Ese día el niño llegó. Tan pequeño e indefenso, aunque sólo a simple vista,
pues traía en su alma la fuerza infinita del que todo lo puede, y todo lo ve. En
su puro interior un mensaje estaba escrito, es uno muy sencillo, como deben ser
aquel que pretenda alcanzar la gloria de ser aceptado por muchos a la vez.
Ese día llegó, y aunque pequeño, ya caminaba. En su andar, fueron más los que
pudieron ver su inocente rostro; uno que refleja el de todas las razas. Y
también pudieron ver el color de su piel, ese que posee la infinita gama del
universo en su continua creación. Pero el era un simple niño, nada más; uno que,
aunque sea por un instante, lograba cautivar la mirada de todos los que se
pierden es su amargura.
Y aunque pequeño, comenzó a pronunciar sus primeras palabras, y como ya
caminaba y también hablaba, salió a explorar el mundo que habitaba. Es verdad,
era apenas un niño, y quizás su innata curiosidad lo motivaba, pero algo más
sentía en su corazón, algo que sabía, tenía grabado en él.
Así lo hizo, entonces partió sin rumbo fijo, vestido con las ropas de los que
llegan al mundo con sólo su dignidad. Su apariencia humilde, algo harapienta, lo
hacía blanco perfecto de las miradas indiferentes. Así fue como pudo llegar ante
el gran señor, el de las tres vocales, ese que vino a mediar entre los hombres
cuyas pasiones ha rebasado los limites de la prudencia.
Lo vio directo a sus ojos, entonces le dijo:
"Sí eres quien dices ser, sí has venido para liberar el camino de escombros,
entonces ¿por qué osas detener el avance de lo indetenible?. Dime tu hombre del
mundo, ¿por qué no dices la verdad, esa que muchos esperan, la verdadera, la
única?. ¿Que es lo que tu corazón calla que tu mente no dice?. ¿Acaso has venido
por uno, y por otro no?. ¿Acaso crees que puedes salir ilesa tu imagen,
crees acaso que podrás marcharte limpio, quedar bien con uno y con el
otro?"
El triplemente signado lo miró sorprendido, obligado por la claridad con la
que expresaba aquel niño su reclamo, entonces le dijo:
"¿Quién eres tu, un simple niño que nada sabe del mundo, de la política?.
¿Crees que es tan fácil mediar con el hombre que radicaliza sus actuación?. Yo
no puedo hacer más de lo que hago. Debo cuidar no parecer que doy la razón a uno
en detrimento del otro. ¿A donde llegaría si lo hiciere?"
El niño se le acerco y lo tomó de mano. Él, tocado por su mágica inocencia,
sintió la calma que conmueve a los hombre. Anduvieron un corto trayecto, hasta
un lugar tranquilo en un gran salón solitario. Se sentaron uno al lado del otro,
tan cerca como para sentirse. Entonces el niño le respondió:
"Es verdad, soy apenas un niño, y quizás por eso entiendo lo que tu no eres
capaz de captar. ¿Es qué acaso no ves que entre el bien y el mal no hay lugar?.
¿Cómo pretendes entonces acabar con uno para darle cabida al otro?. Tu papel es
buscar la razón en medio de la locura. Tu papel es llevar a aquel, que perdido
en sus alocadas pretensiones, niega la existencia de todo lo razonable. Ese es
tu papel y para ello debes mostrar la fortaleza del hombre honorable, ese que
coloca sus principios por encima de cualquier chantaje".
Entonces el sorprendido hombre le respondió:
"Pero dime, ¿cómo puedes hablar así, sí apenas eres un niño?
Y el niño, seguro de su mensaje, le dijo:
"No soy yo el que habla, es el hombre bañado por la gracia divina el que
habla a través de mi. Yo sólo digo lo que él calla por temor a no ser
escuchado".
Entonces el niño, con su pequeña mano tocó su frente, y al hacerlo, un
destello invadió las penumbras de aquel salón desocupado. Se paró y sin decir
otra palabra comenzó a caminar de nuevo, mientras el hombre cabizbajo terminaba
de entender todo lo escuchado.
Y camino, camino, camino, y entonces llegó a la casa de quien negó su venida.
Estaban allí algunos de los que aquel pequeño hombre, de las tres letras, debía
convencer. Esos que niegan la existencia de todo lo razonable. Sentados a la
vista callejera, en una terraza muy bien dispuesta para las tertulias
vespertinas, donde un vaso campaneante acompaña los desafueros mentales de
quienes pretenden prevalecer a costa de todo lo que se les oponga. Allí llegó, y
a la vista de ellos se colocó. Si decir nada los miró inquietantemente hasta que
uno de ellos se percató de su aparente presencia insignificante.
