Los opositores acusaron al Presidente de pretender “politizar” la empresa
petrolera que alimenta al país. Para evitarlo, ellos la politizaron. Dijeron que
si esperaban hasta agosto, Venezuela sería un desastre económico. Así que lo
anticiparon. En la antesala de una crisis de proporciones mayores, no paran los
golpes entre la oposición y el gobierno. Militar al fin, Hugo Chávez gusta
moverse en escenarios de guerra. Y ahí, contra muchos pronósticos, lleva la
delantera
TU Y YO VAMOS A ACABAR MATANDONOS. Eso le dijo, cuentan, el
presidente Hugo Chávez a su otrora apoyador y desde hace ya tiempo archienemigo
Gustavo Cisneros, la segunda fortuna latinoamericana detrás de Carlos Slim.
Chávez y Cisneros se encontraron, en la exclusiva colonia Country Club de
Caracas, unas semanas después del fallido golpe de Estado de abril de 2002. Ya
para entonces –gracias a la prensa extranjera, y sólo por ella, como sucede con
muchas cosas importantes para los venezolanos– habían corrido las versiones de
que Cisneros participó en el complot golpista, cosa que el empresario ha negado
una y otra vez, hasta llevar el asunto a los tribunales.
En los sectores más radicales del chavismo, los que piden “mano dura” al
Presidente, todavía se reprocha al teniente coronel la “tibieza” con la que
actuó con los golpistas de abril. Hay la convicción de que, apenas perdonados,
comenzaron a tramar otras maneras de tumbar a Chávez, lo que condujo al paro de
dos meses y es factor esencial para que Venezuela esté, además de polarizada al
extremo, al borde de la ruina económica.
Con todo, esta semana asomó una lucecita en el camino. La mesa de
negociaciones entre el gobierno y la oposición llegó a su primer acuerdo tras
102 días de instalada: un compromiso de no violencia, etcétera.
Pero el coctel venezolano volvió a mostrar por qué no es fácil de digerir. El
mismo día de la firma, miércoles, Venezuela amaneció con cinco cadáveres más:
tres militares que se habían declarado en rebeldía contra el gobierno, una mujer
que los acompañaba y un simpatizante del presidente Chávez asesinado en un
confuso enfrentamiento a las afueras de un hospital. En el caso de los
militares, las primeras investigaciones apuntan a un “crimen pasional”, pero,
como están las cosas en Venezuela, pocos, al menos en la oposición, quieren
creer esa hipótesis.
Para completar el cuadro, la madrugada del jueves asomó la “mano dura” que
tanto piden al presidente de Venezuela los mismos que pintan en las paredes
“Chávez forever” (aunque, en estricto sentido, Chávez sólo ha manifestado
interés en seguir en el poder hasta el año 2021, cuando se conmemora el
bicentenario de una emblemática batalla independentista).
La madrugada del jueves, decía, elementos de la policía política (DISIP)
detuvieron a uno de los principales líderes del paro que buscó tumbar al
presidente Chávez. Carlos Fernández, cabeza de la empresarial Fedecámaras, fue
aprehendido cuando salía del restaurante Punta Grill, en el este de Caracas. Una
semanas atrás, Fernández había sido citado ante las autoridades para declarar en
las investigaciones abiertas en torno a su presunta participación en el
“sabotaje” a Petróleos de Venezuela (Pdvsa) y sus llamados a no pagar impuestos
a “la robolución”, como llaman los opositores a las “revolución
bolivariana” del chavismo.
Fernández sería el primero de una lista de 25 dirigentes opositores que,
según Alfredo Ramos, dirigente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela
(CTV), serían aprehendidos. La lista incluye a las otras dos caras públicas del
“comité de conflicto” que dirigió el paro de 63 días: el dirigente sindical
Carlos Ortega y el líder de Gente del Petróleo, Juan Fernández.
El moderado optimismo tras la firma del primer acuerdo no duró ni un suspiro.
