I.
La discusión sobre la libertad de expresión ha tenido tradicionalmente
dos vertientes; en una se resalta su importancia como institución garante
de la libertad y de la democracia, en función del pretendido carácter
de los medios de comunicación como herramientas fundamentales para garantizar
la continuidad de un régimen de libertades. La otra, más crítica,
observa con preocupación los avances del cuarto poder y su creciente
capacidad de editar la noticia, la historia, la realidad, a partir de visiones
e intereses particulares, para tener incidencia no sólo sobre la opinión
pública, sino sobre el curso de los acontecimientos. En Venezuela, con
las tendencias informativas de las semanas anteriores al reciente golpe de estado,
la cobertura manipuladora de los días previos, el operativo desinformativo
del enfrentamiento del 11 de abril y la supuesta renuncia del Presidente constitucional,
así como el dramático fenómeno de autocensura durante la
efímera dictadura que se instauró inmediatamente después,
la discusión sobre la relación de los medios de comunicación
con la política, así como las consecuencias que el ejercicio de
la libre expresión puede tener sobre el conjunto de libertades, toman
los visos más agudos y significativos.
Es innegable el hecho de que, en los últimos dos siglos, la labor de
la prensa crítica e independiente fue fundamental en las luchas por la
democracia, contra el racismo, el autoritarismo y otras manifestaciones de la
intolerancia de unos sobre otros. A partir de esa trayectoria ejemplar, que
- al igual que en el resto de fenómenos de transacción social
- no es extensible al conjunto de entidades e individuos que forman parte de
su historia, se ha construido el discurso legitimador de la comunicación
social de masas como condición para la vigencia del régimen democrático;
como se ha construido a su vez la institución de la libertad de expresión
como garantía jurídica frente al carácter eventualmente
autoritario del poder público.
Sin embargo, resulta obvio que el carácter de los medios en general
y de la prensa en particular es variable, habiendo sufrido importantes mutaciones
desde que la comunicación se ha vuelto una industria - y además,
una industria de la imagen. Por eso, lo que los medios defienden cuando construyen
ese discurso legitimador sobre la libertad de expresión - que en definitiva
refleja lo que ellos dicen sobre sí mismos, en base al cúmulo
de intereses que defienden -, no puede asumirse como un todo homogéneo
y legitimador de la práctica comunicacional per se. La actividad de comunicación
social refleja en la presentación de la noticia, determinada su línea
editorial, los intereses políticos que confluyen en el medio: ello la
convierte en todo caso en una actividad política - tanto si defiende
la democracia como si atenta contra ella.
La prensa en específico adquirió carácter masivo en la
medida en que devino documento gráfico, lo que permitió que la
información vertida girara alrededor de imágenes rotundas y de
una labor de diseño directamente relacionada con lo que se quiere transmitir.
Ya en la televisión, el portavoz instantáneo de la realidad, se
ve clara la importancia y alcance de la comunicación centrada en la imagen,
así como la centralidad que en el mensaje se le otorga a la velocidad
con que se transmite la información visual y textual. En principio, es
claro para todos los críticos: ante la unidireccionalidad del mensaje
emitido desde un centro de interpretación y divulgación de la
noticia - el medio - el ojo y el oído del espectador se ven continuamente
bombardeados por una avalancha de instantáneas, de imágenes y
sugestiones que una vez recibidas no pueden ser devueltas, solo procesadas desde
el bagaje crítico subjetivo y a su tiempo progresivamente olvidadas.
