Traducción del francés: Gil B. Lahout
Estamos hace dos años, en alguna parte de Venezuela. Chávez acaba de ser
reelegido de manera avasallante por la mayoría de pobres. A causa de la lluvia,
el autobús está repleto de gente. Un hombre sube. Está ebrio: “¡Sólo la
chusma vota por Chávez! ¡Sólo los miserables y la miseria de Cuba votan por
Chávez!” Una pasajera contesta, sin mirar al hombre: “Señor,hay que
respetar el voto de cada quien”. Cuando el hombre se baja en la siguiente
parada y se pierde en la lluvia, la pasajera no se ha movido.
Caracas, dos años más tarde, en agosto de 2002, frente a la sede de un
Tribunal Supremo de Justicia que está a punto de absolver a los militares
responsables del golpe de Estado contra Chávez. El pueblo está protestando. Una
mujer trata de convencer a otra: “Si se atreven a decir que no hubo golpe,
habrá que destituir a esos jueces. ¡Es nuestro derecho!” — “No,
contesta la otra, exhibiendo su Constitución de bolsillo. “No puedes hacer
esto. Les daría el argumento que buscan para volver a dar el golpe. Debemos
luchar contra ellos, apegados a la Constitución, ¿entiendes?”
¿Qué ha pasado para que, en tan poco tiempo, la voz anónima del autobús ahora
se escuche con tanta fuerza en contra de una casta de funcionarios y una
justicia opuesta en su 90% a la ‘revolución bolivariana” encabezada por el
presidente Chávez?
“Sólo una mancha blanca”
El ingeniero municipal mira su reloj. Está cansado y quiere irse a casa. Una
de las mujeres del barrio lo detiene: “Y si en este terreno han construido
mis hijos y arriba la abuela, entonces ¿quién es el dueño?” Otra desenrolla
un plano anotado: “Queremos X sacos de cemento y aquí necesitamos una máquina
para la semana que viene. No tenemos por qué esperar.” El ingeniero quiere
aclarar las cosas: “Esperen, no pueden decir ‘nuestra’ bomba, pues es
propiedad del Estado.” Una vecina le contesta: “Disculpe, Ingeniero, pero
sabemos que esta bomba es nuestra. Ya el Estado no puede decidir por sí
solo”. Otra vecina, con un vestido rosado, saca su Constitución de bolsillo:
“Toda decisión debe emanar del cogobierno. Uds. deben escucharnos.” Un
consejero responde: “Está bien, la Constitución prevé esta posibilidad, pero
no olviden que la Asamblea Nacional aún no ha legislado en esta materia, y no
podemos crear algo que carece de fundamento jurídico y podría dar lugar a todas
las manipulaciones.” Otra vecina: “Ya va, señor, creo que no ha
entendido: Uds. están en el poder porque nosotros los volvimos a poner allí,
porque nosotros hicimos fracasar el golpe.”
Un tanto incómoda, Pastora, una concejal de otro barrio popular, reconoce que
su alcaldía no ha asignado recursos especiales para las mujeres, pero confía en
esta nueva generación de mujeres para acabar con la herencia machista y “abrir
las puertas”. Con alivio declara: “Cinco de los siete consejeros del Consejo
Local de Planificación son mujeres”.
“Antes, sólo éramos una mancha blanca en los mapas de la alcaldía”,
explica Gloria Plaza, responsable del Comité de Tierras Urbanas. “Sin
estatuto legal, no podíamos participar en las decisiones que nos atañen, a pesar
de ser la mayoría. Hoy, gracias al Decreto sobre Tierras Urbanas, nos reunimos y
decidimos sobre las necesidades de nuestro barrio y lo que hay que
hacer.”
Aquí, en este barrio popular que aglutina a 80% de la población y donde la
mujer es mayoría, es donde empezó la cuenta regresiva de la Revolución
Bolivariana. Es aquí, en estos autobuses repletos en los que el perfume de las
muchachas aún expresa la esperanza de graduarse; en estas calles donde los
jugadores de baloncesto han definido su propio código; aquí es donde nació el
sentimiento de pertenecer a una piel y a cabellos que son los mismos que los de
Chávez, un “negrito” como ellos. De aquel barrio-basurero de los excluidos de la
prosperidad petrolera, el pueblo creó una máquina tranformadora de la realidad,
un cerebro colectivo orgulloso de su mestizaje, que rechaza toda forma de
racismo y está ansioso por aprender. Un barrio de mujeres, fundado por ellas,
construido por sus manos sin uñas. Es que las mujeres lo han conquistado todo
desde el principio: agua, electricidad, asflato, escuelas, centros de salud. Un
verdadero país, podría decirse, de donde surgen ahora como las protagonistas.
