Aprovechemos lo que tenemos

Un extenuante viaje por carretera, a lo largo de varios estados norteamericanos me hace ver nuestro país con una óptica positiva, en la perspectiva de nuestras oportunidades desaprovechadas. Porque mientras más viajo, conozco, leo e investigo, más me convenzo que esta es la Tierra de Gracia, el país de las mejores posibilidades.

La primera reflexión es sobre la libertad. ¡Que absoluta autonomía disponemos aquí¡ Libertad para trabajar, para transitar, para consumir, para disfrutar, para construir, incluso parrandear. Para ilustrarles vayan tres anécdotas. Un tío materno en New Jersey tiene una vieja casa, con amplísimo patio y no puede modificarla en absoluto, ni siquiera utilizar las áreas libres, sin un costoso, lento y largo trámite burocrático que incluye la opinión de los vecinos y la fiscalización de varias autoridades.

Usted aquí levanta, modifica, inicia, tumba, sustituye, hace lo que quiere en su casa, con sólo una modesta tramitación en cualquier Concejo Municipal. Allá en New Jersey, la casa de mi tío se incendió parcialmente y para sustituir las tablas, y reocuparla, debió esperar casi seis meses porque la tramitación resultaba insoportablemente lenta. De eso nunca se habla, en la obnubilación permanente que mantienen con Estados Unidos, pero la verdadera propiedad privada es la nuestra, no la de ellos.

Lo segundo es la libertad de tránsito. ¡Qué maravilla es manejar en Venezuela¡ Usted aquí se estaciona, gira, se devuelve, hace lo que quiere y a lo sumo le ponen una multa. Allá se vive un estado casi paranoico, con policías de esquina en esquina, enormes restricciones, imposibilidad absoluta para “parquear”, y la probabilidad de ir a juicio por el mínimo desliz.

El tercer tema es el referido al alcohol. La sociedad norteamericana ha regresado a ciertas formas de prohibición, como en los años veinte. En Texas hay una ley que si descubren una botella de licor en un vehículo, todos los ocupantes van presos. ¡Y dígame con el alcoholímetro¡ Tienen unos patrones tan severos que si alguien tomó varias copas el día anterior y maneja, va preso con tremendas multas encima. Porque como tantas cosas de ellos, ensayan un puritanismo “cero tolerancia”, quizás con razón, porque los accidentes estaban desangrando a ese país.

Yo no le critico a los norteamericanos todo lo que hacen. Al fin y al cabo ellos son una potencia superpoblada, con doscientos millones de vehículos en la calle y gravísimos problemas de concentración demográfica. Todas sus normas, su coerción, su segregación contra los inmigrantes ilegales, todo es comprensible, pero allá.

De vuelta a Venezuela me reencuentro con mi pequeño pueblo, Maracaibo y lo disfruto cada calle, cada instante. Le he pedido a Dios vivir el resto de mi vida aquí. Por la libertad, por la comida, por la gente. Aquí se come casi gratis y rico, delicioso, abundante, sano y nutritivo. Mire lo que comen esos norteamericanos, pura comida chatarra de esquina en esquina, hamburguesas, grasa y fritura. Dígame su problema con la obesidad masificada, el montón de incapacitados por A.C.V´s. en cada sitio. En las películas sólo nos muestran la gente apolínea y de cuerpo escultural, pero Estados Unidos es preponderantemente un país de obesos mórbidos.

Con unos familiares que están allá trabajando analizo el “feliz sueño americano”. Es feliz y es sueño y es norteamericano. De ellos. Allá es casi imposible hacerse rico. La gente trabaja, gana pero igual gasta. Una cuenta eléctrica (que incluye la vital calefacción) es de setecientos hasta mil dólares por mes. Una fortuna cada mes para mantenerse calientes o refrescados. Así los pagos de condominio, de escuela, ni decir la Universidad. Regalan los autos y los electrodomésticos pero al primer desperfecto deben tirarlos porque no hay reparación ni mecánicos o sale demasiado caro.

Usted habrá sabido como yo de tantos casos, venezolanos que se han ido con un capital y allá lo han perdido y han tenido que devolverse a recomenzar aquí de nuevo. Claro que hay excepciones y los cubanos y mejicanos han configurado vastos circuitos económicos que les permiten abrirse camino, pero para usted y para mí, las oportunidades, chiquitas, remotas, son en Venezuela, no en un país extraño.

Si el chino, el árabe, el italiano, el portugués y el mismo colombiano han logrado triunfar en Venezuela, y siguen viviendo y siguen construyendo y enriqueciéndose, tenemos que preguntarle la clave. Se me ocurre un programa de redimensión cultural para que nosotros inmigremos hacia donde siempre hemos vivido. Con los hábitos y esquemas de esos emigrantes, pero dispuestos a atesorar el trabajo y a sembrar aquí y a triunfar aquí.

Claro que este no es un manifiesto provincialista. Debemos apostar a la globalización, sacar pasaportes y visas, ir, ver y volver. Pero sembrarnos aquí. La felicidad está aquí, porque cada problema local me parece manejable. Incluso el peor, el de la inseguridad, sería resuelto con audaces reformas en la legislación penal y en el sistema penitenciario.

Me gustaría tener la potestad para decirle al mundo que venga a Venezuela. Esta es la tierra de las mujeres sensuales, sencillas y sanas. Y hablo de la belleza de la muchacha pobre, de barrio, que es una beldad al natural, para no tocar el tema de las modelos y reinas de pasarela. Porque esta es la tierra del “bocachico”, el mejor manjar del mundo, un pescado que con pura sal sabe a gloria y todavía se come a precios ínfimos.

De los norteamericanos yo copiaría su religiosidad. Hay una Iglesia bautista de esquina en esquina, con clínicas, escuelas, ancianatos, y comedores de asistencia benéfica. También copiaría su rigor contra las mafias y la protección contra niños, minusválidos, ancianos, mujeres y los animalitos. En eso sí nos ganan, y deberíamos imitarlo.

¡Y dígame los cambios de temperatura¡ En Nueva York conocí un frío insoportable, una tortura que me hizo añorar el modestísimo clima de nuestros páramos. Allá tienen que pasar meses escondidos en las casas, de la calefacción del carro a la calefacción del salón, gastando trillones de gas y petróleo para poder existir. Y cambiando el vestuario, los hábitos alimentarios, viviendo varias vidas según la estación y el año.

En resumen, me declaro profundamente enamorado de Venezuela. Bendigo a Dios por haber nacido en esta tierra donde sólo la política es mediocre porque todo lo demás es natural y maravilloso. Se lo digo en propiedad: sumérjase en esta bendición, recórrela, conózcala palmo a palmo y apuéstele todo a este país de providencia que nunca le dará la espalda.


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