Venezolanos despotricando de su país ante extranjeros que valoran la
revolución bolivariana con ardiente fervor.
Intelectuales cultivando la ignorancia, e "ignorantes" dando muestra de un
amplio y sorprendente sentido común.
Medios de comunicación que al desinformar terminan informando, cuando con
ingenuidad despiertan el interés y la suspicacia logrando que ante lo
inverosímil se busque la verdad como lo hace el vicioso ante aquello que le
provoca el vicio, y otros, que queriendo informar no encuentran espacio para
difundir tantos hechos noticiosos sin caer en la parcialidad que provoca la
saturación al dar largas secuencia informativas de materias similares o
parecidas.
Gente con capacidades técnicas haciendo alarde de su egoísta concepción de la
justicia social, al tanto que con pistola en mano pretenden recuperar los
espacios abandonados por ellos voluntariamente engañados.
Obispos y monseñores haciendo uso de la desgracia humana que provoca la
pobreza, para justificar sus posiciones políticas interesadas.
Una inversión total de valores, una mezcla de intereses antagónicos que
parecen neutralizarse y llevarnos a ningún sitio.
Ideas muy buenas que surgen, al tiempo que son arropadas por otras nuevas sin
que las primeras terminen de cristalizar. Ministros con muy buenas intenciones,
cargados de teorías y proyectos que logran convencer, pero muy pocos de sus
frutos dar, al gastar sus palabras prometiendo lo que seguramente quieren hacer,
pero el tiempo y las circunstancias no le permiten ejecutar.
Conspiraciones que se gestan y desarrollan cíclicamente, dejando a sus
protagonistas tan descaradamente envueltos y comprometidos, que ya se hace lugar
común y a nadie parece sorprender. Forcejeo que tensa la cuerda y provoca un
precario equilibrio: por un lado las ideologías y los sueños patrios, por otro
los intereses económicos de los grupos de siempre. Y aparece una tercera punta
en tensión que amenaza con romper tan inestable sistema de fuerzas: me refiero
al hambre de los comunes.
¡QUE LOCURA DIOS MIO!. Nada parece prosperar, y me alegro por lo malo, pero
me siento muy triste por lo bueno que no logra del todo desarrollarse.
Mientras tanto el ciudadano común sigue expectante y comienza a dar muestra
de desgaste y desesperación. Sobre todo aquel que no es del todo revolucionario,
ni tampoco del todo opositor, son sólo ciudadanos abocados a su familia, con
poco o casi ningún interés político partidista, o ideal patrio que suponga
sacrificio y esfuerzo adicional al que por décadas han estado sometidos, por una
u otra razón. Casados de vivir sufriendo el embate de la inflación, la merma de
sus posibilidades ciudadanas que le procuren una adecuada calidad de vida.
Y es que como bolivariano miro preocupado, como el temor por el mañana
inmediato, ese que obliga hoy a pensar como comer al siguiente, va como el agua
erosionando poco a poco la conciencia, la esperanza que resguarda la barbarie
humana de nuestros instintos primitivos. Y es que como yo, muchos somos lo que
ante el interés por el acontecer nacional nos informamos por distintas vías
sobre los pormenores del día a día, luego de lo cual, la valoración que hacemos
de los hechos pretendemos sea generosa y equilibrada, acorde con nuestros
intereses y deseos más optimistas, aún cuando nuestra realidad individual sea
tan precaria como la de otros. La pregunta clave, que refleja parte de mis
temores, es: ¿Cómo podrán valorar los hechos quienes ausente, voluntariamente o
no, de lo que acontece nacionalmente, lo único que realmente perciben es tan
personal e intimo como estar parado frente a un estante en un abasto, y mientras
una mano aprieta los churupos, húmedos por el sudor de la ansiedad, la otra
trata de calcular con dedos inquietos para cuanto de lo que necesita para dar de
comer a sus críos, le alcanza?
Es allí cuando las siempre necesarias ideologías, cuando los hermosos sueños
patrios, la lucha sacrificada por nuestros hijos, en su tiempo de ser adultos, y
la inyección de palabras que cautivan y dan esperanzas, abren paso permisivo y
como con un gesto de: "pase usted adelante, señora barbarie", pudieran
dejar que nuestro gran país se sumerja en una situación de caos total. ¿Qué tan
cerca estamos de algo así?, pues no lo sé, pero el comentario de ese ciudadano
común golpeado por la escasez y la carestía de los alimentos, por el hampa
asesinando a diestra y siniestra, por la incertidumbre política que castiga la
tranquilidad mental, por la polarización política manifiesta como tips de
farándula, es cada día mayor, y lamentablemente, muchos de esos ciudadanos,
hastiados o simplemente apartados de lo temas políticos y demás vicisitudes
nacionales, son fuente potencial y primaria de destrucción y caos social, que
sucumbirían ante la tentación de suplir sus necesidades, aunque sea por
instantes.
Y es que un televisor encendido hablándonos del futuro, un periódico bien
editado y cargado de muy buena ideología, no puede más que la mirada perdida y
la voz apagada de un niño que con temor le dice a su madre: ¡Mami!, tengo
hambre...
Entonces me pregunto: ¿No será mejor que no "metamos una buena papa" antes de
tirarnos a la batalla, o veamos la TV, leamos el periódico, mientras delante de
nosotros una humeante y suculenta comida repose en un plato, que al engullirla
nos permita pensar con la barriga llena y el corazón latiendo como loco de
alegría? Estoy seguro que si así fuese, nadie ni nada podría desviar el proceso
bolivariano revolucionario, porque una parte vital de éste consiste en generar
suficiente conformidad, suficiente aliento y fortaleza en quienes pretendemos
sean parte de su gestación. De lo contrario, los más negros y oscuros deseos de
los adversarios de siempre, podrían hacerse realidad después de todo.
¡Por Dios!, no permitamos que ante tantos tipos y formas conspirativas, la
que castiga el estomago sea la que destruya tantos hermosos sueños...
Si tras cada conspiración ha habido siempre una respuesta dignificante, la
que se inspira en el hambre debe ser derrotada con todo el vigor, el interés y
la fuerza que cada bolivariano pueda guardar en su interior. Porque más allá del
rescate de un gobierno golpeado, o del petróleo como principal generador de
divisas, sin comida barata y al alcance de todos, la conciencia y la vida misma
del pueblo sucumbirá, entonces nada importará, porque revolución sin
revolucionarios es sueño de algunos para beneficio de pocos.