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El distanciamiento del FMI
Por: El Espectador
Fecha de publicación: 27/12/05
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Autor:Eduardo Sarmiento P.
El Espectador / 27-12-2005

Sorpresivamente, Brasil y Argentina anunciaron el propósito de liquidar las deudas con el FMI. Ambos países consideran que la dependencia del FMI les significa una pérdida de autonomía en la política económica, que supera con creces los beneficios de los créditos baratos del organismo. Así, Argentina ha sido testigo de excepción de las imposiciones del FMI que precipitaron al país austral en la crisis económica y social más severa del siglo, y luego del distanciamiento que le permitió realizar el ajuste más exitoso de la región.

Tal vez, la ilustración más elocuente de las insuficiencias de las recetas del Fondo se encuentra en los programas de ajuste. La mayoría de los países de la región se orientó a equilibrar el sector externo con políticas contractivas que precipitaron las economías en recesión y desempleo y no lograron el propósito. Tan pronto la producción se reactivaba reaparecía el déficit de la balanza de pagos y la necesidad de corregirlo de nuevo con políticas recesivas.

Argentina constituyó el primer país en apartarse de la ortodoxia del FMI. Ante la inminencia de la debacle, procedió a elevar el tipo de cambio por encima de los dictámenes del mercado y mantenerlo adquiriendo la totalidad de los excedentes de divisas (modalidad de cambio fijo), redujo a la tercera parte las obligaciones de la deuda externa y siguió una política fiscal y monetaria de corte expansivo. Los resultados están a la vista. A diferencia de lo que predecían los mercados, se hizo el milagro del ajuste con reactivación. La economía pasó de un déficit en cuenta corriente a un cuantioso superávit y el producto nacional lleva tres años con tasas de crecimiento del 10%.

En cambio, Brasil no se atrevió a salir de la férula del FMI. El gobierno de Lula se comprometió en una reactivación dentro de la ortodoxia de tasas de interés reales superiores al 10%, cuantiosos superávits fiscales primarios para atender las obligaciones de la deuda, y tipo de cambio flotante. Si bien, en 2003, la mejoría de las condiciones externas y la devaluación propiciaron la recuperación de la economía, ésta no pudo mantenerse. Luego de haber crecido en los últimos dos años por encima del 4%, en el presente año lo hará por debajo del 3%.

En general, el FMI no ha cumplido con su función esencial de moderar los superávits y déficits para que los ajustes externos se realicen por la vía de la expansión. Por el contrario, su acción ha consistido en propiciar en los países que llegan al organismo severas políticas contractivas para conformar superávits en cuenta corriente que aseguren el cumplimiento de las obligaciones de la deuda externa. Como todos los países no pueden lograr superávit, el resultado ha sido un proceso generalizado de devaluaciones y reducciones del salario real, que han ocasionado un exceso de ahorro mundial. En la práctica, los países de América Latina han quedado entre el déficit en cuenta corriente financiado con crédito externo y bajos salarios.

Una de las prácticas más desacertadas del FMI ha sido la exigencia de mantener reservas internacionales por encima de las necesidades dictadas por el riesgo. Como los recursos se colocan a tasas muy inferiores a las del endeudamiento, el purismo implica elevados costos de oportunidad. En Colombia se estima en cerca del 1% del PIB, algo así como la mitad del déficit fiscal.

Para completar, no se ha avanzado en reducir los costos del endeudamiento externo. Los países están abocados a pagar tasas superiores al crecimiento económico. Cada año se ven obligados a contratar nuevos préstamos para cubrir las erogaciones por los intereses del pasado. Como consecuencia, el saldo de la deuda crece con más rapidez que el producto nacional, lo que torna inviables las economías. Tal como ocurrió en Argentina, los países quedan ante el dilema de suspender el pago de la deuda o sumirse en el empobrecimiento.

El balance es infortunado. La dependencia del FMI ha configurado un modelo de ajuste recesivo, mantenimiento de reservas internacionales por encima de las necesidades, elevadas erogaciones del endeudamiento externo, dependencia excesiva de las exportaciones y sacrificio del mercado interno. No es necesario entrar en detalles para advertir que los costos económicos y sociales de este modelo son superiores a los beneficios. En la mayoría de las naciones de América Latina ocasionó la caída del crecimiento y el empleo, la ampliación de las desigualdades y el incremento de la frecuencia de las crisis financieras y cambiarias.

Frente a este panorama, se plantea una reforma integral del orden económico mundial que reduzca la injerencia doméstica del FMI y fortalezca su capacidad de armonización. De otra manera, los ejemplos de Argentina y Brasil se multiplicarán. Los países preferirán distanciarse del Fondo y prescindir del prestamista de última instancia que adoptar sus terapias desacreditadas

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El Espectador


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