En realidad, el funcionamiento de la comunicación mediática no
tiene carácter democrático, aunque el medio se esfuerce en presentar
una pluralidad de posiciones políticas. El ejercicio editorial de definir
contenidos, orientación de la información y presentación,
significan de hecho un ejercicio de censura de superación imposible:
la democracia se ve condicionada por el criterio de un equipo - el equipo editorial
del medio - que determina la apertura real de la tribuna mediática, criterio
sobre el que las mayorías no tienen mayor capacidad de incidir. A su
vez, el flujo de la información retrata el rostro de la realidad que
se nos presenta de manera veloz, y sin que los espectadores tengan recursos
para comunicarse transversalmente entre ellos y poder así tener mayor
incidencia sobre la cobertura que en instantes recorre el mundo, para cosificar
una versión de los hechos. ¿Qué es lo que pasa?, ¿dónde?,
¿cual es la verdad?, son preguntas planteadas y contestadas casi instantáneamente
en una dimensión ajena a la de los espectadores y aún a la de
los propios acontecimientos - en ocasiones extremas, ajena incluso al supuesto
escenario donde se desarrollan.
II.
Hasta qué punto se puede separar el acontecimiento mediático
del real, a través del ejercicio de la comunicación social en
"libre expresión", es algo que no solo hemos experimentado
en Venezuela. Ya el Ciudadano Kane nos desnudó con magistral ojo crítico
la perversión mediática que para entonces contaba con tantos siglos
como la escritura misma. En hechos históricos recientes, se denunció
cómo los medios en Serbia ocultaron largo rato el sitio de Sarajevo;
la complicidad de la prensa Peruana con el Fujimorato es así mismo bien
conocida; los operativos mediático bélicos de la década
de los 90 nos impactaron con sus dispositivos de aniquilación y las verdades
de los acontecimientos creadas en el laboratorio político de la CNN.
Pero tal vez fue con la operación bélico-mediática llamada
Guerra del Golfo, o acaso en la Italia de Berlusconi, donde se atisba más
claramente las consecuencias del maridaje del poder de la imagen con el interés
político de quienes tienen el dominio del medio.
¿Qué tan libre es una sociedad donde la clase gobernante y la
tecnocracia controlan o se asocian con los medios de producción de opinión
pública? Estamos en un mundo donde la realidad es editada y presentada
con criterios casi idénticos a los de los videos y notas de prensa; donde
no tenemos la certidumbre de que lo que se muestra es lo que pasa y si lo que
pasa se transmite. Acontecimientos fundamentales pueden ser editados de la historia,
y la presentación de la secuencia de lo ocurrido responde a un interés
o un cálculo que ciertamente es parcial, beligerante como el de cualquier
actor político. Han ocurrido genocidios que nadie ha reseñado,
como en Kurdistán; otros, como en Palestina, son justificados en vivo
y directo, a través de una toma de partida de los medios que nos da escalofríos,
pero ante la cual pareciera que no podemos más que plegarnos: la libertad
de expresión está "en juego", como lo está -
nos dicen - el régimen de libertades con el que debemos identificarnos.
Nos quedan los medios alternativos, el análisis crítico, las protestas
en la calle, prontamente criminalizadas desde los foros públicos de laureados
analistas, que defienden los valores de la calma social como epíteto
de la sumisión a los valores dominantes y las políticas de sometimiento
de sus principales hacedores.
III.
Ante la industria de la información y la imagen, el colosal poder político
que han acumulado sus actores a través de los monopolios mediáticos
y el cúmulo de alianzas y relaciones de poder que los permiten, la temática
de la regulación ya no se ciñe al tema de la censura. Analizar
el problema de la libertad de expresión en términos de censura,
represión o persecución, es reemplazar con viejos tópicos
el análisis de las relaciones de poder y las desigualdades en sociedades
como la nuestra. Es hora de decirlo con claridad: en Venezuela, sin el papel
activo de los medios de comunicación en el desencadenamiento y maquillaje
criminal de los hechos, no habría tenido lugar el golpe de estado del
11 de abril. La labor sostenida en los últimos meses de todas las televisoras
privadas, así como de múltiples medios radiales e impresos, fue
determinante para proyectar una imagen lamentable y tergiversada del gobierno,
mostrándolo ilegitimo, autoritario, violento, mientras los analistas
denunciantes - voces de la sociedad plural, decían - se convertían
en conspiradores que maniobraban cómodamente desde los estudios, gracias
a la efectiva vigencia de las libertades públicas supuestamente conculcadas.
