeron de un coco: Vamos, no fue necesario, los perez jimenistas consiguieron completar el quórum. Caldera como se ve no era pendejo, sino politiquero.

Lo primero que hizo Caldera en su segundo mandato fue incluir entre sus amigos a Alfaro Ucero, el piache adeco que nunca se atrevió a condenar a CAP, pese a que el país todo lo reclamaba con urgencia para evitar el desastre de otro golpe de Estado (como en efecto ocurrió); el mismo Alfaro que decidió la expulsión de la Secretaria General de AD de Humberto Celli porque éste reclamaba la expulsión de CAP del partido. Durante este segundo mandato mantuvo intacta toda la inmensa vagabundería del sistema interior que siempre actuaba tarde para dar tiempo a que los rapaces ladrones, los banqueros mil veces señalados como estafadores, tuviesen tiempo de huir a Miami. Quedó intacta la intolerable verborrea, el discursito miserable contra la corrupción que también habían puesto en práctica los Luis Herrera y Lusinchis...

En su segundo mandato, Caldera estaba también impregnado del fatalismo de CAP: Había que buscar los modos de seguir en la panacea del bonche y de los placeres interminables; esa sensación de que todo nos debía llegar del cielo. El país político estaba tan podrido, que con dos o tres frases amenazadoras, el señor presidente se metió en el bolsillo a los partidos. Los banqueros se aterraron, los adecos retrocedieron y los congresistas copeyanos se achinchorraron en sus curules. Todo, producto de un diestro malabarismo de palabras. ¿Cómo era posible que un hombre, tan ducho en leyes, tan conocedor de la sociedad venezolana, no la emprendió de inmediato con una profunda reforma del poder judicial, donde se encontraba el inmenso cáncer que nos paralizaba y nos envilecía? ¿Cómo fue posible que no procedió de inmediato a promover una limpieza de este antro de perdición, sin el cual es imposible avanzar, y por cuya degeneración el Fiscal de la República, Escovar Salom había declarado que aquí no había estado de derecho?

La falta de justicia había inutilizado a todos los gobiernos de la enjuta democracia; eso se decía todos los días, lo palpábamos a cada segundo, y vino otra vez al gobierno uno de los más eminentes profesores de derecho con el que contaba Venezuela, el señor biógrafo del creador de la constitución de Chile, don Andrés Bello, y deja intacto el burdel de la Corte Suprema de Justicia. Sin embargo dijo apenas inaugurando su gobierno (1994): "-Vamos con mi presencia en el gobierno, a entrar en el siglo XXI". "-Estamos saliendo del túnel".

Viejo y achacoso, el día 12 de abril del 2002, Caldera da unas largas declaraciones al diario El Universal, en el que celebra el derrocamiento de Chávez y envía un saludo fervoroso el gobierno de transición del doctor Pedro Carmona Estanga. Lamentablemente El Universal de ese día fue quemado, pero el testimonio existe.

En wikipedia se puede leer que Rafael Caldera es huérfano de padres de origen español y fue hijo adoptado de una familia acaudalada venezolana católica, está casado con Alicia Pietri de Caldera, con quien tiene seis hijos: Mireya, Rafael Tomás, Alicia Helena, Cecilia, Andrés Antonio, y Juán José Caldera; éste último es también político y parlamentario por el estado Yaracuy, desde 1974 hasta 2006. Hoy se tiene planteado enterrar a Caldera al lado de la tumba de Betancourt.

He de confesar que uno de los momentos históricos más importantes de Venezuela fue cuando Hugo Chávez, dio un golpe a la Constitución del 61, mostrándoles a Caldera, el 2 de febrero de 1999, todas las miserias de la falsa democracia que aquí se vivía. En el instante de despojarse de la banda presidencial, aquel hombre, verde, se redujo como el personaje de Balzac de “Piel de zapa”: Horriblemente empequeñecido, a punto de lloro desvergonzado porque ya no era lo que siempre había ansiado: estar en el supremo altar del Estado. Encogido como un sapo, tembloroso, pidió retirarse. Chávez no le dio la mano ni aceptó que fuese él quien le pusiese la banda presidencial. Aquel ser enjuto, pero poseído de una prepotencia explosiva, reventando de soberbia se retiró del Congreso ante la mirada piadosa de unos y de profunda arrechera y desprecio de todos quienes durante cincuenta años habían sufrido de su petulancia. Farsante, traidor, manipulador infame incrustado en el Estado por más de medio siglo fue echado a patadas como un vulgar mequetrefe. Cómo deseé en ese instante que hubiesen sacado de su tumba a su carnal de Betancourt para hacerle exactamente lo mismo.

Rafael Caldera por su educación jesuita fue toda su vida extremadamente hipócrita y prepotente. Betancourt y Caldera hicieron lo imposible por utilizar a las Fuerzas Armadas en el negocio de sus ambiciones personales. En su juventud, Caldera tenía ese barniz de seudo intelectual, de profesor universitario serio y estudioso que él sabría utilizar muy bien para aparecer en cuanto guiso político montara su amigo Betancourt. Como el arte del disimulo era lo que mejor le venía a su personalidad (es decir a su máscara), optó por hacerse furibundo cristiano en un país lleno de viejas beatas. Pronto las viejas lo tendrían por un santo, y se haría fuerte en la región más conservadora de Venezuela: la región andina. En realidad él veía cómo actuaba Betancourt en procura de sus objetivos, para luego él salir y emularle

[1] Datos obtenidos del cronista de Yaritagua, don Ricardo Gainza.
[2] “Pedro Estrada Habló”, Agustín Blanco Muñoz, CDCH, UCV, Editorial José Martí, Caracas, 1983.

[3] Véase “Escrito de Memoria”, Laureano Vallenilla Lanz, Ediciones Garrido, Caracas, 1967, pag. 291.

[4] Ut supra, pag. 329.

[5] Ut supra, 366.

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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 @jsantroz

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