Batalla de La Victoria

En esta batalla, la juventud venezolana y José Félix Rivas para entonces el estratega más confiable a las órdenes de Bolívar, jugaron un papel memorable en frenar el ejército realista que amenazaba la Segunda República.

El 3 de febrero de 1814, el panorama lucía un tanto terrible, pues el general republicano Vicente Campo Elías caía derrotado en la Puerta por las tropas del sanguinario Boves; en esta perspectiva, Caracas se colocaba como presa fácil para los 12 mil hombres del asturiano. Boves organizaría sus huestes en Villa de Cura disponiéndolas en tres columnas: una quedaría allí como reserva; otra marcharía a Caracas por los Valles del Tuy al mando de Francisco Rosete; la otra estaría bajo las órdenes de Tomás Morales con un fin eminente: cortar las comunicaciones entre Bolívar y Ribas, el primero en Valencia y el segundo en Caracas. Frente a esta circunstancia, la labor de Rivas-ascendido a General de División de los Ejércitos de Venezuela en octubre de 1813-era, con orden expresa del Libertador, defender la consolidación de la República en la región central.

Como un estratega incansable, veremos a Ribas, desde el 12 de enero hasta el 7 de febrero de 1814, reclutando, entrenando, administrando y disciplinando a los nuevos combatientes, moviéndose entre Caracas y la Guaira. Carteles y efusivos bandos aparecían pegados en todas las esquinas; los toques de corneta hacían temblar a mujeres y hombres; y en las plazas públicas los pelotones de fusilamiento efectuaban las ejecuciones de los que se negaban a enlistarse. Ribas ante la poca afluencia de voluntarios, advirtió categóricamente: “Se repetirá pues, el toque de alarma a las 4 de la tarde de este día, y el que no se presente a la Plaza Mayor o el Cantón de Capuchinos, y se le encontrase en la calle o en su casa, sea de edad o condición que fuese será pasado por las armas sin más que tres horas de capilla, ni otra justificación que la bastante para ser constancia su inasistencia”.

Los estudiantes dan el paso decisivo: A pesar de que el Rector de la Universidad de Caracas, Gabriel Lindo, estuvo en contra de la decisión, 85 estudiantes universitarios respondieron al llamado urgente del General Ribas. Para aquella época la población estudiantil no pasaba de 100 matriculados, debido al pésimo estado de las instalaciones que dejara el terremoto de 1812 y dada la escasez de docentes.

Entre 12 y los 19 años oscilaba la edad del grupo de adolescentes que cambiaban el libro por el fusil y la lanza, y la apacibilidad del aula por la ferocidad del campo de batalla. Ribas personalmente les enseñaría a sujetar los rifles, sostener el machete, armar las barricadas y otras claves para el combate.

Así, pues, el General Ribas, en la mañana del 8 de febrero de 1814, partió con sus 1500 combatientes y cinco piezas de artillería hacia la población aragüeña de la Victoria-localidad donde confluyen el camino de Valencia hacia Caracas y el sendero de los llanos-, sitio escogido por él para frenar el avance de Boves. El Libertador, desde el Cuartel General de Valencia, lanzó una fulgurante proclama, en apoyo a las tropas de Ribas, horas antes de la batalla: “Hoy la Libertad, el Honor y la Religión insultada por la más despreciable facción, os llaman con sus sagradas voces. Seguid a vuestro Jefe, que os ha conducido siempre a la Victoria, y os ha dado Libertad”.

El 10 de febrero, llega el ejército de Ribas a la Victoria. La estrategia sería, sobre todo, defensiva: el ejército realista lo triplicaba en número. Después de algunas escaramuzas iniciales, en las poblaciones de San Mateo y Pantanero, con la tropa enemiga dirigida por Morales -Boves, herido, se había quedado en Villa de Cura- Ribas retrocede al casco interior de la ciudad. Allí, en la plaza central, organiza una táctica en cuadrícula: los hombres más experimentados ocupan loa sitios más visibles, mientras que los jóvenes se atrincheran en improvisados muros y paredones, entre las instalaciones de la iglesia y las casas circunvecinas. Paciente, la milicia heroica de Ribas sólo esperaba la acometida salvaje, pero contando con algo a su favor: el atrincheramiento tenaz hacía difícil el ataque de la caballería, y los escombros y las barricadas desesperarían al enemigo.

La tierra se estremeció al amanecer del 12 de febrero, justo al ver la cabalgata asesina que se aproximaba a pocos kilómetros de distancia, Ribas eleva su espada y grita : “Soldados: lo que tanto hemos deseado va a realizarse hoy: he ahí a Boves. Cinco veces mayor es el ejército que trae a combatirnos; pero aún me parece escaso para disputarnos la victoria. Defendéis del furor de los tiranos la vida de vuestros hijos, el honor de vuestras esposas, el suelo de la patria; mostradles vuestra omnipotencia. En esta jornada que ha de ser memorable, ni aun podemos optar entre vencer o morir, necesario es vencer. ¡Viva la República!”.

La táctica de Ribas estaba resultando efectiva: Morales, el jefe de la operación realista, imbuido en la superioridad numérica de su tropa, mandaba a sus jinetes y soldados ciegamente al callejón de la muerte. Había que resistir. Y así lo hicieron: por cada cinco realistas, moría un republicano.

A las cuatro de la tarde, cuando ya las fuerzas atrincheradas de los independentistas rayaba en la desesperación, apareció el refuerzo tan esperado de Campo Elías y Antonio Ricaurte, con 400 hombres de caballería, desde las afueras de San Mateo. Ribas, aprovechando esto, con sus 100 mejores hombres, procedió a cubrir al refuerzo y a romper la líneas enemigas: no había lugar para los prisioneros y todo el que caía en manos adversarias era ejecutado sin compasión.

A las siete de la noche, los realistas huyeron despavoridos en el desorden. Así cumplía el ejército de Ribas con la Patria. “Toda la División que entró en acción el 12 en la Victoria tendrá el privilegio de llevar en la manga izquierda de la casaca un escudo con el mote de DEFENSORES DE LA VICTORIA’’, expresó Bolívar el 17 de febrero.

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