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Balance de las elecciones en Argentina
Conclusiones y tareas
Autor : Aníbal Montoya
Fecha : ( 29-Abril-2003 )
El Militante Argentina (http://www.elmilitante-ar.org
Los resultados de la primera ronda de las elecciones a la presidencia
de la nación revelan que no se terminó con la inestabilidad política de la
Argentina iniciada año y medio atrás. La enorme dispersión del voto (apenas
10 puntos de diferencia entre el primero y el último de los cinco candidatos
más votados) refleja, en cambio, una gran insatisfacción a todos los niveles
de la sociedad. Estas elecciones marcan un nuevo punto de partida en la
situación política y social de la Argentina.
Los marxistas y las elecciones
Antes de analizar y extraer las importantes conclusiones que se
derivan de las elecciones del 27 de abril, consideramos conveniente hacer
una introducción general sobre la postura de los marxistas acerca de las
elecciones en la sociedad capitalista.
Los marxistas no idealizamos las elecciones en un régimen de
democracia burguesa. Es cierto que tienen un valor, pero se trata de un
valor relativo, no absoluto. La idea de que el resultado de cualquier
elección es la expresión absoluta, libre y soberana de la población, más o
menos como cuando una persona ingresa a una zapatería y elige los zapatos
que mejor se ajustan a sus pies, no es real. Los partidos, coaliciones
electorales y dirigentes no son algo que emanan "libremente" de la voluntad
de la población sino que surgen como expresiones de los diferentes intereses
de las clases que componen la sociedad capitalista: los capitalistas, la
pequeñaburguesía y la clase obrera.
En particular, los partidos y dirigentes de la clase burguesa o
capitalista hacen enormes esfuerzos por ocultar sus intereses de clase ante
los ojos de las familias trabajadoras, usando un lenguaje demagógico
interclasista que todos conocemos: "tenemos que unirnos todos: empresarios,
trabajadores y clases medias alrededor de los intereses supremos de la
nación , la patria, etc", y cosas por el estilo, mientras que cuando llegan
al gobierno realizan la política más favorable a los intereses de los
capitalistas, nacionales y extranjeros.
Por otro lado, no es verdad que todos los partidos y organizaciones
partan de las mismas condiciones. Los partidos burgueses están respaldados
por los millonarios y ricachones que les suministran millones de pesos para
su propaganda electoral y así conseguen llegar hasta los rincones más
apartados y aislados de la nación. Mientras que los partidos de izquierda,
que representan los intereses de las familias trabajadoras, apenas cuentan
con los escasos recursos obtenidos con gran esfuerzo por sus militantes y
colaboradores, resultándoles más difícil hacer llegar al conjunto de la
población sus propuestas e ideas.
Otro aspecto son los medios de comunicación. Las cadenas privadas de
radio y TV, y los diarios son empresas como otras cualquiera. Sus dueños son
capitalistas (o gobiernos cuando se trata de medios de comunicación
públicos) que los usan para hacer negocios, pero también para transmitir
aquellas ideas, informaciones y opiniones que mejor se avengan a sus
intereses de clase. En la medida que ejercen el monopolio de la información
general a la que tiene acceso el conjunto de la población, lo que no es sino
otra expresión de una auténtica dictadura informativa, los medios de
comunicación son uno de los instrumentos más poderosos en manos de la clase
dominante para amoldar y crear la llamada "opinión pública", favoreciendo a
las organizaciones y dirigentes burgueses, particularmente durante la
campaña electoral, mientras que descalifican las luchas de los trabajadores
y sus organizaciones, cuando no los silencian.
Por último, en la sociedad capitalista millones de trabajadores,
desocupados y jóvenes enfrentan un futuro incierto. La desocupación, la
pobreza, el empleo precario, los bajos salarios, la escasez, el miedo a "lo
que vendrá" crea las condiciones para que mucha gente esté dispuesta a creer
en la demagogia, los engaños y las promesas imposibles de los políticos
burgueses profesionales. De este miedo y esta incertidumbre sacan tajada
aquellos políticos que cuentan con mayores recursos, mayor acceso a los
medios de comunicación, más propaganda electoral. En esta condiciones, para
millones de personas no se trata de votar a aquellos que se identifican con
sus intereses, sino de votar "lo menos malo" que les dan a elegir.
Todas estas consideraciones son necesarias para comprender lo que
queremos decir cuando afirmamos que el valor de unas elecciones es algo
relativo y mediatizado por toda una serie de factores que el conjunto de la
población, y particularmente la clase trabajadora, no puede controlar.
Realmente, un resultado electoral es una foto fija, que sirve para
entender el estado de ánimo y la madurez política de los trabajadores en un
momento concreto, pero de ningún modo nos revela toda la película. La vida
continúa al día siguiente de unas elecciones.
