principal | EN contrARTE | autores | foro | contacto | nosotros | archivo
    Actualidad
Si nadie quiere la violencia, las luchas y la muerte entonces, ¿por qué está sucediendo?
¿Es posible la reconciliación?
Por: Samuel Marcano y Williams Arzola
Fecha de publicación: 28/12/02
imprímelo mándaselo a
tus panas

Huelga, violencia, muerte. Tristemente estas palabras describen lo que está
resultando de los conflictos más recientes en nuestro país como
ingredientes de una receta mortífera. No es el escenario que alguien
hubiera imaginado para unas navidades, ni es el escenario que nadie sensato
quisiera para sus hermanos de patria.




Si nadie quiere la violencia, las luchas y la muerte entonces, ¿por qué
están sucediendo? Hace dos mil años el apóstol Santiago dijo que los
pleitos y las guerras vienen de los malos deseos que nacen en el interior
del corazón del hombre (Santiago 4:1). Esto significa que, aunque en
apariencia se esté hablando de buscar solución a los conflictos y se hagan
grandes esfuerzos para ello, mientras haya en el corazón de los negociadores
el deseo oculto de ganar sobre el otro e imponer sus intereses no será
posible un verdadero entendimiento y menos una verdadera reconciliación. Ni
las comisiones, ni las mesas, ni los buenos oficios de reconciliadores
extranjeros podrán hacer lo que un corazón egoísta no quiere hacer por sí
mismo.




El corazón egoísta y arrogante ve al otro no como un negociador válido sino
como un enemigo. Y cuando esta es la percepción que se tiene del otro, sus
opiniones y propuestas se verán con sospechas, con reservas y con
incredulidad. Sí puede haber diálogo entre las partes, pero al mismo tiempo
se harán planes paralelos y acciones que socavarán las fortalezas del otro y
asegurarán finalmente el triunfo de la tesis considerada como la única
verdadera. La paz obtenida bajo estas premisas será siempre frágil, tensa y
condicional. Nuevas rupturas harán el conflicto peor y las salidas
violentas serán después la única manera posible no de obtener la paz sino
de destruir la resistencia.



¿Es posible una verdadera reconciliación en nuestro pueblo a estas alturas
del conflicto? Afortunadamente si. Un ejemplo tomado de la Biblia nos
muestra que así es. Cuando Jesucristo quiso conformar al equipo que lo iba
a ayudar a cumplir su misión de predicar la paz y salvación a los hombres
escogió dos personas totalmente opuestas y en conflicto permanente. Uno de
ellos se llamaba Simón el zelote (Lucas 6:15). La historia nos dice que el
movimiento zelote surgió en el año 6 a.C cuando Judas el galileo encabezó
una sublevación contra el impero romano que los dominaba. Una vez que este
primer movimiento fue disuelto, el grupo quedó como el ala extrema
nacionalista que buscaba una salida de fuerza al dominio romano a quienes
consideraban enemigos a muerte. De hecho, hay documentación histórica que
muestra como los zelotes aprovechaban los desordenes y tumultos para
asesinar con pequeños cuchillos a sus enemigos. A este hombre Jesús le hizo
la propuesta de formar parte de su equipo de paz.



Por otro lado, Jesús invitó también a un recolector de impuestos llamado
Mateo o Leví a formar parte de su equipo (Mateo 10:3). Como se sabe, los
romanos, como resultado de sus políticas expansivas, cobraban impuestos de
los pueblos conquistados. Para ello nombraban funcionarios en cada país,
los cuales a su vez, buscaban personas nativas para ayudarlos con la
recaudación. Estos recaudadores, por supuesto llegaban a ser odiosos a sus
propios compatriotas, eran excluidos de los actos religiosos y se les tenía
como traidores a la patria y a Dios. Eran las principales victimas de los
zelotes. Mateo era uno de estos hombres.



¿Cómo es que estos dos hombres antagonistas fueron invitados por Jesús a
formar parte de un equipo que iba a predicar la paz y la reconciliación al
mundo entero? ¿Cómo podía Mateo acercarse a Simón sin dudar, sin temer, sin
sospechar?, ¿cómo podía Simón acercarse a Mateo sin odiar, sin planear un
atentado, sin recordar las infame opresión del imperio? Precisamente, si
ellos se podían reconciliar sería la mayor demostración que la
reconciliación es posible entre los hombres. Pero tal reconciliación nunca
sucedería si ellos mantenían sus propias agendas egoístas. Era necesario
que destruyeran sus ideales, aquellos sueños por los que siempre habían
luchado y tomaran el nuevo ideal que Jesús les proponía.



Jesús vino a este mundo como la propuesta divina para la reconciliación de
los hombres con Dios y entre ellos mismos. Dice el apóstol San Pablo que el
único mediador entre Dios y los hombres es Jesucristo (1Timoteo 2:5). Los
hombres, por causa de su desobediencia, es decir, de empeñarse en vivir a su
manera, se constituyeron en enemigos de Dios. Sólo pensaban en aquello que
les satisfacía y agradaba, buscaban su propio bien y no el de otro. Por
supuesto que esto era una gran ofensa para Dios y, como resultado de esa
desobediencia Dios determinó el castigo eterno por la maldad de los hombres.
Fue en ese escenario de enemistad y castigo que Dios decidió enviar al único
interlocutor válido que podía reconciliar al hombre con el Padre celestial.
Jesucristo vino a decirle al hombre cuanto Dios lo ama. Que no es su
enemigo. Que pueden tener una profunda y hermosa relación eterna. Las
ofensas deben ser olvidadas, el perdón debe tomar el lugar de la
condenación, el abrazo debe sustituir al acecho y el amor disipar todos los
rencores.



