Ataque dedicado
Cortesía por delante. Los primeros cuarenta misiles fueron una dedicatoria
especial de Bush a todos los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. A
Blair y a Aznar, de pasada y entre amigos, con un guiño cómplice y el pulgar
hacia arriba. Con particular atención vengativa y cínica, el presidente de los
EEUU brindaba los misilazos que intentaron asesinar al presidente iraquí y a los
miembros principales de su gobierno y de sus fuerzas armadas, a Francia,
Alemania, Rusia, China y todos aquellos países que se habían resistido
finalmente a respaldar la destrucción-matanza de Irak pero que habían
colaborado intensamente para que aquél intento de asesinato múltiple, de alta
tecnología y enorme poder explosivo, alcanzase el éxito esperado.
En la última comparecencia televisada de los inspectores de la Unmovic, el
inefable Powell insistía a Blix que debería extremar la búsqueda de los refugios
subterráneos secretos en los que podrían ocultarse “armas de destrucción
masiva”. El jefe de los inspectores daba cuenta de la utilización de radares
especiales y de los intensos esfuerzos dedicados por los expertos de las
Naciones Unidas a esa tarea supuestamente realizada para evitar la guerra. Todos
los demás países estimulaban a Blix para que realizase meticulosa y rápidamente
su trabajo de investigación, y exigían a Irak la colaboración más diligente.
Como había hecho ya en 1998, los Estados Unidos utilizaban descaradamente a
los equipos de inspectores para completar la “lista de blancos” de una guerra
que ya habían decidido antes del 11 de Septiembre. En realidad nada importaban
las inexistentes armas de destrucción masiva sino la posibilidad de terminar la
guerra con un solo golpe certero.
Burla y complicidad en la ONU
La burla a la ONU -con la complicidad entusiasta de los aliados fieles, la
complicidad más o menos forzada de los demás, y la indignidad de todos los
funcionarios de la organización empezando por el Secretario General, Annan- fue
despiadada como corresponde a un Imperio que se anuncia a tambor batiente, y que
no sólo arrolla sino que humilla y denigra a los organismos multilaterales.
Todo el proceso de inspecciones había sido una auténtica trampa para Irak que
tuvo que destruir una parte de su pobre equipamiento militar y condicionar
gravemente su seguridad.
El ataque inicial, con un objetivo tan preciso como la “decapitación del
gobierno”, ha sido posible gracias a la información recogida por los
inspectores.
Otras Naciones Unidas contra el Imperio
La ONU tiene un grado de complicidad importante con ese primer ataque de
intenciones criminales. La supuesta “comunidad internacional” ha obligado a Irak
a desarmarse en presencia de un enorme y poderosísimo ejército, y a pesar de que
los EEUU hacían declaraciones continuas de que harían la guerra fuesen cuales
fuesen los informes de los inspectores. La ONU no fue capaz de concebir ni de
exigir ninguna garantía para que el trabajo de la Unmovic no se convirtiese en
la primera tarea para esta guerra-matanza que estamos viviendo ahora.
Todo el proceso que ha conducido a la invasión de Irak por la más terrible
máquina de matar que haya presenciado el mundo, ha demostrado que sólo sería
posible reorganizar una institución supranacional para garantizar la paz si esto
se hace con el objetivo claro de oponerse a los planes desarrollados en la Nueva
Doctrina de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Los Estados Unidos son el
verdadero enemigo de toda “comunidad internacional” que no sea la jerarquizada
bajo el poder y la voluntad del Imperio. Ésta es la percepción compartida por
las inmensas multitudes que se manifiestan contra la guerra en todos los
rincones del planeta.
Los prisioneros de guerra
De manera acelerada los miembros de los organismos internacionales de todo
tipo se están convirtiendo en funcionarios imperiales. Tal como están los
tiempos no es nada sorprendente.
Ahora les ha tocado el turno a los responsables institucionales de la
“humanización de la guerra”. Todos ellos mostraron repentinamente su congoja por
el trato a los prisioneros de guerra cuando las cámaras de televisión mostraron
las imágenes de dos grupos de marines prisioneros de Irak. En el primero
de ellos los militares estaban sentados y respondían a preguntas elementales en
relación con la identidad de cada uno. En el segundo grupo –los dos pilotos de
un helicóptero Apache- uno de los soldados tomaba un té y comía una galleta.
Todos tenían, naturalmente, aspecto desconcertado e inquieto, sin duda miedo,
pero no parecían mal tratados.