Periódicamente, cuando la experiencia muestra la contradicción entre
las promesas de los políticos de turno y la realidad difícil para millones
de trabajadores, éstos recurren a la acción directa: huelgas, marchas,
puebladas. La conciencia de los trabajadores cambia rápidamente al calor de
la experiencia, y millones de trabajadores que votaron sólo unos meses antes
a un político burgués se rebelan y se muestran dispuestos a escuchar y
buscar nuevas ideas y propuestas que les ofrezcan una salida a sus problemas
bajo el capitalismo. Es a lo largo de esta experiencia que un partido
revolucionario de la clase obrera tiene la tarea de ganar pacientemente la
confianza de la clase obrera, empezando por sus capas más activas.
Los marxistas no somos anarquistas. Por supuesto sabemos que ningún
cambio real en la sociedad puede tener lugar mientras que la sociedad siga
bajo el control de gente que nadie eligió: los banqueros, grandes
empresarios y terratenientes, y que son quienes realmente toman las
decisiones importantes en el país por medio de los gobiernos y políticos
burgueses que ellos tutelan. La única manera de producir un cambio real para
avanzar a una sociedad con pleno empleo, elevado nivel de vida, sanidad,
educación, vivienda y jubilación realmente dignas y humanas es con la toma
del poder por la clase trabajadora y controlando las palancas económicas que
pueden hacer esto posible: los bancos, las grandes fábricas y empresas de
transporte, y la tierra.
Los marxistas acordamos en participar en unas elecciones como una
manera de llegar a las más amplias capas de la población que, de otra
manera, solamente recibirían (en los actos electorales, en los medios de
comunicación, en la propaganda electoral, etc) la ideología, las ideas, los
programas, las mentiras, engaños y demagogias de los partidos burgueses y
patronales. Esta es particularmente la postura que debemos defender cuando
no estamos en condiciones de sustituir inmediatamente el falso régimen de
"democracia burguesa" que ahora tenemos por un régimen infinitamente más
democrático de auténtica democracia obrera, por un gobierno de los
trabajadores, al encontrarnos en minoría dentro de nuestra clase.
De lo que se trata es de ganar a las amplias masas de la clase obrera
para nuestro programa e ideas, y no solamente a unos cuantos miles de
activistas que ya están convencidos. Desde un punto de vista marxista, es
lícito por tanto usar todos los mecanismos de la sociedad burguesa para
llegar a la mayor cantidad posible de trabajadores con nuestras ideas, y las
elecciones es uno de ellos, sean para elegir al presidente de la nación en
exclusiva, sean para elegir legisladores o intendentes.
Los resultados de las elecciones del 27 de abril
De los resultados de las elecciones del 27 de abril destacan varios
hechos muy relevantes. En primer lugar, la alta participación, cercana al
80% del censo electoral, casi el mismo porcentaje que en las elecciones
presidenciales de 1999. El segundo hecho, la enorme dispersión del voto,
particularmente entre los cinco candidatos más votados, que tiene como
consecuencia que por primera vez en la historia reciente de Argentina un
presidente de la nación no sea elegido en la primera vuelta. En tercer
lugar, la desaparición "de facto" de uno de los dos partidos burgueses
tradicionales argentinos: la Unión Cívica Radical (UCR), con más de 100 años
de historia, y que obtuvo poco más del 2% de los votos, y la disolución del
FREPASO uno de los partidos componentes del gobierno de la Alianza de De la
Rúa. El cuarto hecho es la certificación de la escisión del peronismo en
tres agrupamientos diferentes, como expresión de los intereses enfrentados
de diferentes sectores de la clase dominante.
Valgan estos datos para hacer ver que, de ningún modo, volvemos al
período de equilibrio y relativa estabilidad anterior al "Argentinazo" sino
que la inestabilidad continúa, manifestándose en la debilidad que sigue
manteniendo la burguesía argentina para dotarse de un partido burgués con
una amplia base social de apoyo.
Las cifras de las votaciones fueron las siguientes:
Menem: 23,8 % de los votos (peronista)
Kirchner: 21,8% " (peronista)
L.Murphy: 16,8% " (exUCR)
Carrió: 14,4% " (ARI)
Rodríguez Saá: 13,9% " (peronista)
Moreau: 2,3% " (radical, UCR)
Walsh 1,8% " (izquierda unida)
Bravo 1,1% " (partido socialista)
Altamira 0,8% " (partido obrero)
Otros 3,4% "
Como ninguno de los candidatos alcanzó el 45% de los votos, o el 40%
más una ventaja de 10 puntos al siguiente, se celebrarán unas nuevas
elecciones dentro de 20 días (el 18 de mayo), lo que se denomina el
"Ballotage", entre los dos candidatos más votados (Menem y Kirchner) que se
disputarán la presidencia de la nación.
¿Por qué fracasó el voto "bronca"?
