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El 3 de febrero de 1992, resulta inolvidable para mí, por dos razones vitales, que aunque diferentes en circunstancias, están profundamente ligadas en esencia.
Ese día lunes, me informaron que había aprobado la última materia que me faltaba y con la cual culminaba mis estudios de derecho en la Universidad Central de Venezuela. Ese día, me gradué de abogado. Me dijeron la nota de Derecho Procesal Civil II. Había sido mi profesor el “Cheo” Araujo.
Era “Cheo” Araujo, una especie de leyenda en la Escuela de Derecho de la UCV. Desde que uno ingresaba en el primer día de la carrera, comenzaba a oír de “Cheo”, así como algo lejano, pero inexorable e inevitable, con un halo de misterio pero al mismo tiempo, con ese susto que produce lo que inevitablemente tendrás que enfrentar en algún momento.
En efecto, llegó el día y comenzamos las clases con “Cheo” el “dictador del tercer mundo” como le decía mi amigo Carlos. Fue un año muy intenso, de constantes evaluaciones y con muchos de los nervios, que adicionalmente produce el hecho de estar en el último año de la carrera. Sin embargo, ese personaje misterioso y a ratos terrorífico, resultó ser una extraordinaria experiencia de la cual sólo puede darse gracias por haberla vivido. Fue mucho lo que me enseñó “Cheo”.
Por eso, cuando ese mediodía, recibí esa llamada avisándome de mi aprobación, inmediatamente salí a la Universidad, en busca de compañeros con quien celebrar.
Pasé toda la tarde-noche en “Las Grandes Ligas”, una de nuestras guarimbas para tomar cerveza en esos tiempos universitarios.
Sería entre las ocho y nueve de la noche cuando salimos del sitio. En mi maltratado bolsillo, solo tenía para tomar un taxi e irme a casa, pero moría de ganas de seguir bebiendo. Me acerqué a otra de las “peñitas” y no logré ingresar. Ya habían cerrado. Así que haciendo caso a los mensajes del destino y no habiendo otra salida. Tomé mi camino a la casa.
Recuerdo que conversé con mi mamá en la cocina y al rato me acosté, en medio de la emoción y de tanta espuma del cargamento de cervezas que tenía en mi organismo.
Profundamente dormido, y con la sensación de haberlo hecho largo rato, me despertó el ruido del teléfono. Sin saber qué hora era, y a pesar de la curiosidad y alteración que produce una llamada de madrugada, fue mayor la tarumba etílica, que las ganas de saber quién había llamado. Preferí esperar, y como no hubo ni gritos ni llantos, concluí que no era nada grave, y continué mi sueño.
Pero, cuando sin transcurrir mucho tiempo (seguía divorciado del crono), se repitió el repique del teléfono, decidí vencer mi flojera y aunque el silencio era el dueño de la casa, llegué al cuarto de mis padres, quienes tenían el televisor encendido. Pregunté: ¿qué pasa? Y mi papá con una voz muy queda, casi imperceptible y con cara de gran angustia, me dijo: “están dando un golpe de estado”. Esa noticia fue para mí la continuación de mi emoción de todo el día.
Sin saber detalles, solo expresé a viva voz: “GRACIAS A DIOS, NO JODA… POR FIN” replicándome mi papá con los mismos susurros y como que lo fueran a escuchar: “no diga eso hijo…”
Pero continué vociferando, en apoyo al desconocido movimiento militar, y esperando noticias y deseando el derrocamiento de Carlos Andrés Pérez.
Al día siguiente, estaba tan aturdido por todo lo pasado, que no tengo conciencia de las palabras de Chávez. No escuché las palabras de “muerte a los golpistas” del tristemente célebre Morales Bello, tampoco oí el discurso de Aristóbulo Istúriz, para ese entonces Diputado por la Causa R. Escuché algo del de Caldera, Senador vitalicio, quien aprovechó la oportunidad para resucitar (solo por días) políticamente. Es decir, desde ese lunes 3 de febrero el comandante Chávez, está haciendo historia en este país. Enterró a unos muertos y resucitó otros.
