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Lo que sigue es una extensa crónica que fue la nota de tapa de la última edición de la prestigiosa revista neoyorquina The Nation: un viaje al corazón de la Venezuela de Hugo Chávez. El relato pormenorizado incluye el testimonio de partidarios y opositores al gobierno chavista, y constituye un documento periodístico sumamente valioso. También sirve para entender la importancia que el fenómeno Chávez está generando en la sociedad estadounidense.
El panorama que se divisa desde las colinas de Barrio San Agustín del Sur es espectacular. Múltiples pasajes enmarcan a Caracas y, más allá, al exuberante cerro Avila. Subiendo y bajando los escalones de cemento de los vecindarios, los adolescentes vagabundean coqueteando, conversando o perdidos en las baratas funciones de mensajes de texto de sus teléfonos celulares. En la cima de una colina cercana hay un pequeño vaciadero de basura. Desde lejos, la pila de basura parece el contenido de un ominoso reloj de arena urbano. El analfabetismo, la violencia y la desocupación endémica forman parte del paisaje de este barrio desde que ocupantes ilegales provenientes de zonas rurales se instalaron allí hace unos cuarenta años. Pero todo esto podría estar cambiando.
"Hemos tenido muchos problemas, pero a pesar de todo estamos avanzando", dice Carmen Guerrero, una mujer de casi cincuenta años que es una de las activistas más dinámicas de San Agustín. "Aquí todos apoyamos al presidente Chávez. Todos, salvo tal vez seis familias." Sobre las paredes amarillas de la sala de su casa hay máscaras que reproducen caras de modelos, un reloj, un espejo y una pequeña fotografía del presidente populista de Venezuela, Hugo Chávez Frías. Guerrero explica que ella y sus vecinos están estudiando en varios programas organizados por el gobierno, llamados misiones, y organizándose en comités para ocuparse de cuestiones que van desde las campañas electorales nacionales y locales hasta los problemas sanitarios y de legalización de los títulos de propiedad de sus viviendas. Como la mayoría de las villas miseria de Caracas, esta comunidad también tiene un mercado subsidiado por el Estado, un comedor comunitario, una serie de pequeños negocios cooperativos y una pequeña sala de primeros auxilios de dos pisos, de ladrillo a la vista y forma octogonal. En el piso superior viven, no muy cómodamente, dos médicos cubanos; en el piso bajo hay una pequeña sala de espera y un consultorio.
En este pequeño barrio, como en otros miles, estos cambios significan mucho. Como dos generaciones de políticos venezolanos antes que él, Chávez ha prometido "sembrar el petróleo". Es decir, invertir los beneficios que procura el petróleo para transformar la estructura de la economía venezolana. Pero ¿qué significaría eso? ¿Alcanza con los programas sociales?
Ultimamente, Chávez ha estado hablando de una "revolución en la revolución", de "trascender el capitalismo" y de "construir un socialismo para el siglo XXI". Este discurso asusta a sus enemigos, electriza a sus partidarios e inspira a la izquierda en toda Latinoamérica. Después de dos décadas de existencia del Consenso de Washington promovido por Estados Unidos -un cóctel que combina las privatizaciones, la apertura de los mercados y una severa política fiscal-, América latina se convirtió en una zona de desastre económico signada por el crecimiento de la pobreza y la inequidad.
Un análisis más profundo de la situación de Venezuela muestra hasta qué punto puede ser engorroso y complejo un giro a la izquierda, incluso en un país que tiene tanta riqueza petrolera y está tan poco endeudado.
Hasta ahora, la Revolución Bolivariana venezolana, así bautizada en homenaje al libertador sudamericano Simón Bolívar, ha profundizado y politizado una tradición populista preexistente en Venezuela. A pesar de que el discurso de Chávez suele ser radical, el gobierno no ha tomado medidas extremas, como la expropiación masiva de las grandes fortunas del país, ni siquiera las agrarias, ni ha invertido grandes sumas para promover nuevas formas de producción colectivas. De hecho, en la nueva constitución promulgada por Chávez cuando llegó al poder se preserva abiertamente la propiedad privada. Lo que el gobierno ha hecho es destinar miles de millones en nuevos programas sociales; sólo el año pasado fueron 3.700 millones. El resultado es que un millón trescientas mil personas han aprendido a leer, millones han recibido atención médica con la que antes no contaban, y alrededor del 35 al 40 por ciento de la población compra en supermercados subsidiados por el gobierno.