“No se trata de salvar a las mujeres, sino de aprender de ellas, empezar a
partir de estas mujeres del pueblo que ya están cambiando el país”, explica
Blanca Eeckout, la joven directora de la televisora comunitaria caraqueña Catia
TVe.
Hacer más visible al pueblo es hacernos más visibles a nosostras
mismas
Blanca baja caminando desde Isaías Medina, uno de los barrios donde vive la
mayoría de la población de Caracas. Con sus lentes y su cabello corto, se parece
a una eterna estudiante. Va saludando a los habitantes, sobre todo a mujeres que
aparecen a sus puertas. Una joven delgada, de brazos fuertes, le hace una
pregunta mientras baja a un bebé en el piso. Blanca les explica cómo funcionará
la nueva televisora del barrio: “Uds. son quienes decidirán del contenido de
los programas. Nadie les dirá qué deben decir. Nuestro equipo está aquí
solamente para mantener la antena en buen estado y asegurar la formación
audiovisual.”
“De acuerdo, ahora hablamos”, le dice a la muchacha que tiene
problemas para la guardería de su hijo. “En los tiempos de Caldera, la
Guardia Nacional venía a confiscar nuestro material, continúa Blanca,
pero con Chávez, hemos conquistado nuestro espacio legal y, sobre todo,
logramos garantizar nuestra independencia editorial, pues es la comunidad la que
hace los programas y no podemos intervenir en el contenido. Muchas radios y
televisoras comunitarias están siendo legalizadas en todo el país.”
Mujeres del barrio van y vienen alrededor de la pantalla de montaje, cada una
con sus ideas de programa. Celina y Cipriana, por ejemplo, dos mujeres negras
que emigraron de Colombia a la hospitalaria Caracas. Sus imágenes tiemblan de
una lengua y una danza africanas llenas de pudor. En el principio, a las
venezolanas de Catia TVe les costaba un poco aceptar a estas colombianas
demasiado llenas de su cultura. Tal vez porque Venezuela misma ha perdido
demasiadas de sus raíces. Pero terminaron escuchando el grito África,
África de la mujer negra cuyas piernas sirven de mostrador para las lechosas
y a quien Celina filmó en una calle caraqueña.
“Es cierto, las mujeres pobres son mayoritarias en los medios
comunitarios. Hacer más visible al pueblo es hacernos más visibles a nosotras
mismas, como mujeres. Las televisoras comerciales pretendían aplastarnos con la
imagen de una miss rubia tipo norteamericana, pero nunca nos alcanzaban. ¿Cómo
íbamos a identificarnos con ese modelo demasiado extranjero?”, pregunta con
pasión Blanca, la joven directora de Catia TVe, a quien muchos venezolanos y
venezolanas descubrieron en pleno golpe de Estado. Con sus compañeras armadas de
cámaras, Blanca seguía informando a la población, mientras que las televisoras
comerciales, organizadoras del golpe, imponían el silencio total para anestesiar
la resistencia popular. Ellas ayudaron a reiniciar las emisiones de la única
televisora pública, en momentos en que el pueblo tomaba masivamente las calles
para restablecer la democracia. Había que ver, aquel 13 de abril de 2002, cómo
estas madres Carrar * reaccionaban ante la desmoralización de los hombres,
echándose a la calle. Incluso las más protectoras exigían a sus hijos que
salieran a defender la Constitución. “Tengo que ir, porque es mi
deber”, se escuchaba de la boca de aquella que hasta ese día se había
quedado en su cocina. “Este proceso le dio un sentido a mi vida”, dijo
otra. “Ay, si aún tuviera veinte años, ¿por qué me quedé dormida tanto
tiempo”, se exclamó una anciana. Estas mujeres inspiraron a Tatiana Arcos,
una secretaria que decidió reventar el cerrojo de su condición de mujer de la
clase media. Hoy participa en los comités de usuarios de la clase media y lucha
contra la impunidad del monopolio mediático venezolano y contra la sobredosis
diaria de violencia y pornografía que echa por tierra cualquier esfuerzo de las
madres para dar a sus hijos una educación más humana.