El problema para la credibilidad de esos funcionarios que reclamaban castigo,
es que todos los espectadores del mundo llevaban varios días viendo las
imágenes, distribuidas por el mando aliado, en las que los prisioneros iraquíes
de los ejércitos de EEUU y el RU, arrodillados y amarrados, eran cacheados por
los soldados que no dejaban de apuntarles con sus armas. Las imágenes, demasiado
frescas y procesadas sin descanso por el mecanismo de multirrepetición de
Falsimedia, todavía no se habían desprendido de la memoria corta de los
ciudadanos-portadores de “opinión pública”. Y lo peor fue que estas imágenes
inmediatas, contrastadas con el escándalo artificial y excesivo de los nuevos
serviles[1] del Imperio, arrancaron de la memoria ya casi
enterrada algunas un poco más viejas. Aquellas otras de los “prisioneros no
de guerra” de Guantánamo: primero conducidos a la base militar
norteamericana encuclillados, amordazados, encapuchados y enguantados, amarrados
como carga pesada, con tensores radiales, en los aviones-bodega de los EEUU;
después esposados y argollados de pies y manos, silenciados, cegados,
ensordecidos y vendados, “insensorializados”, enjaulados bajo el sol de fuego
del trópico.
La confluencia de las devociones excesivas de los portavoces de las
instituciones humanitarios supranacionales y los errores graves de los
propagandistas, provocaron que la esperada ira de los “occidentales” se quedase
en verdadero pasmo ante el escándalo, enormemente parcial, de sus censores de
los derechos humanos.
Pero lo más “asombroso” de todo era el motivo elegido para el concierto
repentino de lamentos. La acusación del funcionariado de control humanitario se
centraba precisamente en la mera difusión de las imágenes de los dioses
vencidos, al parecer lo único “punible” del comportamiento iraquí. Durante los
tres días anteriores, las cámaras de la Falsimedia “encamada” en el Estado Mayor
del ejército norteamericano, ávidas por transmitir el derrumbe de la resistencia
iraquí y la victoria instantánea de las legiones del Imperio, se habían lanzado
alegremente a la caza y captura de imágenes de prisioneros.
Los muertos
Los muertos norteamericanos e ingleses, todos militares profesionales,
hombres o mujeres adultos, están completos. Han muerto en suelo ocupado, con las
armas en la mano, después de matar mucho.
Los muertos iraquíes, civiles pobres o soldados mal armados, en buena parte
mujeres, ancianos y niños, están rotos, incompletos; en algunos casos, como en
el mercadillo de Bagdad, los muertos iraquíes han perdido la integridad personal
de los cuerpos para incorporarse a la solidaridad colectiva de los fragmentos
humanos, sin distinción de edades ni sexos. Mueren en su tierra, muchos bajo los
escombros de sus casas, hechos pedazos. Son los muertos de la campaña “Conmoción
y Pavor” que Rumsfeld y sus militares bautizaron para sintetizarle a Bush el
carácter y el sentido real de las operaciones militares.
Huidos de Basora
En Basora -aseguran los cronistas integrados en el estado mayor civilizado-
los que huyen, ocho días después de iniciada la guerra, lo hacen de las
carencias: alimentos y agua, pero de ninguna manera de las bombas, los
proyectiles y los misiles del ejército angloyanqui. Y eso a pesar de que la
ciudad está siendo bombardeada con ferocidad y sin descanso, y lleva días
envuelta por el humo de las explosiones y los incendios.
Escudos humanos
Los generales-portavoces de los marines –fuente casi exclusiva de información
para muchos medios occidentales- demuestran una y otra vez que han comprendido
-sino mucho mejor, sí con más descaro que la mayor parte de los periodistas de
Falsimedia- cuáles son las normas que rigen este negocio de la Verdad y de la
Opinión Pública.
A pesar de que los edificios oficiales –desde los cuarteles a los
ministerios- están evidentemente vacíos para evitar matanzas inmediatas, y de
que es absolutamente imposible cubrir Bagdad o Basora de fuego sin provocar
cientos o miles de víctimas civiles, cada iraquí muerto –dicen los voceros
pentagonales- es un “escudo humano” utilizado por la Guardia Republicana y los
“fedayines de Sadam Hussein”. Gracias a esa conversión diabólica de cada
“persona cuerpo humano” -incomprensiblemente presente, al parecer, en una ciudad
de cinco millones de habitantes; incomprensiblemente alcanzada y destrozada por
el bombardeo de miles y miles de misiles y bombas de gran potencia que caen día
y noche- en una víctima indeseada para los que disparan y sacrificada por los
disparados, el presidente Bush y su compinche Blair, se liberan de la evidente
cualidad de asesinos masivos y ejercen su papel favorito de cazaforajidos. Y
Aznar, el pequeño y cínico cómplice hispano de los crímenes de lesa humanidad y
de guerra que están asolando Irak, organiza su “contraofensiva moral” y refuerza
la ofensiva represiva.