La matrícula de las escuelas primarias se ha incrementado en un millón de alumnos desde que las escuelas les ofrecen una comida gratis. El gobierno ha creado varios bancos destinados a promover pequeñas empresas y cooperativas, ha reasignado a los militares a obras públicas y está construyendo varios subterráneos nuevos en todo el país. Para promover la producción agrícola en un país que importa el 80 por ciento de lo que consume, Chávez ha creado un programa de reforma agraria que recompensa a los chacareros que aumenten su productividad y castiga a aquellos que no lo hacen con la amenaza de la expropiación.
Además, el gobierno ha estructurado muchos de sus programas sociales de manera tal que obliga a las comunidades a organizarse. Para conseguir el título de propiedad de las casas construidas en los barrios ocupados, sus habitantes deben organizarse y formar comités vecinales. Del mismo modo, en muchos trabajos relacionados con las obras públicas se exige que se formen cooperativas y sólo después pueden presentarse para competir en una licitación. Los cínicos ven estas redes de organizaciones comunitarias cada vez más extendidas como una maquinaria de clientelismo electoral. Los chavistas más entusiastas llaman a su movimiento "democracia participativa", y los intelectuales de la revolución lo describen como una lucha a largo plazo contra las patologías culturales alimentadas por las economías ricas, la famosa "enfermedad holandesa", en la que se espera que el Estado petrolero reparta sus ingresos a una población desorganizada e improductiva.
Pero, por el momento al menos, la batalla que Venezuela libra contra la pobreza es posible solamente porque los precios del petróleo se han mantenido más altos que nunca durante varios años, y el Estado posee la mayor parte de los recursos petroleros. Todo el petróleo, la explotación minera y la mayor parte de las industrias básicas de Venezuela fueron nacionalizadas a mediados de los años setenta. En promedio, el petróleo representa el 30 por ciento del PIB venezolano, la mitad de los ingresos del Estado y el 80 por ciento de las exportaciones.
Los críticos internos, y a menudo solidarios, del proceso de reforma dicen que una cosa es "gastar el petróleo" en programas de bienestar social y otra muy distinta "sembrar petróleo" y crear industrias no subsidiadas, de propiedad colectiva, y decididamente productivas, que generarán riqueza a partir de un esquema equitativo y sustentable.
"Cuando se produjo el golpe nos dimos cuenta de que teníamos que involucrarnos políticamente, porque de lo contrario perderíamos todo", explica Carmen Guerrero. Dice que siempre apoyó a Chávez, pero no se había comprometido activamente hasta el golpe de Estado de abril de 2002 motorizado por la principal central empresaria venezolana, oficiales militares disidentes y muchos caraqueños de las clases media y alta. Documentos recientemente desclasificados, revelaron que la CIA sabía una semana antes que se planificaba un golpe de Estado, y otras agencias gubernamentales de Estados Unidos estaban apoyando materialmente a la oposición.
"Ahora no podemos volver atrás", dice Guerrero. Luego, muy seriamente, agrega: "Yo abracé a Chávez durante la campaña. No sé cómo hice para burlar a sus custodios. Tal vez porque soy muy baja. No puedo explicar lo que sentí. Fue una emoción muy intensa". Se lleva los puños cerrados al pecho y desvía la vista.
Guerrero empezó a apoyar a Chávez en 1992, aquel día decisivo en que el entonces desconocido coronel de treinta y siete años encabezó un fallido golpe de Estado. Cuando la derrota se tornó inminente, Chávez se rindió. Dijo que lo hacía para evitar un baño de sangre, y se presentó en televisión para pedirles a los compatriotas que lo apoyaban y todavía controlaban un par de ciudades que depusieran las armas.
Durante esa breve transmisión televisiva, Chávez hizo dos cosas que electrizaron la imaginación de los venezolanos. Primero, se hizo responsable personalmente del abortado golpe de Estado. Para muchos de los que lo veían fue un quiebre significativo en relación con la tradición política tradicional que privilegiaba la mentira. Además, al explicar el fracaso de su golpe, Chávez dijo: "Por ahora, no logramos los objetivos que nos propusimos". Durante los dos años que siguieron, mientras Chávez estaba encarcelado y estudiando, esa frase clave, "por ahora", se convirtió en un eslogan de campaña que pobló las paredes de las ciudades y en un talismán cargado de esperanzas en un paisaje político escuálido y dominado por la corrupción.