Normalmente se entiende como voto "bronca" la suma de las
abstenciones, más los votos blancos, nulos, recurridos e impugnados. Durante
años fue un indicativo del malestar popular contra el bipartidismo
representado por peronistas y radicales. En las elecciones legislativas de
Octubre del 2001, el voto "bronca" alcanzó una tasa inédita en la historia
del país, nada menos que un 47,4%, anticipando, junto con el importante
aumento de votos de la izquierda en algunas zonas, el estallido
revolucionario de diciembre del 2001, dos meses más tarde.
No cabe duda que el estallido de diciembre del 2001, abrió una nueva
etapa en la historia del país. Durante varias semanas, como el propio
Duhalde reconoció en varias ocasiones, la continuidad de las instituciones
burguesas estuvo seriamente amenazada por la ira popular: la presidencia de
la nación, el parlamento, intendentes, la Corte Suprema de Justicia, etc. Se
improvisaron embriones de poder popular, como las asambleas barriales o
populares. Innumerables marchas, cacelorazos, etc. hacían sentir a
centenares de miles de personas la fuerza y el poder de su acción colectiva.
Se cuestionó el pago de la deuda externa, se reclamaba la reestatización de
las empresas privatizadas y la nacionalización de los bancos, y se
comenzaban a recuperar decenas de fábricas cerradas. El fetiche de la
"propiedad privada" recibía un duro golpe.
Desde un punto de vista marxista, es decir científico, esta situación
era una situación revolucionaria. La conciencia política de amplias masas
dio un enorme salto en cuestión de semanas, que se reflejaba en el calado
social y la popularidad de ideas, consignas y programas genuinamente
socialistas. Si en aquel momento hubiera existido un partido revolucionario
con influencia entre las masas, la toma del poder por la clase obrera con el
apoyo de millones de oprimidos de todo el país se hubiera podido hacer, sin
apenas violencia.
Lamentablemente, tal partido no existía. Los dirigentes obreros que
encabezaban las únicas organizaciones de clase de masas existente en el
país, los sindicatos, no sólo no tenían en su mente la perspectiva de la
revolución sino, como fue notorio en el caso de la CGT, colaboraron
directamente con la burguesía argentina para intentar apagar el incendio.
Sin dirección, en medio de una crisis económica terrible con un
elevado nivel de desocupación, la gran masa de los trabajadores fueron
paralizados por los dirigentes sindicales. La vanguardia de los activistas
sindicales combativos, piqueteros, juveniles, asambleístas y de las
organizaciones de izquierda lucharon denodadamente en aquellas semanas y
meses posteriores para intentar dar una dirección al movimiento, pero no
pudieron vencer su aislamiento de las amplias masas de la clase obrera. Es
una ley que las masas no pueden estar en permanente estado de ebullición. Al
final, si la lucha no termina en un resultado decisivo, la clase dominante
consigue retomar el control de la situación. Esta es la situación que se
dio, si bien precariamente, como demuestra la continuación de la
inestabilidad política y social en el país.
Desde un punto de vista marxista, en la Argentina se abrió un proceso
revolucionario en diciembre del 2001, un proceso que no acabó. Pero que,
ante la ausencia del factor subjetivo (el partido revolucionario y su
dirección) se va a dilatar en el tiempo durante varios años hasta que se
decante en un sentido u otro. O en la toma del poder por los trabajadores o
en una nueva dictadura sangrienta si los trabajadores argentinos fracasan en
este objetivo y la burguesía no encuentra una salida para resolver la
catastrófica situación social y económica del país.
Un proceso revolucionario no es un proceso lineal ascendente y
continuo hasta la toma del poder. Esa concepción es una caricatura de los
procesos reales que tienen lugar en la sociedad. En un proceso
revolucionario coexisten procesos de alza intempestuosa de la lucha de
clases, junto con situaciones de tregua social, parálisis e incluso,
reflujos temporales de la lucha donde aparentemente la reacción parece que
retoma la iniciativa, y que luego concluyen en nuevas explosiones sociales y
un nuevo alza del movimiento conforme se acumulan nuevas contradicciones. Y
toda la historia de las revoluciones demuestra que en todos estos procesos,
si en el primer impulso las masas no toman el poder, la burguesía consigue
temporalmente desviar la atención de las masas hacia los caminos más seguros
de las elecciones y del parlamentarismo burgués, coexistiendo con momentos
de avance de la lucha revolucionaria y con momentos de reflujo de la misma.
Ese fue el caso de la Revolución española de 1931-37 (donde hubo hasta
tres elecciones parlamentarias y presidenciales, y dos elecciones
municipales antes del golpe fascista en 1936), en Mayo del 68 en Francia, en
Portugal en el 74-76, en Chile en 1970-73, etc. En esas condiciones, era
lícito participar en dichas elecciones, en la medida que se necesitaba un
tiempo hasta convencer a la mayoría de los trabajadores de la necesidad del
poder obrero y el socialismo. Y si todas estas experiencias revolucionarias
fracasaron, y algunas de ellas sangrientamente, fue porque las direcciones
obreras fracasaron, traicionaron o vacilaron en el momento decisivo una vez
que consiguieron agrupar tras de sí a la mayoría de la clase obrera, y no
por haber participado en tal o cual elección en el período inmediatamente
anterior al momento decisivo.