Durante los días siguientes, aun emocionado y expectante por tan importantes acontecimientos ocurridos en mi vida, un amigo de la Universidad me llamó y me convoca para que forme parte de un equipo de abogados, que estaba organizando el profesor Javier Elechiguerra, para defender a los oficiales comprometidos en la Rebelión del 4 de Febrero. Ni siquiera lo pensé, ni lo consulté. Lo decidí en el acto. Sentía que era mi oportunidad y manera de formar parte de la historia y de participar, en algo con lo cual me sentía comprometido profundamente.
No tenía título de abogado, por lo tanto, tampoco inpre, sólo me acreditaba una carta de culminación de estudios emitida por la Universidad. Era tan grande la emoción, me sentía realmente importante, pero no con ego, porque era algo que no conocían los demás, que no era público, era algo muy mío. Hoy en día es fácil y casi obligado ser chavista, ser rojo rojito, pero en ese momento resultaba muy peligroso, bajo un gobierno que sí sabía reprimir y lo hacía, nos perseguía, nos infiltraba… sin embargo, me movía la pasión de mis ideas y en un mundo desconocido por mí.
La primera vez que fuí al cuartel San Carlos, creía que no soportaría los nervios. Compartí en primer término, con Ángela Zago y Napoleón Bravo, conversé mucho con ella y me pareció interesante, no así él, quien mostraba una gran superficialidad y unos aires de divismo que lo hacían un tanto insoportable.
Debo confesar, que cuando conocí a los Comandantes, los que más me impresionaron fueron Arias Cárdenas y Chávez. En ese mismo orden. Chávez me pareció la viva imagen de un soldado, preparado militarmente para los combates, para ejecutar acciones, pero que el “intelectual” el “cerebro” del grupo era Arias Cárdenas. Tal vez, porque Chávez era el que más hablaba y expresaba ideas y ese silencio de Arias, me confundió, asumiéndolo como el reflexivo y guía del equipo. El tiempo ha decantado la realidad y me ha sacado de mi errada primera impresión.
Andando por las calles de Sabana Grande, era infinita mi decepción al ver esa juventud hundida en la droga y en ese mundo de frivolidad y fatuedad que me hacía entender, que no teníamos futuro como país, que esa generación de relevo, terminaría de acabar a Venezuela como patria. Sin embargo, cuando acudí al C.E.C.A.O. que era el centro de reclusión dentro del Fuerte Tiuna, de los Tenientes y Sub-tenientes participantes en el movimiento del 4 F, me volvió la esperanza en ese sueño de patria distinta a la que teníamos.
Cuando conversé con esos muchachos más jóvenes que yo, quienes además de su lógica formación militar, tenían un sólido conocimiento político y jurídico, que les permitía la “insolencia” de discutir con un grupo de abogados de leyes y normas y hasta fijar los parámetros procesales de la defensa, me sentí reconfortado y con el alma de vuelta a mi cuerpo.
Entendí que sí había disposición para rescatar y hacer cambiar este país.
Me hizo mucho bien, compartir con aquella juventud clara y convencida de sus ideas.
Allí tuve la oportunidad de conocer al Teniente Suárez Chourio, quien se entrevistó con nosotros, perfecta e impecablemente uniformado de campaña, quien con su aire prusiano le mandaba mensajes ocultos a su Comandante Chávez con nosotros. A Florencio Porras, a quien conocía de hacía muchos años, siendo que me une una gran amistad con su hermana, lo que me permitió en varias ocasiones, ir a su casa en Los Naranjos de Guarenas, y a muchos otros que se escapan de mi memoria en este instante.
