Cuando hablamos del país, de la nación, de Venezuela, estamos hablando de
seres humanos concretos, vivos de carne y hueso, que somos usted, él, ella,
ellos, yo, nosotros; relacionados, vinculados, organizados de algún modo.
Es importante que tengamos claro que no somos un agregado de individuos, una
sumatoria de individualidades aisladas. Si así fuera no tendríamos ninguna clase
de organización social, no habría resultados de cultura y civilización: no
habría lenguaje, no habría escritura, no habría poesía, no habría danza, ni nada
de lo que conocemos hoy día.
Para que exista sociedad, civilización, cultura es condición indispensable la
existencia de seres humanos que se relacionen, que se vinculen, que sean
interdependientes y que se organicen.
En ese nosotros que somos los venezolanos, todos participamos, todos hacemos
cotidianamente a Venezuela en el hacer/haciendo: unos trabajando, otros de
brazos cruzados, otros haciendo como si trabajaran, algunos sirviendo y siendo
solidarios con los demás, otros aportando, otros haciéndose ricos a costa del
trabajo de otros...
No existe tal cosa como un grupo sí ha hecho y sí hace a Venezuela y el resto
no. Cuando los ricos dicen que Venezuela es lo que es gracias a su trabajo y a
que saben trabajar, aciertan en cuanto a la ideología que nos han impuesto y a
sus consecuencias, pero mienten en cuanto al trabajo. ¿Ha visto alguna vez a un
rico construyendo calles, autopistas, casas, autos, arando el campo… o
estaban allí todos esos anónimos que los ricos llaman empleados, es decir,
ingenieros, arquitectos, técnicos... y, con ellos, al grupo de obreros que ellos
llaman chusma y a quienes le restriegan en la cara que no saben lo que es
trabajar?
La sociedad venezolana y sus divisiones sociales
Quiero resaltar que la sociedad venezolana somos todos, que no es una
abstracción que actúa como un ente autónomo, un fantasma de la media noche, ni
se reduce a ese grupito que sale en las páginas sociales del Universal, del
Nacional o cualquier otro diario del país, quedando por fuera los demás. Sin
embargo, en la práctica es así y hay que preguntarse por qué, en base a qué, a
partir de qué, con que propósito.
Lamentablemente, en la mente de muchos venezolanos existe la idea de que
algunos sí son gente y otros no. De que en este país hay quienes cuentan y
quienes no cuentan. Ejemplo muy claro de ello lo pudimos observar durante el
paro cínico, coyuntura que sirvió para ver quién era quién, trance durante el
cual los intereses económicos y políticos de unos pocos privaron sobre la
humanidad.
Especialmente en los canales de TV privados, aparecieron en pantalla
reporteros, comentaristas y expertos, entre ellos supuestos politólogos,
economistas, sociólogos..., invitados a pretendidos programas de opinión, quienes
en pocas palabras afirmaron que la voz, la voluntad, el deseo de los chavistas
no contaba, pues estos no eran sino chusma, bandidos, criminales…
Se puso así en evidencia la clase de vida política que promueve la falsa
oposición para nuestra sociedad: una oligarquía (gobierno de pocos); en la cual,
sólo ellos tienen derechos, valen, cuentan, merecen…, pero el resto no.
Si no se es gente, si al ser humano se le impone la condición de no ser, de
no contar, de ser una multitud de objetos aislados, fragmentados, divididos y
enfrentados entre sí convenientemente, ¿qué clase de estima pueden tener esas
personas? ¿Qué clase de relaciones podemos esperar de ellos?
Deshumaniza y reinarás
Celebrar el 12 de Octubre como día de la raza o del descubrimiento de América
es una ironía. Si se le ha de dar un nombre que refleje lo que en verdad pasó en
nuestro continente a partir de ese día, debería llamarse el día de la conquista
de América, de los esclavos, de la masacre de nuestros aborígenes…
Esa fecha marca para nosotros los auténticos americanos marca el inicio de
una relación dominador-dominado, en la que los dominados, los aborígenes,
vivieron bajo la condición de “animales”, condición que la Iglesia Católica
apoyó alrededor de dos siglos hasta que un Papa los reconoció como seres
humanos. Pero ello fue sólo de nombre, pues en la práctica los criollos
siguieron siendo esclavos, siguieron siendo propiedad de los “blancos
españoles”.