La oposición anunció la posibilidad de un nuevo paro –aunque sólo de 12 o 24
horas– y convocó de inmediato a salir a las calles. Manuel Cova, secretario
general de la CTV, informó que Carlos Ortega pasó a la clandestinidad “porque no
podemos permitir que lo humille este gobierno”.
La tarde del jueves, la oposición volvió a salir a las calles y anunció que
estudiaba la posibilidad de un paro de 12 o 24 horas, en protesta por la
detención del empresario acusado, como los demás, de “rebelión civil, traición a
la patria, instigación a delinquir, agavillamiento y devastación”.
“Rechazamos la intemperancia verbal, las recriminaciones mutuas, el lenguaje
hiriente y cualquier retórica que contribuya o estimule la confrontación”, dice
el punto uno de la declaración firmada por gobierno y oposición unas horas antes
de la detención.
A tono con lo suscrito, los dirigentes de oposición se lanzaron duro tras la
detención de Fernández. Timoteo Zambrano, líder de Acción Democrática (AD), dijo
que se trataba de un “secuestro” perpetrado por el gobierno. El abogado Tulio
Alvarez vio un “síntoma de las desapariciones que se han producido en regímenes
dictatoriales de América Latina”. Rafael Marín, también de AD, responsabilizó a
Chávez y al “Estado forajido”. Las televisoras privadas volvieron a encadenarse
en la práctica para transmitir sólo la versión de los opositores.
La madrugada del jueves, decía, elementos de la policía política (DISIP)
detuvieron a uno de los principales líderes del paro que buscó tumbar al
presidente Chávez. Carlos Fernández, cabeza de la empresarial Fedecámaras, fue
aprehendido cuando salía del restaurante Punta Grill, en el este de Caracas. Una
semanas atrás, Fernández había sido citado ante las autoridades para declarar en
las investigaciones abiertas en torno a su presunta participación en el
“sabotaje” a Petróleos de Venezuela (Pdvsa) y sus llamados a no pagar impuestos
a “la robolución”, como llaman los opositores a las “revolución
bolivariana” del chavismo.
Fernández sería el primero de una lista de 25 dirigentes opositores que,
según Alfredo Ramos, dirigente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela
(CTV), serían aprehendidos. La lista incluye a las otras dos caras públicas del
“comité de conflicto” que dirigió el paro de 63 días: el dirigente sindical
Carlos Ortega y el líder de Gente del Petróleo, Juan Fernández.
El moderado optimismo tras la firma del primer acuerdo no duró ni un suspiro.
La oposición anunció la posibilidad de un nuevo paro –aunque sólo de 12 o 24
horas– y convocó de inmediato a salir a las calles. Manuel Cova, secretario
general de la CTV, informó que Carlos Ortega pasó a la clandestinidad “porque no
podemos permitir que lo humille este gobierno”.
La tarde del jueves, la oposición volvió a salir a las calles y anunció que
estudiaba la posibilidad de un paro de 12 o 24 horas, en protesta por la
detención del empresario acusado, como los demás, de “rebelión civil, traición a
la patria, instigación a delinquir, agavillamiento y devastación”.
“Rechazamos la intemperancia verbal, las recriminaciones mutuas, el lenguaje
hiriente y cualquier retórica que contribuya o estimule la confrontación”, dice
el punto uno de la declaración firmada por gobierno y oposición unas horas antes
de la detención.
A tono con lo suscrito, los dirigentes de oposición se lanzaron duro tras la
detención de Fernández. Timoteo Zambrano, líder de Acción Democrática (AD), dijo
que se trataba de un “secuestro” perpetrado por el gobierno. El abogado Tulio
Alvarez vio un “síntoma de las desapariciones que se han producido en regímenes
dictatoriales de América Latina”. Rafael Marín, también de AD, responsabilizó a
Chávez y al “Estado forajido”. Las televisoras privadas volvieron a encadenarse
en la práctica para transmitir sólo la versión de los opositores.