Los sentimientos de Carmen Guerrero, con todos los detalles del golpe y el discurso del "por ahora" incluidos, se repiten en docenas de entrevistas en las villas miseria más pobres de Caracas. La mayoría de los habitantes de estas concentraciones urbanas, desde amas de casa que nunca se involucraron en la política hasta veteranos de la guerrilla urbana de los años setenta, adoran al presidente Chávez. Lo ven como una especie de santo de la política, un salvador, la personificación de un nuevo ideal nacional.
Pero desde la puerta de la casa de Carmen Guerrero podemos ver torres de oficinas, bancos, hoteles y departamentos de lujo en la otra Caracas, una ciudad que ha crecido gracias a las vastas fortunas petroleras amasadas con la riqueza del subsuelo venezolano.
La otra Caracas
Es este contraste entre los ricos y los pobres, visualmente tan obvio que el paisaje de Caracas resulta casi didáctico, lo que alienta a los políticos venezolanos. Y en la otra Caracas, la de los countries, los ciudadanos odian a Chávez tan ardientemente como lo adoran en los barrios. Así como los pobres de las ciudades y del campo aman a Chávez por su tez morena y su aspecto indígena, su pelo enrulado y su modo de hablar simple y directo, los ricos se mueren de rabia al ver que su presidente se parece a un albañil o a un taxista. Durante seis años, Chávez y sus seguidores han combatido a esta oposición, un enemigo al que Chávez ha bautizado como "los escuálidos". Pero la oposición no ha sido tan débil como se podía suponer. Incluye a los medios masivos de comunicación de propiedad privada, que han sido virulentamente hostiles al gobierno, y han dedicado días enteros a atacarlo calificándolo de "totalitario" y "castrocomunista". Hubo un golpe de Estado, luego una huelga petrolera que le costó al país algo así como 7,5 mil millones y dio lugar a una importante escasez de gas, alimentos y cerveza. Un asesor del Ministerio de Planeamiento dijo, muy seriamente: "Pensé que el día que nos quedáramos sin cerveza el país se hundiría en la anarquía y se desataría una guerra civil".
También hubo una larga protesta pública encabezada por un grupo de ex generales muy respetados que instaron a los soldados a rebelarse contra el gobierno. Después, a principios de 2004 hubo una serie de violentas protestas protagonizadas por activistas callejeros de derecha que se bautizaron con el nombre de "Guarimbas".
A pesar de todo, Chávez y sus aliados políticos ganaron varias elecciones nacionales, entre ellas una que incluía la aprobación de una nueva Constitución, una reforma del notoriamente corrupto Poder Judicial, dos elecciones legislativas nacionales, dos elecciones presidenciales y un intento de derrocar al presidente.
Esos enfrentamientos entre chavistas empedernidos y militantes de la oposición produjeron alrededor de veinte muertos y heridos en cada uno de los bandos. Y el gobierno de Chávez ha promulgado una ley para los medios de comunicación que castiga con prisión las calumnias y prohíbe emitir durante las veinticuatro horas las imágenes favoritas de la oposición, despertando ácidas críticas de los defensores de la libertad de expresión. Pero no ha habido una campaña de represión gubernamental importante, ni siquiera contra los arquitectos del golpe, muchos de los cuales están en libertad y siguen viviendo en Venezuela.
El corazón del movimiento
El barrio 23 de enero es para la izquierda venezolana el corazón del movimiento. El nombre del barrio se refiere a la fecha de un levantamiento popular que se produjo en 1958 contra el dictador Marcos Pérez Giménez. Está enclavada en un valle de Caracas, se extiende a lo largo de algunas colinas y es una mezcla de torres de cemento y casillas precarias. Las torres de diez o quince pisos están decoradas con harapientos colgajos de coloridas ropas recién lavadas tendidas en las ventanas o en tendederos improvisados. Detrás de las ropas se puede ver exuberantes plantas y jaulas con pájaros cantores. En la parte trasera de las torres abundan los basureros.
En la cima de cada una de esas torres ondea una bandera roja y azul: los colores de la Coordinadora Simón Bolívar, una poderosa organización comunitaria que tiene sus raíces en los movimientos guerrilleros urbanos de los años setenta y ochenta. Conocidos con el nombre de "Tupamaros", estos guerrilleros urbanos formaban más una verdadera colección de grupos y facciones que un grupo homogéneo, como podría sugerirlo el nombre con que se los identifica.
