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Por: Emilio J. Corbière (Fecha publicación:18/09/2002)
El ³caso Rodríguez Sáa² se inserta en la historia del populismo argentino y
latinoamericano. Una mirada sobre esta concepción de hacer política, su auge
y sus límites. La revolución que viene en el fragor de la lucha de clases.
El fenómeno de Adolfo Rodríguez Sáa se inserta en la tradición del populismo
latinoamericano. En nuestro continente las ideologías eurocentristas no
tuvieron un impacto, salvo en algunas franjas de las oligarquías cultas o
urbanas. En cambio, el populismo, mezcla de revolucionarismo nacionalista,
pragmatismo y caída en las redes del imperialismo, ha sido y es una
constante.
Ha existido populismo revolucionario, de izquierda, de derecha, militar o
civil, religioso o agnóstico. Sobre el tema han trabajado autores como
Ernesto Laclau y Torcuato S. Di Tella.
En el siglo XX surgieron políticos que parecían destinados a interpretar y
resolver los nuevos problemas sociales y económicos continentales, mediante
instrumentos tácticos adecuados a cada situación.
Seis años antes que el mundo se conmoviera con la Revolución Rusa, en México
nacía la primera cantera de la revolución indoamericana de contenido social.
Madero y Carranza fueron los líderes burgueses de la Revolución que irrumpió
en 1910 y fue extendiéndose hasta plasmar en una constitución. Zapata y
Villa fueron la voz y la mano del pueblo oprimido. Luego esa revolución
encontraría en Lázaro Cárdenas a su figura arquetípica. Fue Cárdenas quien
distribuyó tierras a los campesinos, cumpliendo el lema del movimiento de
1911, que fue "Tierra y Libertad". También nacionalizó el petróleo ante el
asombro arrogante del imperialismo.
En un momento se había pensado que la visión continental estaba encarnada
por el mexicano José Vasconcelos, y por el argentino José Ingenieros. Pero
ambos fueron hombres de doctrina y no de poder.
Mariátegui y Albizu Campos
Dos jóvenes revolucionarios la encarnaron desde su visión política: el
peruano José Carlos Maríategui, y el cubano Julio Antonio Mella: El primero
era el teórico puro; el segundo, la acción heroica. Maríategui murió a hora
temprana, víctima de un mal incurable. Mella fue abatido en las calles de
México, bajo las balas de los esbirros del dictador cubano, Machado.
En Nicaragua, el nuevo ideal libertador fue enarbolado por Augusto César
Sandino, y su faena lo llevó a luchar y resistir en las montañas de su
patria, hasta que cayó en una emboscada.
Otro exponente de la corriente popular latinoamericana fue el colombiano
Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato en 1948, desató una tempestad social
que se conoce como "bogotazo".
El nacionalismo puertorriqueño fue encarnado por don Pedro Albizu Campos,
quien, con su Partido Nacionalista enfrentó a los norteamericanos para
lograr la independencia de su patria: Puerto Rico.
Esos ideales y concepciones populares -desde ópticas diferentes- alentaron
por igual a los nacionalistas bolivianos, en 1952; a Perón en la Argentina;
a Rómulo Betancourt en Venezuela; a los febreristas paraguayos de 1936; a
Fidel Castro en Cuba; a Juan Bosch en la República Dominicana; a Prestes y
Getulio Vargas en Brasil; a José Figueres, en Costa Rica; a Marmaduke Grove
y Salvador Allende en Chile y a Jacobo Arbenz en Guatemala.
Populismo y Aprismo
¿Porqué recorremos la historia dramática de la América latina a través de
éstos hombres? ¿Se trata, tal vez, de una visión heroica de la historia? Por
el contrario, si recurrimos al recuerdo de éstos líderes, es nuestra
intención ubicar al lector ante la presencia de fuertes corrientes de
pensamiento revolucionario y popular que han agitado, y agitan, las aguas de
la vida continental.
Todos los movimientos populares latinoamericanos son hijos de la Revolución
Mexicana y de la Reforma Universitaria de 1918, nacida en Córdoba y
extendida por todo el continente. Si bien es cierto que el anarquismo y el
socialismo -desde fines del siglo pasado- influyeron en los sectores
intelectuales y obreros urbanos, no lograron, salvo casos muy contados, con
la amplia adhesión de masas, que sirvieron de base a los movimientos
populistas.
Estos movimientos -socialmente, de naturaleza policlasista- agruparon a
obreros, campesinos, intelectuales y a sectores medios, en su resistencia
contra los grandes poderes de los monopolios económicos imperiales. Muchas
veces, su ideología aparece confusa, ya que se mezclan conceptos
socialistas, democratistas, cristianos, humanitaristas y fundamentalmente,
nacionalistas revolucionarios.
