¿adiós a las armas?

Ha generado polémica la salida de un periodista de Venezolana de Televisión al parecer por su posición frente al control de las armas para evitar la violencia que asola las ciudades. A esto le suma la eventual aplicación de la pena de muerte como una medida –afirma- que se aplica en países comunistas con éxito. Sin debatir las causas de la decisión de esa salida del aire de un programa de alta sintonía, los papeles de Mandinga (ciertas o no), queda en el ambiente un debate más profundo y es el relacionado con la estrategia de desarme de la población, que reivindica el monopolio de las armas por parte del Estado. Otro tanto debe decirse de instaurar la pena de muerte, figura que es instigada también por el pensamiento de ultraderecha como medida para reducir la criminalidad y sale a relucir siempre que ocurre un evento que conmociona a la sociedad.

El argumento más persuasivo es que el ciudadano armado tiene cómo defender su dignidad y la de su familia e incluso es pueblo que cuenta con la forma de enfrentarse frente a una agresión como la que ahora soporta tanto a nivel interno como externo la revolución bolivariana. Con la restricción del uso de las armas, se está impidiendo ese natural derecho del ciudadano decente frente a la imposibilidad de protección por parte del Estado. Ello conduce a tildar de idiotas, pendejos, estúpidos y “comeflores” (eventuales hippies) a los legisladores venezolanos que adoptaron esa norma.

Este lenguaje, que apela al más rancio instinto de conservación, deja de lado muchos elementos de análisis que impiden, por lo menos, utilizar tales epítetos a quienes han tomado una decisión como la que se cuestiona. Es difícil no traer a colación las masacres en colegios y universidades que ocurren frecuentemente en Estados Unidos (casi una al mes). Ciudadanos decentes adquieren en el Wall Mart más cercano AR 15 y escopetas a tan sólo U$ 249. Pueden llevarlos en el mismo carrito (si le es posible en uno sólo) en el que introduce, luego de la compra de esos juguetes de protección, los otros enseres para su cotidiana existencia. Es posible que –como en el caso de Dr. Jeckyll y Mr Hyde- ese ciudadano decente, en un ataque de ira o por efecto del alcohol, antes que proteger a su familia, la liquide. O por estas cosas que ocurren, ese ciudadano decente termine convertido en un desadaptado que se ubique en un puesto de combate para matar niños inermes. En realidad, es un elemento no más que es operado por un ser humano, con lo que importa es que tiene en el cerebro esa persona…¿Debería prohibirse entonces los cuchillos de cocina? Obviamente, su letalidad es diferente tanto como su uso. Michael Moore, quien no puede ser considerado como un pro imperialista, denunció en su película Bowling for Columbine el comercio de armas y la libre disponibilidad de las mismas y arrinconó a la Asociación del Rifle y Charlton Heston quienes, curiosamente, hablan de lo mismo: defender al pueblo estadunidense tal y como lo han hecho desde Washington y como ocurrió en la colonización del oeste norteamericano (de la mano de la colt 45). No se requiere, entonces, un ataque para que se presente una respuesta tan desproporcionada que termine en la muerte de una persona y tal ocurre cuando alguien se exaspera alguna vez por haber sido “víctima” de un insulto o ataque de otro. La proporción no está siempre de la mano del que se denomina como ciudadano decente y no lo está porque ese ciudadano decente puede sufrir un ataque de ira.

Podría afirmarse que eso pasa en el centro del imperio pero en la cultura latina eso es ajeno. No hay o no habría masacres de ese carácter ni ataques de esa naturaleza. Hay otras tal vez que están motivadas en esos trastornos momentáneos y pequeños deslices que serían admisibles frente al derecho a estar protegido y proteger. Pero más allá, es la forma de impulsar empresas de particulares armadas (Irak y Colombia, las CONVIVIR, por ejemplo). La fundación de ejércitos paraestatales permiten entrever cómo la legalización de estas organizaciones y del porte de cierta clase de armas, bajo el supuesto de una ausencia del Estado, fueron el argumento esencial para que, desde allí, se gestara su respuesta macabra, documentada en el reciente informe de la Comisión de Memoria Histórica Basta Ya. El movimiento de ultraderecha Tradición, Familia y Propiedad impulsó con ahínco esa posibilidad y logró enquistar en la sociedad la necesidad de armar terratenientes y ganaderos como un derecho legítimo. Y éste es precisamente el argumento que está al defender la tesis de que todo ciudadano porte armas. ¿Quién puede defendernos de esos ciudadanos de bien? ¿Será necesario, entonces, entregar con la cédula de ciudadanía o la tarjeta de identificación un arma por aquello de la igualdad y explorar la justicia privada al estilo viejo oeste? Será una sociedad dominada por el miedo y por los equívocos.

