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Análisis del uso de armas con uranio empobrecido - Las inciertas armas de la OTAN
Por: Alberto Piris*
Fecha de publicación: 08/04/03
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Agitada la opinión pública europea en torno al uso de proyectiles de uranio empobrecido en las guerras de los Balcanes, es muy oportuno releer hoy lo que escribía en 1999, durante los bombardeos de la OTAN contra Yugoslavia, un físico norteamericano que había trabajado más de diez años como especialista en esas armas, al servicio del Pentágono, hasta abandonarlo en 1997. "Como todos los metales pesados, el uranio es un peligro". Explicaba lo que ocurre cuando un proyectil hace explosión y el metal se pulveriza en forma de dióxido de uranio. "Las partículas, cien veces más pequeñas que un grano de arena, pueden ser inhaladas por los seres humanos". En función de la temperatura alcanzada por el metal, se producen dos tipos de polvo. "Uno es soluble en la sangre y en los humores corporales, donde actúa como un temible veneno. El otro, calentado a temperaturas superiores, es indisoluble, se fija en el cuerpo y emite radioactividad durante años".

Los proyectiles de uranio empobrecido utilizados en aquella guerra por los aviones estadounidenses A10 y los helicópteros Apache se vaporizan parcialmente al chocar contra el objetivo. El polvo se incendia espontáneamente y crea un aerosol de uranio que se esparce sobre cientos de metros, según el viento y las condiciones atmosféricas. El suelo y las aguas se contaminan más o menos según el número de proyectiles disparados. El efecto a largo plazo de estas armas es aun más pernicioso que el de las minas antipersona "ya que al menos éstas explotan algún día y quedan destruidas, mientras que los residuos de los proyectiles de uranio producen durante muchos años su doble efecto radioactivo y tóxico".

Conviene saber que este científico había quedado contaminado cuando estuvo investigando el campo de batalla iraquí, tras la Guerra del Golfo. Allí, en la famosa "autopista de la muerte" -la que une Basora con Bagdad- se dispararon casi un millón de proyectiles de uranio empobrecido para destruir los carros de la Guardia Presidencial que se retiraban ante el avance aliado. Cuatro años tardó el Ejército de EE.UU. en informarle de los resultados de su análisis: "Tengo proporciones astronómicas de uranio en la orina", declaró al ser entrevistado, y señalaba que tal retraso y falta de transparencia eran habituales en los órganos de la defensa.
Con los efectos del uranio empobrecido puede ocurrir ahora lo que pasó hace más de 25 años en Vietnam con el uso del defoliante conocido como "agente naranja" (por el color de la banda que identificaba sus bidones). Tras años de negar oficialmente sus nocivas repercusiones en la salud, hubo que reconocer su enorme toxicidad, aceptar que sus efectos están alcanzando ahora a la tercera generación de víctimas -en Vietnam y en los países que enviaron tropas a la guerra-, y acceder a reparaciones económicas para los veteranos de guerra estadounidenses, los únicos que han logrado que los fabricantes del producto les indemnicen en cierta medida para acallar sus quejas.

Pero es interesante observar que en la visita de Clinton el pasado mes de noviembre a ese país, se percibió en él la existencia de dos corrientes de opinión opuestas. La de los vietnamitas que desean que se investigue a fondo lo ocurrido y queden al descubierto las responsabilidades correspondientes, y las de sus compatriotas que temen que una propaganda negativa para sus productos agrícolas -sobre todo el arroz, que todavía puede estar sufriendo los efectos de la contaminación- tenga repercusiones económicas negativas.

La OTAN tiene ahora que afrontar los mismos problemas que desde 1971 aquejaron al Pentágono ante las reclamaciones de enfermos cancerosos, otros aquejados de espina bífida, abortos, malformaciones genéticas, enfermedades de piel y otras de difícil diagnóstico que, en su conjunto se identificaron como "síndrome de Vietnam", víctimas del agente naranja. Todavía, a fines del año 2000, investigadores canadienses han añadido a esta estremecedora letanía un nuevo tipo de diabetes. Y los voluntarios coreanos que participaron en la guerra al lado de EE.UU., unen sus reclamaciones y quieren también ser indemnizados por las secuelas que padecen. Ya han planteado las demandas correspondientes en los tribunales de EE.UU.

Tener que afrontar reclamaciones judiciales y pagar cuantiosas indemnizaciones a quienes han sufrido los efectos de las armas propias no es plato de buen gusto para ningún gobierno. Pero los que fabrican instrumentos utilizados en el campo de batalla (sean proyectiles o agentes defoliantes) y los que se sirven de ellos (los gobiernos que recurren a la guerra y los ejércitos que los utilizan) deben actuar con más precaución. Las armas, cuanto más evolucionadas y refinadas, es más probable que lleguen a producir efectos secundarios a largo plazo de enorme gravedad. Esto se opone a la tendencia comercial que consiste en crear su necesidad, probarlas someramente y desplegarlas enseguida sobre el terreno, para así capitalizar cuanto antes los beneficios de su fabricación.

No hay guerras "quirúrgicas" ni "limpias". La OTAN y EE.UU. son responsables del uso de unas armas de las que, por lo menos, ignoraban algunos de sus efectos a más largo plazo. Esta responsabilidad es la que los pueblos de los países miembros de la Alianza tienen derecho a exigir a la OTAN y los gobernantes de los Estados que pasivamente aceptaron lo que desde el Pentágono se decidía.

*General de Artillería en la Reserva y Analista del Centro de Investigaciones para la Paz


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Alberto Piris*


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