Cuando Duhalde anunció la convocatoria de las elecciones
presidenciales en Julio del año pasado, tras los acontecimientos de
Avellaneda, quedaba ya claro el inicio de un repliegue temporal en las
luchas. La tarea inmediata no era la toma del poder, porque carecíamos de
fuerza para plantearnos ese objetivo, en la medida que todavía faltaba, y
sigue faltando, ganar a la mayoría de la clase obrera argentina para las
ideas del socialismo y la revolución. Se necesitaba, y se sigue necesitando,
de un trabajo audaz en la base de los sindicatos, para ir tomando
posiciones, levantar un programa de transición al socialismo que ligue las
reivindicaciones más inmediatas en cuestiones de salario, empleo, tarifas,
vivienda, etc con la necesidad del poder obrero.
En esas condiciones era lícito, como desde El Militante proclamamos
desde el principio, participar en las elecciones para explicar todas estas
ideas, incluyendo el objetivo de la burguesía argentina de desviar la
atención de las masas con esta convocatoria. Por eso propusimos la necesidad
de un Frente Único de toda la izquierda en las luchas cotidianas y en la
arena electoral para avanzar posiciones dentro de los trabajadores.
Lamentablemente, la negativa de Zamora y otros grupos de la izquierda, que
apostaron por el boicot, la actitud de los dirigentes de la CTA que se
negaron a usar la influencia del sindicato para dar una orientación política
a sus centenares de miles de afiliados, y el fracaso injustificacble de un
acuerdo IU-PO para dar unidos la pelea electoral impidió que la izquierda
saliera fortalecida de este proceso, como se demostró recién ahora después
de las elecciones.
Ya en ese momento, nosotros advertimos que era un error confundir el
ambiente de miles de activistas de la izquierda con el ambiente entre los
millones que constituyen las familias trabajadoras, quienes enfrentados a un
presente y un futuro de desocupación, empleo precario, bajos salarios,
corrupción e incertidumbre, y sin la perspectiva de un cambio revolucionario
inmediato, buscarían en las elecciones, sin mucha convicción es cierto, pero
buscarían una salida a sus problemas más acuciantes votando lo que ellos
entendieran que era el "mal menor" y, muy particularmente, enfrentados a
candidatos abiertamente reaccionarios como Menem o L. Murphy que ofrecían
como alternativa a los problemas sociales, la represión y sacar al ejército
a la calle.
Intuitivamente, millones de trabajadores, mujeres y jóvenes sentían
que el resultado de estas elecciones iban a determinar "su" futuro, si iban
a encontrar un empleo o no, si iban a tener o no mejores salarios, acceder a
una vivienda, mantener su plan social, etc. Y participaron masivamente a
través del voto.
Al final, la abstención apenas superó el 20%, y los votos blancos,
nulos e impugnados apenas supusieron un 2,70% adicional; es decir, el voto
"bronca" alcanzó apenas el 23%, por debajo incluso del nivel que alcanzó en
la elección presidencial de De la Rúa en 1999. Es por todo esto que la
táctica del boicot y el llamado voto "bronca" fracasaron.
No entender la inevitabilidad de esta reacción de millones de
trabajadores y jóvenes, que se iba a expresar por medio del voto, significa
no entender cómo sienten, piensan y actúan los trabajadores, mujeres y
jóvenes normales de nuestra clase. Y también demostraba una gran confusión
sobre las tácticas revolucionarias en general y sobre la situación actual
por la que se encuentra el proceso revolucionario abierto en nuestro país en
diciembre del 2001.
Por supuesto que respetamos la sinceridad, entrega y honestidad de
aquellos compañeros que defendían la táctica del boicot o el voto en blanco.
Ellos consideraban que esta era la mejor manera de defender los intereses
del movimiento, si bien consideramos que se equivocaron en sus planteos. No
obstante, los llamamos a que no saquen conclusiones pesimistas de esta
situación, en el sentido de que este voto mayoritario a diversos candidatos
burgueses pueda reflejar una satisfacción o un acuerdo con sus programas, o
con el caos que el capitalismo trajo al país. Al contrario, la enorme
dispersión del voto demuestra que se trata de un apoyo muy superficial. Las
ilusiones o esperanzas que se hayan depositado en las promesas de los
diferentes candidatos (y hay que decir que hubo promesas de todos los
tamaños y colores) se transformarán en ira y descontento en los próximos
meses cuando se compruebe que, en lo fundamental, nada cambió. Habrá un
nuevo avance en las luchas y en la conciencia, preparando un salto adelante
del movimiento.
