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Un acto político, ¿cuándo es pecado?
Por: Javier Arrue
Fecha de publicación: 28/04/03
imprímelo mándaselo a
tus panas
Estimados hermanos y amigos: Nunca pensé que nuestro
Cardenal, incluída Jerarquía, tardara un año en hacer
referencia a los días de abril del 2002 (11,12,13 y
14), y mucho menos en la manera como lo ha hecho. De
todo lo que sucedió en esos días, no hubo delito, ni
pecado, ni falta..., solamente la simple firma de un
papel en blanco. Por eso, hoy, les envío ese breve
escrito humorístico sarcástico, que sigue vigente y
tiene más fondo del que parece. Perdonen los que ya lo
habían leído, pero no deja de ayudar a sonreír a la
vida. Un abrazo. Javier.


Mayo de 2002
Los libros de casuística moral, textos imprescindibles
en la formación de los sacerdotes, ayudaban, como
manuales precisos, a determinar el grado o nivel
pecaminoso de un acto humano; algo así como una tabla
estimativa de la gravedad de las faltas con su
correspondiente penitencia, o pago proporcional, que
se concretaba en la cantidad de padresnuestros y
avemarías, y, a veces, hasta rosarios y misas enteras,
cuando el pecado era muy grave, y también se señalaba,
en otras, la restitución de lo mal habido.

Siempre recordaré la carátula de un disco de Los
Tolimenses, con su sempiterno lenguaje irrespetuoso e
insinuante, en la que un cartel, que franqueaba la
entrada de un parque, señalaba las multas ajustadas a
cada acto, contra la moral y buenas costumbres, que
realizaran las parejas de enamorados, movidos por la
pasión, al amparo de la exuberante vegetación. El
mencionado letrero decía: “La mano en eso: 100 pesos;
eso, en la mano: 500 pesos; la boca en eso...; eso, en
la boca...; eso en aquello; y aquello en eso”..., y
así seguía una larga retahíla de infracciones con sus
respectivas penas, que subían hasta miles de pesos.

Mi pregunta es: ¿Cuándo un confesor puede considerar
pecado la actuación política de un político, en cuanto
tal, y qué penitencia conllevarían tantas canalladas
que hemos visto en estos últimos tiempos de convulsión
y esperanza? Y tengo que volver a acogerme a una
analogía para explicar mi curiosidad o interés. Si un
jovencito le dice a su confesor: “Padre, me toqué el
pipí”. --Ahí te va un Padrenuestro de penitencia. “Es
que sentí como un gustico”..., seguro que el cura le
recriminará paternalmente el hecho, y le advertirá que
eso pasa de pecado venial. Si el muchacho va más allá,
y, avergonzado, reconoce que llegó al clímax de la
angustia de lo bueno..., ¡eso, sí, es pecado mortal! Y
no digamos cuando una adolescente confiesa,
entrecortada, que se dejó acariciar por el noviecito
y, además, le gustó sentirse apetecida. ¡Más gordo es,
todavía, el pecado cometido!, y mayor la penitencia
correspondiente, para que vuelva a restablecerse el
equilibrio, de la ley de Dios, conculcado.

“Padre, me acuso de violar, pública, olímpica,
consciente y flagrantemente la Constitución, aprobada
por la mayoría de los venezolanos”. --Eso, hijo mío,
no es pecado. “¿Y manipular una manifestación
multitudinaria y pacífica y hermosa para lograr unos
muertos y así justificar un golpe de estado?”
--Tampoco es pecado, hijo mío. ¿Y detener, presionar,
aislar y amenazar con bombardearlo en el Palacio de
Gobierno, a un Presidente elegido por la voluntad
mayoritaria de un pueblo? –Ni mucho menos que pecado,
hijo mío. ¿Allanar, vejar, perseguir a funcionarios, a
representantes elegidos por los votos, a simpatizantes
de un gobierno legítimo y religitimado por seis
elecciones consecutivas, para crear un clima de terror
y represión? –Tampoco hijo, no insistas, eso es
pecado.

¿Y mentir, mentir y seguir mintiendo, al querer
disfrazar un golpe de estado por todo el cañón y, con
cara de yo no fui, justificar el escamoteo del estado
de derecho, con un “vacío de poder” generado por
nosotros mismos; algo así como sacar de su hogar, a
punta de pistola, a un padre de familia, y luego
saquear la casa, porque no había doliente, autoridad o
dueño que reclamara? –No hijo, eso no es ni venial.

“Es que, Padre, dada mi indeclinable vocación
democrática y que, a Dios gracias, me avisaron, por el
celular, que el pueblo se estaba echando a la calle, y
que el general Baduel no se la calaba, me salí cinco
minutos antes de la firma del nefasto decreto (Dr.
Eduardo Fernández, dixit), porque hasta ese momento
todo era bueno, justo, sano, constitucional y, hasta,
virtuoso, ¿no le parece? –Evidente hijo; por eso
tampoco cometiste pecado, porque actuaste como en el
coitus interruptus, donde se da penetración, pero no,
realmente, una consumación de facto, por la rapidez de
la retirada.

Por una impertinencia de mi memoria, sólo quiero
añadir un hecho histórico, tanto esclarecedor como
bochornoso, en el que un indígena condenado a la
hoguera, cuando el fraile se le acercó para pedirle
arrepentimiento y profesión de la verdadera fe, como
único camino para ir al cielo, antes de que las llamas
lo convirtieran en chicharrón, preguntó: ”Los que me
están torturando, ¿también irán al cielo?” –Sí, hijo
mío, porque ellos están cumpliendo la santísima
voluntad de Dios. ”¡Pues quémenme tranquilos, porque
yo no quiero ir a ese cielo!”

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Javier Arrue


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