A los “indios”, los españoles unieron como bestias a los negros africanos con
el fin de que trabajasen para ellos y usufructuar el producto de su trabajo. Y
ello ha continuado así a pesar de una firma de independencia y de la liberación
oficial de los esclavos, pues la mayoría de manera cubierta o encubierta, en la
teoría y en la práctica, debe vender su trabajo a como le convenga al patrono,
mientras, según la visión del patrono no es sino un ciudadano de segunda.
Así mismo, desde el momento en que se produjo la primera revolución, la de
nuestra Independencia, en realidad no se produjo ningún cambio social
sustancial, ya que la organización y conducción de la sociedad, es decir, la
vida política e, igualmente, la vida económica, continuó en manos de una
oligarquía, de ese puño de individuos que se ha autocalificado de los que “saben
lo que debe hacerse”, aunque hayan sido notables ignorantes ilustrados o
no.
Para la mayoría, la abolición de la esclavitud, más que una bendición, vino a
representar un grave problema, pues fue liberada a su suerte sin dinero, sin
tierras, sin un techo, sin comida... Más que un acto humanitario, intensificó la
deshumanización existente. Al menos cuando eran esclavos, si bien eran
explotados y maltratados, tenían un techo y comida. “Liberados” y desposeídos,
quienes fueron esclavos no vinieron sino a conformar los primeros cinturones de
miseria a los que se podía explotar sin la responsabilidad de “cuidarlos”. Ese
sector se volvió a partir de su “liberación” más vulnerable y dependiente de la
limosna de la oligarquía.
Con la penetración del esquema capitalista en Venezuela, los marginados,
además de seguir siendo ciudadanos de segunda, sin darse cuenta, vieron
disminuida su solidaridad al tener que asumir la cultura del opresor, es decir,
de sumisión, de violencia, de la supervivencia del más fuerte… para
“supuestamente” llegar a ser alguien.
La idea de ser se vinculó y se inoculó en las células cerebrales de cada uno
de nosotros como tener: “Se es persona si se tiene, si se posee”. Y esto, unido
a las máximas capitalistas de la acumulación de capital y del individualismo,
creó una competencia desmedida, desleal que se tradujo en: “A ver como le tumbo
el puesto”, “Quítate tú para ponerme yo”. Se tradujo en una intensificación de
la lucha de clases, de la envidia, de medir las amistades, de formar pareja en
función de las ventajas sociales y de las posesiones del otro, del oportunismo,
de la supuesta viveza.
La clase media originaria venezolana se formó esencialmente bajo la égida de
las migraciones de españoles, portugueses e italianos. Y si bien no podemos
negar sus numerosos aportes culturales, tampoco podemos negar su racismo europeo
y su desprecio hacia el criollo. La mayoría vino sin dinero y es verdad que
trabajó duro e hizo fortuna, pero una vez que la hizo, la mayoría se volvió
opresora, explotadora del criollo. Se hicieron eco de: “El venezolano no sirve”.
“El venezolano es flojo, borracho, ignorante, irresponsable…”. De alguna manera
estos inmigrantes que lograron hacer dinero, se aliaron a los “Amos del Valle”
buscando su favor, su cercanía, lo que nunca permitieron estos, pues siempre los
han despreciado y los usan cuando los necesitan, como en la actualidad. Pero
también estos inmigrantes desprecian a los “Amos del Valle” a questi cretini (a esos cretinos).
Tenemos pues tres clases sociales en nuestro país, todas enguerrilladas entre
sí e internamente, con una imagen muy pobre de sí y del otro, de ese otro que,
como dice Manuel Barroso en su obra “La autoestima del venezolano”: El otro no existe en Venezuela. El
venezolano no cree en sí mismo, mucho menos podría creer en el otro. Lo utiliza
cuando le conviene. El otro no tiene derechos, no importa… La historia de
Venezuela en su primera etapa, fue toda negociación del otro como persona: el
indio, el esclavo, el pobre. Sólo el mantuano era importante, el español, el
extraño. Y en la segunda parte, a pesar de toda la lucha por los derechos y por
la consciencia de esos derechos, el otro siguió pintado en la pared. El
marginal, asomado, no reconoce que a su lado pueden existir otros con iguales
derechos (p.40).