El presidente Chávez, claro, hizo lo suyo. Unos días antes había asegurado
que “la mayoría de los jueces están vendidos”, pero eso no impidió que celebrara
que todavía haya algunos “con coraje” y sin miedo a proceder contra “un
golpista, un terrorista, un asesino”. En un acto público, Chávez dijo que “esa
gente tenía que estar presa desde hace tiempo”. Y también informó que supo la
noticia la misma madrugada del jueves y que, para celebrarlo, se tomó un jugo de
lechosa (papaya): “Me acosté con una sonrisota”.
El punto uno del acuerdo viento en popa.
Viruta, Capulina y la
otra oposición
¿Quiénes son los líderes cuya detención manda a Chávez a la cama con una
sonrisota?
A lo largo de los 63 días de paro, todas las tardes –en punto de las seis, o
después si las televisoras mandaban otra cosa– el “comité de conflicto” de la
Coordinadora Democrática daba una conferencia de prensa. El primero en tomar el
micrófono era el líder sindical Carlos Ortega, un hombrón de ademanes y voz
ruda, líder petrolero, adeco de toda la vida (por su militancia en Acción
Democrática, partido que, con la Comisión de Organización Electoral
Independiente –Copei–, se alternó en el poder más de 40 años). A Ortega
correspondía el honor de leer el comunicado oficial de la coordinadora y dar el
banderazo de salida a las diatribas del día contra el Presidente. “Señor Chávez,
usted no es más que un triste accidente en la historia de Venezuela, usted es un
pobre hombre”, decía, cuando estaba suavecito.
Jacqueline Richter, una experimentada abogada laboral, mujer de izquierda,
está plenamente en el antichavismo (“con otro gobierno yo puedo ser oposición,
con este no puedo”). A ella se le pregunta si, como dicen algunos en Venezuela,
Ortega es una suerte de Lech Wallesa criollo: “En el sentido de que es tan
reaccionario como Wallesa, tiene un discurso católico romano, casi Opus
Dei, un discurso desesperado sobre la libertad política sin ninguna
referencia al problema de la igualdad. Y posiciones muy cercanas a los intereses
patronales. Pero las circunstancias lo pusieron a encabezar esta batalla”.
Ortega, según algunos de sus propios compañeros de la CTV, era un cadáver
político hasta que una mala jugada del gobierno de Chávez, que pretendió tocar
conquistas históricas de los trabajadores petroleros, lo revivió.
“Era un dirigente de Fedepetrol (que agrupa a varios sindicatos petroleros),
un líder del montón. ¿Quién lo hace interlocutor del Departamento de Estado de
Estados Unidos? Lo hace Chávez”, dice Alejandro Armas, uno de los más
experimentados líderes de la oposición partidista, quien acompañó, con Luis
Miquelena, el proyecto chavista durante un buen trecho.
Y de interlocutor del Departamento de Estado ha pasado al clandestinaje.
La segunda voz de las conferencias de prensa era el detenido Carlos
Fernández, líder de la empresarial Fedecámaras, la organización que presidía
Pedro Carmona, el Presidente por unas horas tras el golpe de abril.
Enemigo mortal de la sintaxis y las ideas, Fernández es un dirigente
empresarial de bajo perfil, a quien las circunstancias llevaron a máximo
dirigente opositor.
Globovisión, el canal de noticias de la televisión privada venezolana, quiere
demostrar el carácter autoritario de Chávez al llevar la cuenta de las cadenas
televisivas impuestas por el Presidente: 38 en los primeros 47 días del año,
contaba a mediados de esta semana. De éstas, 24 han sido de Hugo Chávez y el
resto de miembros de su gabinete.
Las 63 cadenas opositoras de los días del paro muestran la otra cara de la
moneda. Sesenta y tres días viendo y oyendo a los Carlos, Ortega y Fernández,
llegaron a hartar a más de uno.
En pleno paro, el escritor Ibsen Martínez resumía el ánimo de muchos
opositores respecto de sus dirigentes: “En los ocho meses que fueron de abril a
diciembre, y desde un impenetrable cogollo, estos duros han confiscado ya dos
veces (en abril y diciembre) los formidables avances de la sociedad civil
organizada en su lucha por la democracia”.