Auténtica plataforma de maniobra de la campaña de desestabilización
y, posteriormente, de la conspiración, los canales de televisión
y diversos medios impresos y radiales resultaron ser la fábrica ideal
de la palestra de los dirigentes y agitadores del golpe y de las jornadas de
calle que le precedieron.
La positividad del funcionamiento de mecanismos como este, que se activa ante
la progresiva pérdida de poder político de los factores tradicionales
del poder económico, y la alianza explícita que se genera entre
sus representantes duros y sus medios "democráticos", se escapa
a todos los que suponen que la censura de la información es mas importante
que la edición o presentación del acontecimiento; a todos los
que piensan que existe un actor que informa y que el peligro reside exclusivamente
en el que en nombre del poder público pretenda censurar la información.
Si en Venezuela no se hubiese revertido el golpe de estado, ya sería
una verdad histórica incuestionable que las hordas chavistas asesinaron
a los manifestantes de la oposición. Los mecanismos de una maniobra que
convirtió un enfrentamiento callejero provocado por actores de la conspiración
en una agresión unilateral y una masacre del "oficialismo"
están por revelarse; en todo caso, nadie duda de que son elementos nodales
de la estrategia que permitió el éxito en principio de la operación
golpista.
Por si hubiera dudas, baste mencionar el carácter repetitivo de la supuesta
renuncia del Presidente, que los informativos televisivos anunciaban desde horas
de la noche; o el titular de una edición especial de ese mismo día
del diario El Nacional, que titulaba en primera plana a seis columnas "La
batalla final es en Miraflores" - en claro delito de instigación
al enfrentamiento. Otro ejemplo es el suplemento Siete Días de este diario,
el cual sale los domingos con cobertura de la semana y se elabora con antelación
a su salida; el número del domingo día 14 de abril - frustrado
tercer día de la "liberación" burguesa - estaba editado
en torno a una Venezuela sin Chávez, en ejercicio no de edición
de la realidad, sino del mismísimo futuro (denuncia de Aristóbulo
Isturiz, Ministro de Educación y uno de los principales líderes
de la revolución democrática de Hugo Chávez). También
podemos referirnos a la ausencia total de periódicos de circulación
nacional durante ese domingo de retoma democrática, a excepción
del vespertino Ultimas Noticias - ¿qué escondieron los diarios?
Imagínamos que entre otras cosas, y al igual que en la edición
del sábado, un nuevo desfile de panegíricos sociales al gobierno
de "unidad nacional", y nuevos ejercicios de enterramiento de las
caras disonantes de la noticia.
Esta maniobra de infamia mediática tiene su continuidad con la línea
asumida después del derrumbe fulgurante de la dictadura burguesa más
esperpéntica de la historia: la maniobra actual que pretende editar de
la historia del país el hecho de que una población indignada salió
a la calle masivamente a reclamar la restitución de la democracia, en
todos los barrios populares de numerosas ciudades del país, en una reedición
de los episodios más heróicos del movimiento popular a escala
mundial: así como salieron a interpelar a la tropa en Miraflores, Fuerte
Tiuna, Maracay, aliándose con ella, y haciendo posible la vuelta del
Presidente legítimo de la República al poder. Asistimos en directo
a la negación sistemática de ese acontecimiento, a su presentación
como un supuesto conciliábulo de 4 generales, en consonancia con la línea
dura de la mediática conservadora que niega en todo momento la legitimidad
del Presidente.
No se pretende en absoluto desconocer la existencia de un amplio sector de
la población que siente afectados sus intereses por las políticas
gubernamentales. No es este el espacio para analizar las posibles casas que
llevan al éxito de una operación de descrédito intencionada
y planificada. Sin embargo, ese ejercicio persistente de negación de
la legitimidad del gobierno no es lo determinante. Se trata de negar la existencia
de una base social de apoyo masivo al proceso político abierto en 1999.