“Una escuela de libertad”
“Miren, incluso hay niños. ¡Qué vergüenza!”, se indignan los pasajeros
de una camioneta Blazer de lujo al pasar a toda velocidad frente al grupo de
mujeres que monta guardia en las cercanías del palacio presidencial.
“Desde el fracaso del golpe de Estado esta es la manera que hemos
encontrado para permanecer juntas y defender al presidente que hemos elegido y a
la Constitución. Es que de los diputados que estaban con nosotros, a quienes
elegimos y que apoyaban la revolución, muchos de ellos se dejaron comprar.
Tenemos que estar alertas y por eso venimos aquí todos los días después del
trabajo.”
“Lo que los ricos no entienden, con su violencia, es que más nunca nos
van a arrebatar nuestra dignidad.” “¿El paro?, se ríe una de las mujeres,
¿Qué paro? ¿Por qué? No tenemos tiempo para esto. ¡Nosotras somos quienes
decidimos cuándo se para el país!” Los ‘sindicalistas’ que sobrevivieron los
regímenes del pasado y desde Globovisión llaman al paro general contra Chávez,
hace tiempo que han perdido el control de este ser autónomo, poderoso, capaz de
moverse a la velocidad de la luz para contrarrestar un golpe de Estado.
Son estas mujeres del barrio las que reconquistaron, calle tras calle, a una
ciudad que las despreciaba. De esta ciudad hicieron su ‘fábrica’ al aire libre,
suerte de mercado persa donde cada pedazo de acera sirve para vender. Han
frustrado todas las políticas de higiene social y ahora reivindican el respeto
del que gozan desde la elección de Chávez. Estas vendedoras informales saben que
ya no podrán ser expulsadas ‘como animales, a patadas’, simplemente porque ellas
son la ciudad y la ciudad les pertenece cada día más. Se acabó el chantaje
diario de la policía, que venía a destrozar sus puntos de venta si no pagaban la
matraca. La calle-fábrica-mercado: esta imagen es la más clara de la revolución
venezolana. La matriz horizontal de una nueva organización social, luego
política. En Maracay, cuando la oposición, con el apoyo de todos los medios de
comunicación, intentó imponer un paro contra Chávez y envió a sus tropas
‘amarillas’ armadas de palos, los trabajadores de la economía informal
desmontaron los tubos metálicos de sus tarantines para defenderse. Las mujeres
estaban en primera línea y reunieron fotografías y testimonios para presentar la
denuncia.
Entre ellas estaba Margarita Tandioy, una indígena. “Nuestros círculos
bolivarianos no sólo son una manera de organizar la salud, la recuperación de
escuelas, etc. Para nosotras las mujeres, también son una manera de
valorizarnos, aprender a ejercer nuestros derechos. Son una escuela de libertad
donde descubrimos todo lo que somos capaces de hacer. No teníamos idea de cómo
tomar la palabra. Estábamos asustadas. Hoy sí nos atrevemos, ya no tenemos miedo
de equivocarnos. Y te digo, no es fácil, aún hay muchas mujeres que no pueden
participar en el círculo bolivariano. Algunas son maltratadas por su marido, o
sufren condiciones de vida demasiado difíciles para levantar la cabeza y
unírsenos. Pero es la primera vez en toda mi vida que veo algo así. Y te digo,
esta participación de las mujeres es como el despertar indio, pues nosotros
también, los indios estábamos escondidos debajo de una piedra, dentro de un
barril, pero hoy estamos saliendo en plena luz del día.” Con su filmadora en
mano, Margarita realiza reportajes para la televisión comunitaria
Teletambores.
“Allá afuera y en la casa”
“Nosotras las mujeres siempre hemos estado muy presentes, aquí como en
toda América Latina, pero nadie nos veía, es todo. Éramos invisibles, educadas
siempre para el otro, para ‘él’.” Quien habla así recorre en bicicleta el
barrio El Oasis de Maracay, vendiendo fotos de matrimonios, bautizos, etc.