Sin embargo, el argumento tiene un importante toque revolucionario. Se trata de defender la patria como no pudieron hacerlo las milicias españolas frente a la arremetida de Franco o como tampoco sucedió frente el golpe de Pinochet en Chile. Es decir, si no son los terratenientes quiénes se arman sino el pueblo, se está garantizando la protección de la población. Este argumento desconoce precisamente una realidad histórica. Un ejército revolucionario es un cuerpo organizado y capacitado para el combate, para un enfrentamiento, pues cuenta con el adiestramiento necesario y la concepción adecuada para la guerra. Adicionalmente, debe contar con material bélico de alta tecnología en enfrentamientos que cada vez son más desiguales y por ello, en general, se ha encomendado al Estado esta función. No serán entonces las ochos milímetros las que salvaguarden la revolución como no lo fueron algunos de los combatientes extranjeros durante la guerra civil española que no tenían idea de disparar una pistola aunque tenían muchos ideales. Y es que lo ideal es que el ejército sea todo el pueblo pero no todos cuentan con la capacidad de una milicia, tienen la disciplina que se requiere o constituyen una fuerza de choque revolucionaria aunque hagan otra clase de trabajo revolucionario. Es más, una revolución se defiende tanto con la fuerza de las armas como con la fuerza de las ideas o, como dijera Gramsci, con la creación de una hegemonía en donde el educador tienen el más importante de los trabajos. Si bien dijo Mao que todo el poder nace del fusil ello no significa que allí resida exclusivamente. El arma es una herramienta y el cerebro debe dominarla.

¿Será entonces que el ciudadano de bien está autorizado para aplicar la pena de muerte? También en Estados Unidos un celador mató a un joven afrodescendiente por un supuesto ataque y, como era de esperarse en el país de las armas y el armamentismo, fue absuelto por ejercer una legítima defensa. Por ello existe un nexo ideológico entre el porte de armas y la pena de muerte y esto tampoco es de comeflores aburguesados. El planteamiento es revolucionario y humanista y ha sido expuesto por toda la criminología crítica con lujo de detalles. La irreversible pena de muerte constituye el reconocimiento del Estado de que existen criminales natos al estilo de los análisis de Garófalo y Lombroso, postivistas de la época de Mussolini y sus fasci armados. Obviamente, ellos eran los buenos con patente para liquidar. Pero ha sido denunciado hasta la saciedad que la pena de muerte es clasista y racista y tiene el grave problema de la equivocación tal y como ha ocurrido múltiples veces en los Estados Unidos; el error de matar a un inocente no ha sido marginal. En realidad, la ultraderecha aplaudiría un planteamiento como éste porque es el estilo de sociedad que persigue. Para ella no resulta necesaria averiguar las causas de la criminalidad (que obedecen a diversas causas de carácter social) sino que basta juzgar al individuo fuera del contexto social en que se gesta. La resocialización es, según el planteamiento, una gran mentira y quien delinque debe ser eliminado o, como en la Naranja Mecánica, lobotomizado. El socialismo, si es real, debe generar alternativas al ser humano y reconocer que buena parte de la criminalidad tiene un germen social, sin perjuicio de reconocer que un raciocinio diferente deben tener los delitos de cuello blanco

No digo estos sean argumentos incontrastables. Pero no es un tema de comeflores ni idiotas estúpidos apátridas. Por lo menos eso debe quedar claro: el salto de esas posiciones hacia la ultraderecha es fácil y su lenguaje casi el mismo.


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