Desde sus capillas doctrinarias, las izquierdas tradicionales miraron con
desdén a esas concepciones y prácticas populistas. Para los socialistas
liberales, su nacionalismo lo definían como "autoritario" o "fascista". Era
una aplicación mecánica de la realidad europea a nuestro continente. Para
los comunistas, especialmente los de raíz soviética, ese populismo era
"burgués". Se trataba de aplicar, en abstracto, las consignas de un marxismo
mecanicista, ignorando la realidad. De allí que el enfrentamiento se
visualizara entre "burgueses" y "proletarios", cuando en Latinoamérica -como
en todo el mundo- la contradicción es entre "opresores" y "oprimidos".
El 7 de mayo de 1924, en una sala de la Universidad de México, se reúnen
convocados por Raúl Haya de la Torre, estudiantes, obreros, intelectuales,
para dar nacimiento a la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). El
jurista mexicano José Angel Ceniceros regala la seda roja que ha de servir
para la primera bandera. En el centro de ella, rodeado de un círculo de oro,
el mapa también áureo, del continente indoamericano desde el Río Bravo hasta
el Cabo de Hornos. Con el aprismo nacía un vasto movimiento
indoamericanicista, llamado a ser el pionero del nacionalismo popular
continental.
Haya de la Torre entrega a la Federación de Estudiantes la bandera bordada,
que representa el anhelo de la nueva generación indoamericana, el ideal
bolivariano que inspira a quienes desean unir a las veinte repúblicas en un
mismo espíritu. "No sólo queremos a nuestra América unida -decía Haya de la
Torre- sino a nuestra América justa. Sabemos bien que nuestro destino como
raza y como grupo social, no puede fraccionarse: Formamos un gran pueblo,
significamos un gran problema, constituimos una vasta esperanza".
El programa populista
El programa aprista establece cinco puntos, que son: 1) Acción contra el
imperialismo; 2) Por la unidad política de América Latina; 3) Por la
nacionalización de tierras e industrias; 4) Por la interamericanización del
Canal de Panamá y 5) por la solidaridad con todos los pueblos y clases
oprimidas del mundo.
Ese sería el programa populista en el cual convergerán los movimientos
revolucionarios nacionales del continente. La característica del populismo
es su carácter de frente de clases. Al concepto socialista y comunista del
"partido clasista", el aprismo propone "un bloque o Frente Unico de obreros,
campesinos, clase media, organizado bajo la forma y disciplina de Partido".
Así se caracterizarían Acción Democrática de Venezuela, los liberacionistas
de Costa Rica, los peronistas argentinos, el Movimiento nacionalista
revolucionario de Bolivia y otros similares. ¿Quién dirigía el bloque? La
llamada burguesía nacional.
Sindicatos, movimientos y partidos
Sin embargo, aunque dependientes y atrasados, los países latinoamericanos
han procesado un desarrollo capitalista bastante importante y en
consecuencia, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, fueron
creciendo y consolidado una importante y numerosa clase obrera urbana y
rural.
Desde fines del siglo XIX había comenzado a constituirse la clase obrera,
como consecuencia de las inversiones extranjeras en la minería, transporte,
frigoríficos y puertos. El trabajo asalariado en el campo se hizo intenso y
la burguesía nacional comercial e industrial había comenzado a enfrentar la
hegemonía de las oligarquías tradicionales.
Este temprano desarrollo capitalista de enclave o producido por la inversión
del capital extranjero, impulsó entre 1880 y 1914 la formación de una
incipiente clase obrera particularmente en Argentina, Chile, Brasil y
México.
El surgimiento del movimiento sindical, que se fue afianzando
posteriormente, hizo que en la América latina cualquier partido que pretenda
ser popular, nacional y democrático, debe desarrollarse conjuntamente con
los sindicatos. Esto fue aún más decisivo después de los años sesenta,
cuando el desarrollo industrial se hizo más rápido, ya sea a través de
inversiones de los capitales multinacionales, del capitalismo de estado y
del propio empresariado local.
En la Argentina, con una tradición sindical más firme y decantada, el
peronismo logró, en los años cuarenta, incorporar masivamente a los
trabajadores a las organizaciones sindicales.