Para lograr su propósito, Jesús se hizo carne. Vivió como hombre y murió en
una cruz recibiendo en su propio cuerpo el odio, la amargura, la
intolerancia, la venganza, la violencia de todos nosotros. En una profunda
paradoja, al único santo e inocente recibió la más terrible carga de
violencia e intolerancia que se haya conocido. Y cuando moría en la cruz,
ante la mirada atónita de quienes lo condenaron dijo: Dios, perdónalos
porque no saben lo que hacen. Eso es amor, eso es perdón, eso es
reconciliación. Y por haber padecido en sumisa y amorosa obediencia toda
aquella carga de maldad y pecado, Dios lo resucitó al tercer día y lo
constituyó en el único reconciliador perfecto que puede acercarnos de nuevo
al Padre celestial.



Por eso, la cruz es el lugar donde Dios se reconcilia con los hombres a
través de Jesús y también es el lugar donde los hombres pueden tener una
verdadera reconciliación entre ellos mismos. No se puede llegar a la cruz
con intereses personalistas ni con planes alternos para asestarle un golpe
mortal al enemigo. ¿Quién puede tener el deseo de ganar algo personal
cuando ve a Jesús expuesto en la cruz, muriendo por la maldad del hombre,
cargando en su cuerpo inocente el odio de toda la raza humana? Ante tal
cuadro no valen los intereses egoístas, solo cabe una palabra: Perdón.
Perdón Señor por sólo pensar en nosotros mismos, perdón por olvidar que los
demás son nuestros hermanos, perdón por ignorarte en todos nuestro planes,
perdón por creer que la lucha por lograr nuestros ideales era lo mas
importante no importa lo que costara.



Una vez que alguien reconoce con sinceridad cuanto le ha faltado a Dios y
se vacía de esa carga de maldad que lleva todo corazón egoísta, entonces, y
sólo entonces, puede existir una verdadera reconciliación entre los hombres.
Una vez que una persona reconoce cuanto amó Dios a la humanidad que envió a
su propio hijo Jesús para que, a precio de su propia sangre, pudiera
salvarnos entonces podrá su corazón entender lo que significa el amor, el
perdón y la reconciliación. En ese momento los intereses egoístas de cada
quien se desvanecerán y sólo quedará un interés y una persona en el
escenario: Jesús, el hijo de Dios. Sólo entonces un abrazo puede tener la
fuerza del acero irrompible y la ternura de un niño que todavía pude creer
en la paz.



Simón y Mateo tuvieron esta experiencia. Lo que humanamente era imposible
Jesús lo logró. Ellos se reconciliaron, ellos entendieron y aceptaron la
propuesta de Jesús. Ellos renunciaron a sus agendas y planes personales
para seguir sólo las instrucciones de Jesús. Fue a partir de esta
experiencia que pudieron ser llamados después apóstoles de Cristo y figuran
como parte de los doce hombres responsables por llevar al mundo entero el
mensaje reconciliador del evangelio de Cristo. Ellos, más que ninguno,
podían testificar en su propia experiencia que sí es posible la
reconciliación si tan sólo estamos dispuestos a dejar de escucharnos
nosotros mismos y escuchar a Jesús.



Con honestidad debemos reconocer que los conflictos no son exclusividad del
gobierno y la oposición. Ellos sólo reflejan lo que ya es verdad en
nuestras propias vidas. Padres e hijos en discordia, cónyuges que no se
puede ni ver, amigos que ya no se hablan, vecinos que planifican dañarse
mutuamente, compañeros de trabajo en pugna por el mejor cargo. En todos los
escenarios de la vida la historia vuelve a repetirse y las palabras de
Santiago a comprobarse: Del corazón egoísta del hombre es que surgen todos
los pleitos y las guerras.



¿Quién puede asegurar que las elecciones reconciliara a los venezolanos?,
¿quién pude decir que la salida del presidente resolverá las profundas
enemistades que existen entre nosotros? Hemos estado distraídos resolviendo
un problema puntual cuando existe un profundo problema existencial y eterno
que no hemos resuelto. Es como aquel hombre preocupado por quitar el polvo
de su cortina cuando su casa se estaba quemando.



Así como en todos los niveles se repite el mismo conflicto, de la misma
manera la respuesta sigue siendo la misma: Vayamos a la cruz de Cristo. La
reconciliación entre nosotros sólo es posible cuando reconozcamos nuestra
propia incapacidad de ayudarnos por nosotros mismos y con profunda
contrición le digamos a Dios: Señor, perdona la manera egoísta en que he
tratado de conducir hasta ahora mi vida. Reconozco que sólo tu hijo Jesús
puede perdonarme y ofrecerme salvación eterna. Recibo ese perdón y esa
salvación por la fe y en tu nombre perdono todas las ofensas de aquellos que
han herido mi vida alguna vez. Ayúdame a amar a los demás así como tú me
amaste a mí.



¿Estas dispuesto a decir esta misma oración de todo corazón? Si es así,
puedo asegurarte que tu vida desde ese momento será diferente, que el perdón
y el amor de Dios serán experimentados por ti y que por fin tu alma
descansará en la paz de Dios. Eso quisiéramos que hicieran nuestros
dirigentes, tanto los del gobierno como de la oposición. Eso quisiéramos
para nuestro pueblo, pero especialmente para nuestras propias familias y
para nosotros mismos.





Articulo leido aproximadamente 1103 veces

Samuel Marcano y Williams Arzola


Copyleft 2002, Aporrea.org