Cara e guapo

 Tuvieron que transcurrir 42 años para que el monaguense Juan José  Palacios rompiera el silencio acerca de su participación en la insurgencia del 7 de abril de 1928, contra la dictadura del general Juan Vicente Gómez, acontecimiento que se inscribe como el más importante de los sucesos de la Semana del Estudiante, a raíz de la cual decenas de jóvenes universitarios fueron a dar con sus huesos al Castillo de Puerto Cabello y a La Rotunda, horrendas y tétricas ergástula del régimen dictatorial, a tiempo que a otros se les destinaba a abrir vías de comunicación terrestre, a pico y pala, al mando de “coroneles de carreteras”.

      Ese largo silencio de Juan José Palacios guarda estrecha relación con la prudencia que el distinguido hijo de Monagas le imprimió  a todos los actos de su vida, tanto pública como privada: “Esa actitud mía se ha debido a una mesurada manera de ser, y al deseo de tener el ánimo sereno frente al enfoque de circunstancias en los cuales me tocó jugar un papel preponderante y en cuyo desarrollo puse el mayor empeño, no obstante la conciencia plena de la gravedad implícita en ellas y los insoslayables peligros que acarrearía su fracaso. Yo había conocido La Rotunda y visto y oído los tormentos que allí se aplicaban a los enemigos del régimen” (Mi verdad sobre el 7 de abril 1928, Juan José Palacios, Ediciones Pensamiento político venezolano del siglo XX, página 349).

      La historiografía burguesa suele ser poca generosa con aquellos actores del proceso político venezolano que por no haberlo buscado, o por circunstancias ajenas a su voluntad, no se desarrollaron al calor de una élite política determinada, y este parece ser el caso de Juan José Palacios, quien no obstante el papel protagónico que Le tocó jugar en esa época, tras la muerte del dictador no salió a “reclamar”  su parte en el reparto, como con creces lo hicieron otros integrantes de la llamada “Generación del 28”, algunos de los cuales llegaron a ocupar la Presidencia de la República.

       Tenemos, así, que el cargo más relevante que le conocemos a Juan José  Palacios, en 1945, es el de Presidente (ahora Gobernador), por poco tiempo, de su estado natal. Es más, no pocos de cuantos han escrito acerca de la “Generación del 28”, han omitido su nombre, para dar relevancia a figuras como Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, entre otros.

        Lo escrito por Juan José Palacios tiene una importancia histórica de primer orden, por cuanto el autor cita, con nombres y apellidos, a jóvenes que de verdad se jugaron el pellejo en la concreción del plan propuesto por el capitán Rafael Alvarado Franco para “derrocar la oprobiosa dictadura gomecista”, parte de los cuales fueron excluidos de la historiografía clásica, sobre todo los provenientes del sustrato popular. Tuvo que llegar la Revolución Bolivariana liderada por Hugo Chávez, para que a Pío Tamayo, indoblegable poeta y periodista, víctima del gomecismo, se le reconocieran sus méritos políticos e intelectuales.

        Revela Juan José Palacios que “Cara e’ guapo”  fue el apodo que en sustitución de “Mala entraña” y “Alma negra”, que le habían encaramado sus compañeros, le puso el general Elbano Mibelli, ligado a la también fracasada aventura del general Román Delgado Chalbaud, muerto poco tiempo después en Cumaná, enfrentado a tropas comandadas por el general Emilio Fernández, también caído en el combate.

        “Actúe con mucha prudencia, “Cara e’ guapo”, -le recomendó al general Mibelli, tras éste ser informado del plan de Alvarado y de la participación de Palacios en la insurrección militar-estudiantil.

        El papel encomendado por Alvarado a Juan José Palacios, fue el de sumar al movimiento militar a los miembros de la Federación de Estudiantes de Venezuela, a fin de que éstos se ocuparan de repartirle armas al pueblo, para derrocar al dictador.     

         “Cara e’ guapo” hace honor a su apodo, y además de pasar a ser el enlace entre el capitán Alvarado y la Federación de Estudiantes, es el único que conoce los nombres de los demás oficiales implicados en la rebelión, y es el primero en llegar a los sitios convenidos para la acción, hasta que lo sorprende el fracaso de insurrección y se ve obligado a huir.       

         Sin embargo, como buen jefe, “Cara e’ guapo” vela porque antes que él, se pongan a salvo los compañeros que lo habían seguido tras el fracaso de la misión. “Llamé –escribe- a los estudiantes que habían venido conmigo y les aconsejé que fueran saliendo distanciados, uno a uno, para sus casas o sitios donde se alojaban”.

         Cabe suponer que el capitán Alvarado conocía el temple de “Cara e’ guapo”, pues días después de éste salir del Castillo de Puerto Cabello, tras los sucesos de la Semana del Estudiante, el oficial hizo contacto con Palacios:

         “Alvarado –precisa- fue a buscarme a mi residencia, en la Esquina de Porvenir de la Parroquia de San José, donde ocupábamos una casa varios maturinenses: Adelaida y Cecilia Núñez Sucre, el estudiante de quinto año Jacinto Ramírez Rausseo y yo. Se celebró nuestro primer encuentro en la sala de dicha casa. Alvarado me planteó lo planeado por él para derrocar la oprobiosa dictadura gomecista” (obra citada, página 350).

         El plan de Alvarado consistía en que con apoyo militar, los estudiantes tomaran las armas depositadas en el Cuartel San Carlos y simultáneamente otro grupo capturara el Palacio de Miraflores, pero la traición de uno de los oficiales comprometidos, el subteniente Mariano Montilla, puso en  alerta al general Eleazar López Contreras, el oficial de mayor confianza del general Gómez, quien personalmente, para sorpresa del conjurado, asumió el control de la situación.

        La verdad es que como suele suceder con los maridos cornudos, Alvarado y Palacios fueron los últimos en saber que la insurgencia cívico-militar, se había convertido en un secreto a voces, por lo que de antemano estaba condenada al fracaso.

         En el corto tiempo que Juan José Palacios ejerció la Presidencia del Estado Monagas, se preocupó por impulsar, en  el primer lugar, la cultura y el deporte, y en segundo término, la igualdad de géneros: por primera vez en  la historia de la ciudad, una mujer, Carolina Ravell, pasó a ocupar un cargo relevante en la administración pública estadal.

          El relato de Juan José Palacios baja del pedestal a falsos próceres de la llamada Generación del 28 y coloca en su sitio a auténticos actores de un proceso acerca el cual se han dicho y escrito más mentiras que verdades.

 


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