Eran groseras las trabas que se nos ponían para impedir que nos entrevistáramos con nuestros clientes y siempre había la necesidad de acudir a algún militar conocido que autorizara el encuentro, claro bajo las condiciones que le provocaran al encargado de turno. Más de una vez fuimos amenazados con detenernos si hacíamos tal o cual cosa. Y la respuesta siempre fue la misma, “arréstenos, así hablaremos con ellos que es lo que queremos”
El día que trasladaron a los Comandantes a la cárcel de Yare, nuevamente tuve el privilegio de estar y de entrar en las instalaciones. Recuerdo que nos fuimos en la camioneta wagonear de Freddy Gutiérrez, quien luego fuera Diputado del extinto Congreso y actualmente es miembro de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, iba Javier Elechiguerra, quien era nuestro coordinador, ex-Procurador y ex-Fiscal General de la República, Héctor Peña Torrelles ex-Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, un abogado de apellido Bello quien fue Fiscal Superior de Guárico y mi persona, ex nada, gracias a la providencia, sigo sin ser ex nada.
Cuando salimos de la cárcel de Yare, en la entrada de la misma había mucha gente, estaba la madre del Comandante Chávez a quien no le habían permitido la entrada, había periodistas, curiosos y el resto de los abogados que no pudieron ingresar al recinto penitenciario.
La inocencia y la pasión con la que me involucré en todo esto, no me permitía ver todo el egoísmo y oportunismo que tenía alrededor. Muchos abogados buscando protagonismo dentro de una situación plena de ideales y compromiso social.
Disciplinadamente asumí mi bisoña posición y cumplía todo lo que me mandaba mi coordinador Elechiguerra, con entusiasmo buscaba en las bibliotecas las doctrinas que me encomendaba, me trasladaba para allá, para acá, sin chistar y sin ningún afán protagónico, me sentía satisfecho de estar allí en esto en lo que creía y aunque mi aporte era poco, estaba aprendiendo.
En ese aprender día a día, observé todos esos egoísmos del ser humano. Hubo famosos abogados penalistas, que cobraron sobreseimientos de soldados y de otro tipo de personal, decretados de oficio por los tribunales, sin su intervención profesional.
En nuestro equipo comenzaron a surgir “jefes” por la cercanía a la relación que tenían con el coordinador. Mandaban más que él, daban órdenes con la chocancia que impone la mediocridad, no solo profesional sino espiritual. Así el grupo se fue diluyendo por las impertinencias de unos y la alcahuetería de otros.
Los años han ido ponderando y muchas de esas personas que fueron arrastradas por el caudal revolucionario, se han ido quedando en las orillas, cuando el río del proceso bajó su nivel y descubrió las reales intenciones de cada participante. Cuando debieron asumir el compromiso sin egoísmos, prefirieron dejar el barco.
Es imposible no mencionar, la lealtad de Chávez para con sus aliados. A todos (bueno no a todos) los colocó en posiciones claves y de responsabilidad y le fallaron en lo que se les presentó la oportunidad. Lamentablemente la idoneidad y la aptitud, no siempre tienen que ver con la fidelidad a las ideas. Sin embargo, eso habla muy bien de Chávez.
Con el debido respeto y la prudente distancia, creo que nos ha identificado, (a Chávez y a mí) tanto la inocencia como el romanticismo con los “amigos”. Por supuesto yo no he desempeñado ningún cargo de poder, pero si he sido utilizado y aprovechado por mi incondicionalidad para con la gente en quien creo.
Igual le han hecho al Presidente Chávez, y aunque el hombre ha madurado a fuerza de golpes, sangre, lágrimas y muchas traiciones, lo sigo percibiendo amigo y terco en sus creencias.
Las decepciones han sido terribles y profundas.