Alguien le grito entonces: "¡VETE CARRICITO DEL CARAJO, LARGATE DE AQUÍ!,
NO VES QUE PERTURBAS NUESTRA TRANQUILIDAD Y MANCHAS LA FACHADA DE MI HOGAR".
Pero el niño no hizo caso, pues sabía que si en algún lugar debería estar, era
allí. Fue así, ante su terca presencia, que otro hombre, desencajado de su alma,
se levantó de su cómodo sillón y de manera amenazante caminó hasta donde el
pequeño niño se encontraba. Pero el niño, que sabía que ese ser era tan sólo el
instrumento de la maldad de otro, sin decir nada lo miró directo a sus ojos, y
cual rayo fulminante aquel hombre terminó de llegar a la verja tan dulcemente
como cualquiera que se conduela del humilde y desvalido. Entonces lo hizo pasar.
Los demás, al ver aquello, no pudieron entender. El niño camino con decisión en
dirección al hombre que roba el encanto de la alegría, el que se dice ser dueño
de la verdad, no importa si su conciencia le aclara cual mentiroso es. Pocos
metros antes de llegar, elevó su mano y extendiéndola en dirección a la
humanidad de quien vociferaba mil sandeces, logró neutralizar su fuego.
¡CALLA CRETINO!, le expreso duramente, entonces prosiguió: "No puedes
seguir maldiciendo la vida de tantos". El hombre, ese que está marcado por
una protuberancia sobre su labio, tan sólo pudo hacer lo que se le indicó. Subió
el niño entonces sobre sus piernas y allí cual padre que cobija su hijo, se
acomodó en su regazo.
Nada pudo hacer el malvado ser para evitarlo, pues todo control sobre su
cuerpo había perdido. Ninguna palabra podía pronunciar, ni movimiento alguno,
tan sólo podía escuchar.
El niño colocando sus dos tiernas manos sobre el rostro del maligno y
mirándolo a sus ojos con infinita ternura le dijo:
"¿Por qué?, dime tú malvado hombre endemoniado, ¿por qué cobijas tanto odio
en tu ser, tanta codicia?. ¿Acaso no ves que le robas la alegría a los que a
duras penas viven?. ¿Quién crees que eres?"
El hombre sintiéndose amenazado, extrañado por el lenguaje tan profundo de
este niño que lo invadía, con sus ojos trataba de expresar su furia, pero nada
podía hacer, tan sólo escuchar.
"¡Mírame!, miserable alma pervertida, ¡mírame! porque en mi podrás ver la
furia de muchos a los que haces sufrir"
Entonces algo sucedió, pues de los ojos del niño algo se proyecto y fue a
parar en los ojos ya acobardados de quien momentos antes creía ser más grande
que aquel que le dio la vida.
El cuerpo de aquel hombre de ronca voz, de mirada falsa y cínico reír, se
endureció y estremeció. Espasmos violentos contorneaban su maltrecho cuerpo. Sus
ojos antes temerosos, perdieron la poca luz que aún tenía, su iris se perdió
dejando tan sólo la blanca expresión de quien deja la vida. Con cada segundo
transcurrido, aquel niño le transmitía el dolor, el temor, el cansancio de cada
uno de los que afectó en su accidentada y avariciosa existencia. La traición, el
engaño, la falsedad, la inminente cercanía de la muerte de aquellos que por su
culpa no la vieron culminar. Cada sufrimiento era transmitido, y cada uno
percibido y procesado por su oscura mente como si de verdad le estuviese
ocurriendo.
El niño, sujetando su rostro, ahora con fuerza inusitada, le decía mientras
él sufría el dolor ajeno:
"Sufre lo que has hecho sufrir, teme lo que has hecho temer. Aprende de una
vez que quien maltrata a los demás para colmar su miseria, no tiene derecho a la
vida. Que no puedes tú, desgraciado ser, tomar en tus manos la gracia de otros.
¡Mírame! ingrato, ¡mírame! y dime que sientes ahora. Sufre despiadado hombre, tu
que dices representar al humilde trabajador. No dejes de sentir lo que ahora te
entregó y que antes tu le distes indebidamente a tantos. Quiero que sientas el
dolor que has causado"
Los demás amigotes, camarilla delictiva e insana, miraban aquel
acontecimiento sorprendidos. Pero nada podían hacer, porqué cuando la mano
justiciera del supremo recae con furia sobre los desalmados, no hay fuerza
suficiente que pueda oponérsele.