Para hablar de los dos Carlos, Martínez usaba estos paralelos: “Abbott y
Costello; Dean Martin y Jerry Lewis. En nuestra esfera lingüística tuvimos a Tin
Tan y Marcelo; Viruta y Capulina, Manolín y Chilinsky, Kiko y Beto… Gracias a un
involuntario refinamiento de la fórmula, Ortega y Fernández se las apañaron para
alternarse en los roles, de modo tal que, en muchas ocasiones, no sabía uno qué
esperar de ellos pues no estaba claro quién era el serio y quién era el cómico”.
Y ahora, para colmo, serán héroes en la cárcel.
Más allá de sus habilidades histriónicas, Ortega y Fernández representan lo
que el presidente Chávez llama “la oposición golpista”, para diferenciarla de
una que nombra “oposición democrática”.
En la mesa de negociación con el gobierno participan seis opositores. Con una
excepción, el sindicalista Manuel Cova, ninguno forma parte de las
organizaciones o sectores que son los factores reales de poder del abanico
antichavista. Cinco son líderes partidistas o de ONG. Es decir, para el gobierno
no hubieran sido aceptables en la mesa representantes empresariales, de los
petroleros o de los poderosos medios de comunicación (la “oposición golpista” de
Chávez).
Fueron los empresarios (Cisneros a la cabeza), los ejecutivos petroleros y
los dueños de las televisoras, quienes convirtieron un paro de 72 horas en uno
de 63 días, quienes toman las decisiones importantes. La Coordinadora
Democrática en su conjunto es más bien una suerte de mecanismo de compensación
para los partidos, las ONG, los movimientos que forman el amplio abanico
opositor.
Ninguna de esas fuerzas pudo, aunque lo intentaron, evitar que el paro se
convirtiera en indefinido, pese a que había sido convocado para tres días.
La tarde, cuando se anunciaría el fin del paro, los petroleros se sumaron y
hubo violencia en una manifestación
La mañana del 4 de diciembre de 2002, en una reunión de la Coordinadora
Democrática se ratificó el acuerdo de levantar el paro a las seis de la tarde.
Pero se incorporaron los petroleros y hubo violencia en una manifestación.
Carlos Ortega dijo que él no anunciaría el levantamiento. Y el paro siguió.
Finalizado el paro –una derrota para la oposición pues sus líderes afirmaban
que Chávez no aguantaba una semana de huelga petrolera–, crecieron las voces en
la oposición sobre la necesidad de una renovación de la dirigencia. Con las
detenciones, Chávez puede estar allanando el camino y la guerra interna en la
oposición podría agudizarse.
Varias veces, Chávez ha llamado a los partidos a ponerse al frente de la
oposición: “Paren a los fascistas”, dice.
La paloma y la serpiente
Aló, presidente Chávez. Todos los domingos, a una hora que sólo él
decide, el presidente habla a Venezuela en un programa que puede durar dos o
siete horas. El actor central es él, y muchas veces nadie más aparece en la
pantalla, aunque siempre hay público, el gabinete para empezar.
En un Aló de los días del paro, el Presidente, buen orador, dotado de
una capacidad histriónica digna de sus enemigos de los medios de comunicación
privados, elogia largamente a los “gerentes patriotas” que tratan de arrancar
las refinerías y de normalizar todas las operaciones de Pdvsa. Luego muestra
imágenes de la violencia de esos días, sugiere que los asesinos son miembros de
la Policía Metropolitana y jura que “esto no va a continuar, estoy comprometido
con mi vida”.
Es entonces cuando el presidente Chávez alza con una mano un libro biográfico
de Martin Luther King –“mártir de nosotros los negros”, dice–, y con la otra un
pequeño crucifijo (la mayor parte de las veces, el libro en su mano es la
edición de bolsillo de la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela).