Los votos de los candidatos burgueses: Menem, L. Murphy, Saá, Kirchner
y Carrió
La clase dominante argentina fue incapaz de concretar su oferta
electoral en uno o dos candidatos, que es lo que suele ser normal en
cualquier país capitalista, y lo que fue siempre en la Argentina. La
presentación de 6 candidatos relevantes enfrentados entre sí no es ningún
síntoma de fortaleza o de "salud" democrática como se nos quiere hacer
creer, sino que es un reflejo de sus divisiones y discrepancias sobre cómo
encarar el futuro del capitalismo argentino. Es un reflejo de la división de
la clase dominante que se inició meses antes del "Argentinazo", que se
profundizó después del mismo y que se mantiene en la situación actual.
Por supuesto que existían elementos de ambición personal en la
postulación de Menem, Kirchner, L. Murphy, Saá y Carrió. Siempre es así.
Pero detrás de cada uno de ellos se movían los hilos invisibles que
respondían a sus verdaderos amos, que no son sino las diferentes camarillas
en que se dividen la clase dominante de nuestro país, que si bien es
homogénea cuando tiene que enfrentar a los trabajadores, también está
recorrida por intereses contradictorios sobre cómo repartirse, entre ellos y
sus compinches extranjeros, las plusvalías que extraen a la clase
trabajadora argentina.
Detrás de Menem y López Murphy estaban los bancos, las multinacionales
extranjeras y un sector de la oligarquía nacional. También se puede decir
que está el imperialismo norteamericano. Lo que buscan es profundizar la
política de recortes sociales y ajustes en el sector público para pagar la
deuda externa y reducciones de impuestos para las grandes empresas. También
prefieren un tipo de cambio del peso lo más cercano al dólar para poder
aumentar el valor de los beneficios que las multinacionales y los bancos
repatrían a sus países de origen o que la oligarquía evade del país en sus
cuentas en el exterior, aunque todo ello signifique sangrar y exprimir aún
más las riquezas del país. Proponían abiertamente, aunque no era lo central
de su discurso ya que aspiraban a recoger cuantos más votos mejor, la
represión del movimiento piquetero y demás. Es verdad que, incluso este
sector de la clase dominante, dividió sus amores en dos candidatos. Quizás
el representante más conciente de este sector sea L. Murphy, quien hablaba
más abiertamente con el lenguaje desnudo de la clase dominante, mientras que
Menem, fiel a su estilo usaba más la demagogia "populista" prometiendo desde
rebajar impuestos a los empresarios hasta subir un 30% los salarios. La
clase dominante tiene destinado reservar a L. Murphy para el futuro,
teniendo en cuenta que Menem ya es un personaje gastado y enfermo que
despierta rechazo en la mayoría del país, a pesar de sus resultados
engañosos en esta primera vuelta.
Kirchner y Saá representan al mismo sector de la clase dominante, más
ligado a la "patria exportadora" y también tienen el apoyo solapado del
imperialismo europeo con intereses en el país (España, Italia, Francia y
Alemania). Quieren un peso devaluado con respecto al dólar para aumentar sus
exportaciones. Quieren dar la imagen de la defensa de un capitalismo
"progresista" y su lema es la economía "productiva". De hecho, Kirchner se
declaró reiteradamente "keynesiano", es decir, partidario de endeudar al
Estado con el fin de estimular la actividad productiva con obras públicas,
aumentar los gastos estatales, dar créditos a empresas y otras maravillas
más. Lo que Kirchner tiene que demostrar es algo muy simple: ¿De dónde va a
sacar el dinero el Estado argentino para todo esto, si está quebrado? ¿Cómo
va a pagar los intereses de la deuda externa y además aumentar los gastos
sociales y estatales? Es pura demagogia. No lo podrá cumplir.
El capitalismo argentino sólo puede sobrevivir en base a bajos
salarios y empleo precario para competir con éxito en el exterior. Todos los
candidatos acordaban con esto. La economía se hundió porque el capital,
nacional y extranjero, huyó masivamente. La única manera en que la economía
argentina podría levantarse sería a través de una inversión masiva. El
estado no lo puede hacer como ya explicamos. Pero el capital privado tampoco
lo hará de manera generalizada, dado el contexto recesivo de la economía,
particularmente agravada en el contexto latinoamericano.
Carrió era la defensora del capitalismo "de rostro humano", pero le
llegó la hora de predicar por él en un mal momento. Lo que vemos hoy es todo
lo que el capitalismo puede ofrecer a las masas de los trabajadores y la
juventud. Lo demás es demagogia. Independientemente de sus deseos
subjetivos, si todos acuerdan en volver a pagar la infame deuda externa, en
aumentar las tarifas de los servicios públicos (Kirchner acepta que suban un
10% en los próximo meses) y no aumentar los impuestos a los empresarios, las
consecuencias negativas para la clase obrera serán las mismas, gobierne
quien gobierne. La única diferencia entre ellos, como señalamos antes, es
cómo se reparte la plusvalía extraída a los trabajadores, qué sector de la
clase dominante se lleva la mayor parte de la misma. Esa es la única
diferencia real entre ellos.