Negar que todos aquellos que votaron, se organizaron y se movilizaron por Chávez,
existen y participan y tienen voz y voto y el coraje de tomar las calles en
medio de la salvaje represión de la dictadura. Que son fundamentalmente
los que apoyan al gobierno quienes efectivamente salieron en defensa de los
valores democráticos, mientras quienes desde la tribuna exclusiva de
la sociedad civil mediática y de oposición vienen reclamando en
torno a la democracia se encargaban de elevar loas a quienes atentaban criminalmente
contra ella.
Más aún, este ejercicio mediático no apunta tanto a negar
la masiva base social del proyecto de gobierno, sino a asegurar que la base
popular del chavismo está compuesta por delincuentes y mercenarios. Poner
en evidencia la premisa de este discurso significa el desenmascaramiento definitivo
del carácter totalmente antidemocrática e intolerante de la línea
editorial que hoy impera en la comunicación de masas en Venezuela: la
negación y la descalificación del otro como marginal y antisocial,
la operación mediática sistemática de rebajar su condición
recién adquirida de ciudadano a la de delincuente - para devolverlo a
donde la democracia excluyente le retenía, en el ejercicio tutelado y
autoritario de derechos de asistencia como medio legitimador del sometimiento
de sus derechos políticos. Al fin, eso es lo que les delata: el delincuente
también participa en democracia, el delincuente también edita
y emite noticias amparado en su poder económico y en el manipulable y
tramposo discurso de la libertad de expresión como institución
"sacrosanta" - palabra que adjetivaba el derecho en la mancheta de
texto que el conjunto de canales privados utilizaron para intervenir la señal
de la cadena presidencial, en momentos en que se precipataban los acontecimientos
el día 11 de abril, tal cual previamente planificado por los conspiradores.
Así, de las referencias sistemáticas en la prensa según
las cuales los participantes en las marchas progubernamentales son movilizados
por dinero y una maquinaria clientelar, y obnubiladas por un fenómeno
hipnótico que tachan de fascismo - cuando es precisamente ese el germen
que siembran los factotum opositores con sus mensajes de exclusión y
mercado libre de pobres - se pasó a la negación de la existencia
de sectores enteros de la población. Según algunos analistas políticos,
no existe el campesinado ni la población rural; según algunos
historiadores, la presencia de los pueblos indígenas consiste en un par
de palabras dejadas por tribus extintas; según los periodistas mimados
de las televisoras, el hojalatero que cruza la autopista y el buhonero que "afea"
las calles no sólo no cumplen condiciones para ejercer el derecho adquirido
a participar: deben tomarse medidas para desparecerlos del paisaje de la ciudad,
como prerrequisito para entrar en la "modernidad".
IV.
No extraña entonces la indignación de todos aquellos venezolanos
- millones de venezolanos - que de súbito descubren ser un simulacro
o una mentira: prender la televisión y descubrir en el tratamiento de
la noticia que o bien uno no existe, o bien es convertido por gracia de la libre
expresión, en boca de los "demócratas" y "comunicadores",
en un delincuente o un asesino, en un marginal sin derecho alguno. Estas singulares
matrices de opinión o líneas discursivas de los medios y de los
analistas y voceros que tienen acceso a sus micrófonos, son cónsonas
con la elaboración política que sectores organizados de la clase
media realizan desde hace años: dotar de consistencia y organicidad a
los sectores medios sobre la base de un discurso y un movimiento de repulsa
y prevención contra los sujetos y clases peligrosas; malandros, buhoneros,
gente de los barrios, mendigos, etc. En una palabra, marginales - por oposición
a "nosotros", la gente normal, la "sociedad civil", la minoría
excluyente a la medida de cuyos miedos y prejuicios se construye el discurso
reaccionario para atentar contra las aspiraciones de las mayorías, y
contra el gobierno legítimo que respaldan, más allá de
sus errores, por su potencial transformador.