En medio de tanta división interna, de ese otro que no importa,
deshumanizado, convertido en objeto de úsese y deséchese, ¿quién reina? ¿Quién
puede reinar?
La autoestima del venezolano
Con esa larga historia del venezolano, de vejaciones, de exclusión, de
desprecio, de desvalorización…, no podemos seguir chupándonos el dedo y pensar
que la gente es así por obra y gracia del Espíritu Santo, que nacieron así, les
gusta ser así, se lo merecen... Son así, porque así se ha institucionalizado a
través de una historia de maltrato, del ejemplo que ha dado el mantuano con su
conducta, su manera de pensar y ser el único juez y crítico válido, y que
tristemente ha asumido el marginado como suya y, por ende, reproduce.
Cualquier científico social, al menos teóricamente, define como sociedad al
conjunto (no la suma ni al agregado) de seres humanos que se relacionan entre sí
y están organizados de alguna manera en un espacio y en un momento histórico
específicos, lo que quiere decir, que nadie queda excluido y que todos
participan o labran su propio destino.
En lo práctico, en lo concreto, la clase de relaciones que se originan en una
sociedad determinan su manera de organizarse y forman un tejido complejo de
relaciones interdependientes, las cuales producen constantemente frutos, es
decir, que arrojan un producto espiritual y material cualitativo
(humanización-deshumanización) y cuantitativo, que se palpa, que se vive, que se
sufre y que puede resumirse en la calidad de vida del colectivo y no de unos
pocos.
En nuestro caso, esas relaciones sociales tan desiguales han determinado que,
por ejemplo, nuestros acreditados economistas, secundados por los medios,
apoyados por quienes han tenido el poder y nuestra ingenuidad y anuencia,
hayamos asumido como indicadores
financieros el consumo de Whisky, la adquisición de vehículos lujosos y el
viajecito a Miami o a Europa. ¿Cómo puede ser lo anterior indicador de un
proceso sano de crecimiento económico dinámico? ¿Dónde tienen puesta la cabeza
los economistas y politiqueros que defienden a esa supuesta economía sana? ¿Qué
raza de gente es esa que, unida a la oligarquía, justifica sus indicadores financieros
frente a la mortalidad infantil, la hambruna y muchos otros males sociales
afirmando que la salud de la economía
no se consigue sin un costo social?
La calidad de vida y la calidad de las relaciones entre los miembros de
cualquier sociedad son motivadas, impulsadas y orientadas por las creencias que
cada uno de sus miembros tiene acerca de sí mismo y de sus congéneres, es
decir, de su autoestima o imagen de sí mismo. Si es de minusvalía estará
paralizado y se dejará someter, si es de superioridad avasallará a los demás y
los someterá.
La autoestima es una elaboración mental, que se adquiere. Una imagen que cada
uno de nosotros fabrica acerca de quién es y con ello de cuál es su lugar en la
sociedad y tal como se nos ha hecho creer o se es protagonista o se es
espectador; se es triunfador o perdedor; se es tirano o se es tiranizado… “Eso es lo natural”.
Lo anterior me autoriza a afirmar que nuestra autoestima está viciada,
enrarecida, empañada por la polaridad arriba-abajo: “Yo mando, tú obedeces, pues
yo tengo el dinero y tú no. Yo poseo el poder y tú no”. Por eso la supuesta
democracia del período comprendido entre 1959 y 1999 no era tal. ¿Cómo puede
haber democracia si la mayoría no tiene voz, si no tiene participación ni
influencia en la organización y destino de su vida? ¿Cómo puede haber igualdad
de oportunidades si no hay espacio sino para pocos? ¿No es esa una manera de
institucionalizar la violencia, más aún de incitar al otro a la violencia, de
crear una sociedad violenta? ¿No nos conducen todas estas cosas a la
deshumanización, a la división, a la desconfianza, a la tiranización y abuso del
otro, a arrebatarle al otro lo que tiene porque esa es la esencia de la economía
y la política que generaron y sembraron los oligarcas y que divulgan como la
Biblia nuestros “concienzudos economistas”? ¿Por qué cree que tiemblan de miedo
los ricos y viven en casas que parecen cárceles de máxima seguridad,
imponiéndonos a todos a vivir encarcelados en nuestros propios hogares con
puertas antirrobos y varias cerraduras y candados?