En la medida que Saá y Carrió se vieron obligados a usar una cierta
verborrea "anti-FMI" y "anti-EEUU", contra la "mafia" enquistada en el
aparato del Estado, etc. para así intentar hacerse con una cierta base de
apoyo popular, se quedaron sin un punto de sustentación entre la asustada
clase dominante que los abandonó a su suerte, los marginó del acceso a los
recursos económicos con que financiar su campaña electoral, los hizo
descender de sus posiciones en las encuestas electorales que se elaboraban
artificialmente por encargo, y limitó sus apariciones en los medios de
comunicación.
La clase dominante pudo así centrarse en la promoción de los
candidatos que le ofrecían mayores garantías: Menem, L. Murphy y Kirchner.
Al carecer L. Murphy de arraigo popular y escaso apoyo en el aparato del
Estado, en manos de las diferentes" familias" peronistas, era lógico que
quedara por detrás de Menem y Kirchner en las elecciones.
Mucha gente se sorprende de la gran cantidad de votos recibida por L.
Murphy y Menem, a pesar de lo abiertamente reaccionario de sus programas
electorales. Si lo miramos más de cerca, no es tan sorprendente. Es verdad
que eran los representantes del sector llamado "neoliberal" comprometido con
las duras políticas de ajuste de los últimos 10 años. Pero en sus
apariciones públicas, y en los medios de comunicación, se cuidaban mucho de
revelar todo su programa. Las amplias masas no leen los programas de los
candidatos burgueses, a los que normalmente no tienen acceso. La industria
del "marketing" electoral promociona concientemente los aspectos más
demagógicos y "populistas" de sus discursos con el fin de engañar a las
masas. Es verdad que una parte del voto recibido por Menem procedía en parte
de un sector de trabajadores atrasados muy desesperados con su situación.
Recuerdan que la economía no estaba tan mal como hoy hace 10 años, y quieren
creer que, por arte de magia, todo volverá a ser como antes, sin entender
cómo la política menemista de entonces fue responsable de gran parte de los
desastres de hoy. En Menem también hay mucho voto "clientelista", de las
grandes bolsas de pobreza de los barrios más pobres y marginales. Y por
último, de un sector de las clases medias siempre dispuesta a creer en los
mesías de hoy, y de ayer. La campaña escandalosamente a su favor por parte
de varios medios de comunicación burgueses también jugó a su favor.
Los votos de L. Murphy provienen de un espectro electoral similar a
Menem, aunque con un componente de clases medias más acusado. No es
casualidad que L. Murphy arrasara en los barrios más distinguidos de las
grandes ciudades argentinas. Para otra mucha gente, L. Murphy, menos
comprometido con el pasado de corrupción del peronismo, y con un paso fugaz
por el gobierno de De la Rúa, aparecía como una cara relativamente "nueva".
En las dos últimas semanas, la propaganda a favor de L. Murphy en los medios
de comunicación fue abrumadora con el fin de apuntalar su respaldo
electoral.
Kirchner, que era un político peronista relativamente desconocido hace
un año para las grandes masas, se benefició del apoyo de una gran parte del
aparato peronista, en su calidad de candidato "oficioso" del mismo. No
aparecía ligado abiertamente al pasado de corrupción de otros dirigentes
peronistas y utilizó hábilmente un lenguaje contra la "corrupción"
descargando en Menem toda la responsabilidad por el desastre de la nación.
Hábilmente, se orientó hacia los sectores más descontentos con el menemismo,
compitiendo con Carrió por la misma franja del llamado voto "progresista",
criticando el pasado de corrupción, con promesas de estimular los gastos
sociales y estatales, apelando directamente a los trabajadores, etc . En la
medida que no había ninguna organización de izquierda con la fuerza
suficiente para rebatir toda esta demagogia, fueron Kirchner y Carrió
quienes aparecieron como los principales paladines de la lucha contra el
menemismo durante la campaña electoral, lo que les atrajo una importante
cantidad de votos de trabajadores y jóvenes que en otras condiciones
hubieran sido una base propicia para la izquierda. Al disponer de más
aparato, más apoyo en los medios de comunicación y más recursos estaba claro
que Kirchner emergería como uno de los dos candidatos que accederían al
"ballotage".
No es cierto que el resultado de estas elecciones hayan supuesto un
giro "a la derecha" de la población. Para la mayoría de los votantes,
Kirchner, Carrió y Saá, aun con todas sus contradicciones y sus demagogias,
eran vistos como los que enfrentaban el pasado de los últimos 12 años
ligados al menemismo y al saqueo del país, y ellos sumaron el 50% de los
votos. Y esto fue así en la medida que no había ninguna fuerza de izquierda
que fuera vista como suficientemente atractiva e importante por la mayoría
de las familias trabajadoras. Si a ello le sumamos una parte de los votos de
L. Murphy, sobre todo entre los votantes más jóvenes, que también tenía un
componente de voto "protesta" contra el pasado, más los votos cosechados por
las pequeñas fuerzas de izquierda, se ve claramente que no hubo un giro
"reaccionario" en el sentir de las familias trabajadoras (la mayoría de la
población). Simplemente, que las amplias masas de trabajadores y sus
familias, sintiendo que se jugaban el futuro no encontraron otra alternativa
que estos candidatos para intentar cambiar la realidad que les rodea.