La televisión, la radio y la prensa resultaron así ser la caja
de resonancia de los temores y odios de estos factores sociales. Al bombardeo
diario contra el gobierno y la estilización extrema de las tácticas
de la difamación y la injuria, se suma la difusión de la paranoia:
los partes de guerra de la delincuencia estridentes y magnificados, la estigmatización
de los buhoneros, de los círculos bolivarianos, o de grupos singulares
como los estudiantes que tomaron el consejo universitario de la Universidad
Central. Algún programa, en horario estelar, muestra a un dirigente político
de la oposición golpista sirviendo de árbitro de los "sordidos"
conflictos de la gente de los barrios; objetos de odio, temor o lastima, nunca
ciudadanos, son las tres cuartas partes del país que el pasado día
13 de abril adelantaron el más rotundo ejercicio de participación
política protagónica que haya conocido la historia reciente de
este país - y por una vez, en defensa del gobierno, y no para repudiar
sus políticas de exclusión, como fue la tónica hasta hace
tan sólo tres años, como lo sigue siendo en las Repúblicas
hermanas de la Región.
V.
Quizás uno de los aspectos más indignantes de la conspiración,
en curso de aceleración desde el año pasado, es que factores fundamentales
de la oposición actuaban envueltos en el manto de sus fueros institucionales,
construyendo un discurso legitimador de una impunidad que debe combatirse: no
nos toquen por que somos fundamentales para la democracia, no eleven el tono
ante nosotros, por que somos necesarios para el estado de derecho, no obstruyan
nuestro intervencionismo, porque atentamos contra las instituciones en defensa
de la democracia. En ese sentido apuntaron las baterías comunicacionales
de los principales partidos de oposición. Con esa misma pretensión
de jugar duro a la política y exigir que no hubiera respuesta actuaron
los voceros de la "sociedad civil" - que se convierte en el estandarte
de la organización conservadora y ultraconservadora de la clase media
excluyente; los medios de comunicación y sus caras más populares,
progresivamente convertidas en bloque monolítico antidemocrático;
la alta jerarquía eclesiástica, que se delató al rubricar
el acta de fundación de la dictadura - acta que por su osadía
y descaro fascista también dio pie a su propia defunción; la patronal
y la dirigencia sindical de la CTV, en el maridaje más exótico
si no fuera por su carácter de continuidad componedora. Cada uno de ellos
contó en las entidades internacionales análogas con el apoyo incondicional
de instituciones que se construyen para la defensa de los mismos privilegios
que sostienen a lo interno: la perpetuación de una pantomima excluyente
disfrazada de discurso democrático.
Estos mensajes los vimos también legitimados desde el autoparlante unidireccional
de la televisión en boca de juristas de renombre, como el Sr. Brewer
Carías o la exmagistrada de la Corte Suprema de Justicia, Cecilia Sosa
- ambos indiciados de haber participado en la redacción del decreto infame
de instalación de la dictadura, y en todo caso abiertamente instigadores
del golpe en los días previos; el Sr. Fernando Fernández, reconocido
penalista y miembro de Amnistía Internacional Venezuela, que defendió
lo indefendible parapetado tras la envestidura de la prestigiosa organización
internacional; el Sr. Elías Santana, dirigente social conservador, autodesignado
como vedette estrella de la sociedad civil; inclusive en la presentación
del Sr. Peña Esclusa, neonazi incurso en las más oscuras operaciones
de extremismo regional, como representante de la "sociedad civil"
civilizada.
