Diabetes œconomicus

Venezuela padece de diabetes económica. Otros lo llaman Efecto Venezuela. El país no sabe absorber capital porque no hay un entramado social que lo aproveche, se interpreta entonces que no hubo suficiente inversión y se demandan más recursos. Estos producen más desbarajustes, corrupción, barullos que nadie entiende y entramos en una nueva vuelta de la espiral de exigencia de más caudal, que a su vez potencia el ya existente embrollo y agudiza la depravación.

Se llama rentismo. «Venezuela es un país pensionado», nos decía el profesor Gustavo Díaz Solís. Pero la persona pensionada ha producido y se le honra con un estipendio digno. El rentismo es otra cosa: dilapida, vive de gorra, de golilla, de balde, de sinecuras, canonjías, prebendas y otros términos igualmente desaseados.
Es como la diabetes mellitus o ‘melosa’. El páncreas no produce la insulina suficiente para que las células absorban el azúcar, que se queda ociosa saboteando vasos sanguíneos, retina, riñones, etc. Como las células no absorben azúcar, mandan al cerebro la señal errónea de que hay una baja de azúcar y se desarrolla más apetito por el azúcar y así sucesivamente.

Es una contrariedad del sistema económico que la Revolución Bolivariana se propone corregir. No es fácil. Nadie pretende que lo es. Pero que sea difícil no quiere decir que no debemos intentarlo.

Se ha dicho y contradicho que la renta petrolera nos ha maleducado para el rentismo, una de cuyas variantes hogaño es el cadivismo. Este es lo que ha tantos años se consagró en la fórmula de «comprar fuertes a nueve reales». El fuerte, niños, fue una moneda de cinco bolívares, de plata, como la mayoría de las demás monedas de antaño, de donde viene la designación del dinero como «plata». Esa moneda era grande, pesada, poner un fuerte sobre un mostrador era una demostración de fuerza, de poder, como aquella tarjeta de crédito que según la cuña que la promovía sonaba ¡bum! en la mesa donde se lanzaba. Solo que el ¡bum! del fuerte era audible y no una metáfora mercantil. Tener fuertes en el bolsillo daba confianza. Y comprar fuertes a nueve reales era un negoción imaginario, porque nadie vendía fuertes a ese precio si costaba diez reales. El real venezolano costaba 0,50 céntimos de bolívar.

Pero la fantasía de comprar fuertes a nueve reales hizo fortuna en el imaginario colectivo como sinónimo de negocio fácil, improductivo, especulativo, como es el capitalismo hogaño, que tiene al borde de la ruina a varios países que la oposición venezolana nos pretende imponer como modelo. Por eso, entre otras razones, ese capitalismo entra en óptima resonancia con nuestro rentismo. Por eso se coaligan para impedir que la Revolución Bolivariana pare el trote a ese segmento de la burguesía venezolana que no produce ni un tequeño y de muy diversos modos se adueña de la renta petrolera. Nadie vende fuertes a nueve reales, pero Cadivi vende dólares a BsF 6,30 y el capitalismo avieso lo vende en mercado negro o vende lo comprado por 6,30 a precios exorbitantes. José Ignacio Cabrujas lo llamó capitalismo guasón. Otro nombre desaseado para gente moralmente desaseada.

No nos derrotan, pero cómo joden.

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