El nacimiento de la autoestima
La autoestima nace en el hogar, en el contexto de cómo somos tratados, de las
oportunidades de experimentar, de lo que se supone que es ser alguien, del trato
con las demás personas y de las posibilidades de afirmarnos como
individualidades, de ser autónomos para definir nuestras vidas a partir de un
pensamiento propio, de tener criterios válidos y del grado de satisfacción con
nosotros mismos.
Siendo así, cuál puede haber sido la estima que ha desarrollado el venezolano
hasta ahora:
a) Si somos hijos del abandono. Si la mayoría de nuestros hijos se halla en
el abandono, bien sea físico (el padre que abandona el hogar, los padres que se
divorcian), bien sea psicológico, es decir, de los padres que no tienen tiempo
para sus hijos por una u otra razón.
b) Si nadie nos escucha ni sabemos escuchar y prestamos nuestros oídos sólo a
la emocionalidad vacía del rumor, de la propaganda, del politiquero…
c) Si somos engreídos y nos vemos sometidos a la desvalorización de nuestras
actividades y, a la vez, desvalorizamos las del otro.
d) Si ser significar tener.
e) Si la educación formal no se ocupa ni de humanizar ni de la convivencia,
sino que se encarga de reproducir un esquema individualista, de sometedores y
sometidos.
f) Si la educación religiosa impone obediencia, sumisión, aceptación en
silencio.
g) Si carecemos de consciencia de grupo, de equipo… y ni nos visualizamos en
el colectivo, ni nos tratamos, ni nos sentimos parte de él, sino que nos
visualizamos y sentimos como islas a la deriva y, por ende, no nos sentimos
responsables de lo que sucede en el país, sino que culpamos al que manda o
dirige.
h) Si se nos ha enseñado que no debemos confiar ni en nuestra madre.
i) Si se nos ha inculcado que organizarse no sirve para nada.
j) Si no entendemos que el poder está en nosotros (todos) como
Pueblo.
Pequeño tirano
La tragedia social que sufrimos y vivimos todos, sin excepción, no radica en
que en nuestra sociedad hay un grupito de malucos que no entiende nada y margina
a los demás, mientras hay un grupote de pobrecitos que son marginados.
No, la tragedia radica en el hecho de que cada uno de nosotros tiene
internalizado tanto a un pequeño tirano como a un esclavo.
Esta dualidad la percibimos cuando los padres educan verticalmente, tiranizan
prohibiendo, imponiendo una manera de ser y actuar sin explicación alguna,
cuando el hermano mayor repite el esquema de sus padres y es peor que estos. Lo
vemos cuando el maestro está por encima de todos y se cree que es el dueño de la
verdad, castigando despiadadamente a sus alumnos y ellos repiten el esquema
cuando asumen el papel de enseñar a otros. Cuando el cura impone su verdad,
amenaza con el infierno y defiende a los ricos y los feligreses, a su vez, no
son sino moralistas hipócritas al divulgar supuestamente el amor de Cristo, sin
importarles si hay injusticia social o no, si los aborígenes nuestros padecen o
no, cuando se le arrebata las tierras a los campesinos. Se aprecia cuando el
jefe oprime al empleado y cuando este asume su puesto se transforma en un
monstruo con quienes fueran sus compañeros y amigos. Cuando el pobre que apenas
levanta la cabeza después de tanto padecer el maltrato de los que tienen, es un
déspota insufrible con quienes fueran sus vecinos. Cuando el obrero oprimido se
vuelve sindicalero y le chupa la sangre a sus iguales para ganar puntos, dinero
y el favor de los oligarcas…
El talón de Aquiles de la Re-evolución Bolivariana
El talón de Aquiles de la Re-evolución Bolivariana está en nosotros mismos
como individuos que integramos la sociedad venezolana. No está en los posibles
defectos del proyecto de re-evolución, no está en Chávez, ni en sus seguidores.
Tampoco está en la oposición, ni en los planes neocoloniales del
imperialismo yanqui.
