La resurrección de Chávez

Un nombre resuena en labios de millones de personas… Unos lo maldicen y vaticinan con morbosa fruición necrofílica su inminente (o acaso ya acaecida) desaparición física… Otros, concentrados en desbordantes manifestaciones en profesión de fe y esperanza, vitorean su nombre enlazado entre oraciones lanzadas al viento, o susurradas en la intimidad del pensamiento, cuando no pronunciadas al amparo de alguna venerada imagen sagrada…

Es el nombre de un hombre que resurge del más allá de los deseos de los que todos los días lo asesinan, lo acribillan a maldiciones, lo crucifican en una orgía de odio que envilece la misma condición humana… “Está muerto, pero hay que matarlo…”, gritan histéricamente su sinrazón, como sacando a flote la procesión que va por dentro calcinándoles el alma…

Y es la muerte una y otra, y otra vez invocada sin recato ni pudor; ya sea de sotana vestidos y cruz en mano, o de demócratas maquillados para, frente a las cámaras, rasgarse las vestiduras de cordero, aunque desnudo quede el lobo sediento de sangre…

Cual macabro matrimonio con la muerte de consorte, ellos piden y piden de regalo hogueras que en la historia ya han ardido, consumiendo vidas inocentes por millones, libros por montones… Sí, es la pesadilla fascista con la que sueñan torturar a los que, por amar la vida, queremos el socialismo para preservarla; porque ellos ya no tienen fronteras morales ni éticas que acusen o remuerdan su conciencia…

¿Pero es que acaso se puede matar un sueño, una idea fructificada en los corazones, que se hizo conciencia para luchar hasta dar la vida, en las calles, en los barrios, en las fábricas, en las misiones, en los cuarteles; desde el seno de cientos de miles de hogares felices, desde la sonrisa de un niño con futuro…?

¡Por supuesto que no! Y por tanto, entonces, declaramos que sin duda alguna este hombre es vencedor de la muerte, a la que valientemente enfrentó con su carne y con su noble espíritu; únicamente trajeado con la reluciente armadura de amor, ofrendada por los pobres de su pueblo que ya no está solo, porque ahora su pueblo son todos los pueblos buenos del mundo, y por ellos continuará dando la batalla en cuerpo y alma, en este, su tiempo, y aún más allá…

¡Bienvenido Comandante Presidente! Permítame decirle que no me sorprendió su regreso, y es que su querida presencia se presentía cada vez más cercana en el ambiente, se notaba en el arrebatado desespero oposicionista, impotentes e inconsolables todos ellos ante el fracaso de sus fatídicos vaticinios; pero también era de apreciarse en la esperanzada felicidad del pueblo que lo ama; en la inolvidable evocación que nos traen los aires febrerianos, y porque -me dije y le comenté a algunos amigos, jugando un poco con la corriente necrológica en boga por los lares opositores- ¡qué buena sería la época de cuaresma para la resurrección de Chávez!

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