Errores fatales, daños colaterales
Los casos menos justificables con este “argumento” de los escudos humanos –un
mercado bombardeado, un edificio de viviendas, por ejemplo- son trasladados al
capítulo de los “posibles pero no probables errores humanos”. Serán
“investigados” cuando sean ocupadas Bagdad o Basora. En principio para no crear
huecos informativos en el mosaico de la Verdad se atribuyen al propio fuego de
las milicias iraquíes. Sadam mata a su propio pueblo. Así de fácil.
Cuando todo esto no sirve para mantener la credulidad de los receptores de
información occidentales entonces se puede hablar de “daños colaterales”.
La estrategia de los daños colaterales
La ecuación estratégica era expresada hace unos días, entre líneas y con
lenguaje de guerra colonial, por los medios occidentales. Deslastrada de
simulaciones y de la liturgia de la guerra de los Arcángeles contra el Maligno,
la fórmula es la siguiente: si el pueblo iraquí resiste en las ciudades entonces
será imposible ganar la batalla sin sufrir grandes pérdidas, en consecuencia,
habrá que intensificar y generalizar el fuego contra las ciudades. O legionarios
muertos o ciudades arrasadas.
Aunque parezca de una atrocidad incomparable, esa alternativa estratégica en
relación con la matanza masiva de civiles -que se está resolviendo con masacres
indiscriminadas en las ciudades asediadas y asaltadas como Basora, y que es
admitida como natural por el modelo ético de Falsimedia- no es la peor expresión
de la infamia. En el rincón más oscuro de esta guerra-matanza está la
estrategia operativa de los “daños colaterales” que se desarrolla en las
grandes ciudades, sobre todo en Bagdad.
Los “daños colaterales”, que en la expresión Pentagonal que transmiten los
medios de comunicación se refieren a muertes y efectos destructivos de los
bombardeos, producidos al margen de los deseados, limitados en los daños,
ocasionales, casi excepcionales; son en realidad enormes masacres cada vez más
repetidas. La brutalidad extrema y la frecuencia –creciente hasta llegar a lo
continuo- con que se producen estos daños colaterales tiene una función militar
programada.
El objetivo de los daños colaterales es aterrorizar a la población civil y
desmoralizarla, derrotarla, rendirla, terminar con la resistencia. Al mismo
tiempo representan una presión gigantesca sobre el gobierno y las fuerzas
militares iraquíes a los que le presentan una alternativa insoportable:
genocidio o rendición. Esa es la función estratégica de los daños colaterales
que no son para Bush, Blair, su cómplice menor Aznar, y sus estados mayores,
marginales sino principales, de destrucción material sino de matanza humana
civil, fortuitos sino planeados, ocasionales sino regulados.
Es la estrategia de “dejar sin agua al pez” trasladada desde el campo a las
zonas urbanas, de la población dispersa a la población concentrada, del napalm a
las enormes bombas y a los misiles perforantes.
Cuando empiezan tienen una función de advertencia. Señalan la ausencia de
límites en la ferocidad del ejército del Imperio. Presionan para invitar al
ejército iraquí a rendirse o para forzarle a desarrollar el “combate” elegido
por los EEUU.
Para la estrategia inicial del Pentágono, la gran ventaja operativa del
ejército enviado a Irak es que la propia población civil está muy lejos del
campo de batalla.
El Imperio no puede hacer su guerra
Los valientes soldados del Tío Sam están acostumbrados a colocar coordenadas
de blancos en los sistemas de guiado de los misiles y a abatir siluetas verdes
en los visores de sus helicópteros y carros de combate. Quieren combates
nocturnos en terreno abierto que ellos pueden convertir en una sesiones de
videojuego. Los iraquíes deben combatir al aire libre y en descampado,
concentrando sus unidades y volcándolas en una gran batalla, o encerrados e
inmóviles en los acuartelamientos y bunkers localizados por la CIA o por los
equipos de inspectores.
Pero la guerra va por otros derroteros. En el momento en que escribo estas
líneas el Gran Ejército de los EEUU y el RU se ve obligado a pelear un combate
que no esperaba, contra un pueblo unificado, a lo largo de un enorme eje
longitudinal, sin retaguardia asegurada, con la incapacidad de concentrarse en
Bagdad sino duplica sus efectivos, condicionado a una guerra mucho menos rápida
de lo previsto y con un frente político exterior que puede convertirse en
catastrófico.
