Entrar al Amazonas e invadir a Colombia, que era un absurdo hace diez años, forma parte de la agenda internacional de la superpotencia.
El vicepresidente colombiano (Francisco Santos) pidió abiertamente a la comunidad internacional 'un despliegue militar similar al de Irak para su país'. Sin ambages afirmó que 'semejante despliegue para Irak, que apoyamos, nos hace preguntarnos cuándo veremos una acción igual de la comunidad internacional para ayudar a la democracia colombiana'".
En otras palabras, el vicepresidente de Colombia pide que Estados Unidos invada militarmente a Colombia. La tesis no es definitivamente suya (él jamás ha tenido una idea que sea definitivamente suya). Ya antes la habían lanzado y practicado, algunos de sus mayores. Como abogado de las grandes multinacionales, Fernando Londoño, el actual ministro del Interior, vendió al país una y mil veces. Y detrás de él, o antes de él, o junto a él, el presidente, y el embajador de Colombia en Washington y varios validos y funcionarios de un gobierno que, según parece, es enemigo del país que gobierna. Pero ninguno la había sostenido con la claridad con que lo ha hecho ahora el vicepresidente de la República.
Aunque nadie se haya dado cuenta, ya estamos metidos hasta el cuello en la nueva faceta de la hecatombe. En el pasado foro de Davos, Uribe le pidió a Estados Unidos que invadiera militarmente al Amazonas y señaló que para ese país nuestra crisis debería ser prioritaria frente a la de Irak. Esa es otra forma de exponer su peregrina tesis sobre la "regionalización del conflicto".
De ahí que no sean extrañas las declaraciones del general James Hill, jefe del Comando Sur de los Estados Unidos, quien anuncia que las intenciones de su país frente a la zona son por ahora las de internacionalizar el Plan Colombia. Vale decir, con la internacionalización del Plan Colombia se abona el terreno de un asunto que, dado el inminente fracaso en Irak, ya se ve como el sustituto necesario de dos posibles pero cada vez más lejanas confrontaciones: las de Irán y Corea.
Entrar al Amazonas e invadir a Colombia, que era un absurdo hace diez años, forma parte de la agenda internacional de la superpotencia. Pero esa tesis no se expondría con semejante caradura si no se contara con la complicidad de un grupo de apátridas. Es fácil suponer el gesto ambiguo que debe tener el embajador de Colombia cuando deambula por los pasillos del Departamento de Estado. En ellos, según el editorial de El Heraldo (05 / 03 / 03), ya se habla abiertamente de "una intervención estadounidense con fuerzas entrenadas especialmente, armas sofisticadas y aviones de última generación". Porque, añade el editorial, "lo cierto es que la primera potencia militar del planeta se considera agredida por las Farc y no se cruzará de brazos para dejar vía libre a una organización que busca tomarse el poder en un país que es la esquina estratégica de América del Sur y tiene al lado el canal de Panamá".
¿Quién le explicará a los verdaderos terroristas que ese terrorismo de que hablan es aquí el de los humillados y ofendidos, que no tienen educación ni salud ni empleo ni vivienda ni presente ni futuro? En él no cuentan para nada las decisiones de un gobierno que atropella los derechos humanos, que habla de tú a tú con delincuentes comunes, que viola con sus decretos de excepción las garantías individuales, y al que nadie le dice nada porque, sin explicación de ninguna naturaleza, Colombia es cada vez más ciega, más sorda y más muda. A no ser que yo esté equivocado y que ya se haya producido lo que debió producirse, de tal manera que en este mismo momento, en el Congreso curse una demanda por traición a la patria contra nuestros cuatro jinetes del Apocalipsis: Uribe, la guerra; Moreno, la peste; Santos, el hambre; y Londoño, la muerte. Y que en los medios arrodillados y complacientes que hoy pululan en el país, comience a hablarse menos de los orinales en las murallas de Cartagena y más del oficio que, de pronto, tendrán que volver a desempeñar esas murallas.
Articulo leido aproximadamente 1636 veces
|