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El pueblo de Irak se levanta contra la agresión
"Creo que demoler el poder militar de Saddam y liberar Irak será un paseo."
(Escrito por Ken Adelman, asistente de Donald Rumsfeld, jefe del Pentágono, un mes antes de iniciar la guerra)
Jactancias como éstas desbordaban la prensa de EE.UU. Se trataba no sólo de emborrachar de patrioterismo a la gente, sino también de hacerla creer que las tropas invasoras serían recibidas por los iraquíes con aplausos, por “liberarlos” del “tirano”.
Lo notable no son las grandes mentiras —necesarias como las bombas en las guerras imperialistas—, sino que ese libreto de Hollywood fue creído por sus propios autores... Así, los planes de guerra de EE.UU. fueron elaborados contemplando sólo esa posibilidad. Abrumado por la superioridad tecnológica, el ejército de Irak se rendiría rápidamente mientras su población se alzaría contra Saddam en apoyo a la coalición angloyanqui.
No tuvieron en cuenta la otra posibilidad: que, a pesar de Saddam Hussein, el pueblo de Irak se pondría de pie para combatir la agresión de los bárbaros imperialistas.
“Una cuestión de honor”
“Al sexto día de la guerra—escribe el corresponsal en Bagdad del diario francés Le Monde—, Fadel O., veterano de la guerra Irán-Irak (1980-1988), opositor pasivo pero firme al régimen de Saddam Hussein, se enroló en la milicia de su barrio. A sus amigos extranjeros —que lo oían diariamente echar pestes contra el líder «incapaz» de Bagdad— Fadel les explica que ha «reflexionado mucho». Que, después de todos los bombardeos, le era «imposible quedarse con los brazos cruzados» ante el avance de los norteamericanos. «Éste es mi país, éste es mi pueblo al que esta gente está matando... Yo no me voy a quedar sin hacer nada... es una cuestión de honor.” (Le Monde, 26/03/03)
Los periodistas occidentales honestos que restan en Bagdad narran infinidad de casos parecidos. Miles y miles se incorporan como voluntarios a las milicias. Robert Fisk, famoso corresponsal británico, cuenta así sus diálogos con otros opositores, profesionales y comerciantes: “Puede ser que no nos guste nuestro régimen. Pero luchamos por nuestro país. A los rusos no les gustaba Stalin, pero pelearon bajo sus órdenes contra los invasores... Tenemos una larga historia de lucha contra los poderes coloniales, especialmente los británicos. Ustedes aseguran que vienen a «liberarnos». Pero no entienden nada. Lo que ocurre es que estamos comenzando una guerra de liberación contra estadounidenses y británicos.” (The Independent, 26/03/03)
Sentimientos parecidos expresan sectores más pobres y oprimidos: “Me encuentro con dos jóvenes... Selim y su hermano —relata otro periodista inglés, Kim Sengupta—. Son de Saddam City, un enorme, pobre y violento suburbio a media hora del centro de Bagdad. Es el hogar de dos millones de chiítas. A pesar de ser el 60% de la población de Irak, las riendas del poder están fírmes en manos de la minoría de sunnitas. Hace tres años, esta «villa miseria» estalló cuando el Gran Ayatollah al-Sadr y sus dos hijos fueron asesinados —crimen atribuido a Hussein por los clérigos chiítas—. Les pregunto: «¿cómo se sienten ustedes ahora que los americanos y británicos están cerca de Bagdad?»
“«Los británicos y americanos —me responden— han matado un montón de gente inocente con sus bombardeos. Aquí no van a poder estar como ocupantes. Esto es Irak y somos iraquíes. Quieren tomar nuestro petróleo... lucharemos contra ellos...»” (The Independent, 28/03/03)
El pueblo iraquí despejó la incógnita planteada antes de la guerra: ¿Qué determinaría principalmente la actitud popular? ¿Las tropelías de Hussein? ¿O la presente agresión del imperialismo, que quiso aprovecharlas para presentarse como el “libertador”?
La respuesta de las masas —combate encarnizado a los invasores— trastrocó los planes militares de Washington.
Dos brazos de una tenaza
Bush está entonces en un serio aprieto, aunque por supuesto conserva una inmensa superioridad militar. Podríamos decir que ha sido tomado por una tenaza.
Uno de los brazos de la tenaza es la resistencia de los combatientes iraquíes. El otro brazo es la movilización mundial contra la guerra. Si ambos brazos lograsen apretarlo cada vez más, se abriría entonces la perspectiva de una crisis política, que puede desbaratar el esfuerzo de guerra del imperialismo. Se está replanteando un mecanismo parecido al que provocó la derrota de Vietnam, que no fue técnicamente “militar” sino que se concretó a través de una crisis política.
Esta es la gran preocupación de los dirigentes del imperialismo. Que la prolongación de la guerra —ahora el gobierno de EE.UU. habla no de días, sino de meses— puede alimentar el rechazo popular incluso en su país. Esto, a su vez, puede alentar la resistencia del pueblo de Irak, que a su vez estimula el rechazo. Tal fue el “circuito” que generó la crisis política que llevó a la derrota de Vietnam
Para salir del aprieto, Bush y Blair han subido la apuesta. Anuncian el envío de 100.000 soldados más, y sobre todo intentan aterrorizar a la población civil, en especial de Bagdad, redoblando los bombardeos. Pero la masacre de miles de hombres, mujeres y niños puede ser un boomerang que termine volviéndose contra ellos.