Tal fue mi incondicionalidad con mis ideas que hasta ahora nadie sabe de mi participación de esos días. Nunca me nombraron nada, no me dieron algún cargo por haber estado en esto. Nunca me prevalí de ello. Pero tampoco me pueden contar historias porque estuve y he estado allí siempre. En una suerte de Forrest Gund, siempre estoy…
El 27 de noviembre, sí estuve en la calle, pero ese fue un golpe develado. Desde la noche anterior, ya se sabía en la calle que venía. Sin embargo, en la calle la algarabía se movía al ritmo del sonido de las bombas cuando caían sobre Miraflores. Yo llegué hasta la esquina de Las Ibarras, a escasas cuadras del Palacio de Gobierno. Allí tomamos el control de la avenida Urdaneta, nos enfrentamos con piedras y lo que encontráramos con la Policía Metropolitana, hasta que la Guardia Nacional nos atacó con F.A.L. por las tres esquinas. Debimos huir para salvar nuestras vidas de la infamia del “maldito soldados que usa sus armas contra el pueblo”.
Sabíamos que todo estaba acabado, pero era necesario manifestar nuestra posición.
Era impresionante observar en vivo un bombardeo aéreo, confieso que sólo en películas había visto algo similar. Los daños sufridos en Miraflores no se corresponden con la magnitud de las bombas con las cuales fue atacado. El pueblo celebraba con algarabía, al sonido de cada una que impactaba contra la “guarida” en la cual habían convertido el centro del poder político.
Sin embargo, ninguna explotó. Lo que escuchábamos era el ruido producido por el peso en la caída. Hasta eso lo habían arruinado estas langostas. Estábamos armados de chatarras militares. Recuerdo una anécdota que en el C.E.C.A.O. nos contaron cuando preguntamos la escena de la tanqueta subiendo las escaleras: “es como que estés en la selva cazando y disparas la escopeta y nada, la vuelves a disparar y nada. Cuando se te acerca el león intentas darle aunque sea con la propia escopeta. Ningunas de las armas de la tanqueta funcionaron. Entonces intenté darle al león con la escopeta…”
Por eso hemos acompañado al comandante desde el inicio (No estuve preso, porque nunca me enteré). Cuando no se podía mencionar el nombre de Chávez. Cuando nadie era rojo rojito. Cuando la gente se enteraba de tu posición y el que menos opinaba se burlaba de ti, por estar con ese “gorila”.
Yo sigo comprometido con el Presidente Chávez, con ese soldado que hace quince años me generó una idea errada de su capacidad y que hoy me ha convencido con su sensibilidad social y visión de futuro. Y solo pido a Dios que le mantenga la sabiduría para que continúe generando equilibrio hacia arriba a un pueblo abusado de tantos males.
Desde mi posición seguiré todos los acontecimientos y seguiré denunciando las traiciones de muchos de estos personajes que siguen allí como sanguijuelas en el corazón de la Revolución. Me siguen dando palos, pero como en las piñatas infantiles, los que tienen los ojos vendados son los que me dan los palos, no yo. Prefiero ser la piñata. Además con cada palo que recibo, me obligan a ver alrededor, me dan vueltas y logro un paneo completo, los veo a todos.
Esto no lo narro con intenciones proselitistas, ni buscando reconocimientos absurdos para quien solo dio su corazón en post de lo que creía y cree.
Y aunque no reclamo nada para mí, sí me siento en la posición moral de exigir al presidente Chávez, para que de una vez por todas se libre de tanto oportunista que tiene incorporados en todos los estratos del Estado. Gente que sin ningún compromiso y hasta por el contrario, intencional y abiertamente adversos a los cambios sociales, están enquistados en posiciones de poder y de planificación que les permiten obstaculizar y sabotear todo lo que huela a revolución.
Son muchos los cambios que se requieren. Son muchos los compromisos que se requieren. Sin sacrificar calidad, es fundamental en este instante más la honorabilidad y el compromiso que los títulos y la ciencia. Requerimos de seres humanos sensibles para con sus iguales y no de doctores.
Maracay, 04 de febrero 2007
adolfojgonzalez@hotmail.com
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