No, el talón de Aquiles está en el saboteador interno (el pequeño
tirano-esclavo) que mora silencioso en cada uno de nosotros, bajo la forma de
una mentalidad opresora-sumisa, que no ha puesto en discusión el cómo nos
concebimos, cómo nos percibimos como seres humanos, cómo afecta nuestra estima
individual y colectiva, y cómo ello puede hacer imposible hasta una re-evolución
liderizada por el mismo Cristo, el mismo Buda o si se prefiere, Dios
encarnado.
La re-evolución comienza por la revisión, la identificación, en cada uno de
nosotros del saboteador interno (tirano-esclavo), adueñarnos de nuestra
consciencia como primer acto de independencia y libertad; y aclararnos que sí
existen otras alternativas de convivencia, es decir, que podemos convivir
humanizadamente, en solidaridad, cooperación, en confianza, en hermandad, que
podemos dialogar, organizarnos, tener voz y voto en las decisiones de nuestra
comunidad y el país.
Como sociedad también debemos erradicar todos esos medios que reproducen la
dualidad opresor-oprimido.
Así, frente a nuestros hijos antes de decirles: “que no”, “que es así”…,
porque sí”; detenernos un poco y analizar la situación para ver si ese sí o ese
no es válido, en vez de responder como autómatas.
La escuela debe dejar de ser la visita impuesta a ese museo de letras muertas
que intentan llamar conocimiento, para enseñar las asignaturas a través de la
dinámica de la vida. En ella debe haber un diálogo entre seres humanos que
reflexionen y aprendan juntos. Ese diálogo debe ser una oportunidad para
aprender a pensar, para revisar nuestras actitudes y sus consecuencias, para la
autocrítica, para aprender a abordar juntos los problemas y buscar soluciones.
La escuela no puede seguir siendo el lugar aburrido en el que abiertamente
aprendemos datos, que luego todo el mundo olvida, mientras de forma encubierta
se enseña simultáneamente un modelo de sumisión y un modelo de tiranía solapada
en el: “para que sea buen ciudadano”.
La historia debería cuestionar ese eterno: “Fulanito lo hizo todo el solito”,
para poder recuperar la capacidad y el poder del colectivo. Deber mostrar, entre
otras cosas, cómo era la vida social en otras épocas, cómo pensaban esas
personas, cómo se parecían a nosotros… y cómo eso produjo determinadas
consecuencias en sus vidas.
La economía debería ser una asignatura obligatoria que también contribuya a
recuperar el colectivo, explicando su vínculo a las relaciones humanas y su
organización, cómo, según el modelo económico asumido por la sociedad, se
manifiestan en lo cotidiano, en lo individual y en lo colectivo, así como sus
consecuencias.
La política debería sustituir a eso que llaman educación ciudadana y
explicarnos paso a paso qué es, en qué se ha convertido, en qué podríamos
convertirla. Enseñar de pe a pa la Constitución de manera que cada de nosotros
la maneje de forma vívida. Enseñarnos a través de ella que el Poder está en el
Pueblo. Debería explicar y ayudarnos a comprender nuestros derechos y deberes,
cómo hacer respetar nuestros derechos y la conveniencia de cumplir con los
deberes, de qué significa la democracia, del por qué debemos participar en la
organización política del país, por qué es importante que todos seamos
solidarios y responsables...
Entonces es necesario que cada uno de nosotros tome la decisión entre seguir
viviendo en medio de la violencia, la impotencia, el fracaso, la decepción…, o
si queremos protagonizar nuestra historia. Y, por favor, no se engañe. Haga lo
que haga, significa que ha tomado una decisión y está de acuerdo con ella. Hacer
como el avestruz o esperar que los demás hagan, significa que usted aprueba y acepta cuanto esté
sucediendo. No importa si después no le agradan los resultados o si recurre al
consabido: “No es culpa mía, es del otro. Por su culpa...”. Igualmente será
responsable de la situación y, al igual que todos, sufrirá las
consecuencias.
La democracia participativa nos brinda la oportunidad de que usted, yo,
nosotros, tengamos voz, podamos cambiar nuestra sociedad, esa sociedad que no
existiría sin cada uno de nosotros y que evoluciona según el resultado de
nuestra autoestima, de nuestro pensamiento, nuestras relaciones, nuestra manera
de organizarnos y de concebir y manejar el poder, la política.
(*) Psicólogo clínico
e-mail: dgrosso@cantv.net