Aún hoy, muchos de los hombres que militaban en esos grupos siguen armados. Un colega periodista fue detenido por jóvenes enmascarados en un puesto de control tupamaro en el barrio 23 de enero durante los tensos días del referéndum realizado en agosto de 2004. Querían asegurarse de que ningún "escuálido" se acercara y mucho menos entrara en el vecindario. También le pidieron a mi amigo que donara su cámara de video a la revolución poniéndole una pistola en la cabeza para ayudarlo a tomar la decisión. Pero, cuando finalmente llegó un hombre más grande a hacerse cargo de la situación, persuadió a los muchachos de que le devolvieran la cámara.
En la pequeña sede de la Coordinadora conocí otro tipo de chavista: no un ama de casa sentimental como Carmen Guerrero, sino un ex guerrillero. Juan Contreras se está quedando calvo, es un poco panzón y su rostro es más bien aniñado, pero se educó políticamente a edad muy temprana y del modo menos amable: participando en manifestaciones, enfrentando la represión policial y sabiendo que las fuerzas paramilitares podían matarlo en cualquier momento. Hoy es uno de los organizadores clave de la Coordinadora.
Las paredes exteriores de la oficina están cubiertas de murales con motivos revolucionarios. Uno recuerda a un joven asesinado durante una manifestación de repudio a Henry Kissinger en los años setenta. Otro está dedicado a los zapatistas. Un tercero reproduce la clásica fotografía del Che Guevara tomada por Alberto Korda. La mayoría de esas obras son anteriores al gobierno de Chávez, y no hay ninguna en la que aparezca su imagen. "Chávez no produjo los movimientos, fuimos nosotros quienes los produjimos", explica Contreras. "El nos ha ayudado muchísimo, pero lo que está sucediendo aquí no es mérito sólo de Chavez."
Según Contreras y algunos de sus camaradas, la Coordinadora comenzó a funcionar después del fallido golpe de Estado de Chávez, en 1992. Tras la derrota, el gobierno comenzó a encarcelar militantes de izquierda. Contreras huyó a Cuba, donde se quedó un mes junto a otros veintinueve activistas del barrio 23 de enero. Cuando volvieron, casi todos ellos fueron arrestados y Contreras pasó a la clandestinidad. Alrededor de un año y medio después de la intentona, los activistas se reagruparon y decidieron que la lucha armada era opción totalmente superada. Fue entonces cuando crearon la Coordinadora.
Hoy, la Coordinadora desarrolla una estrategia basada en tres objetivos centrales: recuperar el espacio público allí donde está dominado por las pandillas de la droga, rescatar las tradiciones culturales locales y organizar actividades deportivas.
Después de construir estas formas de aplicar la solidaridad social, la Coordinadora lanzó otro proyecto: comenzó a crear comisiones para resolver problemas de salud, tramitar títulos de propiedad para los vecinos, prepararse para las elecciones, y otras tareas similares. Parte de este trabajo se entrelaza con el que realizan misiones financiadas por el gobierno y parte no. Pero el problema más importante es la seguridad. Las villas miseria de Caracas son extremadamente violentas. Alrededor de ochenta personas mueren asesinadas cada semana en esta ciudad de 5 millones de habitantes.
"Recurrimos a la cultura y los deportes para ocupar el espacio público", explica Contreras. ¿Y si las pandillas de la droga no se dan por aludidas? "Bueno, muchos de esos jóvenes están vinculados por sus lazos familiares con la comunidad, así que recurrimos a eso para presionarlos. Aquí hay una tradición de lucha armada, y ellos respetan eso. Y hay toda una tradición de linchamientos también. La comunidad ha matado a algunos criminales. No últimamente, pero algunas veces ha ocurrido. De manera que la mayoría de los pandilleros nos toma muy en serio y se mantiene alejada de los espacios centrales."
Al parecer, también la oposición, o parte de ella, ha contratado elementos criminales para atacar a los chavistas. Una activista del "23 de enero", una mujer que alguna vez vivió en California, cuenta la historia de un gángster que fue contratado para amenazar de muerte a los médicos cubanos que trabajan allí. Los médicos se asustaron tanto que decidieron no aparecer más por el barrio. Pero la mujer, una trabajadora social experimentada, encontró al joven matón, un muchacho del barrio, y le explicó que si seguía con las amenazas, los chavistas lo buscarían y terminarían matándolo a él. El gángster lo pensó un poco y decidió mantenerse alejado de la política. Y los médicos cubanos reaparecieron.
