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En Venezuela tiene lugar un proceso y en Colombia otro. Se trata de fenómenos paralelos y absolutamente diferentes, que no dependen ni se conectan entre si; tampoco están en ruta de colisión.
En Venezuela tiene lugar una revolución que es confrontada por la oligarquía nacional y la reacción internacional y que avanza segura de que las masas, deciden quién vence a quién, veredicto histórico adelantado por el masivo apoyo popular expresado, entre otros modos, en los resultados de varios procesos electorales, incluyendo un referéndum revocatorio.
En Colombia lo más cercano a la verdad es la existencia de un empate entre la oligarquía y la oposición armada enfrentadas en el más antiguo conflicto armado civil en la región, iniciado 60 años atrás cuando fue asesinado el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán.
De ese equilibrio que impide una solución por vía militar tomaron conciencia anteriores mandatarios y jefes guerrilleros que avanzaron en un proceso de diálogo frustrado sobre todo por la actividad de las bandas paramilitares y la ingerencia de Estados Unidos con el Plan Colombia.
Mientras en varios países latinoamericanos la paz interna se alcanzó mediante una combinación de concesiones y renuncias de las partes concernidas y los jefes guerrilleros se integraron a la vida política siendo respetados por las elites dominantes, en Colombia la paz ha tratado de ser impuesta desde fuera y al precio del aplastamiento de las organizaciones guerrilleras.
En 1994 Washington logró que imponer el Plan Colombia, mediante el cual Estados Unidos, ha tomado en sus manos la lucha antidroga y contra la insurgencia, además de colocar tropas en posiciones adelantadas en las fronteras con Venezuela, la custodia de la Triple Frontera y en las inmediaciones de países donde se despliegan proceso que le preocupan.
Varios años después, con tres mil millones invertidos, Colombia es un país más inseguro y menos soberano, no ha disminuido la violencia ni la producción y el trafico de drogas. La sociedad no es más democrática ni menos pobre y la paz parece estar muy lejos. Ningún conflicto social se ha resuelto y su situación interna, caracterizada por una desenfrenada y absurda violencia influye negativamente en la región.
Lo más peligroso de ese proceso, es que reiteradamente se le toma como pretexto para la retórica y la actividad contrarrevolucionaria contra Venezuela.
Chávez no había nacido todavía cuando allá por 1948 comenzó la lucha guerrillera en Colombia, no tuvo nada que ver con los esfuerzos que durante décadas han realizado los diferentes gobiernos venezolanos para proteger sus fronteras y evitar que los narcotraficantes conviertan al país en corredor o almacén para la droga, ni con el empeño de los militares para impedir que el conflicto colombiano se desplace hacía su interior.
Estas circunstancias, perfectamente comprendidas por el pueblo e incluso por los sucesivos gobiernos colombianos, es peligrosamente utilizada por Estados Unidos en la propaganda de su agresiva política contra Venezuela.
El hecho de que Venezuela adquiera fusiles y recursos para el patrullaje de sus fronteras y medios técnicos para modernizar a sus fuerzas armadas que, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos, lejos de oponerse al proceso revolucionario, se convierten paulatinamente en uno de sus bastiones, es utilizado con fines contrarrevolucionarios.
Unicamente Washington levanta el fantasma del supuesto armamentismo de Venezuela y con el beneplácito de la oligarquía colombiana, pretende asociar los legítimos esfuerzos defensivos de Venezuela con la situación de Colombia.
Chávez ni nadie pueden exportar revolución ni violencia a Colombia donde hay de sobra y ningún hecho internacional beneficiaria más a la Revolución Bolivariana que la paz en aquel martirizado país.
Nadie debe dejarse engañar por las manipulaciones políticas ni por la propaganda: la presencia norteamericana en Colombia es parte del problema, no de la solución y las armas que deben preocupar no son los fusiles adquiridos por Venezuela, sino los inmensos arsenales introducidos por Estados Unidos.
Chávez no exporta la Revolución Bolivariana, lo que no puede y seguramente no quiere, es impedir que despierte simpatías y concite solidaridad. Parafraseando a Che Guevara: a la revolución se le puede liberar de toda responsabilidad, excepto la que emana de su ejemplo.
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