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En un análisis mucho más universal, que considere al ser humano como una especie más en este hermoso planeta, uno puede llegar a deslastrarse de tanta teoría social, económica o política, dejando a un lado por un instante toda ideología desarrollada como intento para vivir en armonía con nosotros mismos y con el mundo natural que nos rodea.
En un principio, las primeras diferenciaciones humanas fueron producto de lo meramente físico-evolutivo, gracias a la cual, los individuos más capaces y en mejores condiciones naturales, pudieron desarrollar mejores métodos de supervivencia y por ende prevalecer. Posteriormente, con el pasar del tiempo, esa diferenciación fue cada vez más influenciada por el desarrollo de la inteligencia, entendida ésta como la capacidad para aprender y desarrollar métodos y técnicas, tras cada problema resuelto.
Luego surgieron los asentamientos humanos organizados con fines y propósitos comunes, cuya estructura social quedaba jerarquizada por aquellos individuos con mayor fortaleza e inteligencia. Hasta aquí no somos muy diferentes a otras especies.
Es cuando el ser humano se reconoce así mismo como ser pensante y tiene conciencia de su propia existencia, que su accionar instintivo comienza a fenecer, agregándole mayor complejidad a sus pensamientos, al punto, que al no encontrar en su entorno natural la explicación a muchas de sus dudas existenciales, busca las respuestas en aquello que le parece superior a si mismo, llámese sol, luna, otro ser humano, o Dios mismo.
Hoy es el Dios dólar o euro, pues lo cierto es que el hombre necesita creer en algo y tratar de alcanzarlo, aún cuando nunca lo logre. Algunas creencias están basadas en principios hermosos, que se sustentan en esa parte intangible que sentimos llevamos dentro de cada uno de nosotros, el alma, y con ella, lo espiritual. Otras, en cambio, se basan en propósitos egoístas y destructivos del propio ser humano.
Pero como dicen los psicólogos, aún conservamos parte esencial de nuestros instintos primarios en nuestro cerebro primitivo, la misma parte que explotan los medios de comunicación cuando nos inducen a alcanzar riquezas y lujos que nunca lograremos, o los politiqueros de oficio, que nos prometen y prometen lo que tanto deseamos, pero que nunca veremos cristalizar como consecuencia de su gestión. Es nuestro instinto de conservación, no sólo manteniéndonos con vida, sino además alentando nuestra individualidad humana, cada vez con mayores propósitos de diferenciación entre tantos iguales. Así nos hicimos manipuladores y manipulables.
En fin, palabras menos, palabras más, milenios menos, milenios más, desde las antiguas civilizaciones y demás imperios, hasta el momento actual, la gran diferencia entre unos y otros la sigue marcando aquello en lo que creemos, por lo cual luchamos y tratamos de alcanzar, siendo mucho más cautivador mientras más inalcanzable sea. Es nuestra necesidad al reto y la superación.
Hoy es la misma vaina, sólo que en otro tiempo y en otras circunstancias de vida. Lo diferente serán las consecuencias, y ellas, a su vez, serán causas futuras para seguir luchando una y otra vez. Así hemos evolucionado, para bien o para mal.
Y es que evolucionar en términos humanos, es consecuencia de su accionar, siempre en expansión y transformación. Sugiere poco control, ó los propósitos no están claramente definidos, además dichos cambios suceden en mayor tiempo. En cambio revolucionar es frenar y regresar sobre el camino ya recorrido para hacerlo mejor, por ello debe acelerar el tiempo de ocurrencia de los cambios que se pretendan, los cuales se consideran necesarios y se lucha por alcanzarlos sobre la base de claros propósitos, al menos en sus consecuencias más inmediatas.
El ser humano revoluciona porque se percata de lo que está mal y siente que debe transformarlo, pero esa respuesta humana a lo que está mal, no deja de ser en mucho un arrebato, sobretodo cuando vemos lo cíclico de la historia y lo analizamos en una escala de tiempo mucho más amplia, digamos en el orden de milenios o más. En cambio la evolución humana, aún cuando es lenta, es segura y no tiene marcha atrás.
En fin, no hay nada que sea para siempre, es por ello que aún cuando hoy la Revolución Bolivariana propicia en mucho transformaciones exitosas de todo tipo, lamentablemente, como especie, todavía nos falta evolucionar para percatarnos de al menos dos certezas: lo frágil que es nuestro ecosistema y lo fácil que es destruirnos mutuamente. De lo contrario con seguridad llegaremos a extinguirnos y poco importarán los imperios y los pobres de este mundo.
Así que después de miles de años de tanto caminar y caminar, aún evolucionamos y revolucionamos: la primera avanzando a su velocidad sin más garantías que las que imponen las leyes naturales, la segunda desacelerando para mejorar bajo la premisa de que todo lo malo conocido, transformándolo, será lo bueno por conocer, será por lo que habrá que luchar, y que quizás en gran medida no lograremos conquistar. Después de todo de eso se trata: avanzar no es conquistar y cuantificar, avanzar es luchar y luchar, y nunca parar, administrando el tiempo como recurso fundamental: Ni tan rápido como para cansar, ni tan lento como para defraudar.
abidar@cantv.net
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