Los resultados de la izquierda
En esas condiciones, como explicamos hace meses, si Zamora junto con
el resto de la izquierda hubieran formado un amplio frente único de la
izquierda en el campo electoral, sí podrían haber emergido como un polo de
referencia importante tras estas elecciones. Lo más probable es que no
hubieran pasado al "ballotage" (aunque eso tampoco estaba descartado de
antemano), pero en cambio, podrían haber agrupado varios millones de votos
de las familias trabajadoras, y a partir de ahí, pasar a la oposición
política y social del nuevo gobierno que se formara, lo que habría
fortalecido la causa obrera y popular para las siguientes batallas que
hubieran tenido lugar, creando las condiciones para que la izquierda
consiguiera por primera vez arrancar a las amplias masas de la clase obrera
de la influencia del peronismo y otras corrientes burguesas que predican la
colaboración de las clases, es decir, el sometimiento de los trabajadores a
los capitalistas. En la medida que esto no se hizo, la imagen que dio la
izquierda fue la de la dispersión, la división y el enfrentamiento.
Las organizaciones de la izquierda que finalmente se presentaron a
estas elecciones fueron IU y PO, que pelearon divididas. Entre ambas sumaron
poco más de medio millón de votos (el 2,6% de los votos), una cifra algo
menor que en las legislativas de octubre del 2001. Pequeños grupos de
izquierda vinculados a los históricos partidos socialistas y otros sumaron
un 1,9% de votos más.
Las formaciones de izquierda, particularmente, las dos primeras fueron
marginadas absolutamente de los medios de comunicación y compitieron en
condiciones de absoluta inferioridad con las otras formaciones burguesas que
recibieron una financiación casi ilimitada.
Ambas organizaciones continuaron insistiendo en su campaña electoral
en proclamar como su alternativa para resolver los problemas del país la
convocatoria de una Asamblea Constituyente "libre" y "soberana", como si
para los trabajadores hubiera alguna diferencia cualitativa entre un
parlamento burgués al uso, y otro que es lo mismo con la diferencia de que
cambia el nombre (asamblea constituyente). De lo que se trata es de insistir
en la necesidad del poder obrero y de agitar, allá donde se den las
condiciones, por la necesidad de que los trabajadores organicen sus propios
órganos de poder y control obrero en las empresas (comités) para revisar la
contabilidad, no permitir despidos, luchar por mejores salarios, etc.
Mientras que, correctamente, se defiende un programa amplio de demandas
contra el pago de la deuda externa, por la reestatización de las
privatizadas, la nacionalización de la banca, por el aumento efectivo de los
salarios para no perder poder adquisitivo, contra el empleo precario, etc.
El "ballotage" entre Menem y Kirchner
La presidencia de la nación se decidirá finalmente en un "ballotage",
en una elección entre Menem y Kirchner el próximo 18 de mayo. Por todas las
consideraciones que hicimos antes, lo más probable es que Kirchner gane la
presidencia. Si hay algo en que todos los comentaristas burgueses acuerdan
en sus tertulias de radio y TV es que el sentimiento anti-Menem entre la
población es mayoritario. Ya se están barajando porcentajes de voto a favor
de Kirchner que oscilan entre el 65% y el 75%. Con casi total seguridad, Saá
y Carrió pedirán a sus votantes que voten contra Menem.
Es natural que entre gran parte de las familias trabajadoras, incluso
entre mucha gente que simpatiza con la izquierda, se opte por el voto "menos
malo" para frenar a Menem, votando a Kirchner. Millones de trabajadores y
sus familias recuerdan la entrega de la riqueza nacional al capital
extranjero o a los "amigos" de Menem, recuerdan el aumento de la
desocupación, de la pobreza, de la mafia policial y judicial, de la
destrucción de la industria y las fuentes de trabajo, etc bajo el menemismo.
No obstante, conviene recordar que hace 10 años, nadie dentro del peronismo
(ni siquiera Kirchner en su momento) cuestionaban esta política.
Nosotros no apoyamos ni a Menem ni a Kirchner. Por supuesto rechazamos
a Menem, como político burgués corrupto que es, que ya declaró que no le
temblaría la mano en sacar el ejército a la calle para reprimir a su propio
pueblo. Saqueó personalmente las riquezas del país, se lucró con ellas, está
ligado al tráfico de armas y a otros sucios negocios. Su lugar es la cárcel,
que es donde debería estar sino fuera por la extrema putrefacción de la
justicia burguesa en la Argentina.
