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8 de marzo, y otra vez se habla de las mujeres, del genero, de la igualdad, y de porque Acosta Carles osó eructar en cámara (y enfrente de tantas damas).
Y el genero, ese genero que no significa sexo, que no es un sinónimo ni un símil de mujer, y que es en cambio una construcción socio-histórica decretada por una sociedad patriarcal, que admite el poder solo en manos del hombre y a la mujer la considera como elemento secundario de características accesorias.
Reiteradamente se intenta abreviar el tema, limitándolo a los contrastes sexuales entre hombres y mujeres, no aceptando que estas diferencias son parte integral de la condición de ser sexuados, que estas oposiciones son las que nos convierten en compatibles, objetando la posibilidad de reconocer las diferencias entre los sexos y la extraordinaria diversidad humana. Yo creo que esa visión del problema del genero tiene un objetivo subyacente muy peligroso. El problema reside en estas se convierten en divisiones dicotómicas, que según el DRAE se definen como un método de clasificación en que las divisiones y subdivisiones solo tienen dos partes, diferencias que esgrimen luego para justificar las desigualdades de genero que definen a los caballeros y a las damas según lo determinado y deseable como adecuado a lo masculino y a lo femenino, es decir, lo que a ellos les parece que esta de moda, todo funcionando bajo una premisa única: constituir, prolongar, e, incluso, justificar, esta estructura social tiránica y explotadora. El problema, según como yo lo veo, es que se trata de un látigo social de relaciones de opresión que descompone y degrada las diferencias sexuales y las transforma en controversia entre los sexos y en desigualdades y diferencias sociales, en un desequilibrio genérico, conduciendo ineludiblemente, tanto al hombre como a la mujer, a un escenario de control y de dominación del hombre sobre la mujer, a relaciones intimidantes y anómalas de poder, y a su vez esta lógica se ejecuta como un “modelo de explotación simbólica de las diferencias bajo ciertas condiciones sociales e históricas” Lagarde, M (1993), que son las que mantienen, reproducen y legitiman las contradicciones sociales y de poder.
Ante esto no sorprende que en la actual situación del país existan tantas mujeres incapaces de reconocerse a sí mismas como sujetos de derecho, y en cambio se reconocen, conscientes o no, como objetos de lujo.
No sorprende tampoco la absurda legitimación de una televisión que oprime y explota a la mujer como elemento decorativo -cuyo valor se ve reforzado en proporción directa con la cantidad de silicón que esté presente en su pecho-, por jovencitas histéricas que creen que la mayor demostración de libertad femenina es mostrar media nalga en pantalla al mediodía. En días pasados mientras era discutida la tan necesaria ley de contenidos, muchas actrices, (y de las malas, y me disculpan) gritaron a voz en pecho expandido que si esta dictadura les quitaba sus canales, ellas tomarían acciones extremas(¿¿¿???),
Eso supongo implica, como medida extrema ¡¡¿LEERSE LA LEY?!!!!.
Indudablemente seria un excelente comienzo para ellas.
Mientras tanto se ignora estoicamente la manera como se cimientan las diferencias sociales en función del sexo. Pero ¿cual sexo?. Hace poco tuve que ver la insoportable declaración de una joven que labora como actriz “sexy” en un vulgarísimo programa cómico de televisión, allí ella le suplicaba “ al señor Chávez que no se meta con los medios, porque yo sali de la miseria gracias a este canal, gracias a todo el apoyo que me dieron los ejecutivos de esta planta ”. Tal vez yo sea medio necia, pero, ¿Cuál apoyo?, ¿Donarle unas tetas a cambio de quien sabe que?, ¿Utilizándola como carne de almuerzo?, y ¿De cual miseria escapo?, ¿De la física?, ¿Para llegar de primera a la miseria espiritual?.
Mientras, sigue girando el aguaducho, la vida persiste (a pesar de muchos), y la dialéctica continua impulsando con su fastidiosa contradicción a la historia de fucho.
Moraleja: Corran todas a por sus tetas.
solentiname79@yahoo.es
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