Además, el "boom" urbano, el peso de los asalariados industriales y de
servicios es muy grande, y por ello, los partidos -en realidad
"movimientos"- para posibilitar sus reformas democráticas, debieron contar
con el apoyo de los sindicatos. Pero con ello, el partido político clásico
-como se lo conoce en Europa y en los Estados Unidos- sufrió una
transformación: nació el "movimientismo" alentado por el carácter
policlasista de las organizaciones.
El apolitismo sindical
El apoliticismo sindical norteamericano no tuvo ningún éxito en ésta parte
del continente. La razón está en que la lucha por los derechos sindicales
está íntimamente asociada a la lucha por la democracia política, es decir, a
desalojar del poder a los partidos conservadores o a las dictaduras
militares imperialistas.
Pero tampoco esto es un cliché. Muchos de los movimientos populares (y
sindicales) han vencido porque contaron con el apoyo de un núcleo importante
de las Fuerzas Armadas, como en Venezuela durante la Revolución de Octubre
de 1945, el varguismo en Brasil, los velazquistas peruanos y el peronismo en
la Argentina. Luego de afianzarse en el poder, esos procesos pueden adoptar
formas liberales-nacionalistas (la Venezuela betancourista) o
nacional-populista como en Brasil o Argentina.
En otros casos el empalme del movimiento nacional-democrático se produce con
la participación de un sector de las Fuerzas Armadas, pero con la
resistencia de otro, como en el caso de la Revolución Mexicana.
El historiador Julio Godio afirma que "en América Latina puede haber -y
existe- un sindicalismo amarillo, al servicio de los patrones y conciliador
con las dictaduras militares. Pero es muy difícil la consolidación
estratégica de un sindicalismo "apolítico". Porque el contexto político
exige una permanente lucha política de los sindicatos por mantener su propia
existencia, cuestionada tanto por el autoritarismo estatal como por el
comportamiento empresarial, que no sólo cede ante las presiones sindicales
cuando se enfrenta a un movimiento sindical fuerte".
Los límites del populismo
En cuanto a los límites del populismo la historia continental permite
apreciarlos en cada uno de los países. En la mayor parte de los casos, las
burguesías nacionales -una clase endeble- traicionan los postulados
antiimperialistas y de justicia social y pacta con las viejas oligarquías y
las multinacionales.
Además, la herencia estatal-liberal que nos viene de la historia determinó
que aún en los países latinoamericanos más atrasados la formación y
desarrollo de los movimientos nacional-democráticos deben plantear como eje
programático la democratización del Estado formalmente existente. Es decir,
la aplicación de las constituciones nacionales o su modificación
progresista. Un ejemplo de ello fue la Revolución Mexicana.
Aún en los países donde los gobiernos oligárquicos asumen las formas más
totalitarias, recurriendo al aparato militar, siempre el movimiento
revolucionario debió referirse al objetivo de rescatar la constitución
liberal avasallada o proponer un nuevo orden generalmente vigente en la
primera mitad del siglo pasado. Cuando el movimiento popular rompe con esa
tradición, la discontinuidad se traduce en un cambio político profundo y
radical.
Las corrientes ideológicas internacionales
El sindicalismo latinoamericano es mayoritariamente político, ligado
orgánica e ideológicamente a los partidos de orientación socialdemócrata,
marxista o incluso socialcristianos. Esto último explica la fuerte
incidencia de las centrales sindicales internacionales, la socialdemocracia
(CIOSL), la comunista (Federación Sindical Mundial) y, en menor importancia,
la demócrata-cristiana (CMT).
La ubicación político-ideológica de cada uno de los frentes sindicales
ayudará para ubicar a los partidos políticos populares del continente. Para
1980 existían en América 24 millones de trabajadores sindicalizados,
aproximadamente el 20% de la población económicamente activa. De ese total,
CIOSL-ORIT agrupa, en cifras globales, 12 millones, independientes cuentan
con 3 millones. A su vez, estos trabajadores se encuentran organizados en 75
centrales nacionales, de las cuales 30 pertenecen a la CIOSL-ORIT, 18 a la
FSM-CPUSTAL, 10 a la CMT-CLAT y 17 son independientes.
De aquí podemos concluir que, en la América latina, los alineamientos
sindicales son en realidad político-sindicales. El predominio se extiende
por un lado a la Internacional Socialista, a la Democracia Cristiana
Internacional y finalmente, al Movimiento Comunista Internacional en su
corriente pro soviética.
Si bien los sindicatos, como organismos autogestores, engendran poder
político, y muchas veces entran en disputa con los partidos políticos y
otras fuerzas sociales, la tendencia más generalizada es a la convergencia.