Pero mentiríamos si declaráramos que Kirchner representa una salida
más "progresista". Kirchner responde a los intereses capitalistas que antes
explicamos. Su programa no difiere esencialmente del de Menem, en el
contenido. Para mantener los beneficios de los capitalistas, para pagar la
deuda externa, para aumentar las tarifas, atacará las condiciones de vida y
trabajo de la clase obrera, de la juventud. Si hay protestas en la calle, se
verá obligado a reprimirlas. No hay medias tintas en el capitalismo. O con
los trabajadores, o con los capitalistas. Pero no podés contentar a ambos. Y
Kirchner ya dejó claro a quién sirve. Y si no actúa como ellos quieren que
lo haga, mañana lo echarán a patadas de la Casa Rosada, e instalarán a otro.
Mañana, cuando Kirchner defraude las expectativas que pudo crear muchos
trabajadores pedirán explicaciones a aquellos que les crearon esas falsas
expectativas. Nosotros tenemos que ser honestos con nuestra clase. No hay
alternativas para los trabajadores y nuestras familias bajo el capitalismo.
La alternativa es la lucha por el socialismo. No existen "terceras vías". Es
por eso que nosotros llamamos a la abstención o al voto en blanco en el
"ballotage" del 18 de mayo.
Las tareas de la izquierda y las perspectivas
Las organizaciones y dirigentes más relevantes de la izquierda han
salido desorientados de todo el proceso electoral. Tanto los que defendieron
el boicot como los que participaron en las elecciones vieron defraudados sus
objetivos. Los primeros esperaban un aumento importante del voto "bronca"
que finalmente no se dio, y los segundos recibieron menos votos de los
esperados. Todos los militantes, activistas y dirigentes de los diferentes
grupos de izquierda deberían reflexionar profundamente para sacar todas las
lecciones de la experiencia del último año y medio.
Las lecciones son claras. En primer lugar, hay que hacer un esfuerzo
por tomar el pulso a la clase, a los trabajadores, y no confundir el
ambiente entre los activistas con el de las masas, que siempre tardan un
poco más en llegar a las mismas conclusiones que la vanguardia.
En segundo lugar, hay que ver la manera de ligarse aún más a los
trabajadores. En este sentido es perentorio un trabajo coordinado en la base
de los sindicatos. Los sindicatos son la llave para llegar a los sectores
organizados de los trabajadores. Independientemente de los deseos subjetivos
de la burocracia, la realidad objetiva empujará a los trabajadores de aquí
en más a la lucha. No tendrán otra alternativa en la medida que aumenten las
tarifas de los servicios públicos con el nuevo gobierno que se forme, en la
medida que se siga perdiendo el poder adquisitivo de nuestros salarios, que
no mejoren el sistema sanitario o se siga degradando la educación que
reciben nuestros hijos porque la plata que se necesita para ello se dedica a
pagar la deuda externa. El aumento de las luchas obreras creará las mejores
condiciones para que los activistas sindicales en las empresas se destaquen
como los mejores luchadores y puedan disputar la conducción de los gremios y
sindicatos a los dirigentes acomodaticios y burocratizados conforme arrecie
la lucha obrera en los próximos meses.
Junto a esto hay que dotarse de un programa concreto de demandas sobre
salarios, viviendas, infraestructuras de los barrios, salud, educación y de
medidas más generales por la reestatización de las privatizadas, no al pago
de la deuda externa y por la nacionalización sin indemnización de las
palancas fundamentales de la economía, bajo el control de los trabajadores.
Las asambleas populares tienen un importante rol que jugar,
acompañando solidariamente todas estas medidas y todas las luchas que se
darán. Un nuevo resurgimiento de la lucha obrera y popular tendrá como
consecuencia una revitalización y fortalecimiento de dichos organismos, que
deben avanzar en una coordinación más cercana entre ellas a nivel de
localidad, y también a nivel nacional.
Como afirmábamos en un párrafo anterior, no hay lugar para el
pesimismo. La experiencia de los próximos meses enseñará a los trabajadores.
Sacarán conclusiones cada vez más avanzadas. La inercia del resultado
electoral se disipará como la niebla en la mañana. Los activistas de
izquierda, de las asambleas populares, de las fábricas ocupadas, de la base
de los sindicatos, los dirigentes gremiales honestos y luchadores
encontrarán cada vez un eco más favorable para sus ideas y la acción en
común. Una poderosa corriente a favor de la unidad y de un programa
anticapitalista claro se abrirá paso.
La clase obrera no entiende de pequeñas organizaciones. Tarde o
temprano, particularmente desde la base de los sindicatos, surgirá la
necesidad de construir un partido de masas propio de los trabajadores, ante
el fracaso de los partidos y dirigentes burgueses en encontrar una salida al
actual caos capitalista. En esa organización de masas, los activistas de
izquierda pueden jugar un rol vital, fertilizándola con las ideas
científicas del marxismo y del socialismo. Para esta perspectiva nos
preparamos los compañeros y compañeras de El Militante.
Unite a nosotros, unite al El Militante.
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