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Carta abierta a Eduardo Galeano
Por: Nelson Valdés
Fecha de publicación: 08/05/03
imprímelo mándaselo a
tus panas



Estimado Eduardo Galeano, Le escribo esta carta y pongo su apellido porque
me parece que debo ser formal en mi comunicación.

No obstante, a lo mejor recuerdas el número de cervezas que nos tomamos en
un bar de obreros en Albuquerque, Nuevo México hace ya algunos años.

Entonces habías acabado de impartir una conferencia en la Universidad de New
México y yo te esperé hasta el final, cuando ya no quedaba nadie y estabas
solito en aquella enorme aula y en camino a tu hotel. No nos conocíamos. Te
rescaté como para que no pensaras que en el suroeste no te conocíamos. Desde
que nos dimos la mano en el estrado del auditorio. Te dije, "Eduardo y tomas
cerveza?." Inmediatamente reconociste mi acento de Cubano. Te llevé a un
lugar que me pareció sería acogedor para ti, nada de gringada ni de clase
media.

Hablamos horas.

Recuerdo que te pregunté como era posible que escribieras libros con tantas
y tantas anécdotas que al mismo tiempo tuvieran tanta filosofía y política y
conocimiento de los matices que son la vida. Ah, los matices. Rápido me
respondiste, "me las regalan." Las bellas anécdotas de tus libros te las han
ido aportando gente de todo este hemisferio, eso me revelaste. Eduardo ha
sido el instrumento mediante el cual todos nosotros le hablábamos al mundo.
Galeano, la expresión de lo que dice el pueblo, de lo que siente, de lo que
padece y de lo que sueña.

Por eso, Eduardo, no te perteneces, por lo menos como escritor, a ti mismo.
Y creo que eso lo asumiste hace mucho; pues mediante tu pluma hemos hablado
todos.

En ese mismo momento te dije que tenía una anécdota que estaba guardando
para escribir algún día pero que prefería regalártela. Y te conté lo que mas
tarde fue "Cuba es toda una guagua."

No sé si Eduardo recuerda ese cuento, que apareció en el Libro de los
Abrazos . Su versión tenía errores respecto a la historia que yo le había
contado; pero eso se perdona. Me he preguntado si pudo reconocer el cariño y
el respeto que significaba regalarle algo que era mío, no sólo como
experiencia, sino por mi propio derecho a contarla. Pero no dudé ni por un
segundo que ese era un cuento para que Galeano contara. Eduardo era nuestro
Galeano.

Eduardo, quisiera pedirte que leyeras el cuento de nuevo. Como yo te conté
entonces y como tu lo recordaste, Cuba es toda una guagua. Al final del
cuento, tal como te lo relaté, y tu escribiste entonces, "La guagua 68
continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer
llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un
buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la
guagua 68 hasta el final."

Yo asumí que tú, nuestro Galeano, seguirías en ESA guagua hasta el final.

Nelson Valdés


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Crónica de la ciudad de La Habana


Eduardo Galeano | La Habana


Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él
estaban recién nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de
Los Ángeles a La Habana, para conocer su país. Cada mediodía, Nelson tomaba
el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y se iba a leer libros
sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que
caía la noche. Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una
bocacalle. Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los
pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que había
cruzado la calle.

-Me disculpan, caballeros -dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó.
Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte. El
conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron
acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared,
lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir
de aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y
hablaba sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una
mirada. El conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una
cerrada ovación. Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo
cierta inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano,
cundió el pánico en las masas.

Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó
la bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el conductor,
sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.

Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que
parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se
sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68
continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer
llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un
buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la
guagua 68 hasta el final.

Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca.

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Nelson Valdés


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