Esto explica el progreso de la socialdemocracia en el campo sindical a
partir de 1970, hecho que respondió a un trabajo simultáneo entre le
Internacional Socialista, sus partidos afiliados y la CIOSL. Que la ORIT
(Organización Regional Interamericana de trabajadores) en su Décimo Congreso
celebrado en Toronto (Canadá) en mayo de 1981 haya modificado su carta
ideológica, rechazando el apoliticismo e introduciendo la noción de
"sindicalismo político" y la ideología socialdemócrata es un dato del avance
de la ideología socialdemócrata impulsada por la Internacional Socialista y
la dirección de la CIOSL.
En América latina el movimiento obrero se desembarazó con bastante rapidez
del anarco-sindicalismo predominante entre 1880 y 1920, especialmente en
México y la Argentina. Lo que no quiere decir que ese anarco-sindicalismo no
subsista y brote espontáneamente en la práctica sindical. Un caso particular
lo ofrece el peronismo, cuyo espontaneísmo de masas, su folklore, el
carácter contestatario y desprejuiciado de sus movilizaciones, es un calco o
recreación de las manifestaciones anarco-sindicalistas.
Salvo muy contadas excepciones, los partidos monoclasistas han fracasado
desde el punto de vista de constituirse en alternativas nacionales. No sólo
se trata de los viejos partidos socialistas sino también de los comunistas.
Unos y otros -salvo el caso chileno- no han logrado ser la matriz de los
movimientos nacional-populares revolucionarios.
En Cuba o Nicaragua, tanto Castro como el sandinismo se constituyeron como
revoluciones nacionalistas, antes que ideológicas. Los comunistas tuvieron
débiles raíces nacionales, lo que les facilitó su tendencia a homologar
forzadamente las realidades latinoamericanas a categorías específicas del
proceso revolucionario ruso u otras experiencias mundiales.
El cuadro de los partidos populares se compone de los monoclasistas -con
escasa repercusión electoral-, y los llamados partidos nacionales
democráticos, como el Partido Revolucionario Institucional de México; el
APRA en el Perú, el Partido Trabhalista Brasileño, Acción Democrática de
Venezuela, primero y ahora el chavismo, el peronismo en la Argentina, el
Partido Revolucionario Dominicano, el Partido Liberación Nacional de Costa
Rica.
Bloques y tendencias
Después de la guerra de Argelia y de sus secuelas traumáticas para una parte
del socialismo europeo -especialmente el francés-, en la reunión de Oslo de
1961, la Internacional Socialista realizó una apertura hacia los pueblos de
América, Asia y Africa, abandonando su visión eurocentrista.
De esa época data la evolución de la I.S., que se ha acrecentado a partir de
la reunión de Caracas de 1976 y de Santo Domingo de 1980. La lista de
partidos miembros adherentes es enorme: radicales y socialistas chilenos,
laboristas de Barbados, PLN de Costa rica, PRD de la República Dominicana,
adecos venezolanos, nacionalistas revolucionarios de El Salvador, el Partido
Nacional del Pueblo de Jamaica, los socialistas argentinos y uruguayos, el
Partido Revolucionario Febrerista del Paraguay, el Movimiento Electoral del
Pueblo de Venezuela, el MNR de Izquierda y el MIR bolivianos, el Partido
Socialista Democrático y el Frente Unido de la Revolución (FUR) de
Guatemala, los sandinistas nicaragüenses, el PTB del Brasil, el Partido de
Izquierda democrática del Ecuador, el APRA peruano y otras veinte
agrupaciones.
Frente a la socialdemocracia se le oponen los partidos demócratas
cristianos, especialmente en Venezuela y Chile. La entidad que los agrupa es
la ODCA (Organización Demócrata Cristiana Americana) y los partidos
comunistas que se movían en la órbita prosoviética. Son los tres proyectos
alternativos que se disputaron, hasta hace poco, el apoyo de las masas
populares, en una América latina que busca su destino.
Hoy, con la crisis de la globalización imperialista, nuevos movimientos de
masas, tienden a reemplazar a las fuerzas o partidos centristas. Han surgido
los zapatistas, los bolivarianos, los movimientos de los Sin Tierra en
Brasil. Pero el populismo se niega a desaparecer y está resurgiendo, aunque
con pocas perspectivas de hegemonizar los movimientos revolucionarios en el
siglo XXI. Todo parecería indicar que los cambios serán socialistas pero
será un socialismo a la latinoamericana, como pensaba el gran Amauta
peruano, José Carlos Mariátegui, de tipo movimientista, revolucionario,
nacional-latinoamericano y descentralizado.
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Enviado por
Revista Koeyu Latinoamericano
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