Los "escuálidos"
Actualmente, la oposición organizada a Chávez está bastante debilitada. Ha quedado muy debilitada tras el golpe de Estado contra el Presidente y por la devastación económica provocada por la huelga petrolera. Decido ir a conocer las oficinas del tabloide derechista Así es la noticia, y que pertenece a El Nacional, uno de los diarios de mayor circulación de Venezuela.
"Mire, Chavez ganó el referéndum. La gente tiene que aceptarlo", me dice la editora, Albor Rodríguez, una mujer de unos treinta años, una típica "escuálida", pero respetuosa de los hechos.
Muy erguida tras su escritorio, vestida de negro, fuma incesantemente mientras hace sus comentarios. "Aquí no hay castrocomunistas. Eso es una ridiculez. Dicen que hay cubanos en el gobierno y en las fuerzas de seguridad. Pero nadie ha podido probarlo. No obstante, ¿Chávez tiene tendencia a ser autocrático? ¡Sí! Tiene una formación militar. ¿Su gobierno, o él mismo, saben lo que están haciendo? ¡No! Lo que tiene en la cabeza es una mezcolanza de ideas y eslóganes. Es un hombre que habla sin pensar en lo que dice. Ha insinuado que Condoleezza Rice está enamorada de él. Eso es una locura. Una excentricidad total."
Para mi sorpresa, Albor se muestra igualmente crítica y despiadada cuando habla de las fuerzas de la oposición: "Perdieron porque Chávez tiene un lazo afectivo muy profundo con el pueblo, y ellos no. Además, él ha gastado mucho dinero en los barrios populares. Hace llover el dinero en los barrios".
Luego me explica que cuando su diario informó acerca del verdadero trabajo que realizan las misiones, algunos lectores la acusaron de mentir y de "haber hecho una expedición a la luna para descubrir eso".
En la oposición hay quienes centran sus críticas menos en los supuestos abusos de poder de Chávez que en la supuesta incapacidad de gestión del gobierno y en la estupidez de su política económica izquierdista. Oscar García Mendoza es el presidente del Banco Venezolano de Crédito, una institución antigua y decididamente conservadora. Es lo que Chávez llamaría un "oligarca", el enemigo oficial: un representante del capital financiero. Pero cuando me entrevisto con él en su hermosa oficina del noveno piso de un moderno rascacielos, se lo ve radiante.
"Los negocios nunca han andado mejor", dice García. "Este gobierno es extraordinariamente incompetente. No tienen la menor idea de lo que están haciendo. El encargado de la reforma agraria, Eliezer Otaiza, es un ex stripper. Ahora acaban de nombrar a Carlos Lanz, un ex terrorista y secuestrador, comunista para más datos, director de Alcasa, nuestra principal fábrica de aluminio." Mientras habla, García despliega una sonrisa sarcástica como si pensara que todo el asunto no puede sino mover a risa. "¿Se imagina?"
En cierto modo, la designación de Lanz no es tan escandalosa: otro ex guerrillero, Alí Rodríguez Araque, que fue ministro de Energía y Minería, y luego director de la OPEP, es ahora ministro de Relaciones Exteriores y se lo respeta por su gran capacidad de negociación.
García también tiene algunas críticas muy concretas. Dice que el actual boom económico es una quimera basada en el precio del petróleo. En 2004 el gasto del gobierno aumentó en 47 por ciento, y gran parte del dinero recaudado se utilizó para pagar programas de salud y de educación, las famosas misiones. Pero, a pesar de la lluvia de dinero producida por el petróleo, el gobierno ha tenido que endeudarse fuertemente. Y en lugar de buscar financiamiento externo, ha incrementado su deuda interna con la banca venezolana. García dice que en los últimos cuatro años esa deuda interna ha pasado de ser de 2 mil millones a la friolera de más de 27 mil millones. El Ministerio de Economía reconoce esas cifras y ha informado que el 60 por ciento de esa deuda lo componen bonos emitidos por el gobierno.
"Pero lo realmente disparatado de todo esto -dice García- es que el gobierno está depositando todas sus ingresos provenientes del petróleo en los mismos bancos a una tasa de alrededor del 5 por ciento, y después pide préstamos por los que paga el 14 por ciento. Para los bancos es una forma relativamente cómoda de ganar dinero. Por eso yo digo que éste es un gobierno que beneficia sobre todo a los ricos."