Gracias a este oficio, ha podido construir su casita y educar a sus hijas. Ella
es María Santini, una de las fundadoras del barrio. “El problema es que no
podíamos entrar en la política sin primero cambiar nuestra vida interior, los
papeles de cada quien en el hogar. Es un poco fácil con estas revoluciones donde
la mujer poco a poco regresa a la sombra. Un amigo cubano me hablaba de la doble
moral comunista: el camarada todavía tiene derecho a engañar a su mujer, pero si
la camarada lo engaña a él, la Revolución peligra. En casa, mi compañero me
decía: No, lo que estás hablando debe quedar fuera de la casa, pero yo le
decía No, es aquí y allá, fuera de la casa y dentro, al mismo tiempo. Las
argentinas lo dicen: Revolución en la plaza Y en la casa. Cuando tenía
veinte años aún era muy dependiente. Creía ser fuerte, consciente, pero no veía
las cosas. No me sentía capaz de hacer escuchar mi voz. Fue en la guerrilla, en
la que transmitía correos y medicinas, donde empecé esta lucha con los hombres,
es decir, conmigo misma. Más tarde en la fábrica textil experimenté también el
sexismo de los patronos, la doble discriminación: como obrera y como cuerpo de
mujer. En el trabajo comunitario en Mujer y Salud, tuve que enfrentar la
tendencia femenina a delegar el poder a los hombres, cuando precisamente
nosotras las mujeres asumimos prácticamente todo en la vida.”
Hoy en día María coordina una experiencia piloto del gobierno de Chávez: uno
de los primeros refugios para mujeres víctimas de la violencia. “Fue María
León, actual directora del nuevo Instituto Nacional de la Mujer y ex dirigente
obrera, quien impuso a mujeres populares en los puestos de responsabilidad,
rompiendo así con la resistencia de funcionarios que preferían a mujeres con
diplomas”, explica María. En noviembre de 2002, a las organizaciones
populares reunidas en la ciudad de Barquisimeto, el propio presidente dijo:
“¿Cómo resolver el problema del machismo sin la participación de la
mujer?” Y es que pocos lo saben: el gobierno de Chávez trabaja mucho para
mejorar la condición de la mujer, legislando contra la violencia y creando
instancias como el Banco de la Mujer, dirigido por Nora Castañeda y que apoya
proyectos productivos populares. María Cristina Iglesias, Ministra del Trabajo,
y Noeli Pocaterra, Vicepresidenta de la Asamblea Nacional y dirigente de la
lucha indígena, figuran entre los más eficientes responsables políticos del
gobierno. “Venimos de lejos, cuenta Alicia Medina, porque la violencia
estaba en todas partes, y no solamente la violencia física o sicológica del
hombre. El simple hecho de no tratarnos como mujeres en los hospitales,
más allá de la situación general de la salud en el país, era todo esto, la
violencia.”
María Santini: “Al ver mi vida recuerdo que en el cerro, durante la
guerrilla, me decía que si algún día triunfáramos mi sueño sería ocuparme de una
granja para niños, ocuparme de estos ciudadanos de segunda, implementar un
montón de ideas. Pero después de tantos años y la derrota de nuestra guerrilla,
el proceso bolivariano, en el que desconfiábamos mucho en el principio, es el
que me permite recuperar mi sueño de juventud.” En el refugio, María y su
equipo de mujeres populares ayudan a aquellas que terminaron resignándose a los
golpes. Aquí las mujeres del pueblo conviven con mujeres de la clase media, como
víctimas de la misma violencia. Las primeras se levantan más rápido, al igual
que las matas del río. Pero las mujeres de la clase media no siempre soportan
convivir con mujeres del pueblo. Y es que en Venezuela, una democracia petrolera
en los años 70, en realidad se escondía un verdadero apartheid, un profundo
desprecio de ‘arriba’ por lo de ‘abajo’. Las feministas ‘historicas’, burguesas
que importaron sus ideas de Europa, ahora se repliegan en su instinto de clase.
En la Casa de la Mujer en Maracay, algunas intelectuales de la clase alta
recolectan firmas para exigir la salida inmediata del primer presidente
‘negro’.