En estas condiciones, la guerra directamente dirigida contra una población
civil que ha tenido la osadía de empuñar el fusil o alentar a los combatientes,
en lugar de agitar banderitas norteamericanas recogidas de las manos de los
soldados del V de Caballería, va a alcanzar una dureza extrema.
El papel estratégico de la revuelta contra la guerra
La guerra-matanza, más larga que el fulgurante paseo militar que iba a tener
lugar después de unas primeras salvas terroríficas, coloca en primer plano la
revuelta popular que se está extendiendo y afirmando por el mundo.
La protesta social se ha situado en el escenario global de la guerra cuando
ha alcanzado la perseverancia y la radicalidad que la convierten en algo muy
distinto del mero testimonio de oposición dentro de un marco político
controlado. Todo indica que –como intuyó Saramago- está surgiendo un verdadero y
sorprendente antagonista contra el rápido y brutal despliegue del poder del
Imperio. La movilización social está adquiriendo rápidamente la comprensión del
mundo como el escenario de una explotación feroz, de violencia extrema, cuyos
instrumentos de poder funcionan al amparo de un sistema institucional, político
y cultural que tiene que ser revolucionado. Esta nueva conciencia de que estamos
en una batalla humana que desborda totalmente el escenario electoral vigente es
lo que convierte a la protesta contra la barbarie en un factor estratégico de
primer orden.
El resultado de la guerra de Irak es en estos momentos una cuestión de
resistencias y de tiempos.
Una mano mata, la otra reconstruye
La resistencia empecinada del pueblo iraquí ha desenmascarado los planes
imperiales y ha destrozado toda su campaña de propaganda.
La euforia de primera hora ha mostrado a un Bush que está manejando la guerra
en Irak con dos planes de operaciones. En uno de ellos se detallan y se
actualizan las etapas de destrucción y de matanza que se corresponden con las
distintas alternativas de resistencia y las fases de la guerra. En el otro se
desarrollan los planes paralelos de “reconstrucción” y se asignan los
correspondientes negocios. Con un “pequeño beneficio empresarial” -dicen los
responsables de la administración norteamericana-, las grandes corporaciones
vinculadas directa o indirectamente a los miembros del gobierno se hacen cargo
nada menos que de la administración del puerto de Um Qasr, o del apagado de los
incendios en los pozos y –se dice con letra pequeña- la “reconstrucción de la
infraestructura petrolera”. Todo ello con el primer aporte financiero de 1.700
millones de dólares iraquíes retenidos en los bancos norteamericanos desde
1991.
Nada más expresivo de la naturaleza de esta guerra de Irak y de las sucesivas
guerras que tiene previsto el Imperio que el programa global que componen esos
dos planes de operaciones. La destrucción y el negocio son la misma cosa. Dentro
del negocio se enmascara la más fabulosa transferencia de propiedad que ha
ocurrido en el mundo.
Acción humanitaria y “consenso de futuro”
El tercer elemento que están poniendo en marcha Bush y Blair –con la
colaboración entusiasta y activa del también implicado Aznar-, buscando de nuevo
la complicidad del Consejo de Seguridad de la ONU y la de la UE, es el de un
enorme plan de propaganda con el que contrarrestar las protestas por las
atrocidades de la guerra. También buscan –sobre todo los dos socios europeos-
modificar la acusación precisa y exacta que como genocidas, criminales de guerra
y criminales contra la Humanidad les dirigen cientos de millones de personas en
el mundo.
Blair y Aznar, los compinches europeos de la guerra-matanza tienen todavía
una preocupación adicional, la del riesgo grave en el que están situando a sus
sistemas políticos.
¿Para qué empecinarse en la oposición a la guerra? nos dicen, una y otra vez.
Hay que terminar esto rápidamente y olvidarlo a toda prisa para que no
resquebraje el consenso interno, tan democrático él, y la feliz armonía
internacional de los pueblos civilizados. Con ello nos están sugiriendo que
seamos tolerantes con un incremento de la barbarie de los bombardeos, de las
matanzas colaterales para la desmoralización del pueblo iraquí, y de las
masacres de una guerra lanzada claramente contra la población civil.
Blair y Aznar, que ante las coléricas manifestaciones que revuelven sus
países de punta a punta, no tienen ya muy claro si los perseguirá la gloria o
los requerimientos judiciales del TPI, han propuesto como fórmula para simular
una Europa que ellos han colocado al servicio del Imperio y, sobre todo, para
recuperar la seguridad de un sistema que se resquebraja, el “consenso de
futuro”. Algo así como:
Déjennos matar ahora sin demasiados contratiempos, y no pongamos en riesgo el
fabuloso y lucrativo consenso institucional de los últimos años.
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