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Sobre la crítica y la oposición
Por: Ramón Alberto Escalante
Fecha de publicación: 22/10/05
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En los años del predominio chavista, especialmente al quedarse sin oposición real, siempre me he preguntado cuál es la capacidad real de criticar su gobierno, con visión constructiva y aportativa, diferenciando estas objeciones del mero latiguillo de descalificación. ¿Quién o quiénes tienen la capacidad real de señalarle errores y, de paso abrirle otros caminos a su administración y al país?

Tras el inacabable proceso de confrontación —y el desgaste de los factores sumados a la oposición— lamenté la pérdida de influencia que vivieron los actores tradicionales del sistema. Al perder su neutralidad y abrazar un bando, renunciaron a la condición nata de interlocutores, mediadores y críticos creíbles del Gobierno. Así el país perdió parte de un contrapeso que en todas partes es conveniente y necesario.

Sostengo que en Venezuela, el Gobierno, la economía, la administración pública, la justicia, la misma política, todo estuviese mejor si como contraparte operasen factores respetables, creíbles y populares. Porque este diagrama insólito del hombre sin competencia, solo en la punta del poder, demasiado fuerte al cabo de un septenio, nació del harakiri que los actores capitales del sistema —cúpula empresarial y sindical, partidos políticos, directiva eclesiástica y medios caraqueños— se inflingieron en estos años de enfervorizada militancia en la oposición.

Escribo estas notas al margen del discurso del editor Marcel Granier en la Sociedad Interamericana de Prensa, una pieza temperamental, cargada de adjetivos y generalizaciones. Entonces, afirmó que Venezuela es un santuario de guerrilleros, terroristas y delincuentes y que muchos colaboradores del Presidente tienen “prontuarios criminales por secuestro, homicidio, robo, estafa y asalto a mano armada”.

Marcel Granier tiene ascendencia en el diseño comunicacional de la oposición y eventualmente funge de portavoz y moderador de una importante televisora capitalina. En los años ochenta participó en un grupo llamado Roraima, el cual diseñó la apuesta de ultraderecha que terminó descalabrando a los partidos tradicionales. Recuerdo aquella época y aún me conmueve el esfuerzo romántico que hacíamos los militantes de los partidos para renovarlos y relanzarlos, mientras cada capítulo de su telenovela Por estas calles demonizaba a todos los políticos y organizaciones.

Está claro que este personaje —como tantas veces otros tantos— no tiene conciencia del verdadero papel que le corresponde jugar como comunicador. Pero, sostengo que al caer en el terreno del dicterio, simple arenga de calle, ante un foro como la SIP, no debilita al Gobierno sino que intenta perjudicar al país. ¿O es que tales afirmaciones apocalípticas van dirigidas a mejorar la economía y atraer inversionistas foráneos?

Porque Granier no le aporta a la oposición democrática -la que trabajosamente brega hoy puestos en la Asamblea Nacional- ni un solo voto con este discurso radical. De hecho, publicado en las páginas de aquel periódico, apenas circula en ciertos estratos socioeconómicos y aún si llegara a las inmensas franjas de la pobrecía nacional, el tema no conecta con ninguno de los problemas y afanes de los sectores que deciden las elecciones.

Hay una enorme diferencia entre criticar e injuriar, entre hacer oposición y hacer vilipendio, entre señalar errores y difamar. No se si por un exceso temperamental o simple prepotencia, el "presidenciable" del Grupo Roraima no atina a discernir estas diferencias. Esa generalización absoluta, esa demonización total adolece de la misma inutilidad que tuvieron el paro general, la huelga y el sabotaje petrolero, la Plaza Altamira, la Guarimba, el llamado a la abstención y tantas ocurrencias del mismo tenor.

Entre tanto, está claro que el Presidente sí se equivoca. Como todo humano mortal, como todo gobernante, como todo poder demasiado amplio y sin riesgos cercanos de perder. En otras líneas he señalado la terrible incapacidad del gobierno para materializar muchos de sus anuncios, una realidad tan dramática que pasado el momento lleva al propio Chávez a convertirse en autocrítico de su gestión, destituir funcionarios ante las pantallas de televisión y a confesar las deficiencias que todos conocemos.

Pero, desde afuera ¿quién le pude señalar los errores? Una crítica justa contra cualquier acto gubernamental publicada en los mismos medios que a diario lo insultan y satanizan, carece de toda capacidad de influencia. Los empresarios del valle de Caracas, en las ocasiones que hablan con él, quizás ensayen a mostrarse contemporizadores para atenuar los excesos anteriores. Y los escasos factores institucionales, con independencia de criterio y autoridad moral para influir realmente, no pueden vivir pendientes de llenar el rol a que a toda una elite nacional correspondía detentar.

Este es el peor problema del diagrama político venezolano, la “trabazón” sistémica. No hacen nada realmente útil para derrotarlo y tampoco ensayan a influir inteligentemente sobre él. Y de paso siguen circunscritos a una línea editorial parcelada y minoritaria. Así, el gobierno sigue de su cuenta y sus errores, problemas y falencias permanecen intactos, porque la oposición no se opone sino que se revienta en un diseño necio e impopular.

De esta encrucijada nace una necesidad palmaria y fundamental. Debemos fortalecer la capacidad objetiva de influir sobre el Gobierno. No darle más poder del que ya tiene ni tampoco configurar más focos radicales en su contra, sino abrir una tercería, una voz imparcial, capaz de encomiarle aciertos y señalarle errores. Que el Presidente pueda tener al frente, con cierta regularidad, personas que no vengan de difamarlo y que tampoco sean sus incondicionales o le deban el puesto. Porque cuando se equivoca el Presidente lo peor es que no haya nadie cerca, con independencia y autoridad moral para señalarle los errores.

raescalante@hotmail.com
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Ramón Alberto Escalante


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