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Cuando la democracia por fin llegó,
el 23 de enero de 1958, pareció que las ilusiones empezarían a concretarse, y que Venezuela recobraría la grandeza moral que había tenido en los quince años que sucedieron a la declaración de la Independencia.
Y en verdad, el país comenzó a dar tímidos pero firmes pasos hacia una estabilidad a partir de la cual podían fundarse las bases de un sólido crecimiento. Esa enfermedad infantil de la democracia que se llamó guerrilla fue combatida con la astucia y la entereza de la que carecieron otros países latinoamericanos en apariencia mejor preparados que nosotros; y a fines de la década del 60, cuando los gobiernos militares empezaban a ser mayoría en el continente, Venezuela había alcanzado la plena pacificación y había integrado a prácticamente todas las fuerzas políticas dentro de la legalidad constitucional.
El petróleo que hasta entonces era vendido alegremente, se convirtió en el arma de negociación y desarrollo más poderosa del país. De tal manera que al promover la fundación de la OPEP, Organización de Países Exportadores de Petróleo, Venezuela adquirió también conciencia definitiva de su propio futuro.
Algo no andaba bien, sin embargo, y los jóvenes que empezamos a congregarnos en los centros universitarios de los años 60, nos dimos cuenta de que flaqueábamos por la que debía ser nuestra parte más fuerte: es decir, flaqueábamos por el Estado.
Como individuos, estábamos demasiado ansiosos por recuperar el tiempo perdido: por dejar atrás los años de aislamiento, de mordaza, de preparación intelectual defectuosa. Como comunidad, vivíamos demasiado ilusionados con nuestra democracia flamante y creíamos que ella se bastaba por si sola para cuidar del país. Que debíamos ponernos en manos de los partidos políticos y de los hombres a los que habíamos elegido como nuestros representantes.
No contábamos con que el poder, por pequeño que sea, se enferma cuando cae en manos inescrupulosas. Y que un funcionario ávido por consolidar su poder, engendra una malla de minúsculas corrupciones y de insignificantes intereses creados, que se ensanchan más y más hasta convertirse en una epidemia contagiosa. Y que al delegar nuestras responsabilidades, estábamos contribuyendo a ensanchar el campo de acción del Estado, a la vez que restringíamos nuestro propio campo de acción. Por flojera, por facilidad, por exceso de confianza, muchos venezolanos se abstuvieron en la construcción real del país, y transformaron el espíritu de lucha que los había caracterizado (y al cual debemos nuestra democracia) en una pasiva entrega al Estado providencial.
Y el Estado, por supuesto, se aprovechó de esa libertad que se le ofrendaba. En 1973, cuando los precios del petróleo empezaron a crecer aceleradamente, y Venezuela dispuso al fin de la oportunidad de riqueza que había estado esperando para afianzar su desarrollo, el Estado omnipotente se había instalado ya entre nosotros y nos maniataba la imaginación. La era del crecimiento que debió abrirse entonces fue en verdad una era de despilfarro, de corrupción, de gigantescas empresas erigidas para pagar favores políticos y para producir pérdidas que bien pronto fueron superiores a nuestros enormes ingresos. En diez años, el Estado hizo llover sobre Venezuela más de un millón de millones de bolívares. ¿En qué los hemos gastado? ¿Hemos erradicado la miseria? ¿Cuántas industrias livianas de exportación, cuánto desarrollo agrario, cuántos centros de salud en buen estado, cuántas escuelas primarias, cuántos servicios públicos eficaces pudimos consolidar con esa fortuna incalculable? La respuesta es desalentadora: no hemos hecho nada, salvo alimentar más y más las fauces de un Estado al que ya ninguna riqueza puede saciar. ¿Por qué hay más niños abandonados que nunca?
Marcel Granier: La generación de relevo vs. el Estado omnipotente (fragmento del Prólogo). Publicaciones Seleven. Caracas, 1984. Páginas xi a la xiii.
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