Los bombardeos, con sus imágenes de sangre y gente despedazada, están produciendo efectos revulsivos en la opinión pública mundial. El odio infinito que generan en las masas árabes e islámicas no augura nada bueno para EE.UU. y sus gobiernos vasallos en esos países. También profundizan el foso de EE.UU. con Europa y América Latina.
Y en los mismos EE.UU., “la clara convicción con que la mayoría de los norteamericanos apoyaba la guerra... parece haberse licuado por efecto de las imágenes de destrucción, sufrimiento y muerte que pueblan las pantallas de los televisores.
“Gradualmente, la corrosiva pregunta de si ésta ha sido una gran idea, comienza a filtrarse entre los convencidos, porque las bajas, las imágenes de los soldados capturados y las espantosas visiones del bombardeo a Bagdad están llevando a muchos a reconsiderar... Una guerra prolongada puede tornarse en el Stalingrado de Bush...” (Estas reflexiones son de Mario Diament, corresponsal en Miami de La Nación y Ámbito Financiero, un periodista caracterizado por su total proimperialismo.)
Por lo pronto, en Irak, los bombardeos han producido el efecto contrario al de la rendición. En lo inmediato, empujaron al combate hasta a sectores opositores a Saddam.
“Quienquiera que gane la guerra, EE.UU. ya perdió la paz”
Sin embargo, si no lo impide a tiempo una crisis política —posibilidad que se esboza—, EE.UU. podría imponer finalmente su abrumadora superioridad militar y ocupar Bagdad, seguramente a un costo terrible.
Pero, según analiza el diario londinense The Guardian (27/03/03), “incluso si las tropas británicas y estadounidenses declaran la victoria, no está garantizado que cesará el combate. La próxima batalla puede ser contra las guerrillas”. O, como decía otro comentarista británico, “quienquiera que gane la guerra, EE.UU. ya perdió la paz”. (Adrian Hamilton en The Independent, 28/03/03)
Efectivamente, la “paz” —es decir el plan imperialista para regir Irak después de la “victoria”— consiste en el establecimiento por tiempo indefinido de una colonia petrolera, con un general norteamericano como virrey, una corte de iraquíes traidores y un ejército de ocupación angloyanqui para mantener el “orden”.
Pero ese plan de posguerra fue imaginado sobre el mismo escenario optimista de los planes de guerra. El pueblo iraquí recibiría a sus “libertadores” tirándoles flores y no balas.
Ahora, lo más probable no es la inauguración de un pacífico virreinato de las mil y una noches, sino de una super-Argelia. Con la inmensa desventaja respecto a la guerra de Argelia (1954-62), que EE.UU. no tiene un millón de colonos propios asentados desde hace tiempo en Irak, como Francia tenía en su colonia al millón de pieds noirs.
Tanto la batalla por Bagdad como la perspectiva posterior de una ocupación militar prolongada, ponen al ejército norteamericano ante el único escenario bélico que con razón teme: la guerra urbana y de guerrilla. Ya ha comenzado a darse una combinación de ambas, y es lo que principalmente explica, a nivel militar, las dificultades de los primeros días de combate.
En esos escenarios —guerra urbana y de guerrillas— la superioridad del ejército de EE.UU., basada en la tecnología, queda muy reducida. Es la caracterización que preside el manual de operaciones de las fuerzas armadas norteamericanas, Doctrine for Joint Urban Operations, sep/2002: “Las ciudades reducen las ventajas de la fuerza tecnológicamente superior [...] Las áreas urbanas le dan la ventaja a los defensores, insurgentes, guerrilleros y terroristas...” (págs. 1-7 y 1-9). Este interesante manual hace el recuento de las palizas sufridas por grandes ejércitos al intentar tomar y ocupar ciudades con población hostil, desde los alemanes en Stalingrado (1942/43) hasta los mismos yanquis en Somalia, en los ’90.
Por otra parte, este tipo de guerra vuelve imposible la singular doctrina de “Cero bajas” (norteamericanas), relacionada con el enfoque hiper-tecnológico del mando estadounidense. La guerra como un ejercicio de tiro al blanco mediante computadoras, contra enemigos incapaces de replicar de la misma forma. En la guerra urbana valen mucho menos los tanques y helicópteros, satélites y radares. Ante todo, se pelea cuerpo a cuerpo, con fusil ametrallador y lanzagranadas. Como dice el citado manual, no es una guerra de “high technology” (“alta tecnología”) sino de “intensive manpower” (“mano de obra intensiva”) (págs. 1-8). Léase, muertos propios a granel.
Esto remite a un grave problema político: el extraño caso de un imperialismo que pretende dominar el mundo, pero al que le resulta difícil hacer aceptar a su pueblo el costo correspondiente. El imperialismo alemán “invirtió” más de 7.000.000 de vidas propias de militares y civiles en su intento de dominar el planeta en la Segunda Guerra Mundial (1939/45). En la misma contienda, EE.UU. se alzó con la victoria a un precio más barato: “sólo” 295.000 soldados al cementerio.
Pero ahora Bush quiere coronarse emperador del mundo, en un contexto político en que apenas unas decenas de muertos y prisioneros propios le desencadenaron un vendaval en el frente interno. Este es uno de los flancos más débiles de su proyecto mesiánico. Hitler (y Roosevelt) tenían otras condiciones políticas
Artículo de Socialismo o Barbarie (periódico) del 01-04-03
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