Pues bien, en el marco de ese eje de discusión que tiene a los medios
de comunicación y los sectores políticos que tienen acceso a los
mismo en un mismo ring, con un "sacrosanto" árbitro llamado
libertad de expresión, que se encarga de mantener alejados de la diatriba
desestabilizadora a quienes son pisoteados en su dignidad, Venezuela se convierte
en la referencia forzosa de todos los que estudian la comunicación. La
frase ya un tanto manida que refiere la ocurrencia de un "golpe de estado
mediático" perdió cuanto tenía de metafórico
y se tornó en la referencia central necesaria de unas jornadas difíciles,
donde las piezas desplegadas en el tablero se movían con la cobertura
de la artillería mediática. Militantes en la guerra de la imagen,
los periodistas llegaron a ser jueces de facto en los allanamientos, así
como glosadores de las hazañas de hostigamiento y humillación
protagonizadas por los sectores liberados por la gesta dictatorial del 11 de
abril - las "hordas" de la sociedad civil, que atentaron con líderes
políticos y autoridades de oposición a la cabeza contra autoridades
legítimas e inclusive instituciones de derecho internacional, como lo
es la sede diplomática de Cuba.
VI.
Más allá de lo que puede considerarse exceso en una función,
el problema que se plantea se refiere a las complejas relaciones entre la comunicación
mediática y la política. Adelantar las iniciativas necesarias
para siquiera ensayar la inversión de la asimetría existente entre
los ciudadanos-espectadores y los medios de comunicación como máquinas
de construcción de acciones y tendencias es un objetivo fundamental.
Es esta una compleja lucha política que reclama el diseño y desarrollo
de instrumentos de análisis y legislaciones que trasciendan los enfoques
moralistas, centrados en la difusión de la violencia y el sexo a través
de los medios.
Más aún, que trasciendan la temática simple de la información
/ represión - el discurso ortodoxo de la libertad de expresión
y sus instituciones, que se construyeron para servir bajo un esquema que en
Venezuela se invirtió: un poder público que respeta las libertades
y un poder mediático que desde la intolerancia de sectores de derecha
minoritarios monopolizan el discurso mediático, con intenciones explícitas
de atentar contra la democracia y con aspiraciones totalitarias y de retorno
a la exclusión y a la contención institucional y política
de las dramáticas contradicciones sociales del país. Todo ello,
desarrollando un dispositivo de hipnosis mediática que apuntó
a secuestrar las voluntades del descontento, en torno a la supuesta inevitabilidad
de la acción antidemocrática para la restauración de una
democracia supuestamente amenazada.
En ese contexto de activismo mediático, merece la pena hacer referencia
a dos reacciones antagónicas de la farándula reaccionaria, en
la etapa de reflexión que generó el operativo golpista: por un
lado, el célebre presentador juvenil Luis Chataing, líder del
antichavismo mediático disfrazado de divertimento satírico, confesó
semanas después su amarga sensación de haber sido engañado;
por otro lado, el popular actor Orlando Urdaneta, que desde hace meses se convirtió
en uno de los más burdos rostros del fascismo mediático a través
de un programa altamente intoxicante, y al que se señaló como
el bufón preferente de la corta dictadura patronal: tras varias semanas
sin reaparecer, retomó las cámaras una noche de finales de abril
para reiniciar su batería de incoherente asalto a la inteligencia del
espectador, inventando persecuciones que sólo sus aliados políticos
desataron.
También merece destacarse una editorial del diario El Universal, pocos
días después de la asonada, en la que este medio conservador concluía
que los venezolanos vivían bajo la sensación de haber pasado de
una dictadura con forma de democracia a una democracia con forma de dictadura
- ejercicio de justificación de lo injustificable, que muestra la huida
hacia delante en que caen quienes se consideran delatados por su posicionamiento
antidemocrático en el escenario de las semanas pasadas. Táctica
de maquillaje que viene estando presente en el tratamiento de la información
del conjunto de medios que auparon el golpe, y que a estas alturas - tras algunos
breves e infumables ejercicios de autocrítica - ha significado ya la
rápida reagrupación de las fuerzas mediáticas antidemocráticas
y la conformación de un nuevo frente bélico mediático,
que libera una vez más sus cargas envenenadas de alto calibre. La cobertura
progolpista de las interpelaciones de la comisión política de
la Asamblea Nacional que investiga los hechos es apenas una muestra: sólo
merecen subrayado y análisis las declaraciones de quienes participaron
activamente en los hechos; como lo son las campañas contra diversas autoridades
legítimas hacia la concreción de un golpe institucional, o la
patética cobertura de la solicitud de asilo político del delincuente
más notorio de la asonada, el expresidente de la patronal y dictador
autoproclamado, Carmona Estanga, cuyo delito se reduce - de acuerdo a los más
promiscuos analistas - a brindar su apoyo a las reivindicaciones laborales de
los ejecutivos petroleros bajo cuyas elitistas protestas se cobijó la
arremetida golpista final.