Dice Chávez: “Hablaba Martín Luther King de Jesús, el Rey de los pueblos, el
Señor de Venezuela, Jesús, mi comandante. Jesús el de Belén, Jesús el de
Nazareth, Jesús el de la cruz, Jesús el resucitado, Jesús el redentor. Martín
Luther King era un cristiano. Cada día amamos más a Cristo y cada día, déjenme
decirles, yo entiendo más a Cristo, su pasión, su amor. Cada día soy más
cristiano y alabo a mi Señor, a mi Comandante en Jefe”.
Cita el Presidente al líder de movimiento de los derechos civiles: “Sed pues
astutos como las serpientes pero candorosos como las palomas”. Y luego explica
el sentido de la cita. Termina: “Y yo digo hoy, parodiando al gran mártir:
Nosotros venezolanos, nosotros bolivarianos, nosotros revolucionarios, si
queremos patria para nuestros hijos hemos de unir la fortaleza del espíritu y la
ternura del corazón”.
¿En cuál de los dos, la paloma o la serpiente, pensaría Chávez cuando
pronunció su discurso de Porto Alegre? A fines de enero, el presidente de
Venezuela habló así al público solidario con la “revolución bolivariana”:
“Ahora, si las oligarquías del continente no entienden que los cambios son
inevitables y que mejor es que lo hagamos en paz, pues de la fuerza telúrica de
este continente comenzarían a brotar, como dijo alguna vez Ernesto Guevara, ‘los
gritos de combates y las ráfagas de ametralladoras’”.
La ovación fue atronadora.
El amigo de las
dificultades
En una de sus larguísimas alocuciones durante el paro, el presidente Chávez
se definió como un hombre hecho para las dificultades, acaso con razón.
El golpe de abril de 2002 le dio la posibilidad de purgar a las fuerz as
armadas y establecer un control tan fuerte que todos los llamados, velados y
abiertos, de sectores de la oposición para que los militares entraran al
escenario cayeron en el vacío, salvo por el llamado grupo de “oficiales de
Altamira” (llamados así porque llevan meses en un plantón en la plaza de ese
nombre), que terminó convertido en un patético espectáculo y le regaló a Chávez
la posibilidad de seguir llamando “golpista” a toda la oposición.
Gracias a la nueva “dificultad”, el paro, Chávez ha tomado las riendas de la
estratégica Pdvsa, y más: con los controles de cambios y de precios tiene ahora
otra poderosa arma.
Y ahora viene la ofensiva penal que, si bien corresponde al Poder Judicial,
es vista por la oposición como una maniobra del Presidente para echar leña a la
hoguera siempre que las flamas se hacían más pequeñas.
Chávez terminó fortalecido. Es improbable, salvo que suceda una nueva
sacudida mayor que el paro, que haya elecciones este año. En la mesa, el
gobierno alargará las negociaciones, volverá loco a César Gaviria y a los
administradores del hotel Meliá que ya no quieren la sede de las pláticas en sus
suites.
En gran medida, el fortalecimiento de Chávez se debe no a sus aciertos, sino
a los errores de sus adversarios. El sociólogo Tulio Hernández escribe que “la
mejor manera de ganarle la guerra a Chávez es no permitir que la haga”. Pero
esa, que ya debería ser una lección aprendida por los opositores, nomás no está
en el disco duro de la Coordinadora Democrática. La batalla interna en la
oposición se libra como si ya hubieran derrotado a Chávez.
uuu
Nayermi González y Luis Fermín López se casaron el 10 de diciembre, en pleno
“paro cívico nacional” –o “cínico”, dicen los chavistas–. Sus amigos les
sugirieron que transmitieran la boda por televisión. “Para que la gente vea que
sí se puede”, soltaron entre risas. Nayermi es chavista. Su marido antichavista.
“Teníamos seis años de novios y la política no nos iba a dividir”, dice ella.
Nayermi asiste regularmente a las reuniones del Círculo Bolivariano de
Paracoto, a las afueras de Caracas, y se pone furiosa cuando mira las pintas en
su pueblo: “Un ser chavista es un ser sin estudios”. Su flamante esposo le
aguanta los corajes.
Nayermi y Luis Fermín son una rareza. Porque, como se dijo al principio, a
los protagonistas de esta historia no les interesa vivir felices para siempre.