El bolivariano integral es un ser humano más. Puede ser evangélico,
cristiano, negro o blanco, hasta puede no ser chavista, y aunque aún existen
otras actitudes o posturas que pudiera adoptar, incluyendo algunas socialmente
no muy populares, también es cierto que por lo menos una le niega su existencia,
me refiero al "escualidismo" (Yo, yo, y yo también).
Pero el Bolivariano integral, además de ser un mortal más, debe ser una
persona provista de cualidades que lo proyecten a un plano espiritual
sustancioso, enriquecedor de su propia existencia y la de aquellos que lo
rodean. En otras palabras, el bolivariano es algo más que una individualidad
dispuesta a apoyar un proyecto netamente político-partidista. Eso, estoy seguro,
muchos así lo entendemos.
Ahora bien, a pesar que intuimos esa amplitud en el sentir bolivariano, los
que nos hemos sumado a esta ola revolucionaria, no podemos negar que nos
reconocemos en mayor grado en el ámbito político. Y esto es adecuado, necesario,
pero no suficiente.
Hasta aquí no digo nada nuevo, sin embargo, intuir el alcance superior de la
revolución bolivariana es el principio de algo mucho más exigente. Entonces
pregunto: ¿Cuánto de lo que debemos hacer, hacemos?. ¿Cuántos de los
discursos y opiniones que expresamos, también compartimos y llevamos a la
practica?, ¿Será que hablamos y escribimos muy bien, y nada más?, ¿Será que
exigimos a los demás un adecuado comportamiento, pero cada quien en su interior
transgrede aquello que exige?. Estas interrogantes, en general, traducen en
mucho el mal del que sufrimos muchos revolucionarios.
Y es que lo que demanda la formación del bolivariano integral, del
revolucionario de ideas enriquecedoras, más que aquel que se disfraza con los
iconos universalmente aceptados para definirse como tal, se presenta todos los
días, en todos los espacios: en el trabajo, en la casa, en la reflexión diaria
que nos lleva al encuentro con nosotros mismos. En cosas tan elementales y
sencillas como el bolivariano que llega a su casa para encontrarse con su
familia, y halla en la intimidad un oasis de libertad y distensión. Allí es
donde ese bolivariano integral se forma, se consolida y se reconoce asimismo
como tal, es decir, aplica su sentir revolucionario para fortalecer como ninguno
el amor por su familia, por su cónyuge, por sus hijos, creando las condiciones
para proveerlos de alegría, de esperanza y seguridad.
Entonces, respetar el espacio sagrado del hogar, armonizar, aún en medio de
las dificultades, es tarea obligada del bolivariano que ve a su nación como la
suma de muchas partes, y él y su familia como una de esas partes. Es decir,
"la revolución empieza en nuestro hogar"
Pero además, haciendo un ejercicio gráfico, imaginemos al bolivariano
integral, que colmando de satisfacciones a su familia, sale feliz de su
acomodada y armoniosa casa, bien vestido, perfumado y peinado, pues ese señor no
debe olvidar que cuando regresa, y entra al baño para excretar sus heces, éstas
son tan hediondas como las de cualquiera. Al final, este acto personal es, entre
otros pocos más, uno de los que nos recuerda que todos somos iguales.
En mi parecer, tal cual entiendo, el bolivariano no nace, éste se hace a
fuerza de verdaderos principios de vida, adecuados pensamientos sobre su
individualidad, su especificidad, su importancia, pero a la vez la certeza de
saberse parte de un todo mayor que le recuerda su infinita pequeñez.
Y es que todo aquel que valore la vida en general, su hermosa expresión
natural, sin ser venezolano, también es bolivariano. Porque es cierto que
inventamos el termino inspirados en la admiración por ese otro mortal de la
historia, Simón Bolívar, pero también es cierto que el contenido humanista del
ideal bolivariano es patrimonio de la humanidad. Nosotros tan sólo estamos
adaptando los antiquísimos y dignificantes conceptos básicos de vida, de paz y
armonía, a nuestra propia realidad.
Sean entonces estas palabras, un recordatorio para no olvidar que si
prometemos es para cumplir, que si exigimos debemos dar el ejemplo, que si
pretendemos lo más grande, debemos empezar por lo más pequeño.
Y es que quizás yo, cuando termine de escribir estas palabras, me levante de
mi silla, y al salir de mi casa no sea capaz de saludar a mis vecinos,
sostenerles una puerta, esperar a que lleguen al ascensor para subir con ellos.
O quizás, irrespete a mi esposa, maltrate a mis hijos o le niegue un poco de
cariño, para después asistir a la reunión parroquial y pronunciar un bello
discurso sobre la revolución bolivariana. Si así fuere, estaría hablando
pistoladas, cayéndoles a mentiras..., dejando que otros hagan el sacrificio
mientras me lleno de glorias de pacotilla.
Es así que no debemos olvidar, que la gravedad es una cosa seria, pues si
escupimos como locos para arriba, haciendo alarde de nuestra centrada y
bien nutrida retórica revolucionaria, en algún lugar, entre la frente y la
barbilla, nuestra propia y poco practicada palabra, con seguridad
tarde o temprano hará evidente la falsedad de nuestro sentir.