El año pasado los bancos venezolanos tuvieron ganancias por 1,38 mil millones, un poco más que las cosechadas en 2003. Y la mayor parte de ese dinero salió de los préstamos al gobierno de Chávez y del hecho de haber negociado bonos especiales, aprobados por el gobierno, denominados en dólares, un pretexto legal de la nueva ley de control monetario. El banco que preside García no hace negocios con el gobierno, pero el enorme incremento de los ingresos petroleros ha duplicado su cartera de créditos. Se ha producido una verdadera inundación de dinero: en 2004 el crecimiento fue de un 17,3 por ciento.
Entonces, si hay un boom económico, ¿por qué García está tan disconforme con Chávez? "Estos sujetos no son más que simples rateros", dice. "Mire, en Venezuela siempre ha habido corrupción, pero estos tipos son de lo peor." Cuando le recuerdo que el gobierno acaba de despedir a 120 funcionarios en el estado de Zulia por casos de corrupción, García hace un gesto para dar a entender que con eso no alcanza.
"¿Qué están haciendo con todo ese dinero? No lo están invirtiendo, desde ya. Lo gastan todo en alimentos y medicamentos. En cuanto el precio del petróleo baje, se van a quedar sin nada." Entonces, ¿qué debería hacer el gobierno para que eso no pase? "Debería privatizar todo."
Conseguir una respuesta del gobierno de Chávez a las acusaciones de mala administración, corrupción y dependencia excesiva de los precios excepcionalmente altos del petróleo es difícil. Trato de averiguar internándome en la laberíntica burocracia del Ministerio de Información, donde cada tantos días un funcionario, siempre uno distinto del que me atendió antes, me dice que mis papeles se extraviaron, y que necesita un curriculum vitae completo con mis antecedentes, una nueva carta de mis editores y un minucioso informe por escrito acerca de mi proyecto.
Después de tres semanas nadie en el gobierno de Chávez se ha dignado atenderme oficialmente, salvo un vocero del ministro de Educación Superior.
Finalmente, un viejo amigo me concierta una entrevista con su jefe, Jorge Giordani, un ex académico que se hizo amigo de Chávez en la cárcel tras la frustrada intentona de los paracaidistas, y que ahora es ministro de Planificación y Desarrollo. Para todas las cuestiones de desarrollo económico, Giordani es el cerebro de la revolución.
Giordani es alto, canoso y cargado de hombros. Usa unos anteojos enormes, corbata, y viste un chaleco marrón. Su modesta barba blanca recuerda a la de Abraham Lincoln. Cuando le hago preguntas muy específicas se muestra evasivo. Con respecto a la corrupción, se limita a decir: "Lo que estamos haciendo no alcanza. Es un problema muy serio".
Muchos chavistas abrigan la esperanza de que la inversión en infraestructura, salud y educación permita abrir nuevas industrias "no petroleras" en ramas de la economía como la alta tecnología, los servicios, el cuidado de la salud y la agricultura. Cuando le pregunto a Giordani cómo logrará el país "destetarse" del petróleo, o por la reforma agraria y por los muchos proyectos de desarrollo en curso, que ellos llaman "endógenos", suspira y sacude la cabeza como diciendo: "¡Qué ingenuo!".
"Desde que asumimos hemos estado continuamente librando batallas políticas. Mucha gente ha aprendido a leer en los últimos años, pero ¿cuánto tiempo les llevará poder formarse para trabajar en alta tecnología, o en el campo de la medicina o de los servicios? ¿Diez años? ¿Una generación? Estamos combatiendo contra una cultura rentística, y muy individualista. Siempre lo mismo: 'Mamá Estado, papá Estado, denme algo del dinero que produce el petróleo'. Organizar a la gente es muy, pero muy difícil."
Después de un largo y sinuoso diálogo en el que insisto sobre la cuestión de la sustitución de importaciones y la nueva industrialización, él señala un punto clave: la única verdadera esperanza para Venezuela está en la integración económica regional. Sólo así, el mercado interno llegará a ser lo suficientemente grande como para alimentar las nuevas tecnologías y las nuevas industrias capaces de competir con los actuales monopolios multinacionales. Giordani parece cansado, y un poco cínico. "No, soy un hombre práctico, eso es todo", dice chasqueando la lengua. "El desarrollo de Venezuela llevará por lo menos cincuenta años." ¿Y cuánto durará el petróleo?, le pregunto. "Tal vez veinte años, tal vez treinta", me contesta.
* Periodista, activista y educador, autor del libro Lockdown America. El artículo también fue publicado por la revista Debate(Argentina) y por el semanario Brecha (Uruguay).
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