Para muchas, al igual que para muchos militantes comprometidos, el principal
escollo sigue siendo el ejército de funcionarios heredado de un enorme Estado
prácticamente igual y que se hace el muerto, para sabotear el proceso
revolucionario. Gladys Vivas, defensora de los derechos de la mujer, se ha unido
al Instituto Nacional de Tierras y está trabajando con el tema del género como
elemento clave del desarrollo integral previsto en la Ley de Tierras. Para ella,
lo importante es que los espacios legales sigan multiplicándose, aunque “aún
habrá que luchar mucho para romper el esquema masculino del ejercicio del
poder”. Iris Castillo, cuyas manos de ex obrera textil ahora confeccionan
los cuadros de Catia TVe, ha conquistado su libertad como muchas otras:
separándose de su marido. Ella también aprovecha estos espacios nuevos que
ofrece la Constitución Bolivariana, pero critica el efecto publicitario de
algunos “puntos de encuentro que cuestan mucho en camisetas y afiches, pero
no parten de las verdaderas necesidades de la mujer popular”. Critica
también a estas sociólogas feministas de Caracas que vienen estudiarlas con lupa
para luego ganarse una plusvalía personal y sacar un posgrado en “género y
desarrollo” en Canadá o en París. Lo cierto es que el feminismo, hasta ahora
identificado con las mujeres de clase media, deberá refundarse desde la realidad
popular. La verdadera consciencia de género sólo nacerá poco a poco, desde la
organización que las mujeres del pueblo están desarrollando en todas partes.
Para ‘ver’ bien a la mujer venezolana, habría que ver también a María Ángel,
la niñita negra del final de la calle quien, debajo del árbol donde los hombres
beben cerveza, está escribiendo una historia en la que unas comadres peinan su
cabello, su cabello negro que, en Venezuela, aún sigue tachado de ‘feo’ por las
televisoras comerciales; habría que ver a aquella mujer quien, ahorrando el
dinero que le deja su marido para la comida, pudo comprar con qué hacer
pastelitos, para venderlos y así vestir a sus hijos, para que puedan estudiar y
“no tengan que pasar por lo que yo he pasado” y quien admite ser soñadora
y romántica; habría que ver a las mujeres que cobran en los autobuses y que sólo
piden ‘respeto’, es decir, no tener que acostarse con el chofer para conseguir
el empleo; habría que ver a las mujeres de Cata, descendientes de esclavos, que
están resucitando el cultivo del cacao y, entre risas, pelan el cacao en una
mesa, mientras se quejan de que las jóvenes no quieren asumir el relevo en la
dirección de su cooperativa; habría que ver también a estas mujeres de la clase
media, muy lejos aún de toda emancipación y sombras entre las sombras, como la
esposa del contralmirante golpista Tamayo, que llora en vivo y directo y en
cadena en todos los canales comerciales, afirmando que la vida de su marido está
amenazada por ‘el castrocomunista Chávez’. ¿Será que la Historia se revertirá,
conducirá el movimiento de las mujeres populares conducirá a un inicio de
liberación para las mujeres de la clase media?
En esta sociedad basada en la violencia del amo y del esclavo y en la
castración continua del sujeto, la rabia de los humillados y las humilladas se
ha ido acumulando hasta el punto de vencer el miedo. Incluso la violencia ha
tenido que retroceder frente al surgimiento de la vida, lo que promete unos años
más de transformación. “Creo mucho en ese país. Estamos inventando en
Venezuela. Los argentinos tuvieron primero que tocar el fondo, pero nosotros no
hemos sufrido esto y la mujer venezolana, en particular, es una fuerza”,
concluye María. “Es una fuerza mestiza, negra, india, que se siente visible,
visibilizada, vista, por fin, por primera vez. El pueblo se arrancó la mordaza y
más nunca se la pondrá.” Otra mujer del barrio concluye: “Este proceso
tiene muchos defectos, pero aún lo podemos arreglar. ¿Qué nos ofrecen los
demás?”
Thierry Deronne es cofundador de la Escuela Popular de Cine y de la
televisión comunitaria Teletambores, Maracay, Venezuela.
* La madre Carrar es un personaje de la obra teatral de Bertolt Brecht. La
acción se desarrolla durante la guerra civil española. Al principio la madre no
quiere oir nada de los que empuñan las armas para defender la Republica ante el
ejército de Franco. Al último minuto, ante la muerte de sus próximos bajo las
balas fascistas, ella sale a defender la vida.