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Cuenta Cervantes que, en tiempos de las historias de caballería, un caballero podía llegar a gobernar algún territorio, como recompensa por sus hazañas y proezas.
Conocido es el capítulo donde se le juega una broma a Sancho Panza, dejándolo gobernar por un día la ínsula de Barataria.
En Venezuela y por razones menos nobles se dio un caso parecido. De tanto ver telenovelas, de creerle el cuento a los medios de incomunicación, Pedro El Breve, un día amaneció con la idea de gobernar. Fue al basurero de la historia y desempolvó algunas armas utilizadas en otros tiempos. Habló con militares cuestionados, con sectores poderosos internos y externos, se cuadró con las televisoras, y se decidió por la más oxidada y sangrienta de las viejas y obsoletas armas que encontró: el golpe de estado.
Llegado el día, 12 de abril, Pedro aceptó el poder de buena gana. La noche anterior había sido bendecido como golpista por la jerarquía eclesiástica en la capilla de Fuerte Tiuna.
Los medios habían funcionado a la perfección. Esa toma manipulada del Puente Llaguno era digna de un premio. Habría que buscarle un premio en España a ese muchacho. Primer decreto del nuevo gobierno: hablar con Aznar para conseguirle un premio a ese periodista.
Como era la costumbre de esos tiempos, la sabiduría del nuevo gobernante era puesta a prueba por la población. Así que trajénronle algunos casos.
El primero tuvo que ver con el nombre del país. Sin temblarle la mano, el intruso decidió de un plumazo eliminar el nombre de Bolivariana, porque Bolívar le causaba náuseas. A los invitados les pareció acertado y aplaudieron.
El segundo caso tuvo que ver con las autoridades. De un plomazo, tan certero como el de los francotiradores que había apostado el día anterior en la ruta de la desviada marcha, eliminó todos los poderes. A los invitados les pareció acertado y aplaudieron.
Cuando se planteó la situación de los colores de la bandera nacional, el nuevo gobernante consideró que eso del azul de nuestros cielos, mares y ríos era medio cursi.
El prefería el negro de los camisas negras de Mussolini, así que de ahora en adelante los colores de la bandera serían amarillo, negro y rojo. Información que debía ser transmitida con urgencia a los buhoneros que vendían banderas y franelas en cuanta marcha había para que hicieran la debida modificación. A los invitados les pareció acertado y aplaudieron.
Se le trajo un nuevo caso, y el gobernante ordenó de inmediato perseguir, golpear y encarcelar a todo aquel que tuviera que ver con el gobierno anterior. A los invitados les pareció acertado y aplaudieron.
Ante un nuevo caso planteado, fue aún más tajante. La libertad de expresión en esos momentos era dañina. Se encomendó al gobernador Mendoza para que, con sus propias manos y policías, cerraran "la miasma esa de Venezolana de Televisión". A los invitados les pareció acertado y aplaudieron.
Y así, en un solo día fueron muchos los casos con los que fue puesto a prueba el usurpador. Se recuerda el decreto aquel según el cual todo acto contra la nación debía reconocerse con el nombre de Meritocracia, y en tal sentido ordenaba la inmediata construcción de una plaza que llevara ese nombre. A los invitados les pareció acertado y aplaudieron.
Finalmente se planteó el caso de la venta de petróleo a Cuba. El gobernante, que no conocía la solidaridad, que le daba pesadillas la palabra castrocomunismo que le había enseñado Granier, decidió, sin que le temblara la papada, eliminar el convenio y expresó la tristemente célebre frase de ¡Ni una gota de petróleo más para Cuba!.
Para tal efecto se recomendó asaltar la embajada cubana, destrozando carros, cortando la electricidad y amedrentando con exiliados cubanos a los diplomáticos y familiares que allí se encontraran. Misión encomendada y cumplida a cabalidad por el alcaldeso Capriles Radonsky. A los invitados les pareció acertado y aplaudieron.
Y allí estaba el nuevo gobernante, pausado, con una sonrisita que podríamos llamar casi de timidez. Tan pudoroso. Rodeado de militares impecablemente vestidos de blanco, de gobernadores golpistas, de obispos, de intelectuales, de banqueros, de expertos petroleros, de locutores, de constitucionalistas, de cómicos, de familiares, quienes aplaudían y brindaban ante cada decisión que tomaba el «gobernante».
Los únicos que estaban molestos, porque no habían sido invitados, eran el bachiller Sansón Ortega y el cariculiarda Tejera, gobernantes de otra insulina cercana llamada Malindrania.
Aunque no se trataba de una broma, porque el fascismo no sabe reír, Pedro, El Breve, pudo gobernar por un día, y a la vista estaban todos sus desmanes. Somos hijos de nuestras obras, había dicho sabiamente el Quijote.
El pueblo, sin embargo, que no quería que le echaran una broma a su democracia, decidió entonces regresar a su puesto al que legítimamente le correspondía, poniendo preso al intruso, quien, como de todos es sabido, huyó a los pocos días por la complicidad de la llamada justicia.
Lo cierto del cuento es que, independientemente de que era una broma, Sancho Panza gobernó por un día la isla de Barataria con bondad y sentido común, y, pese a su ignorancia, tomó decisiones acertadas y justas.
A Pedro Carmona Estanga, en cambio, le bastó sólo un día para hacernos ver que cuando el fascismo muestra los dientes no es precisamente para reír.
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