Socialismo y capitalismo del siglo XXI

Así como las belicosas fuerzas de los *buenos y los malos*, inscritas en fábulas, novelas y películas antañonas, fueron armoniosamente evolucionando y pasaron del arco y la flecha, del lazo y los puños desenguantados, de las espadas al revólver, de los superpoderes de Superman y Luthor, para desembocar en los guerreros y astronautas galácticos, asimismo los recursos, artilugios, pujas, tretas, reclamos, querellas, protestas, hipótesis de trabajo, soportes filosóficos e ideológicos, leyes y convenios entre lobos y caperucitas, entre capitalistas y asalariados, asimismo, decimos, nos exhiben un copioso y dinámico currículum de luchas aparentemente equilibradas.

La Dialéctica materialista parece clara al respecto: según sus leyes, en toda pareja de contrarios, ineludiblemente uno de ellos tiene el control, hasta que madura el antagonismo capaz de invertir los roles de mando, en una suerte de *quítate tú para instalarme yo*. El ejemplo más reciente que conocemos se dio durante el siglo XIX con el triunfo definitivo de los burgueses sobre los feudales asiáticos europeos, y quienes han ejercido hasta ahora un largo interinato de explotación sobre fuerza laboral de siempre. Para esta fuerza, la Dialéctica se halla en deuda.

Efectivamente, esas leyes filosóficas, hasta ahora, respetadas y connotadas como lo máximo en metodología científica, han sido unilateral y leoninamente cumplidas: sólo han regido para el contrario dominante. Porque, salvedad hecha del frustrado caso soviético, y del flamante caso cubano, los trabajadores ora esclavos y sirvientes, ora asalariados, no han podido jugar otra cosa que banca, parodiando a los peloteros de reserva. Es más, los asalariados sólo han servido de pábulo para que numerosos politiqueros de sucio oficio se abanderen con ellos. Este es el caso del sindicalismo proburgués, corrupto y violador; También el caso de gobernantes traidores a su pueblo, quienes han canjeado votos populares por entreguismos industriales e imperiales.

El Socialismo que errónea y desaviadamente ha pretendido legitimarse mediante leyes positivas, que seguimos soñando en estos años, también parece haberse metamorfoseado para enfrentar la dinámica cumplida por el capitalismo del siglo XXI. En Venezuela, el llamado Socialismo del Siglo XXI, por ejemplo, respeta la propiedad privada industrial que es la más antagónica al trabajador actual; está borrando los últimos vestigios feudo coloniales, pero con indemnizaciones debidamente tasadas y con cargo al Erario Público de los trabajadores, a diferencia de la ejecución hipotecaria que practicaron los comerciantes burgueses contra los insolventes aristócratas de la Europa barroca, desquiciada y arrogante.

Nuestro Socialismo del siglo XXI empodera a los pobres con miras a dotarlos de capital originario, es decir, conserva incólume su condición de asalariado que aspira enriquecerse para hacerse patrono. Una dotación de poder económico, por cierto, nada gratuita, ya que procede de un Erario Público alimentado principalmente por los recursos del oleaginoso y negro subsuelo.


Semejante Socialismo *venezolano* responde así al Capitalismo contemporáneo; este se caracteriza por:

1.- Reemplazo de la unión proletaria nacional e internacional, que imponen las condiciones de opresión capitalista, para intentar balancear y superar la contrariedad del contrato leonino entre patronos y salariados, reemplazo, decimos, por la cacareada solidaridad internacional de los trabajadores asalariados del mundo, y así socorrerse entre sí, de pobre a pobre, con el mayor desentendimientos de sus respectivos gobiernos, una manera burguesa para que los asalariados de acá ayuden a los de allá y acullá. Desfachatadamente, en nuestra Constitución, preparatoria para el Socialismo del Siglo XXI, se habla de integración de países, es decir de las clases dominantes e imperantes en cada uno de los posibles miembros de esos macroconglomerados industriales, comerciales y financieros internacionales.

2.- Mucha defensa de los DD HH, traducidos en defensa del político mendaz. Los propios directivos de estas organizaciones suelen visitar más las acicaladas oficinas del patronato industrial y eclesiástico que la de los trabajadores en sus sucias y malolientes fábricas de plusvalía.

3.- práctica de la Solidaridad proletaria para suministro de soldadesca que haga causa común con los ejércitos imperiales para sus fechorías e invasiones en los países rebeldes, con lo que, por añadidura, logran que el país cedente, colaborador y solidario, de partida se convierta en enemigo gratuito de los trabajadores del pueblo agredido, y

4.- Ayudas financieras de un país deudor, pero solvente, a otro más endeudado e insolvente, para que sea con el Erario público de los trabajadores de aquí los que ayuden a los patronos de allá y acullá.

Hay otras manifestaciones de armonización contemporánea entre el Socialismo y Capitalismo del presente siglo, pero todas rítmica y coherentemente revelan cómo el imperio sabe adecuarse a los potenciales *avances* ideológicos que la dinámica laboral opera en la conciencia de la clase asalariada. De cómo los descubrimientos sociológicos del científico alemán del Siglo XIX son ahora paradójicamente asumidos y usufructuados para sí por el patrono, como sí Carlos Marx hubiera escrito para su defensa y no para su extinción. Una dialéctica materialista que transformó curiosamente el poder potencial socialista de los proletarios del mundo, para enfrentar a sus patronos imperiales, en una poderosa arma para auxiliar a estos en sus crisis de supervivencia capitalista de pleno siglo XXI.


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