VII.
El reconocimiento del carácter beligerante de todos los emisores de
información, del carácter táctico e interesado de las posturas,
de la proliferación de verdades singulares como cúmulo de voces
legitimadas por la comunicación social "plural", debe estar
presente en la definición que los comunicadores hagan de su oficio, y
del equilibrio necesario en el ejercicio del mismo. La lucha por la libertad
de expresión deja así de ser una lucha de los medios o de ciertos
medios frente a las aspiraciones de control e injerencia del poder público;
se extiende y hace más vigente incluso contra aquellos que contribuyen
al monopolio de la política de la imagen y la información, que
demonizan a las mayorías por su carácter de adversario político
y entronan las aspiraciones excluyentes de grupos minoritarios del privilegio
- después de haber desplegado un colosal operativo para legitimar sus
intereses como representativos del conjunto de la colectividad, y para alistar
al conjunto de sectores descontentos con la gestión de gobierno en la
gesta antidemocrática.
Hacer proliferar los emisores, las imágenes, las informaciones contrapuestas,
los caminos atravesados de la información como el rumor, la conversa
de vereda, el correo electrónico o el simple diálogo - diálogo
real, no imposición - es acaso un elemento imprescindible del dispositivo
necesario para responder a las maniobras masivas de los monopolios informativos.
Para responder así a sus aspiraciones políticas de exclusión,
maquilladas tras la sonrisa del comunicador que dice estar al servicio de la
verdad.
Para poder construir un escenario de plausible democratización de las
comunicaciones - más allá del discurso legitimador de la libertad
de expresión, más allá de la efectividad censora de las
instituciones liberales que la defienden en cuanto privilegio, a partir de la
institucionalidad jurídica construida desde el discurso racionalista
del poder ilustrado, del poder excluyente que cuestionamos desde la radicalidad
de la justicia social como proyecto de posibilidades y no como discurso negador
de las transformaciones.
Desde ese mismo escenario real de las posibilidades, desde la apuesta imprecisa
y desbordante por la democracia radical insurgente que rompió aguas el
pasado 13 de abril en un parto de dolor y júbilo, para vergüenza
de la verdad de los medios y de quienes la fabrican y se identifican con ella:
para el desenmascaramiento de los privilegios de expresión disfrazados
de libertades. Para el enriquecimiento de la historia de los pueblos y sus aspiraciones
de emancipación, para la conquista progresiva de la libre comunicación
como realidad transversal a todos los momentos, a todos los nodos y foros y
botiquines en que nos relacionamos como seres críticos, como actores
reales, para superar la virtualidad progresivamente criminal de la mediatización
totalitaria de los consorcios mediáticos de la sociedad excluyente. En
definitiva, para desenmascarar los discursos legitimadores del privilegio, como
paso necesario para la efectiva democratización de las comunicaciones,
para la construcción de un modelo progresivo de liberación de
la comunicación social de masas, de colectivos, de individuos, de gritos
y susurros: liberación al fin de las voces de todas las dignidades.
Jeudiel Martínez y Amparo Magenta son miembros de la Plataforma por
la Democracia Radical, iniciativa de articulación no partidista de movimientos
e individuos críticos y progresistas de Venezuela.