¡No es abuelita, es lobo!

Es un mediodía cualquiera en el que una aparentemente tierna abuelita espera frente al colegio la salida de sus nietos. De repente llaman la atención de los transeúntes los gritos indecorosos de la viejecita que execraba maldiciones y exhibía en altos decibeles su complacencia por la muerte, esa misma que a otros nos duele hasta los huesos.

Varios rodeábamos la escena, la víctima era un joven motociclista que reparte encomiendas en esta urbanización del Este de Caracas. Era un muchacho de piel oscura y de verbo sencillo, cuyo pecado era portar una franela con los ojos de Chávez y que sin proferir ni una ofensa, se atrevió a recordarle a la anciana que ese hombre cuya muerte la llenaba de satisfacción era el responsable de que cada mes ella cobrara una pensión que la dignificaba. “Quién antes que Chávez pensó en los viejitos señora?” “Dígame usted cuánto cobraba de pensión antes de que llegara Chávez”.

Era aquella una lucha histórica e histérica; aquí en mi calle caraqueña.

La abuela, como suelen hacer quienes padecen de este tipo de enajenación política, buscaba apoyo en los espectadores. Se aireaba la cara mientras daba alaridos en actitud de desmayo cuando escuchaba las preguntas del temerario repartidor. Eso sí, nada respondía, sólo salían de su boca expresiones que harían sonrojar a los pranes de Yare. Tal escena recordaba esas películas de terror donde las víctimas de posesiones demoníacas hablan con voces de ultratumba.

Yo me acerqué al muchacho y sólo le dije “me parece excelente lo que has hecho, eres mi héroe, todos los días desde hace un año he deseado hacer lo que hiciste”. Ese muchacho, seguramente habitante de alguna popular barriada caraqueña, nos vino a dar en esta urbanización del Este un tremendo ejemplo de dignidad. Esa dignidad, sin duda, la aprendió de Chávez.

Y es que ese cuento de la división del país es una de las mayores falacias endilgadas a nuestra Revolución, pues como bien lo explicaba Eva Golinger en una entrevista que le hicieran hace pocos días, este pueblo siempre ha estado dividido, sólo que los sometidos de otros tiempos ahora tienen voz y rostro, además de orgullo. Son hijos de Chávez pues.

Esta abuelita y los inevitables antichavistas de nuestras vidas, presentan características comunes, sin importar su grado de instrucción, edad o género. Dentro de la amable vecina que ama a los animalitos; del papá del compañerito de nuestro hijo que es siempre tan simpático; de un reconocido profesor universitario o del cantante que colmó nuestros recuerdos de viejos amores; se puede esconder la psicopatía antichavista. Todos manifiestan, por ejemplo, tendencia a mentir de forma patológica; incontinencia verbal; juicio indeficiente e incapacidad de sentir culpa; falta absoluta de remordimiento o vergüenza; comportamiento manipulador y una siempre exagerada autoestima. Todas éstas, características de la psicopatía. Entonces, para evitarse desengaños, nómbrenle primero a Chávez y lo conocerá.

Tocará a los siquiatras dilucidar este fenómeno social que padecemos cada día, hasta en nuestra más apacible cotidianidad. Cuando menos lo esperemos, en un restaurante, en una cola y a veces hasta en el calor de nuestros hogares, aparecerá ese sujeto virulento a desatar sus maleficios.

Confieso que me sobresalta en los sueños (producto de mi masoquista imaginario cinematográfico) la imagen de la aterradora viejecita de esta historia, caminando en cuatro patas por mi techo, vestida de negro con una gorra caprilista. Sin embargo, al despertar recuerdo que vivo en la Venezuela del siglo XXI, que soy profesora en una universidad creada por Chávez para el pueblo; que mis estudiantes, diversos y también críticos llenan de contenido los debates de cada día, que sí se dan en nuestros espacios, aunque algunos no lo crean; que la Revolución es una niñita que estamos amamantando, que tenemos que criarla y ponerla bonita. Que todos tenemos hoy algo de ese muchacho repartidor que habla con el orgullo de saberse heredero de Chávez. Y sonrío.

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Catherine García


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