Por espacio de casi una hora, aquel hombre veía su cuerpo desarmarse y su
mente llenarse de mucho dolor y sufrimiento. Entonces el niño, convencido que ya
era suficiente, soltó repentinamente el rostro arrugado y amargado de este
hombre sin igual. Liberado así de la tortura, capacitado de nuevo para dominar
su cuerpo, tan sólo pudo abrazar al niño y apretarlo contra su pecho, mientras
unas someras lagrimas comenzaban a desbordar la cueca de sus ojos, fuertemente
enrojecidos por todo el dolor que percibió. El niño, plenamente consiente de lo
que había hecho y del efectivo resultado de su actuar, con su delicada mano
alcanzó a acariciar el rostro desgastado del hombre arrepentido. Mientras él le
decía, con su ronca voz, ahora apagada por la verdad: "¡Perdón!, ¡perdón!,
ahora sé el dolor que he causado", pero sintiendo que su clamor no era
suficiente, y mirando al cielo, grito: "¡PERDÓNAME DIOS MIO!, ¡Perdóname!. Sí
he de morir, ahora te entrego mi vida. Pongo en tus manos mi destino". Pero
el niño, con su magnificencia y su capacidad para amar, le expresó tiernamente:
"No te preocupes, pues aquel que arrepentido esté, siempre tendrá la
capacidad para redimirse ante su semejante. Ahora debes revertir toda maldad por
ti hecha y tu vida te alcanzará tan sólo para entregarle la alegría que a tantos
le has robado. El día que hayas colmado la copa del arrepentimiento, que hayas
revertido la maligna huella dejada en tu caminar, ese día podrás partir en paz".
Tras escuchar sus palabras, el ya arrepentido hombre tan sólo pudo abrazarlo
con más fuerza, dejando correr un torrente interminable de lagrimas que al
cruzar su alma iniciaban el largo camino de la depuración.
El niño entonces volteó, y fue así como pudo ver a los cómplices del que
ahora lloraba sin cesar. Huían despavoridos, temerosos de ser alcanzados por la
fuerza que alecciona. Pero nadie escapa cuando la razón se impone, porque es un
don que Dios nos dio, conciencia que nos hace diferentes del resto de los seres
vivos. No lo permitiría, no dejaría que escaparan con sus mentes llenas de
maldad, entonces reclinando su cabeza y cerrando sus ojos, en una oración evocó
al poder divino. Cayeron así del cielo, sendas bolas de fuego sobre las cabeza
de cada uno de los fugitivos y tal cual antes sucedió, cada uno de ellos cayo
tendido sobre el duro suelo. Fuertes espasmos sucediéndose en unos cuerpos
rígidos dejaban ver como les era dicha la verdad de su actuar, cuan impropios y
desgraciados había sido. Era evidente que ellos también sería recuperados de su
propia mugre.
El niño entonces salió tal cual entró de aquella lujosa casa obtenida con el
sufrimiento de otros, y sin mirar atrás siguió caminado.
Y por allá llego, a otro lugar, allá donde hombres como los anteriores
gestionaban todo lo necesario para seguir beneficiándose del dolor ajeno. A
ellos también les hizo ver lo que de otra manera no son capaces de percibir,
dejando a lo largo de su andar el amor y el arrepentimiento que es capaz de
crear conciencia. No fueron pocos los tratados, y todos, de alguna manera,
lograron saber, en carne propia, el sufrimiento que por acción u omisión había
causado.
Era 24 de diciembre de un año difícil. Esperada fecha en el que los hombres
de buena voluntad palidecieron ante el salvaje propósito de otros que
pretendieron negarla. Exorcizar la llegada del que supo dar con su vida la
esperanza que necesita el hombre para acompañar su difícil paso por este mundo
de miserias. Bello advenimiento que baña con su gracia el corazón de aquellos
que como él lo esperan ansiosos por recibir la hermosa manifestación de alegría
y euforia al recibir un bonito regalo de Navidad. Que hermoso que nadie haya
podido evitarlo, pues el regalo más grande que nos dio, finalmente fue entregado
una vez más: él entre nosotros, en cada uno, haciéndose sentir.
Feliz Navidad y excelentísimo año. Esperando que un gran exorcismo divino
expulse de nuestro país, Venezuela, a tantos diablos sueltos que por allí andan,
robándose lo más bello que todos los que somos padres sabemos que tenemos: la
tierna, inocente y dulce sonrisa de nuestros hijos. ¡FUERA SATANÁS! Y que no
vuelvan nunca más a subestimar el poder que un solo niño puede tener.